Fui a Bad Bunny cargando ciertos prejuicios y preconcepciones que no sirven para nada. Claro que he puesto su música a niveles que amenazan con ensordecerme y también sé de sus cientos de millones de clics, pero no había pensado ir a uno de sus conciertos. Prefería escuchar su música, pero a la distancia. El 5 de mayo, en el Centro de Convenciones, quien hace menos de dos años era bagger de un supermercado del país, sin disqueras y sin álbum publicado, rompió esquemas y marcó una huella en su género y a mí me llevó corriendo a escribir en el teclado.
Mi historia con el trap, es urbana. Cuando vivía en un callejón del Viejo San Juan, me era rutinario despertarme los sábados y viernes con el retumbe de los carros que pasaban en la madrugada al son de lo que luego me enteré que era el trap. Todavía ni se escuchaba trap en la radio. Al principio, solamente quería que lo prohibieran, pero era más por el deseo de poder dormir en paz. Vivir en un callejón me ayudaba a conocer lo que estaba in: Bad Bunny estaba bien in.
Su música habla de una realidad y discurso urbano que un grupo particular y privilegiado del país prefiere negar e invisibilizar. Y es que aquí hay mucha hipocresía. Muchos lo que odian no es al cantante, tan siquiera es el contenido de sus letras, es a su audiencia. Hay clasismo que hace orilla. Al cabo lo que persiguen y buscan es lo mismo de lo que canta Bad Bunny: sexo, dinero y fama –ah– pero desde el privilegio y mirando pa’ abajo a quien puedan.
Hace poco, hablaba con un chofer de Uber en Washington D.C. Su sueño era ir a un concierto de Nicky Jam. ¿Saben de dónde era? De la Costa de Marfil en África. Se crió desde niño escuchando a nuestros artistas, me dijo. Se sabía hasta el Wasa Wasa de Tego y lo cantó para probármelo mientras conducía (vergüenza la mía que no pude acompañarlo). Acá en la isla unos van renegando los talentos de Puerto Rico porque “son cafres” con toda la carga racista y social negativa que le han querido inyectar. Eso es lo que hay detrás, ese resentimiento.
No ha sido la primera vez que he visto mis prejuicios derrotados. Una vez me encontré en una barra al dúo legendario del rap, Baby Rasta y Gringo. Jamás imaginé hablar tendidamente con Baby Rasta, el de la canción de la Punto 40 y quien llegó a ser un ídolo musical en mi infancia.
A Baby Rasta le recriminé sobre sus canciones, lo liviano de sus letras y cómo el rap con la llegada del reggaetón había dejado de ser aquel género en el que se narraban los problemas de la gente y la calle en Puerto Rico. Me contestó que sí, que tenía razón, pero me advirtió que también tenía un repertorio de crítica social y hasta me tarareó varias de letras como evidencia. Recuerdo que la letra retraba el daño de la corrupción en el país. Quedé asombrado e igual le admití que no las había escuchado. Luego de que con el talento de un buen rapero se destruyera mi observación desacertada y con ello mi resentimiento terminamos hablando, de la marginación, los mitos de los fondos federales, de cómo los partidos usan las mismas tácticas para ganar el voto de los de siempre. Se impresionarían ver cómo el de la Punto Cuarenta era tan receptivo a todos los temas sociales del país y cómo compartíamos esa indignación sobre el daño que nos ha hecho una clase política en general. Creo que en algún punto intercambiamos números. Aquella idea de que a la gente no le importa el país, que solo somos algunos los indignados, que los otros no sufren o no tienen esa indignación política quedó derrotada. La realidad es que son más los que no quieren conversar con ciertos grupos de nuestro país que los que están dispuestos a escuchar.
Luego de esto, admito que competí con el cantante Gringo acompañado por Baby Rasta para ver quién duraba más sin respirar al son de “que tenga la fuerza que tenga la maña” hasta ver a cuál de los dos se le acababa el aire de los pulmones primero. Pude acumular más aire en mis pulmones que el rapero, pero estaba en ventaja, desde que tenía cinco años había practicado el tema con el cassette the The Noise Live.
A tres semanas de este encuentro, a Baby Rasta lo tirotearon hiriéndolo en la espalda, abdomen, brazo y el muslo derecho. El rapero sobrevivió. De ahí la referencia de Bad Bunny en la canción Chambea “soy inmortal como Baby Rasta…”.
No hay por qué dejar que los resentidxs sigan marginando, dividiendo y excluyendo. Tampoco hay por qué dejarlos inyectar sus prejuicios con cierta autoridad y dejarlos creer que el país es exclusivo de ellos.
La verdad es que el ambiente allí, en Bad Bunny, quien señaló que: el “cierre de escuelas es una asquerosidad” es mucho mejor de lo que uno ve en una vista de la Legislatura de Puerto Rico o hasta en un Diner en Blanc de esos en Condado.
