[dc]E[/dc]l balompié es el deporte de mayor fanaticada en el mundo, lo que no es de extrañar. Se trata de un deporte que para ser practicado por los más pobres, no requiere de ningún tipo de infraestructura costosa, ni de equipos especiales. Tampoco requiere una complexión física particular de los participantes. Basta un simple balón. A pesar de su esencia humilde y democrática; aquí el balompié no es un deporte de tradición y arraigo popular. Por eso la prensa española criticó con tanta amargura el que su equipo campeón mundial conocido como “La Roja” viniera a enfrentarse al desconocido equipo de Puerto Rico, que se hace llamar el “Huracán Azul».
Conversando con un amigo ducho en ese tema, le pedí su opinión sobre por qué el fútbol no cuenta con arraigo entre los boricuas. Este simplemente contestó “porque en ese deporte está prohibido velar la güira.”
Y es que eso de velar la güira se ha convertido en una caricatura generalizada de la idiosincrasia puertorriqueña. Coloquialmente se habla de la “jaibería puertorriqueña” para describir nuestra alegadamente compartida inclinación oportunista a buscar la salida fácil, la alternativa de menor resistencia, el acomodo, la trampa, la “gansería”. Se nos acusa de padecer de una endémica falta de observancia por las reglas básicas del juego limpio, y de falta de convicciones.
Desconozco cuáles pueden ser los orígenes de esa caracterización. Posiblemente haya elementos derivados de conductas que forman parte del desarrollo de diversos mecanismos de defensa y sobrevivencia, ante duras realidades históricas de crónicas opresión económica, sometimiento político y desigualdad social. Pero algo es innegable, y es que ese concepto del puertorriqueño jaiba fue cultivado por las clases políticas dirigentes del siglo XX.
Prominentes figuras de la política puertorriqueña del pasado siglo directamente explotaron y apelaron a sentimientos de “jaibería” para procurarse adeptos entre la población. Por ejemplo, Muñoz Marín acuñó el concepto del “imperialismo bobo”, para promover nuestro consentimiento al actual estado de subordinación política a Estados Unidos. Muñoz no podía negar la naturaleza imperialista de EU que tomó a Cuba y Puerto Rico como botines de guerra, y que en el último siglo habían usurpado la mitad de México, expandido su territorio por el Pacífico, y en el Caribe invadido Haití, Republica Dominicana y Nicaragua. No obstante, propagó el concepto de que ese imperio, era un imperio sanano y bonachón; que no tenía interés en oprimir o explotar sus posesiones, sino la misión de ayudarlas. Un imperio benevolente, del cual los puertorriqueños no sólo podíamos fiarnos; sino del que incluso podíamos aprovecharnos. Consistente con ello, cualquier reclamo de derechos políticos o económicos a la metrópolis colonial se conseguiría a las buenas, sin necesidad de recurrir a confrontaciones. Era cuestión de ser pragmáticos y saber acomodarnos. Frente al imperialismo “bobo”, se podía ser un colonizado aprovecha’o.
Esa visión no sólo fue adoptada por los estadolibristas, sino que también los dirigentes estadistas han vendido entre sus seguidores la idea de que sus expectativas de igualdad política dentro de EU se concretarían milagrosamente como consecuencia del desarrollo natural de los eventos históricos, ante la buena voluntad y el desprendimiento generoso de EU. El programa de Romero Barceló de “La Estadidad es para los Pobres” representó un escalón ascendiente en esa ideología jaiba en cuanto a sus dos elementos esenciales, a saber: la no confrontación con el imperio, y la actitud utilitarista de los puertorriqueños. El movimiento estadista adoptó una política de sumisión ante EU en cuanto al reclamo de igualdad política. En palabras de Don Eleuterio, una mezcla de “Excusme con I’m sorry”. El motor de la estadidad serían multitudes de desventajados buscando garantizar su subsistencia por medio del mantengo federal. Sería el apoyo en las urnas de esa mayoría del electorado puertorriqueño al partido estadista lo que traería la anexión. Ese voto se conseguiría convenciendo a los mas necesitados de que la estadidad sería la panacea económica; el reino de Shangri-La, donde disfrutaríamos eternamente de “lo bueno de vivir así, comiendo y sin trabajar”.
La cima de esa “evolución” ha sido posiblemente la riposta del PPD con su lema de “lo mejor de los dos mundos”. Bajo el mismo, la colonia es la fórmula perfecta para los puertorriqueños, pues nos permite vivir en indisoluble unión permanente con los Estados Unidos, y aspirar a paridad en los beneficios de los programas sociales de ese país; pero sin tener que incurrir en ninguna de las responsabilidades económicas correspondientes; tales como el pago de contribuciones federales. Todo ello, en total abstracción de nuestra carencia de poderes políticos soberanos.
Y es que muy poco se han diferenciado esos dos partidos, en cuanto a cultivar entre los electores una cultura de jaibería. Cada cual, prometiendo ser mejores intermediarios que los otros en eso de agenciar beneficios de parte del Gobierno Federal para los boricuas dependientes; y siempre ambos promoviendo el mismo resultado de mantener y reforzar el status quo colonial.
Recientemente, el Dr. González Cancel (descalificado aspirante a la gobernación por el PNP), argumentó en el programa radial Por debajo de la Mesa que la dirigencia del PNP no era genuinamente estadista. Atinadamente criticó al Gobernador Fortuño quien recibió la muy inusual visita de un Presidente en funciones de Estados Unidos a Puerto Rico (si no, cuenten las estatuas detrás del Capitolio), y que, pudiendo captar la atención de la prensa mundial, no le habló en ningún momento a Mr. Obama de la responsabilidad de EU de resolver el problema de nuestro status político, ni del reclamo de estadidad de su partido. ¿Por qué no lo hizo? ¿Acaso no es el anexionismo el sector mayoritario en Puerto Rico? Personalmente entiendo que para esa dirigencia PNP de alto nivel, resulta muy claro que la victoria de ese estadismo en Puerto Rico, es la derrota de la estadidad en Estados Unidos. No obstante, hay que continuar jugando el juego político criollo de turnarse la administración del presupuesto y el poder burocrático de la colonia.
En un comentario al libro de César Ayala y Rafael Bernabe, Puerto Rico in the American Century: A History Since 1898, el profesor Víctor M. Rodríguez Domínguez, del centro de Estudios Chicanos y Latinos de la Universidad del Estado de California, resume la siguiente conclusión de tales autores relacionada a lo antes discutido:
Contrario a Don Pedro Albizu Campos, Muñoz Marín no entendió que los Estados Unidos eran una nación que no respondían a actitudes serviles de sus sujetos. Igual que los estadistas, los autonomistas asumieron una posición de servilismo frente al imperio que meramente re-afirmaba el paternalismo de los norteamericanos. Esta idea del “imperialismo bobo” que permea el pensamiento muñocista se ve claramente en la forma en que este presentaba un discurso en el congreso y luego otro tipo de discurso en la isla. Esta falta de comprensión de la naturaleza del imperio norteamericano ha contribuido a perpetuar la situación colonial de Puerto Rico.[1] (Énfasis nuestro).
Pero tales partidos dominantes en Puerto Rico no sólo han contribuido a crear electores con actitud jaiba frente al imperio, sino también con respecto a los procesos internos en Puerto Rico; en una simbiosis totalmente clientelista.
Ese modelo clientelista consiste en el conjunto de prácticas, mediante las cuales los políticos capturan activistas y electores a cambio de favores y prebendas. El vocablo clientelismo, es un término tomando prestado de la jerga comercial que se refiere a la actividad de procurarse clientes. En política, el término se utiliza para describir aquellos modos de adquirir respaldo mediante el intercambio de beneficios económicos más o menos directos entre los políticos y el electorado. Tales pueden ser, desde la entrega de enseres electrodomésticos (como recientemente anunciara el alcalde Santini), hasta la concesión de privilegios como subsidios de vivienda o puestos de trabajo en el Gobierno. Ese estilo de actividad política genera un patrón mediante el cual, por medio de su monopolio del aparato burocrático, los políticos conceden favores y cuidan de sus “clientes”, quienes les corresponden con su lealtad política y electoral. Pensemos en los distintos barriles de tocino de la Legislatura, o en cómo ponen a dirigir las corporaciones y agencias públicas a los principales recaudadores políticos en las mismas. Claro, a las masas del electorado se les reparten migajas, mientras que los verdaderos beneficios se guardan para los sectores dominantes para quienes gobierna esa clase política.
Por su naturaleza, el sistema clientelista sólo funciona si sus beneficios se desvían de lo que son prioridades legítimas del Estado, para mejorar de forma injustificada y desmedida a quienes se ubican dentro de la lista de clientes fieles; excluyendo de sus beneficios a quienes no conforman esa clientela. Se genera fidelidad electoral hacia el político de carrera, quien se sirve de los recursos del Estado para ayudar a sus adeptos, y así comprar su continuidad en el poder. El clientelismo constituye una forma de corrupción pública que convierte a los ciudadanos en consumidores de favores. Se pervierte la democracia remplazando nuestro derecho a que el Estado nos responda, por la “oportunidad de acomodarnos en el sistema”. Se transforma nuestro derecho a exigir servicios públicos, por “el privilegio” de canjear por favores nuestras “millas de votante frecuente”, o los “puntos en la tarjeta de crédito de nuestro activismo político”.
Esas prácticas jaibas son una de las causas de por qué resulta tan difícil romper con el bipartidismo que nos mantiene estancados social, económica y políticamente. El respaldo a los gobernantes, lejos de ser objeto de la adhesión razonada de los individuos a distintos programas de gobierno, responde más bien a ese sistema de compraventa de votos. Además, el sistema Premia (con mayúsculas, como la publicidad del Banco Popular) a los ejércitos de activistas debidamente matriculados en sus respectivas filas. Basta examinar cómo nuestros principales funcionarios públicos en las tres ramas de gobierno son cada vez más incompetentes, claramente incapaces de ascender por méritos distintos a su afiliación a esas legiones de vela güiras. Esa lógica permea todo el servicio público.
De otra parte, ese sistema expulsa y margina a grandes sectores de la población que permanecen apáticos a participar de procesos políticos que consideran ilegítimos y que siempre terminan en lo mismo, sin cambiar nada.
Por eso, para romper ese engranaje político bipartita de democracia corroída y disfuncional, resulta necesario que amplios sectores de la población que han sido marginados y se sienten expulsados del proceso político, se reincorporen inteligentemente a las filas del electorado. También que miles de otros estén dispuestos a acabar el chantaje y decidan desafiliarse del sistema de patronazgo instituido por el PPD y el PNP. Lo anterior constituye la ardua tarea que deben encarar los nuevos representantes de la sociedad civil quienes, con la doble victoria del NO en el referéndum ya lograron colarle dos importantes goles a una selección de jugadores del equipo de “La Roja” junto a los del “Huracán Azul”.
