
Leo Sousa
Feuerbach no solo omitía la especificidad histórica del sujeto, sino que también hacía lo mismo con la naturaleza, suprimiendo sus transformaciones materiales a través del tiempo. Para Marx, Feuerbach:
No ve que el mundo sensorial que le rodea no es algo directamente dado desde toda una eternidad y constantemente igual a sí mismo, sino el producto de la industria y del estado social, en sentido en que es un producto histórico, el resultado de la actividad de toda una serie de generaciones, cada una de las cuales se encarama sobre los hombros de la anterior, sigue desarrollando su industria y su intercambio y modifica su organización social con arreglo a las nuevas necesidades. Hasta los objetos de la “certeza sensorial” más simple le vienen dados solamente por el desarrollo social, la industria y el intercambio comercial. Así es sabido que el cerezo, como casi todos los árboles frutales, fue trasplantado a nuestra zona hace pocos siglos por obra del comercio y, por medio de esta acción de una determinada sociedad y de una determinada época, fue entregado a la “certeza sensorial” de Feuerbach.
Feuerbach no pudo advertir la participación humana en el cambio ambiental, que la naturaleza, como el cerezo, es crecientemente el producto de su actividad. Sin embargo, los proponentes del concepto del Antropoceno sí lo perciben. Estos apuntan hacia lo que Paulo Freire (1970) llamó la “humanización del mundo,” que la naturaleza está saturada con el rastro de la obra o trabajo humano. Los antropocenistas, así como Marx, han hecho del antropomorfismo un fundamento básico de su relato histórico. Para los antropocenistas la huella humana está incluso incrustada en la estratificación geológica del planeta. Pero se trata de un relato histórico disputable. Este supone que el presente es la consecuencia necesaria e inevitable del pasado, de paso reafirmando la ideología del progreso. Además, es una narrativa que estriba del determinismo tecnológico y cuyas propuestas para solucionar la crisis ambiental son patentemente tecnocráticas. Finalmente, como indiqué anteriormente, se trata de un relato histórico fundamentado en una concepción abstracta y ahistórica, esencialista, de la humanidad.
La periodización del Antropoceno también es cuestionable. Ha sido altamente debatida entre los científicos, tanto en las ciencias naturales como en las ciencias sociales y las humanidades. La arqueóloga ambiental Isabel C. Rivera Collazo (2015), basándose en sus estudios sobre las dinámicas de los ecosistemas tropicales en Puerto Rio, entendidos como sistemas socioecológicos, ha sido una de las críticas de la periodización convencional del Antropoceno. Según ella, es indudable que la actividad antropogénica ha cambiado la ecología de Puerto Rico tan extensamente que los recursos naturales que hoy en día muchos intentan proteger, conservar o restaurar no pueden ser comprendidos sin tomar en cuenta los contextos sociales que los moldearon a lo largo de la historia. Rivera Collazo, como los antropocenistas, destaca el papel fundamental de los seres humanos en los cambios ecológicos, variabilidades que en el caso particular de Puerto Rico comenzaron en la era arcaica. Para ella, si el objetivo es renombrar el Holoceno, la abrumadora evidencia física que la actividad antropogénica ha dejado atrás, y que ejemplifica el caso de Puerto Rico, sugiere que los orígenes de Antropoceno se encuentran miles de años atrás, mucho antes de lo que los antropocenistas llaman la “gran aceleración,” que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial. Efectivamente, la transformación humana de la naturaleza, esa que enreda los límites entre la sociedad y la naturaleza, constantemente transformando los complejos socio-ecológicos, no es un fenómeno nuevo. Incluso, los cambios ambientales productos de la actividad antropogénica han ocurrido, a mayor o menor grado de extensión e intensidad, desde que los humanos aparecieron en el planeta. La naturaleza, como producto histórico, tiene una larguísima historia.
Marx ya había dicho, como indique anteriormente, que la naturaleza era un producto histórico. Marx, como notó Enrique Dussel (1984), tomó como punto de partida, no el cogito ergo sum (pienso, luego soy) del racionalista René Descartes sino más bien el laboro ergo sum (laboro y luego soy). Para él, estos individuos, sujetos de necesidad, tenían que apropiarse de la naturaleza y transformarla mediante el trabajo para sobrevivir. La producción, y el trabajo, es para él la apropiación de la naturaleza, común a todos los medios de producción. Pero para Marx, la afirmación de que los seres humanos perennemente transforman la naturaleza es una abstracción, discurrir la producción en su pura esencia. Cuando Marx (1974 [1857]) hablaba de la “producción en general” hablaba precisamente de esta abstracción:
La producción en general es una abstracción, pero una abstracción que tiene un sentido, en tanto pone realmente de relieve lo común, lo fija v nos ahorra así una repetición. Sin embargo, lo general o lo común, extraído por comparación, es a su vez algo complejamente articulado y que se despliega en distintas determinaciones. Algunas de éstas pertenecen a todas las épocas, otras son comunes solo a algunas. [Ciertas] determinaciones serán comunes a la época más moderna y a la más antigua. Sin ellas no podría concebirse ninguna producción; solo que, si los idiomas más evolucionados tienen leyes y determinaciones que son comunes a los menos desarrollados, lo que constituye su desarrollo es precisamente aquello que los distingue de estos elementos generales y comunes. Las determinaciones que valen para la producción en general son precisamente las que deben ser separadas, a fin de que no se olvide la diferencia esencial por atender solo a la unidad, la cual se desprende ya del hecho de que el sujeto, la humanidad, y el objeto, la naturaleza, son los mismos. (35)
Para él, esa abstracción tenía mucho sentido, pues revelaba lo común, fijándolo y evitando repeticiones en el análisis de las formas de producción. Pero Marx también insistió en varias ocasiones en que esas condiciones generales de la producción no eran más que momentos abstractos: “. . . todos los estadios de la producción tienen caracteres comunes que el pensamiento fija como determinaciones generales pero las llamadas condiciones generales de toda producción no son más que esos momentos abstractos que no permiten comprender ningún nivel histórico concreto de la producción” (38). Para él, un pensador dialéctico, examinar también lo concreto era fundamental. Eran los “individuos reales” y sus acciones y circunstancias materiales el punto de partida del materialismo práctico de Marx. En La Ideología Alemana Marx (1998) planteó que el historiador debía comenzar con el estudio de las bases naturales y materiales de esos “individuos reales,” incluyendo el clima y la geología. Pero, insistió además en que estos debían también considerar las modificaciones de esas condiciones a manos de esos sujetos realmente existentes. Así, y aunque Marx reconocía la utilidad de la abstracción, argumentó que esta omitía las diferencias entre las diversas formas humanas de relacionarse con la naturaleza. Este insistió, una y otra vez, en que la forma en que el trabajo, y con este la tecnología, media la relación humana con la naturaleza varía de acuerdo con los modos de producción. Como concluyó Dussel (1984): “Resumiendo, podemos decir que la esencia de la producción en cuanto tal está constituido por diversas determinaciones que se dan en diversos estadios sociales, que por su parte pueden ser estudiados en una forma específica de producción determinadas por ‘condiciones particulares’, ya que las condiciones generales son las de la unidad esencial o abstracta de la producción en cuanto tal (75)”. Desde esta perspectiva, son las forma sociales y culturales de la producción, siempre particulares o atadas a condiciones y circunstancias concretas, las que le proveen especificidad histórica a la forma en que la naturaleza y los procesos ecológicos son transformados.
Los bosques puertorriqueños son un buen ejemplo de todo esto. Es indudable que la actividad antropogénica ha transformado tanto esos bosques que hoy en día, como plantea Rivera Collazo, no pueden ser comprendidos sin tomar en cuenta la actividad antropogénica. Esto también es demostrado por Valdéz, González y Martínez (2011) en La transformación del paisaje puertorriqueño y la disciplina del cuerpo civil de conservación, 1933-1942. Según Rivera-Collazo, más del 80% del Puerto Rico de hoy ha sido reforestado. Sin embargo, los bosques de hoy no son los bosques originarios, sino bosques secundarios que crecen en suelos agotados. La actividad antropogénica ha tenido entonces consecuencias profundas en la composición y distribución de los ecosistemas forestales, inclusive en nuestros bosques protegidos como El Yunque. Pero decir que los seres humanos transformaron dramáticamente los ecosistemas forestales desde la era arcaica hasta nuestros días es insuficiente, reduccionista. Esa abstracción, aunque útil, implica prescindir del análisis de las formas sociales y circunstancias concretas que formaron los bosques en momentos particulares. Por ejemplo, con la llegada de los españoles, la actividad agrícola y la construcción de asentamientos, en el contexto de las formas sociales mercantilistas, con sus diferenciaciones sociales, delimitó considerablemente la deforestación, aunque el extractivismo y la ganadería también tuvieron su impacto. Pero, después de la Guerra Hispanoamericana, las formas sociales del capitalismo estadounidense, con sus relaciones de clase, se extendieron e intensificaron en Puerto Rico. Aunque la agricultura continúo siendo un sector importante de la economía en las primeras décadas de ese régimen, esta comenzó a declinar, hasta que en los años cincuenta la economía capitalista dio un giro hacia la industrialización y manufactura de bienes, lo que facilitó, concluye Rivera Collazo, el crecimiento de los bosques secundarios. La transformación de los bosques ha variado entonces dependiendo de las formas sociales y condiciones materiales particulares.
Precisamos entonces, como reclama Paul Burkett (2014), una ecología social de las dinámicas e historia de los sistemas socio-ecológicos que sea insistentemente social y práctico-materialista. Esta ecología social requiere, por un lado, aproximarse a las relaciones humanas con la naturaleza como conexiones mediadas por formaciones sociales específicas en condiciones ambientales particulares. Requiere, por el otro lado, examinar esas condiciones ambientales y los procesos ecológicos en las que ocurre estas relaciones, su influencia sobre la actividad antropogénica. Esto nos permitiría evitar el prometeanismo y antropocentrismo, presentes también en la cultura popular antropocenista. Los humanos, aunque hemos transformado drásticamente la naturaleza, estamos muy lejos de dominarla o controlarla a nuestro antojo. El ambiente todavía nos impone grandes límites, manifestados en las crisis ecológicas de nuestros días.
Una ecología social de las dinámicas e historia de los sistemas socio-ecológicos requiere además examinar no solo las relaciones humanas con la naturaleza sino también las relaciones entre distintos grupos, y como estas, en su vaivén de cooperación y conflicto, configuran nuestras relaciones con la naturaleza. Esto apunta hacia la diferenciación interna de las formaciones sociales, una diferenciación muchas veces omitida en los relatos antropocenistas. Es ante esa omisión que Daniel Hartley (2016) propone una aproximación que reconozca las diferenciaciones sociales: «Una concepción histórica de la humanidad, en contraste, vería a los humanos como diferenciados internamente y desarrollándose constantemente a través de contradicciones de poder y re/producción. Hablar de la ‘empresa humana’ es hacer de la humanidad una corporación abstracta en la que «todos estamos en esto juntos» (la máxima de David Cameron de 2009), por lo tanto, disfrazando la realidad de la lucha de clases, la explotación y la opresión». Los antropocenistas hacen lo contrario hilvanando, como concluye Jason W. Moore (2016), una historia fácil de contar:
El Antropoceno es una historia fácil. Fácil, porque no desafía las desigualdades naturalizadas, la alienación y la violencia inscritas en las relaciones estratégicas de poder y producción de la modernidad. Es una historia fácil de contar porque no nos pide que pensemos en estas relaciones. Reduce el mosaico de la actividad humana en la red de la vida a una humanidad abstracta y homogénea. Elimina la desigualdad, la mercantilización, el imperialismo, el patriarcado y mucho más del problema de la humanidad en la naturaleza. Si a veces se reconoce, en el mejor de los casos, estas relaciones existen en el discurso del Antropoceno como suplementos después de los hechos.
Pero es su opuesto, esa historia difícil y compleja, la que necesitamos relatar, la que precisamos concebir y narrar en nuestros esfuerzos por superar la escabrosa crisis socio-ecológica.
Referencias
Burkett, P. (2014). Marx and Nature: A Red and Green Perspective. Chicago : Haymarket Books.
Dussel, E. (1984). Filosofía de la Producción. Bogotá: Nueva América.
Freire, P. (1970). Cultural Action for Freedom. Cambridge: Harvard Educational Review.
Hartley, D. (2016). Anthropocene, Capitalocene and the Problem of Culture. In Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism (pp. 3117-3345). Oakland: PM Press.
Marx, C. (1846). Marxists.org. Retrieved from La Ideología Alemana: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/index.htm
Marx, K. (1998). The German Ideology. Amherst: Prometheus Books.
Moore, J. W. (2016). The Rise of Cheap Nature. In J. W. Moore (Ed.), Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism (pp. 1682-2414). Oakland: PM Press.
Rivera-Collazo, I. C. (2015). Por el camino verde: Long-term tropical socioecosystem dynamics and the Anthropocene as seen from Puerto Rico. The Holocene, 25(10), 1604-1611.
Valdés Pizzini, M., González Cruz, M., & Martínez Reyes, J. (2011). La Trasnformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942. San Juan: Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico.
