La queja en clave de humor: el espejo boricua en la caricatura de Carmelo Filardi

Esta es una colaboración entre 80grados y la Academia Puertorriqueña de la Historia en un afán compartido de estimular el debate plural y crítico sobre los procesos que constituyen nuestra historia.

 

[dropcap]D[/dropcap]urante las semanas pasadas el gobernador Pedro Pierluisi amonestaba a quienes “se quejan por quejarse» de las condiciones deplorables de las instalaciones de las escuelas públicas.  En el Puerto Rico de hoy los quejosos no limitan su crítica a los planteles escolares, colapsados muchos por la ausencia de mantenimiento de años y en tiempos más recientes por los efectos de eventos “naturales” extremos como la experiencia perturbadora del huracán María, y los terremotos de enero de 2020, que, aunque debidos a fallas geológicas, evidenciaron nuestras fragilidades estructurales y también existenciales.  Nos quejamos además de las deficiencias en los servicios básicos de agua, luz, internet, salud, sin dejar fuera, claro está, los sinsabores de la corrupción y el nepotismo. Habrá quejas que se quedan en intención y conversación sin acceder a lo público, pero al menos desafían a los que descalifican la queja porque nadie le va a hacer caso. La queja es denuncia, resistencia, crítica necesaria y recomendación oportuna. El humor gráfico ha sido, precisamente, uno de esos dispositivos desplegados para querellarnos de las insuficiencias e insatisfacciones de la sociedad, siendo la caricatura uno de sus formatos más reconocidos y utilizados.

La ciudad puertorriqueña se mira en el espejo de la caricatura y logra ver allí su transformación en personajes, tipos, vicios y virtudes visualmente exagerados. Manifestación humorística del pensamiento social, la caricatura sintetiza el espíritu crítico de una época o generación, plasmando un registro de sucesos y costumbres que documenta la historia de lo cotidiano y del poder. La ciudad, sus habitantes, los problemas administrativos, los alcaldes, los gobernadores, la ineficiencia en los servicios públicos son vistos en la caricatura con una mezcla de ironía y resignación.  Las risas y las muecas de la gente elegante y de la gente de a pie se vuelcan sobre la ciudad boricua como una contrapartida al relato oficial de logros que nos viene desde el encuentro de conquistadores y conquistados.

Es durante el siglo XIX, al calor de las nuevas tecnologías de impresión, cuando emerge la caricatura puertorriqueña que expresa críticas al gobierno o polémicas públicas escritas en tono serio o burlesco. Tres ejemplos en la utilización de este recurso visual que se dan en las últimas décadas de esa centuria, cuando se aflojan de vez en cuando las reglamentaciones de censura, fueron el semanario satírico conservador La Tijera, el cual se publicó desde el 3 de julio hasta el 28 de noviembre de 1881, el periódico liberal La Linterna en 1888 y la revista ilustrada Pura Guasa en 1894.  El primero presenta caricaturas en contra de todo movimiento o iniciativa criolla que atentara contra la estabilidad del régimen colonial español en la Isla.  La Linterna, por su parte, fue en Puerto Rico que presentó caricaturas en grabados.[1]  Finalmente, Pura Guasa utilizó la pluma de uno de los grandes caricaturistas del patio a fines del siglo XIX e inicios del próximo, Mario Brau Zuzuarregui.[2]  Se implantó una tradición que sienta sus bases en la mirada implacable que siempre descubre la paja en el ojo ajeno, y en determinados momentos se da cuenta también de la viga en el propio.

La risa puertorriqueña del siglo XX tiene en Carmelo Filardi, caricaturista titular del periódico El Mundo, uno de sus máximos exponentes.  Filardi cubrió un amplio espectro dentro de las categorías del humor desde los años cuarenta hasta los setenta. Fueron sus “víctimas visuales” las deficiencias en la administración municipal que critica y acusa de manera implacable, y el juego del gobierno que ve de cerca y ante el cual sonríe amargamente. El más importante blanco de su pluma de dibujante, después de la política, es el puertorriqueño mismo. No hay mejor tema que el vecino con sus rutinas y excentricidades, aunque estas suelan ser idénticas a las propias. Así, la capacidad puertorriqueña para burlarse, gufearse las cosas, vacilarse la vida y a los demás se ha desarrollado en la misma medida de su pretensión por ser idiosincráticamente diferente.

 

El Mundo, 18 de mayo de 1958.

 

El altozano, monte de poca altura pero que parece tocar el cielo, es el marco perfecto en donde se mueven los distintos tipos boricuas que nos presenta Filardi.  La torre de la Universidad de Puerto Rico, las fábricas, las calles, el ocio del puertorriqueño, la llega de la electricidad al campo, aparecen flanqueados en muchas ocasiones entre cerros y nubes, todos como escenarios por los cuales desfila la ciudad ante sí misma en un espectáculo continuo.  Esa dualidad «sagrada» cielo-tierra comparte su espacio con creencias y sentimientos colectivos y laicos.   Parecería ser como si las imágenes alusivas a la religión en el sistema visual y cultural de nuestro caricaturista ofrecieran un «sentido de orden» o de equilibrio frente al exceso de bienes de consumo o las aspiraciones materiales sin freno.

Momentos álgidos y episodios sublimes, ocasiones únicas y situaciones repetidas año tras año, como las inundaciones en el área metropolitana, seres inconfundibles y personajes casi legendarios como Muñoz Marín y doña Fela o populares como el piragüero, la enfermera, la nueva familia urbana -, apenas alcanzan a pasar por la calle que se convierten en pretexto para la risa del caricaturista. Con los ojos brillantes, atento a cualquier comentario, dedicado a la búsqueda del juego de palabras que sirva de anclaje para maniobrar en el diario vivir de una sociedad, y que funcionan como hilo de comunicación entre el artista gráfico y el lector, un artista como Filardi pasó las horas observándose y observando a los paseantes, inventando sobre cada rostro y cada ademán una caricatura.

Al examinar otros ejemplos de caricaturas del siglo XX, se podría pensar que en la base de este género en el país figuran únicamente las obras destinadas a la crítica política. En efecto, proliferaban las publicaciones de humor, muchas de ellas ilustradas con caricaturas, todas políticas. El mismo Filardi dejó en sus caricaturas el registro de los líderes políticos del país, de sus ideas, de sus enfrentamientos, de sus ambivalencias y contradicciones, sobre todo con los problemas de la inmigración aparentemente forzada hacia Estados Unidos y la definición del Estado Libre Asociado.

Pero otras imágenes recalan en las peripecias y conquistas de la modernización insular. Muchas de ellas giraban en torno a la economía industrial y a la internacionalización del país.  Ingresaban al país grandes sumas de dinero provenientes de las inversiones norteamericanas. Puerto Rico se proponía como un modelo de desarrollo para el mundo. La aparición de una clase o grupo de empresarios sin tradición familiar de riquezas y posesión de tierras, los llamados “nuevos ricos”, propició imágenes dedicadas al humor social.  Esa pretendida y pretenciosa burguesía necesitaba mirarse, disfrutar de cada posibilidad de conformarse como esquema o modelo digno de imitar y de permitirse escalar sobre sus propias posiciones, y, especialmente, aprender a reírse de sí misma. Quienes eran mayoría entre los consumidores de las caricaturas, quizás no temían al ridículo, pero sí le espantaba el regreso a la pobreza.

 

El Mundo, 4 de abril de 1952.

 

Este ascenso de la caricatura social lleva a que artistas como Filardi procuren reflejar en sus obras la realidad de sus contemporáneos.  Dibuja con este espíritu los vestidos, las ocupaciones, los paisajes, las situaciones cotidianas de los pueblos y de las aún pequeñas ciudades. Sin abandonar la intención realista, Filardi logró en sus retratos de personajes y costumbres una faceta que hasta entonces había sido poco explotada: supo ver lo ridículo, lo grotesco, lo artificioso, y lo dibujó con el rigor de un buen caricaturista.

Con una mirada crítica parecida a la de Mario Brau a comienzos del siglo XX, pero enmarcada en transformaciones distintas, Carmelo Filardi produjo representaciones de la ciudad y la gente que transitó la era de la modernización, la urbanización y la industrialización insular. La representación estereotipada de las carencias de la ciudad capital, de los prejuicios y vicios de sus habitantes, y la creación de una iconografía de los carismas irrepetibles como el de la cuasi eterna alcaldesa, doña Fela, fueron la mejor forma de cuestionar lo aparentemente invencible. Cada ciudadano hacía su propia versión de los hechos estimulado por la caricatura. Escudado en una carcajada de pícara complicidad obtenía lo que como individuo era infructuoso expresar públicamente a través de la comunidad imaginada del periódico.

Día a día, desde su nicho en el periódico El Mundo para el que Filardi trabajó por muchos años, el caricaturista conformó una historia de San Juan y de Puerto Rico que registraba eventos y procesos con el único criterio del humor crítico. Todo lo reprobable o lo que se cuestiona puede ser sujeto de una caricatura: ésta brinda igual atención a los sucesos que reseña la academia como a los temas cotidianos que cambian ligeramente a lo largo de los años, convirtiéndose casi en burlas recurrentes hasta nuestros días: alza de los precios de la leche, escasez de agua, racionamiento de energía eléctrica, falta de transporte, deficiencias de higiene, se codean con denuncias o elogios a la administración municipal o quejas de indignación ante la violencia y la criminalidad en la capital.

 

El Mundo, 12 de diciembre de 1953.

 

Alternando con la caricatura crítica puntual sobre la ciudad y el campo podríamos montar con las imágenes de Filardi un álbum humorístico del puertorriqueño de mediados del siglo XX.  En este álbum figurarían en un lugar de honor los locos de la ciudad, candidatos a gobernador frustrados por sus derrotas a manos de Muñoz, y con ellos otros habitantes citadinos o rurales: el deambulante o el agricultor que viene a traer sus productos a las plazas de mercado. Otros personajes de la vida social puertorriqueña desfilan también en la galería de Filardi: los niños, el presidiario, el ejecutivo, la oficinista o la secretaria, y los “jóvenes irredentos” de la época.

Y a la cabeza de la parada de puertorriqueños ilustres y conocidos, prototipos de personas reales, hombres y mujeres, capitalinos por nacimiento, obligación o adopción, están algunos personajes que fueron concebidos como condensaciones de todo los demás: Felisa Rincón de Gautier, Luis Muñoz Marín, Antonio Fernós Isern, Teodoro Moscoso.

Estas obras, creadas para un solo día, dibujadas con la intención de divertir y educar por medio de la exageración, la ironía, la burla y, por supuesto, la queja, constituyen una mezcla de arte y periodismo.  Vistas en conjunto, demuestran que la caricatura, memoria de lo común, es un documento provocativo, un testimonio material del pasado y una herramienta creativa para la crítica y el análisis de nuestro presente. Por eso, quejarse nunca estará de más…

 

Notas

                [1] Algunos ejemplares de estos periódicos se encuentran en la Colección Josefina del Toro, Biblioteca General de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

               [2] Antonio S. Pedreira, El periodismo en Puerto Rico, Río Piedras, Editorial Edil, 1982. p. 521.

Rafael Cabrera Collazo
El académico Rafael L. Cabrera Collazo es profesor de Historia en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano. Su tesis doctoral tiene como tema la caricatura crítica sobre el desarrollismo muñocista que produjo Carmelo Filardi para el periódico El Mundo. Para su discurso de incorporación a la Academia Puertorriqueña de la Historia, desarrolló el tema del videoclip crítico de la carrera armamentista durante los años postreros de la Guerra Fría.