Talón de Brea y otras literaturas puertorriqueñas: Entrevista a Carlos Vázquez Cruz
Carlos Vázquez Cruz no escribe para caerte bien. Talón de brea, su nueva colección (Riel Editores), registra el pulso de un país amenazado desde el…
Carlos Vázquez Cruz no escribe para caerte bien. Talón de brea, su nueva colección (Riel Editores), registra el pulso de un país amenazado desde el…
Río Piedras no fue un barrio nacido de un un mapa pequeño, sino una ciudad con pulso obrero, universitario y contestatario, anexada a San Juan en 1951 bajo el barniz de la eficiencia. Este artículo lee esa unión como borradura política: quitar alcaldía, presupuesto, archivos y voz para domesticar una centralidad incómoda. Desde el precedente afrocaribeño de San Mateo de Cangrejos hasta la Ley de la Mordaza, el texto muestra cómo el poder central borra lo que no controla. Pero Río Piedras persiste: herida, mural, librería, universidad, mercado, memoria que todavía acusa y anuncia regreso desde sus calles todavía dignas hoy.
Las anexiones municipales en Puerto Rico no fueron simples trámites del archivo, sino cuchilladas administrativos del poder. San Mateo de Cangrejos, pueblo negro, cimarrón y libre, fue suprimido en 1862 cuando su autonomía dejó de servirle a la colonia y empezó a incomodarla. Racismo, tranvía, especulación y capital se dieron la mano. Casi un siglo después, Río Piedras cayó bajo una versión más moderna de la misma operación: referéndum, legalidad, discurso de eficiencia y pérdida de voz. Entre Cangrejos y Río Piedras aparece una verdad feroz: el mapa también puede ser una forma de violencia colonial.
Desde París, Paul Estrade convierte su saludo en una lección moral sobre Betances: no el busto quieto del prócer, sino el hombre entero, atravesado por dignidad e indignación. Relata cómo la Revolución Cubana lo llevó a Martí y, desde los archivos franceses, a descubrir en 1970 al puertorriqueño que ardía en el centro de la independencia antillana. Desde entonces, su obra —junto a Félix Ojeda Reyes y otros compañeros— rescató al Betances francés, periodista, diplomático, higienista, escritor y conspirador de la libertad absoluta. El texto insiste en que venerarlo no basta: hay que leerlo como método de acción contra imperios, bloqueos, guerras y atropellos. Betances vive cuando la memoria deja de ser ceremonia y se vuelve deber insurgente. Sin esa acción, la patria vuelve a quedarse en vitrina decorativa, muda.
Una memoria infantil del terremoto de Nicaragua de 1972 abre una reflexión sobre cómo los años setenta formaron una sensibilidad marcada por catástrofes, crisis políticas y cine de desastres. Entre Roberto Clemente, Watergate, Fuentes Fluviales, la crisis del petróleo y Earthquake, el niño Miguelito Ángel aprendió a mirar el mundo desde la ansiedad. Luego, la salsa, la disco y Santurce ofrecieron una vía de sobrevivencia: la belleza en medio de la ruina. Gaza y Venezuela reactivan hoy ese archivo íntimo del horror, pero también la voluntad de enfrentarlo con alegría, memoria y fervor, a pesar de todo, todavía intacto.
El texto revisita, treinta años después, las advertencias del Taller de Formación Política sobre la crisis del agua en Puerto Rico y confirma que no se trataba de una fatalidad natural, sino de una crisis social fabricada por abandono, privatización, corrupción y ausencia de planificación. El súperacueducto aparece como emblema de esa política: infraestructura costosa, vulnerable y funcional al desvío de fondos públicos hacia intereses privados. A esa debacle se suman la sedimentación de embalses, la deforestación, la construcción desmedida, la crisis climática, las sequías recurrentes y la amenaza emergente de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial. Frente a ese capitalismo colonial que convierte el agua en mercancía, el autor propone una alternativa ecosocialista: propiedad pública, control democrático, participación obrera y defensa radical del ambiente del país.
Un verdor terrible, de Benjamín Labatut, no es solamente una excursión literaria por la química, la física, la matemática y la astrofísica del siglo XX; es una autopsia del progreso. Cada genio que aparece en sus páginas abre una puerta luminosa y, al mismo tiempo, deja entrar una sombra. Haber salva del hambre a media humanidad, pero también ayuda a perfeccionar la muerte industrial. Schwarzschild ve en los agujeros negros una metáfora feroz de la bancarrota moral europea. Grothendieck abandona las matemáticas como quien huye de un dios demasiado peligroso. Heisenberg, Schrödinger y de Broglie descubren que la materia no obedece nuestras tranquilas ilusiones. Al final, la imagen de los cítricos que mueren dando una cosecha desmesurada se convierte en sentencia: quizá nuestra abundancia tecnológica no sea prueba de salvación, sino el último verdor antes del derrumbe.
El texto presenta la obra de Paul Estrade sobre Ramón Emeterio Betances como culminación de una larga fidelidad intelectual al Caribe anticolonial. Desde París, y junto a Félix Ojeda Reyes, Estrade ayudó a rescatar manuscritos, reconstruir archivos y completar las Obras completas de Betances, devolviéndole al país una figura que la colonialidad siempre ha querido reducir, domesticar o borrar. Su biografía francesa, Le Père de la Patrie Portoricaine, coloca a Betances en su justa estatura: médico de los pobres, abolicionista radical, separatista irreductible, antirracista, republicano, masón, científico, diplomático y pensador de una libertad sin diminutivos. Estrade insiste en lo esencial: para Betances no había independencia sin abolición, ni justicia sin dignidad humana, ni patria posible bajo protectorado o anexión. Su antillanismo —Cuba, Puerto Rico, Quisqueya y Haití— fue proyecto político contra el imperio; una confederación para que las Antillas dejaran de ser botín y se pensaran como destino común.
Cartografía histórica: un archivo para pensar el Caribe. Cuando escribí mi primer ensayo sobre la Revolución Cubana era estudiante graduado y todavía no sabía que la historia iba a…
Escrito y editado por estudiantes del curso Writing for the Media UPR Mayagüez, MAYAGUEZ, Puerto Rico (abril 2026). El artículo cuestiona el análisis periodístico sobre el deterioro de la Universidad de Puerto Rico, argumentando que su enfoque privilegia la apariencia física del sistema universitario mientras ignora factores estructurales como los recortes presupuestarios, los efectos del huracán María, la emigración y la intervención de la Junta de Supervisión Fiscal. Además, señala posibles conflictos de interés vinculados al patrocinio privado del contenido. El texto defiende la calidad académica, el impacto social y el prestigio internacional de la UPR, comparándola con universidades privadas que operan bajo modelos más comerciales y menos rigurosos.
La nueva ofensiva de la Junta de Control Fiscal contra la Universidad de Puerto Rico vuelve a plantear la misma ecuación: resolver una crisis provocada, en buena medida, por años de reducción presupuestaria mediante más recortes y mayores cargas sobre quienes estudian y trabajan allí. El problema no es únicamente financiero; es político y colonial. Una institución pública que produce conocimiento, profesionales y futuro no puede medirse como una empresa en quiebra. La pregunta esencial no es cuánto cuesta sostener la Universidad, sino cuánto le costaría al país perderla. Porque detrás de cada cifra hay estudiantes, investigadores, maestros y una nación que todavía intenta imaginar su propio porvenir.
Haydeé Reichard de Cardona rescata, desde la memoria oral, la fragua inicial de la Universidad de Puerto Rico: un Río Piedras pequeño, una Escuela Modelo americanizada y una Normal donde la educación todavía olía a madera, campana y país. La voz de Caridad Reichard del Valle revela el tránsito colonial del sistema español al estadounidense, pero también la dignidad de una generación que convirtió precariedad en institución. Entre maestros, amigas, rituales y edificios mínimos, aparece la UPR como promesa pública: no mercancía, sino memoria viva, escuela de ciudadanía y defensa del país contra el olvido y la improvisación colonial perenne.
El documento que sigue no es un papel más en el archivo burocrático: es el memorial elaborado por el economista y profesor del Departamento de Relaciones Laborales de la Universidad de Puerto Rico, Iyari Ríos González. No habla desde la grada. Forma parte de la Comisión Evaluadora del Salario Mínimo creada por la Ley 47-2021. Es decir, conoce el terreno que otros pretenden dinamitar.
Este memorial fue remitido el 7 de abril de 2026 al representante Roberto López Román(epresentante del Distrito 31 ), autor del Proyecto de la Cámara 1115 —pieza legislativa diseñada para desmantelar la Ley de Salario Mínimo de Puerto Rico— y presidente, no por casualidad, de la Comisión de Trabajo y Asuntos Laborales.
Aquí comienza el problema: mientras los memoriales de las organizaciones patronales circularon con puntualidad quirúrgica entre los legisladores, este documento fue empujado a un “bloque” de materiales que se entregará el mismo día de la votación. Traducido al lenguaje real: se entierra para que no estorbe. Se administra la ignorancia como política pública.
Hacemos público este memorial porque lo que está en juego no es un tecnicismo legislativo, sino la arquitectura misma de las condiciones de vida de la clase trabajadora. Lo que se pretende vender como ajuste es, en realidad, un retroceso deliberado: desmontar una ley que ha producido beneficios tangibles para el país.
Este no es solo un documento técnico. Es una pieza de evidencia. Un registro de cómo se toman decisiones que afectan a muchos desde la comodidad de unos pocos. Por eso lo publicamos íntegro.
Léalo con calma. Pero léalo sabiendo que, mientras usted lo hace, hay quienes preferirían que nunca llegara a sus manos.
Hay vidas que no necesitan titulares, pero terminan imponiéndose como evidencia. Julio Varela, cayeyano de raíz humilde y pensamiento agudo, sobrevivió al tiempo con un solo riñón y una lucidez que incomoda. Impresor desde niño, heredero de una tradición casi artesanal, convirtió la palabra en oficio y refugio. No fue catedrático —no porque no pudiera, sino porque el país no estaba listo—, pero pensó como uno, sin pedir permiso. Entre imprentas, periódicos y agencias de viaje, ayudó a mover ideas y personas en un Puerto Rico que aprendía a dejarse atrás. Humanista sin diploma, lector de la Biblia y de la calle, defendió la conversación como trinchera. Hoy camina lento, pero piensa rápido. Y eso, en este paisaje de ruido y olvido, ya es una forma de resistencia.
El río no miente. Mientras el USACE levanta concreto sobre lo que fue vida, unos sábalos remontan la corriente del Río Piedras con la indiferencia soberana de quien no ha leído los decretos coloniales. La canalización reproduce el viejo mecanismo de poder: convertir un sujeto en infraestructura, un ecosistema en cuneta, una ceiba centenaria en esqueleto. La tecnocracia importada no escucha el territorio — lo administra desde afuera, troquelando soluciones que responden a sí mismas y no a los colonizados. Pero el agua encuentra grietas donde el concreto presumía de hermético. La Red Comunitaria de Agua suma voces como moléculas en cohesión: no por fuerza individual, sino por persistencia organizada de una inteligencia colectiva que el río ya conocía. La pregunta no es técnica. Es política. Es ética. Es de futuro.
La cultura impone sus propias fronteras: quién habla, desde dónde, sobre quién. Cuando Nelson Rivera decide escribir sobre John Cage —compositor estadounidense, figura cardinal de la vanguardia del siglo XX— lo hace desde Puerto Rico, desde el Caribe, desde una tradición intelectual que el mundo académico anglosajón rara vez considera interlocutora válida. Ese gesto, en apariencia sencillo, es en realidad un acto de afirmación: nuestra manera de mirar también cuenta. Instances: Writings on John Cage, publicado por Riel Editorial, recoge nueve textos escritos entre 1983 y 2023, entre ellos una entrevista inédita realizada en el apartamento neoyorquino de Cage en 1987. En la Feria Internacional del Libro de Nueva York, Rivera y el periodista Joel Cintrón Arbasetti discuten el libro, la política y los límites que el arte se niega a respetar.
El Hombre Jicotea emerge aquí como una figura filosófica nacida del barro del Caribe: mitad humano, mitad memoria reptiliana del tiempo. La imagen —una escultura en Caguas— sirve de punto de partida para cuestionar la arrogancia de la modernidad que separó al ser humano de la naturaleza y convirtió el conocimiento en un ejercicio frío de abstracción. Frente a esa tradición, el ensayo propone el sentisaber: una forma de conocimiento que brota del cuerpo, del territorio y de la experiencia vivida. En el Caribe —marcado por colonización, migración y resistencia— ese saber relacional ha sobrevivido en prácticas cotidianas, lenguajes y memorias colectivas. Caminar con el Hombre Jicotea es aceptar otra velocidad, otra ética y otra filosofía: una que reconoce que la vida humana nunca ha estado sola, sino entrelazada con todo lo que respira, se arrastra y resiste en la tierra.
Juan Carlos Quiñones abre el texto como quien se mira en un espejo roto: relee sus propios libros para comprobar si aún respiran como literatura o si ya son sombra. Desde esa autopsia íntima, su “Libro de las apariciones” se ordena bajo lo espectral: personajes, lugares y lectores como presencias ausentes que vuelven una y otra vez, cambiando de sentido. Derrida y Fisher aparecen como brújulas: la “hauntología” del futuro cancelado, de la promesa que no llegó y sigue rondando. Puerto Rico —apagones, huracanes, dependencia— entra como archivo vivo: lo que no se resuelve regresa en forma de fantasma. Pero el texto no se queda en lamento: propone la imaginación como contrahechizo, la literatura como otra realidad capaz de inventar una isla más habitable. No es espiritismo: es política del sentido, escrita a pulso, frío.
En abril de 1939, mientras el mundo se encaminaba a la guerra, Puerto Rico recibió una visita que olía a “diplomacia cultural” con dientes: la Comisión Presidencial para una Universidad Inter-Americana, nombrada por Franklin D. Roosevelt y presidida por Isaiah Bowman, llegó a San Juan en el Coamo. El elenco era de alta academia imperial: presidentes universitarios, juristas, exfuncionarios coloniales; un aparato de prestigio para legitimar una reingeniería. Su propuesta: una “Institución Interamericana” vinculada a la UPR, pero separada y gobernada por nombramientos presidenciales, además de reformar la Junta de Síndicos con miembros federales. La prensa celebró; el estudiantado no. En el Hotel Condado, los jóvenes denunciaron la contradicción entre panamericanismo y colonia, exigieron soberanía y señalaron censura y politiquería universitaria. La guerra enterró el proyecto; pero la lógica de control quedó expuesta.
Si en París la ruina y la mercancía inauguran la conciencia desgarrada del “yo es otro”, en el Caribe esa herida se reescribe bajo el peso de la colonia, el archivo roto y la memoria clandestina. Ramos Otero toma la ironía borgiana —espejos, palimpsestos, autor ficcionalizado— y la convierte en herramienta política: no para celebrar el vacío del símbolo, sino para denunciar el vacío histórico. Hawai, Vieques, Loíza, Manhattan: archipiélagos dentro del archipiélago. Homoerotismo, oralidad y mito funcionan como dinamita contra la versión oficial. El resultado no es ornamento erudito, sino combate literario: escribir para existir, narrar para no desaparecer.
Nelson Maldonado disecciona la irrupción de Bad Bunny en el Súper Tazón como desafío cultural en plena restauración anglocentrista. No es un espectáculo vacío: es un tambor afrocaribeño que evoca memoria, combatividad y hechizo. Desafía tanto la asimilación colonial como el liberalismo multicultural, planteando mutaciones solidarias que van más allá de la mercancía global. Tampoco elude sus contradicciones: el mercado impone límites, y la cuestión palestina queda como deuda pendiente. En ese vaivén, Bad Bunny —caballo de Troya moderno— nos lleva a cuestionar el presente, mientras su tambor resuena con las grietas de América y las aspiraciones de una descolonización aún incompleta.