Esta semana mi vida fuera de Puerto Rico cumple un año y seis meses. Decidí irme de la isla con intenciones de exponerme a algo nuevo y vivir una experiencia en la gran China. En noviembre de 2009, como reacción a mi shock cultural y a la falta de libertad de expresión en la China, decidí desquitarme de las restricciones y comencé un blog para relatar mi encuentro con este país y encuentros conmigo misma.
Ahora que mis palabras se extienden más allá del círculo de mi familia y amigos, al repasar esas primeras parrafadas de mi tiempo en la China, no dejo de asombrarme al pensar en todo lo que se puede vivir en un año si uno decide moverse y explorar fuera de la verja mental que nos rodea. Debo agradecer a la memoria (y a las redes de internet privadas) por acompañarme durante esos primeros días en el Oriente, en los cuales hasta comprar leche, sal y azúcar en el supermercado era una batalla lingüística desesperada.
I
Reflexiones desde el cielo (12-12-2009)
Todavía recuerdo cuando miraba por la ventanilla del avión. Anunciaban el aterrizaje a la ciudad de Shanghai e informaban el estado del clima de ese momento. “Prepárate para más calor y humedad”, pensé.
Me pregunto cuál fue la última ciudad que pude ver desde el cielo antes de quedar atrapada entre la noche y la gran nube que arropaba toda la China. Pudo ser alguna parte de Polonia o de la República Checa, o quizás alguno de esos países que ahora son libres y que en un pasado pertenecieron a la implacable Unión Soviética. Esa última ciudad avistada se veía triste, marrón… a bastantes kilómetros de altura podías sentir la desolación que dejó el monstruo soviético. Dí gracias a la vida por darme la oportunidad de ver tanta belleza desde que nací. No fue hasta este momento que me di cuenta lo mucho que había dado por sentado lo fértil y lo verde.
Para ser honesta, el primer pensamiento que me vino a la mente cuando perdí de vista el paisaje de la bella Italia, los Alpes y Austria fue “he sido una malagradecida”. No me tomes a mal, pues no es que haya sido una mala persona con el prójimo. Es que no fui muy generosa conmigo. No me di el tiempo de disfrutar muchas cosas que ahora echo de menos. Pero entonces cabe preguntar: ¿cómo valorar y saber lo que se tiene sin exponerse a cosas diferentes? La verdad es que la única manera de encontrar muchas respuestas es viajar. Si eres moderadamente afortunado y te aventuras, puedes encontrarte con la posibilidad de confrontar tus ideales, tus gustos, tus filosofías y tus amores…
II
Trasfondo (12-01-2010)
En este momento me encuentro en la ciudad de Shanghai, ciudad y provincia de la República del Pueblo de la China. Desde aquí he decidido comenzar a relatar una serie de escritos donde expongo situaciones, pensamientos y sentimientos basados en mi experiencia personal. Antes de comenzar a relatar las circunstancias que me han traído al lado opuesto del globo terráqueo, les explicaré un poco de mi trasfondo.
Nací en la isla de Puerto Rico en el año 1979 y me crié en las montañas de Naranjito, parte de la Cordillera Central que atraviesa la ínsula. Viví mi niñez rodeada de 3 hermanos, 2 hermanas y mis padres. Estudié toda mi vida en el sistema público, incluidos mis estudios universitarios. Hasta donde sé, la descripción socioeconómica de mi hogar era “clase media-baja”. Vivimos con el sueldo de mi padre, mi madre estaba encargada de la casa, y con el ingreso que generamos de preparar comida típica de la Isla. Pude ver cómo la mirada de la Isla dirigida hacia Plaza las Américas disminuía la producción y la calidad de pasteles (( A diferencia de otros lugares de Latinoamérica, en Puerto Rico se denomina como pastel al famoso plato típico elaborado mayormente con masa de plátanos, calabaza y yautía, y relleno con carne de pollo, cerdo o res, aunque la receta puede variar en su elaboración. Se distingue por su presentación, la cual consiste en la envoltura con hojas de plátano. Aunque se puede encontrar su información en libros de recetas puertorriqueñas, la técnica se aprende mayormente por la tradición oral pasando de generación en generación. El resultado es una expresión culinaria de la mezcla cultural africana, taína y española en la isla)), morcillas ((Embutido elaborado con intestinos de cerdo, rellenos de arroz y sangre del mismo animal.)), y dulces típicos. Claro está, aún se pueden encontrar estas cosas, y mis padres son parte de ese grupo de personas que aún cultivan una conexión estrecha con la tierra y sus frutos. Tuve la suerte de presenciar y vivir el amor hacia un aguacate, una pana o un pedazo de ñame.
Recuerdo cuando en septiembre de 1989 el Huracán Hugo devastó grandes porciones de tierra y dejó a muchos agricultores sin su cosecha. En mi memoria quedó la escasez de plátano, fruto vital para la preparación de comidas típicas puertorriqueñas. No olvido a mis padres preocupados, buscando solución al problema de la Navidad sin pasteles. Recuerdo cuando se recurrió al plátano dominicano que se vendía caro si se tomaba en consideración que nos llegaba flacucho y maltratado. Pero no pasó un año en que mi padre no sembrara la tierra. Sembrar siempre fue su pasión y gracias a ésta siempre tuvimos comida en la mesa. Aún cuando mi padre por poco muere en un accidente durante sus años de labor para la Autoridad de Energía Eléctrica de la isla, mi familia nunca dependió de programas de ayuda económica para sobrevivir. No fueron tiempos color de rosa, pero sí fueron tiempos donde adquirí gran riqueza de espíritu. Valga añadir que en el poco tiempo que llevo en la China he concluido que la crianza puede hacerte la vida más llevadera por acá. No es que el proceso de adaptación a la China se me haya hecho fácil, pero ver a mis padres limpiando intestinos de cerdo para preparar “morcillas” hizo más fácil mi trayecto por la sección de carnes y pescados en el supermercado de la esquina aquí en Shanghai. No es lo mismo decidir si quiero chillo o salmón cuando al lado tienes cajas repletas de ranas y tortugas vivas. La perspectiva te cambia.
Tuve una niñez más o menos normal. Siempre tuve buenas calificaciones en la escuela y participaba en cuanta competencia académica surgía. Mis padres hicieron todo lo que estuvo en sus manos para apoyarme en mis estudios. Llegué hasta donde mis recursos económicos y mis ganas me permitieron. Siempre me gustó el ámbito de las comunicaciones, así que estudié Comunicación Pública en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Hice mi práctica al colaborar en documentales de bajo presupuesto, programas televisivos de bajo presupuesto y muchos comerciales para la televisión de bajo presupuesto -con excepción de uno que otro en donde sí había presupuesto, pero debo admitir que eso era raro-. Terminé el Bachillerato en Comunicación Pública y me gradué con altos honores. Para mi sorpresa, los cinco años que dediqué a la universidad no fueron suficientes para garantizarme una carrera en el campo que estudié (con los años descubrí que esto le sucede a muchos jóvenes). En fin, mis colaboraciones de bajo presupuesto, me llevaron a llevar una vida de bajo presupuesto. Pero un día, cansada de la misma historia y de las cartas de cobros, cambié de carrera y comencé a laborar en la industria hotelera. Aquí pude probar que en Puerto Rico el cuento del bajo presupuesto era como el cuento de nunca acabar. No importaba en dónde ubicara mi pasión y mis conocimientos, siempre me vi cantando mis “low-budget blues”.
Son muchas las historias parecidas que he escuchado dentro y fuera de Puerto Rico. Peor aún, he llegado a escuchar de suicidios cometidos por personas que se van a estudiar fuera de su país con la esperanza de regresar con mayor preparación y mejores oportunidades de empleo. Entiéndase que éstas personas, movidas por un sentimiento patriótico hacia su tierra, al regresar se encuentran con un sistema burocrático cruel y completamente corrupto. Entre estos casos, se cuenta la trágica nota de suicidio del Dr. Tu Xuxin, graduado de Ingeniería Geotécnica e Ingeniería Arquitectónica, quien realizó sus estudios de Maestría y Doctorado en los Estados Unidos y al regresar a China, se tropezó con una oferta de salario y un comité universitario que, está demás decir, fue suficiente motivación para que el ingeniero entendiese que tanto esfuerzo no valía la pena. Sé lo que es sentirse pesimista ante la vida y no puedo juzgar a personas como el joven Xuxin por sus decisiones. Al contrario, son estos ejemplos los que me motivan a escribir sobre este momento de mi vida. Me puede el deseo de justicia, la fe y la curiosidad por saber qué más me queda por explorar mientras respire.
Previo a mi partida me pregunté mil veces por qué no podía conformarme con vivir en Puerto Rico: tenemos buena tierra, buen mar, buen clima y bastante gente buena. Mi compañero, de nacionalidad italiana, incluso se ofreció a mudarse a la Isla, pero el instinto me mostraba caminos de incertidumbre si me quedaba. ¡No! Era tiempo de deshacerme de mis cosas, dejar a mis mascotas en buenas manos, preparar una maleta (¡sólo llevé de Puerto Rico una valija!) y luego, despedirme de mis seres queridos. Había una persona esperándome al otro lado del océano. Un curioso empedernido que se disciplinó en lenguas y culturas orientales; un aventurero que tenía fe y apostaba en mi como su futura compañera de viaje. Dejé mucho atrás para exponerme a un gran mundo por delante.
Ahora que me encuentro en Shanghai puedo hablar un poco más de mi trasfondo, pero con otra luz. Hace 30 años llegué al mundo casi muerta después que a mi madre le efectuaron una cesárea. Este diciembre de 2009 celebré por primera vez un cumpleaños lejos de mi familia y amigos de muchos años. Tengo sobre la mesa una tarjeta de felicitaciones obsequiada por una de mis maestras de mandarín, en espera de que evolucione en mis lecciones para así entender sola el mensaje que ella redactó en caracteres chinos. En este momento estudio mandarín conversacional y escrito. Mientras escribo una y otra vez cada nuevo carácter chino que aprendo, me sonrío. Cuando era pequeña solía pensar: “Si cavo un hoyo en la tierra, probablemente llegue a la China…”
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