Entrevista con Juan Duchesne Winter, por Teresa Basile
Teresa Basile: Me interesaba dialogar sobre la crítica, algo así como una “crítica de la razón crítica”. Comenzaría con los inicios de la década de los ´90, en los cuales es posible advertir ciertas intervenciones dentro del campo de la crítica literaria e intelectual en Puerto Rico. En especial quería preguntarte sobre Las tribulaciones de Juliá (1992), una compilación a tu cargo que colecta trabajos de Áurea María Sotomayor, Rubén Ríos Ávila, Juan Gelpí y María Elena Rodríguez Castro, con un texto preliminar tuyo. Esta publicación parece constituir un toque de reunión para un grupo de críticos y ensayistas que se proponían revisar las tareas de la crítica –desmontar el nacionalismo puertorriqueño de tipo culturalista, populista y patriarcal– y explorar otros rumbos. Me gustaría que me hables de ese escenario.
Juan Duchesne Winter: La pregunta es larga y mi respuesta será larga. Tu pregunta alude directamente a los factores sociales y culturales que subyacen al imperativo revisionista que mencionas. Ese culturalismo, tan patriarcal como pudo serlo o dejar de serlo cualquier culturalismo burgués gestado en la década de 1940 y principios de los 50, pertenece a un contexto geopolítico excepcional en América Latina. Puerto Rico transita en esos años de mitad de siglo hacia un modelo colonial inédito. Antes de eso éramos una colonia más o menos convencional, bajo control administrativo directo, monocultivo agrícola intensivo, represión de casi toda manifestación de nacionalismo, en lo cultural y en lo político, incluyendo la represión del idioma castellano. Pero, tras varias rebeliones nacionalistas, y con los ajustes globales del capitalismo estadounidense, pasamos a ser una colonia de nuevo tipo para la cual es difícil encontrar un término descriptivo. Se le podría llamar colonia fordista o novopactista (en la medida en que se vincula a ese estilo de acumulación y al Nuevo Pacto del presidente Roosevelt en los EEUU). Se redistribuye gran parte de la tierra, se expande el sistema educativo, se abandona la agricultura por la manufactura, las masas acceden al consumo, se instaura un amplio sistema de ayudas sociales respaldado por el tesoro federal. Complementa el efecto paliativo de estas medidas el estímulo de la emigración en masa a los EEUU, que expulsa a una población considerada como sobrante. Se gesta así la mayor clase media que halla existido en cualquier nación caribeña o centroamericana, a cuyo imaginario se incorporan amplios sectores obreros y campesinos vía la “magia” del consumo. El crecimiento urbano arropa las áreas rurales hasta el punto que tenemos un país donde la ciudad rodea al campo. Según algunos, Puerto Rico es una ciudad-isla, una megápolis insular. Las empresas norteamericanas hallaron un paraíso fiscal y salarios por debajo del mínimo federal, así como una masa ávida de consumir y con medios para hacerlo. La élite puertorriqueña accedió a una cómoda posición de mediación política con el poder federal, amparada en un autogobierno local tipo anglosajón que brinda a sus gerentes casi todas las gratificaciones de la pulsión de poder. El populismo de esas décadas es de raíz rooseveltiana y novopactista. No tiene mucho que ver con el populismo latinoamericano. Hay que decir que todos estos reacomodos reprimieron y cooptaron varias resistencias políticas y sociales y significaron no pocas acciones punitivas de corte macartista contra disidencias aisladas, pero elocuentes.
Ahora bien: ¿Cual es el papel del nacionalismo culturalista en este ajuste recolonizador? Es su expresión simbólica. Y de hecho, ha tenido una vida más larga que el modelo socioeconómico al que responde, el cual se sumió en una crisis prolongada desde finales de 1970. El nacionalismo culturalista persiguió trasladar la cuestión nacional al plano estrictamente cultural a cambio de obviar las contradicciones sociales y políticas de la colonialidad. Ese traslado fue gradual y resolvió para muchos la cuestión nacional, especialmente para la gran clase media y para el proletariado que asumió su imaginario. Pero tardó en resolverla a los ojos de sectores importantes de lo que se conformó como una contra-élite contestataria e independentista, a la que han pertenecido los más brillantes artistas y escritores puertorriqueños de la segunda mitad del siglo veinte.
Los reclamos de identidad nacional del culturalismo de impronta rooseveltiana, gestado por el Partido Popular Democrático (PPD), se subordinaban a un proyecto socio-liberal de modernización ciudadana, por lo que rechazaban los contenidos más radicales de una contra-élite que abrevaba en las ideas de Pedro Albizu Campos, Frantz Fanon, y la izquierda latinoamericana. Pero hacia fines de la década del 80, acuciada por la crisis del modelo económico, y la consiguiente erosión de su hegemonía política, la élite afin al PPD comienza a captar a la contra-élite irredentista que hacía reclamos anticoloniales de fondo y postulaba la independencia política. A ello se suma el poderoso discurso multiculturalista exportado por las universidades norteamericanas, del cual se apropiaron los vástagos de esta contra-élite, es decir, nuestra generación. El resultado es el neonacionalismo, una especie de aggiornamento neoliberal y posmoderno del viejo culturalismo. A ese neonacionlismo, de populista le queda muy poco, sólo cierto “plebeyismo” chic basado en la masificación global de la cultura pop, i.e., el paradigma del rap, el reguetón y demás.
Para cortar aquí este cuento largo, nuestro libro sobre la obra de Edgardo Rodríguez Juliá expresa gran inconformidad con ese nuevo consenso. Leímos la brillante obra de Rodríguez Juliá a contrapelo de ese consenso. Y en todo caso, si asumimos el diagnóstico de la posmodernidad, fue en cuanto diagnóstico, pero no necesariamente como programa. Rubén Ríos, Juan Gelpí, Malena Rodríguez, Aurea María Sotomayor y yo estábamos leyendo a un Rodríguez Juliá cuyo barroquismo narrativo y estilístico erosionaba muchas premisas del sujeto nacional o simplemente las exponía ante la lectura crítica. Sus personajes no vivían una épica frustrada e irredenta como la de tantos personajes de nuestra literatura, sino un carnaval del deseo y del extravío, así como una panoplia de complicidades inconfesables con la historia de su propia colonialidad. Su lenguaje literario trascendía la mentalidad de salvar la lengua y se lanzaba a su reinvención, en lo que coincidía con otros poetas y narradores como Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega, Joserramón Meléndes, Vanessa Droz y Áurea María Sotomayor.
TB: El neoliberalismo tuvo sus efectos…?
JDW: Algo que sí hace que la experiencia puertorriqueña en el ámbito cultural haya sido diferente de la del resto de América Latina es el efecto amortiguador que tuvo el complicado sistema de prestaciones sociales federales sobre las sacudidas económicas. La primera fase de los programas neoliberales se implementó sin que los trabajadores de la cultura las sintiéramos demasiado. Fue una fase preparatoria, amortiguada también por la economía en alza de los años de Clinton. Tampoco la sintieron demasiado otros sectores cobijados por la cantidad de transferencias federales que continuó llegando a la isla como mero trámite de un complicado sistema de asistencia estadounidense para el cual una población isleña de cuatro millones es una gota en un océano.
Es ahora que, como efecto retardado, empiezan a sentirse los cortes drásticos en presupuestos sociales y culturales y los despidos masivos en todos los sectores de la economía. Desde principios de 2009 se ha instaurado un gobierno anexionista que aplica el programa neoliberal de línea dura del partido republicano en momentos en que el presidente Obama ensaya salidas más flexibles ante la crisis global. Aquí se clausura todo tipo de institución cultural. Se pretende desmantelar la Universidad pública, que junto a una serie de entidades públicas, es el gran mecenas de la cultura puertorriqueña insular por el mero hecho de que emplea a cientos de artistas e intelectuales en una economía caribeña que de otro modo no podría sostener tal nivel de productividad cultural. En tiempos de crisis económica los cantos de la identidad son menos seductores, parecen menos urgentes. Es posible que el discurso culturalista e identitario de la élite neonacionalista agote su capacidad de interpelación si se extiende esta crisis. Es posible que lo sustituya un discurso “neosocialista” con un nuevo sentido de urgencia. Podría constituir un avance con respecto a las inconsecuencias del neonacionalismo.
TB: Las publicaciones de algunas revistas como Nómada, Posdata y luego Bordes y más tarde Hotel Abismo ¿también fueron parte de la movida que se inició en los 90? Qué significaron? Quienes participaron? Cuáles fueron sus trazados?
JDW: Si te refieres a la década de 1990, creo que estas revistas intentaron asumir, desde el contexto puertorriqueño, el chance que abría el debate de la posmodernidad, marcando unas posturas independientes con respecto a la avalancha multiculturalista, y “posmodernista” que venía de las universidades y los medios estadounidenses. Por eso dichas revistas para nada son legibles bajo los códigos del debate norteamericano. Se proponían refundar la crítica cultural de la izquierda, algo que no se puede decir del multiculturalismo posmoderno estadounidense, muy plegado al reajuste neoliberal. Comenzó Postdata, a principios de 1991, con una atrevida desconstrucción del nacionalismo y de la universidad. La iniciamos Carlos Gil, Irma Rivera Nieves, Áurea María Sotomayor y yo. Los mayores ataques contra estas revistas vinieron de la élite neonacionalista que había negociado los contenidos radicales del anticolonialismo sesentista y setentista por un nacionalismo blando de afirmación étnica, muy derivado del multiculturalismo estadounidense, a cambio de regentear o aspirar a regentear los aparatos culturales del estado colonial. La gran ironía es que esta izquierda neonacionalista post-1990 se ajusta al modelo multicultural y neoliberal estadounidense con posturas que encarnaron el élan posmoderno sin necesidad de teorizarlo. Pero ella repudiaba con vehemencia nuestro intento de asumir una práctica teórica independiente y de replantear el discurso posmoderno desde una perspectiva distinta a la dominante. Se impuso una fobia tal contra la teoría que recuerdo cómo, en la facultad, el mero hecho de andar con más de dos libros bastaba para catalogar a cualquier estudiante como “discípulo peligroso de los posmodernos”. Las palabras “teoría”, “intelectual”, “posmoderno” y “enemigo de la nación” se convirtieron en sinónimos. Claro, tal fobia respondía a que un esfuerzo serio por pensar la cultura y la política exponía muchas vacuidades del neonacionalismo colonial. Como residuo de ese momento queda un mural en la entrada del museo de la Universidad de Puerto Rico que advierte a la juventud contra la influencia de los “viejos teóricos”. Es una cita del Che Guevara colocada, literalmente, fuera de contexto.
Mencionas a Hotel Abismo, pero este proyecto rebasa aquel momento. Ahora, a fines del primer decenio del 2000, lo que se plantea, a mi juicio, es cómo la nueva crisis global del capitalismo expone el horizonte angosto del culturalismo y aun en cierta medida de la crítica al mismo, y relanza la lucha de clases, pero como lucha por el fin de las clases sociales, y a favor de la sustitución del mercado capitalista del trabajo por la producción social, más allá de la mera propiedad pública o estatal. Es un paradigma alterno muy amplio y embrionario que no se deja articular todavía en propuestas culturales. Por lo que es difícil ver cómo se expresaría en el plano simbólico.
TB: ¿Cómo interviene el revisionismo historiográfico de Puerto Rico?, que también parece acompañar estos cambios y giros en los intereses del campo intelectual y de investigación académica.
JDW: El revisionismo historiográfico sigue su propio ciclo temporal, si bien sus principales momentos se relacionan con el debate cultural al que aludimos. El gran logro duradero del revisionismo historiográfico ha sido colocar en el escenario un amplio elenco de actores sociales que rebasan a los usuales protagonistas del conflicto colonial, así como exponer otras secuencias socio-políticas que rebasan el imaginario burgués de los próceres, de la modernidad y del llamado proceso “civilizador”. Por cuenta propia, dicho revisionismo ha expuesto procesos históricos que nos invitan a mirarlos según las propuestas de la microfísica del poder y de la biopolítica, por ejemplo. Dos nombres destacan: Fernando Picó y Ángel Quintero.
TB: ¿Cómo pensás las estrategias de la crítica latinoamericana en la geopolítica cultural de la globalización? Hay algo que caracteriza y singulariza tu mirada crítica: esa línea de fuga aplicada a la literatura puertorriqueña y a la latinoamericana, como por ejemplo cuando colocás en diálogo La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez con la novela V de Thomas Pynchon. No se trata de ver influencias, fuentes, genealogías, descendencias, no tiene nada que ver con esa mirada que suele incluir un gesto de dependencia cultual aún cuando se busque marcar los corrimientos, las diferencias, las inversiones del texto “central”. Por el contrario ese trato de igual a igual entre dos textos, esa frotación, ese diálogo parece remitir a la idea de una literatura mundial, un escenario estupendo para repensar las políticas de la crítica en América Latina, una propuesta que suscita y dispara ideas de apertura. Aunque no dejan de aparecer otros fantasmas cuando pensamos lo difícil que le resulta a la literatura de América Latina ingresar en un diálogo con las literaturas del “centro” que no la vuela exótica –quizás fue Borges uno de los pocos que lo logró.
JDW: Has dicho muy bien: “trato de igual a igual entre dos textos”. He pretendido suspender las jerarquías genealógicas y dependentistas, que en muchos casos se amparan en cierto esteticismo eurocéntrico no confesado. Me propongo colocar los textos en un plano horizontal de inmanencia para implicar una contrahistoria de la literatura, que desde adentro descomponga el estatuto mismo de lo “literario”. Hice algo parecido en el ensayo “Idiota escritor”. No hace mucho escribí otro texto que lee a Roberto Arlt con Blanchot y Bataille sin mayores consideraciónes de antecedencia o influencia. Además, se puede ir más allá del diálogo, la palabra “diálogo” tiene un retintín liberal. Como tú implicas, hay de todos modos cierta tentativa de control del “subalterno” en el requisito del diálogo con la producción euronorteamericana dominante. ¿Qué tal si no se quiere dialogar del todo, sino sólo escuchar ciertas voces? Se puede producir un mono-diálogo canibalizante, selectivo, por ejemplo.
TB: A propósito de los vínculos entre crítica y política, quería pedirte tu opinión en torno a la crítica sobre América Latina y sus modos de articularse en las universidades norteamericanas en las cuales además hay muchos latinoamericanos trabajando…
JDW: La novela del guatemalteco Ronald Flores, El informante nativo, es providencial al respecto. Pone sobre el tapete un rol que no desconocemos, pero siempre olvidamos. El rol estructural reservado a los críticos latinoamericanos en EEUU es el de ser informantes nativos y servir de intermediarios para proporcionar más informantes nativos. Es un papel estructuralmente asignado, apuntalado por las buenas voluntades. La paradoja es que para cumplir con tal rol el informante debe desnativizarse o simular que se desnativiza, es decir, que se asimila al paradigma de “civilización” y de modernidad dominante. Pues de lo contrario, no manejaría los códigos que le permitirían informar debidamente, en otras palabras: no podría “dialogar” con el “amo”. No por nada, el narrador de la novela de Flores es un profesor llamado Lázaro Tormes. Eso lo dice todo. El docente latinoamericano en EEUU medra, ya sea asimilándose o simulando que se asimila. Pero ahí todavía no comienza la política. La política comienza cuando se producen “informaciones” que rebasan la misión del informante nativo y se interpela a destinatarios o se emiten voces y mensajes no incluidos en el libreto del “diálogo entre civilizaciones”.
TB: ¿A qué otros desafíos se enfrenta la crítica latinoamericana hoy?
Además, claro, estaría también el desafío respecto a la presencia de las literaturas latinoamericanas escritas en Estados Unidos… y el cimbronazo en la categoría de “literatura nacional”, provocado tanto por las actuales desterritorializaciones de los mapas de América Latina a causa de las diásporas, como por las literaturas –los territorios– virtuales que se construyen en el ciberespacio.
JDW:: La crítica latinoamericana tiene el desafío de sobrevivir como práctica realmente crítica, que exceda el comentario bienpensante del “paper” hipercorrecto. Para ello debe producir un discurso excesivo, que exceda la academia formal y busque lazos con la comunidad latinoamericana en ambos lados de la frontera norte-sur. Ello supone crear medios de comunicación transacadémicos que involucren a la comunidad, en sintonía con sus deseos y reclamos, y que también desafíen el sentido común de esa comunidad. La crítica debe también crear una zona de encuentro horizontal entre la comunidad hispanoparlante y la comunidad no hispanoparlante, manejando todo tipo de bilingüismo en distintos registros (lengua oral, escrita, letrada, no letrada) con las lenguas indígenas, el inglés, el francés y el portugués, en el norte y en el sur. Más que un diálogo (en el sentido de intercambio bilateral: el latinoamericano vs. el Otro) se debe buscar un vocerío multiplicado.
Parte de lo anterior es liberar al corpus de estudio de las agendas del mercado mediático. En no pocos casos los emporios mediáticos están imponiendo cuáles son los textos del currículo académico. Destacan los emporios españoles. Muchos críticos y académicos presumen que sólo los autores y obras de gran visibilidad mediática deben considerarse como temas apropiados de investigación y de enseñanza. Ese top-list de obras más mercadeables impone también lecturas y enfoques que armonizan con las fórmulas exitosas. Impera, por supuesto, el rasero de la banalidad. En consecuencia, la ideología dominante estructura las prioridades de la crítica. En el caso de los países pequeños del Caribe y Centroamérica el efecto de distorsión se multiplica. La gestión crítica, docente e investigativa, en fin, debe proceder a contramarcha de ese fenómeno.
TB: La tradición crítica latinoamericana ha tenido diversos registros discursivos, no hay duda, algunos más cercanos a las lenguas de la sociología y otros, a las gramáticas literarias. Contamos también con nuestros “raros” y no me refiero a Darío, sino a las críticas que se disparan fuertemente de las huellas acostumbradas tanto en las instituciones académicas como en las críticas de escritores: así la “poscrítica”´de Margarita Mateo, o La expresión americana de Lezama Lima, también Borges con sus ficciones críticas como “Examen de la obra de Herbert Quain”, y esa rareza de Julio Ramos en Por si nos da el tiempo. Fugas incomunistas, que publicaste en el 2005, hilvana una serie de ensayos que culminan en un “Ensayo de evasión” escrito desde la ficción, desde cierta matriz del ensayo filosófico de ficción fantástica en la huella borgeana aunque “con una deriva ciberpunk”, me pareció. La pregunta es ¿por qué el salto a la ficción?
JDW: La ficción es un exceso, en ese contexto, que empuja los límites de “lo apropiado”. Si te fijas, en Fugas incomunistas eliminé todas las referencias bibliográficas formales, algo imperdonable para muchos académicos. Creo que son gestos que politizan el discurso académico en la medida en que ponen el énfasis en el acto de decir algo, eliminando las apoyaturas formales que colocan la validación institucional por encima del acto mismo de decir y pensar, con el temor (típico de la institución académica) de que el decir se convierta, precisamente, en una acción. Los textos que citas, constituyen, en ese sentido, pasajes al acto del decir crítico. Por si nos da el tiempo, de Julio Ramos, interpela un ensayo contenido en Ciudadano insano que pretende descubrir a la autora ciberpunk jamaico-argentina Dora Ricardo, presunta descendiente del economista David Ricardo, tan comentado por Carlos Marx. De hecho, Julio Ramos entrevista en su libro a Dora Ricardo, quien cuestiona algunas afirmaciones hechas en mi libro. Hace poco recibí correspondencia para Dora Ricardo de parte de alguien que no pudo dar con su paradero. Era un libro que le querían regalar a Dora, sin percatarse de que ella es una ficción de la crítica.
TB: El año pasado publicaste un libro sobre Lezama Lima y quería preguntarte el por qué de tu interés en Lezama, un escritor que parece condensar la atención de varios en los últimos años. Roberto González Echevarría dijo que si en los años setenta y ochenta se interesó por la obra de Alejo Carpentier, en cambio ahora prefiere la de Lezama Lima, una elección que comparte con varios escritores cubanos de las últimas generaciones.
JDW:: Quise leer a Lezama como teórico político, y con ello, plantear la ficción como productora de teorías, de lo que podríamos llamar “teorías deseantes”. Es algo que abordo en mi libro Comunismo literario y teorías deseantes: inscripciones latinoamericanas, que espero se publique pronto. (( Se publicó con Plural Editores, en La Paz, Bolivia.)) En Paradiso, Lezama crea la teoría de una “retaguardia literaria” que sirve de contrapeso y complemento a la “vanguardia política”. La “teoría deseante” construye un objeto del deseo, en lugar de un objeto del conocimiento. Lezama teoriza una fábula anti-epistemológica, que sin embargo no deja de ser un procedimiento de consecución de verdades, fundadas en el equilibrio precario entre conocimiento y desconocimiento. Lezama Lima es un gran teórico. Fue más lejos que Georges Bataille en la tarea de crear un sistema del no-saber, es decir, en acceder a una sabiduría acósmica, pues emprendió algo que no estuvo al alcance de Bataille: transubstanciar el cosmos en imagen.
TB: ¿Qué tenés entre manos?
JDW: Tengo entre manos publicar un libro que acabo de concluir: La guerrilla narrada: acción, acontecimiento, sujeto. (( Se publicó con Editorial Callejón, en San Juan de Puerto Rico.))Ahí indago toda una serie de narraciones redactadas por actores de la guerrilla latinoamericana. Concentro en los casos de Guatemala y Argentina, por considerarlos muy cercanos al guevarismo y además leo los Pasajes cubanos y los Pasajes del Congo de Ernesto Che Guevara.
Ya completada esa asignación pendiente, comienzo a trabajar en otro libro sobre lo que llamo la literatura caribeña “excéntrica”.
*La revista argentina Katatay publicó la versión impresa de este texto en su número 7.
