[dc]E[/dc]ntre diversas maneras de entender lo que es la poesía, prefiero la visión amplia, antigua y popular, que incluye todo conjunto de palabras con sonidos y ritmos que expresan emoción. Así entendida, la poesía puede encontrarse en una canción, en una pared, en una camiseta o un cartel, tanto como en un libro. Palabras fugaces que alguien puede oír en un encuentro rápido en la calle, en la TV o en la radio o se envían y reciben en “texto” o por teléfono.
El temblor y placer de escuchar al ser amado por teléfono lo expresa certeramente José Luis Vega, poeta puertorriqueño. El poema, “Homenaje al teléfono”, construye ciertos momentos de la sencillez cotidiana:
Uno marca este número precioso y me viene tu voz casi gratuita y la disposición rosada de tu oreja; pero pronto el deseo también viene del otro lado de esta línea oscura que no puedo saltar como una tapia.Presenta a la tecnología como estímulo erótico, realidad actual. Combina con gracia y brevedad detalles sensuales: la oreja rosada, el deseo que se dispara, el amante que se siente capaz de saltar la distancia enorme que cruza la invisible línea telefónica. Los aparatos técnicos parecen fríos y deshumanizados, pero nada es ajeno a la poesía, porque la intuición creativa integra toda la realidad.
Lo mejor que da la poesía es la libertad de imaginar y ser, de ir a otras conciencias, vivir en el pasado y en el futuro. Cuando damos paso al impulso creativo, sea de hacer arte o de recibirlo, alcanzamos extremos de pasión o paz, de aventura, éxtasis y comunión, o de todo a la vez. El arte, en particular el arte literario, la poesía, es el lugar de la eterna vitalidad porque brinda energía renovable. Mientras dura la interacción con un poema o texto artístico, la persona se siente protagonista, experimenta múltiples transformaciones. Cuando se llega a amar un poema, por su brevedad y musicalidad tiende a permanecer en la memoria, de modo que enriquece la percepción mientras viva esa persona… Si alguien logra construirse espacios de arte y poesía dentro de su conciencia, siempre tiene adónde ir.
En verdad la poesía, lejos de estar encerrada en los secos espacios de los libros, habita en la mente y el corazón de cada cual, de todo ser que siente y piensa. La poesía es el origen último de la literatura y no puede faltar en ningún texto literario, porque “poiesis”, su raíz griega, significa creación, invención y construcción. No hay genuina literatura si falta el hallazgo de lo nuevo en las palabras.
Hay poesía en cualquier expresión que nos haga vibrar, sea de miedo, de risa o de exaltación ante el misterio de lo bello o lo extraño. Hay poesía en toda invención emotiva, en toda combinación de significados que evoque intensidad.
Quienes cultivan el don de hacer versos, muchas veces, no digo que siempre, dan adecuación fónica al poema, no por conocimiento estudiado, sino por intuición y buen oído, al igual que sucede con los/las que componen música. Medir sílabas y detectar acentos es una parte auxiliar de hacer poesía y la métrica es una manera de preservar la expresividad de los sonidos poéticos, como es en la música el sistema de las notas.
¿Quién ha dicho que para conmoverse con la música se necesita conocer de notas, corcheas y semifusas? Claro que no, las notas son una forma de desarrollarse en el arte musical, pero no hay que leer música para disfrutarla y ni siquiera para componerla. Por eso me frustra ver que en muchas lecciones de poesía se subraya la métrica y la retórica más que la inventiva rítmica y los significados líricos.
Lo que invade y enamora en la poesía son las palabras que conmueven; la emoción es la clave que sitúa lo poético en el centro mismo de lo humano. El primer poema que aprendí fue a mis siete años y fue sin querer, pues con el poder de su expresividad se abrió un sitio en mi memoria. Es de los Versos sencillos del cubano José Martí, inmenso en prosa y en verso, igual al mejor en las letras universales. Martí puso complejidad, turbulencia y voluntad en vida y obra, a la vez que ternura entrañable. Su más decidida vocación fueron las letras, más que la acción patriótica, pero José Martí también luchó y murió por la independencia y fue uno de los fundadores de Cuba como nación. Regreso a ese primer poema que retuvo mi mente, que desde entonces es tan mío como de Martí, un escritor que me acompaña a diario, aunque haya muerto cincuenta años antes de yo nacer. No lleva título, es brevísimo, ocho versos de ocho sílabas cada uno, y tiene las imágenes más simples. Ustedes quizás también lo recuerdan:
Cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca. Mas para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardos ni ortigas cultivo, cultivo una rosa blanca.El texto ofrece ética y estética, da un evangelio y un lugar florido. Se enseña a niños y niñas porque combina significados ampliamente apreciables con un lenguaje sencillo. Sin embargo, esa difícil nobleza que presenta el poema es una meta ideal que sólo alcanza el espíritu más elevado. Hay múltiples poemas memorables de Martí, pero valga este ejemplo para representar la transparencia en la poesía, que no siempre caracteriza a este escritor. Otros trabajos poéticos de Martí, como sus Versos libres, construyen significados complejísimos, de ambición desmesurada, opuestos a la sencillez que aquí domina.
Las dos maneras que tuvo Martí de hacer poesía demuestran una realidad clave: la poesía, aun dentro de una cultura, o dentro de las obras de un mismo escritor o escritora, surge diversa, variadísima, porque responde a la enorme gama de experiencias que modelan a cada ser y a cada colectivo. Si buscas, encontrarás tus poemas, pero si no, puede que igual te alcancen, cuando menos los esperes, porque están en todas partes, sobre todo en lo íntimo de ti mismo. A nadie le es ajena la poesía, toda persona lleva dentro algunos y hasta muchos de los textos poéticos que le rodean; lo que pasa es que no los reconocen bajo ese nombre.
No hay textos poéticos que conmuevan a todo el mundo, pero sí es cierto que todo ser humano no sólo aprecia la poesía en alguna de sus manifestaciones, sino que tiene necesidad de ella. La poesía, y en general las artes, como la música y la danza, las transmiten las culturas desde nuestro primer contacto humano, para enseñarnos a vivir: el turulete que nos arrulla desde los primeros días es nada más y nada menos que uno o muchos poemas. Digo muchos porque las nanas o cantos para dormir a una criatura, tienen unas letras o líricas, como dicen ahora, que expresan temas de la naturaleza, del amor, del trabajo y hasta de la justicia social. En otras palabras, la familia y la sociedad que reciben a cada persona inmediatamente la rodean de lenguaje, y ese lenguaje muchas veces se dice en verso. En toda cultura hay poesía para niños, que por cierto muchas veces componen las mujeres.
Aquí explico el fenómeno poético en forma amplia, sin embargo, es importante para mí subrayar el aporte de las mujeres a la cultura. No se reconoce suficientemente, aunque casi nadie niegue que es fundamental: las mujeres estamos y hemos estado creando, no sólo procreando, haciendo trabajo intelectual, inventando arte, ciencia y tecnología, desde que vivíamos en cavernas. Aunque no cito aquí poesía de mujeres, se sabe que las mujeres han hecho poesía de calidad desde los albores de la especie humana.
Desde la cuna, los poemas siguen sonando y apareciendo escritos a nuestro alrededor, la cultura los genera y provee para nutrir la vitalidad individual y colectiva. La poesía se implanta en nuestra intimidad para que nos ayude a asumir nuestro lugar en el mundo, a tolerarlo o a combatirlo fieramente, a sufrirlo y disfrutarlo con lo mejor de uno mismo.
Hace tiempo, alguien a quien conozco muy bien descubrió la poesía donde no se había dado cuenta de que estaba. Fue uno de mis dos hijos; él no se interesaba en la literatura, aunque su padre y yo siempre amamos la poesía. Pero mi hijo menor, lo de él es la música y el movimiento, el cine, el deporte y el baile. Estudió contabilidad y gerencia. Ha tenido éxito en su profesión, pero a nadie le faltan tropiezos. En sus primeros años de trabajo, tuvo un conflicto al que no le veía salida. Por no preocuparme, casi no mencionó sus dificultades, pero me di cuenta de su angustia porque un día, mientras hablábamos por teléfono de otra cosa, me pidió de pronto que le enviara un poema que él recordaba vagamente.
Era el soneto “En la brecha”, de José de Diego, que se ha hecho emblemático en nuestras letras y luchas. Está dedicado A un perseguido:
¡Ah, desgraciado, si el dolor te abate, si el cansancio tus miembros entumece, haz como el árbol seco: reverdece y como el germen enterrado: late! Resurge, alienta, grita, anda, combate, vibra, ondula, retruena, resplandece… Haz como el río con la lluvia: ¡crece! Y como el mar contra la roca: ¡bate! De la tormenta al iracundo empuje, no has de balar, como el cordero triste, sino rugir, como la fiera ruge. ¡Levántate!, ¡revuélvete!, ¡resiste! Haz como el toro acorralado: ¡muge! O como el toro que no muge: ¡embiste!Un llamado a la energía combativa, una afirmación de sí, eso buscó este joven en su primera crisis como ser independiente, cuando sólo podía contar con su propia inteligencia y carácter. Antes que buscar consejo, antes que estudiar la situación como profesional, sintió que necesitaba aliento, fuerza que llegara de su interior. Entonces su memoria le ofreció unos versos que no sabía que llevaba dentro, pero que le acompañaron en ese trance. Salió bien de su batalla y hasta hoy tiene ese poema de José de Diego frente a su escritorio. Reconoce, por experiencia propia, para qué sirve la poesía.
Y la disfruta también en su vertiente de broma y bachata, porque, en nuestra familia a veces nos divertíamos leyendo en voz alta poemas y otros escritos irreverentes, entre ellos un texto de Baltasar de Alcázar, poeta del Siglo de Oro español. Se trata de una celebración jocosa de los placeres de comer y beber; a continuación, algunas estrofas. El hombre que habla en el poema describe la cena que trae a la mesa la criada Inés:
[…] La ensalada y salpicón hizo fin; ¿qué viene ahora? la morcilla, !oh gran señora!, digna de veneración. !Qué oronda viene y qué bella! ! Qué través y enjundia tiene! Paréceme, Inés, que viene, para que demos en ella. […] Mas di, ¿no adoras y precias la morcilla ilustre y rica? !Cómo la traidora pica ! Tal debe tener especias. ! Qué llena está de piñones ! morcilla de cortesanos, asada por esas manos, hechas a cebar lechones. ! Vive Dios ! que se podía poner al lado del Rey puerco, Inés, a toda ley, que hinche mi tripa vacía. El corazón me revienta de placer. No sé de ti ¿cómo vas? Yo, por mí, sospecho que estás contenta. […] Pues haz, Inés, lo que sueles; dacá de la bota llena seis tragos. Hecha es la cena: levántense los manteles. Ya que, Inés, hemos cenado tan bien y con tanto gusto, parece que será justo volver al cuento pasado…Es poesía clásica, del siglo XVI: habla de lechones, morcillas y bebidas embriagantes, parodiando lo cortesano con lo vulgar. Los textos groseros o vulgares son a veces excluidos al estudiar literatura, porque se estima que lo solemne es superior a lo que causa risa. O por excluir lo corporal e irreverente de los estudios culturales. Esa actitud puritana y aburrida domina en muchos círculos y trata de borrar una tradición milenaria, clásica, europea, muy española, además de ser muy caribeña. La seriedad almidonada de la educación es lo que da motivo para que haya que convencer a muchos de que la diversión, la vulgaridad, el escándalo, el sexo, todo lo estimulante, delirante y prohibido están y tienen que estar en las artes y en el estudio de las culturas. Pero mucha gente ni se ha enterado, por esa conspiración de la hipocresía, que piensa que no existe lo que no se menciona…
La tradición que rara vez se presenta en la escuela es la literatura llamada de carnaval, que habla del cuerpo y de las funciones de sus partes bajas, como ingerir comida y bebida, eliminar gases, líquidos y sólidos y hacer el sexo de distintas maneras, aludiendo a dichas actividades con burlas desordenadas. Cualquier semejanza con el reggaetón, los chistes, los discursos de locutores y disc-jockeys y otros relajos que pululan en el ambiente, se debe a que esa manera de hacer literatura es parte de todas las civilizaciones. En todas partes hay discursos que celebran el cuerpo y se burlan de quienes pretenden negar lo carnal, reduciendo al ser humano sólo a su espíritu. La crítica cultural indica que es una corriente tan antigua como la humanidad, que cruza las latitudes del planeta.
Esta literatura del exceso corporal y de la burla, llamada también festiva, satírica o jocosa, se relaciona también con las protestas igualitarias. Va en contra de la gente que se cree superior; es una venganza divertida, recordarles a quienes se las echan de exquisitez que tienen un cuerpo igual al de todo el mundo, aunque crean estar por encima de lo común. En las frecuentes discusiones sobre la vulgaridad en los medios de comunicación no se toca la raíz de rencor social que este análisis cultural revela; se limita el debate a argumentos moralistas. Sin embargo, una gran cantidad de gente, a la hora de seleccionar su entretenimiento, paga por lo que se ataca como inmoral, degradante, racista y sexista.
En lugar de proponer la censura o de repetir sermones, en la sociedad y sobre todo en la universidad es indispensable el análisis e investigación de estos comportamientos. Es necesario subrayarlo: la literatura culta, popular, de masas, toda la cultura en fin, está llena de textos de irreverencia, desafío y burla, inteligentes, agudos, divertidos, tanto o más que las líricas que suenan en radio y TV. O sea que la historia y la literatura, en particular la poesía, también pueden servir para relajar. Lo prohibido o desprestigiado, lo alocado, disparatado y eufórico tienen una función en la cultura y en la persona, que no conviene ignorar.
El erotismo es otra cara del arte que con frecuencia se pretende ocultar, sin fijarse en lo que revela sobre lo más íntimo y universal. En la literatura alta o baja, amplia o reducida de público, abundan los poemas y otros textos en torno al erotismo, a veces juguetón, a veces violento, a veces sublime, siempre fascinante. Nada como la poesía amorosa; vengan o vayan modas, ahí están los boleros y las baladas, los poemas de Neruda y Antonio Machado, de Julia de Burgos, Sylvia Rexach y Angelamaría Dávila.
La poesía, las novelas de televisión y las películas, en realidad, todas las artes, dan lecciones sobre cómo enamorarnos, para bien y para mal. Al parecer es la vertiente poética que descubrimos sin dificultad; el amor y la poesía, todo el mundo sabe que son lo mismo. El amor o los amores, el “buen amor” o el “loco amor” que nombró el Arcipreste de Hita siglos atrás, es tema obligado para todo poeta. Pero hay otras funciones de la poesía que no se abordan con suficiente frecuencia. Hasta ahora los ejemplos dados exhiben recursos directos y reconocibles, pero no todo es sencillo en los códigos artísticos.
A veces encontramos obras de arte, de literatura al igual que de pintura y otras, que evocan cierta reacción: “no me gusta, porque no lo entiendo. Eso me enfogona, ¿para qué hacen cosas que no se entienden?” Pues lo hacen para explorar mejores formas de comunicación, para buscar lo nuevo. Lo nuevo puede no resultar fácil ahora, pero puede que con el tiempo llegue a ser lo más “in”. Un texto de literatura o pintura, música o danza, puede ser difícil, diferente, raro. Sin embargo, su carácter extraño no impide que pueda ser un paso hacia el futuro.
Si no entiendo una obra de arte, es legítimo decirlo y hasta darle la espalda: en el arte los gustos deben ser respetados; pero también retados. Igualmente, las personas debemos respetar a los y las artistas, aunque no nos guste lo que hacen, porque se necesita inventiva y valor para atreverse a buscar en lo desconocido y experimentar con lo nuevo.
Hay una vertiente enigmática del arte que revela la pugna oscura, la persecución implacable de lo intrincado, de lo perverso y oculto. Es el oficio de quien se atreve a explorar “el mundo al revés”. Son obras de arte que se vuelven casi impenetrables: inventos de los artistas “malditos”, que fueron llamados oráculos y pitonisas en el mundo antiguo y profetas en el testamento hebreo. Representa la locura exploratoria que a veces viene de demonios internos o de injusticias terribles o de las drogas “mágicas” que suelen usarse en muchas culturas.
En la poesía hay más experimentación que en la narrativa o en el ensayo porque es una especie de laboratorio para la literatura. Por el rigor métrico y retórico que caracteriza a la poesía, por lo idiosincráticas que son las emociones, en la lírica es frecuente la excentricidad. Los artistas verbales inventan formas de decir lo nuevo, lo que ha cambiado en lo individual o lo colectivo. La brevedad que propicia el verso también hace fácil que se intenten cambios drásticos. Los experimentos artísticos provocan escándalo, hasta entre gente del mismo oficio. Hay un refrán que habla de poetas, músicos y locos como si fueran parecidos… algo tiene de razón. Los artistas innovadores parecen estar haciendo disparates, pero son desvíos necesarios en el descubrimiento de lo nuevo y lo secreto.
En distintas épocas ciertos textos de la poesía, vistos al principio como disparates, han tenido influencia, no sólo en el verso, sino también en la prosa de generaciones siguientes. De ahí la comparación con el laboratorio, el lugar donde se inventa lo nuevo que luego servirá para enriquecer los saberes.
La poesía rara, estrambótica, revolucionaria, obscena o escandalosa es indispensable, porque sirve para impulsar a los seres humanos hacia lo inexplorado. Para la poesía en español, hay diversos ejemplos célebres. Una promoción de poetas de la primera mitad del siglo XX se propuso renovar notablemente la literatura. Entre muchos y muchas que pertenecieron a la poesía de vanguardia, es imperativo nombrar a César Vallejo y a Vicente Huidobro. Doy sólo una muestra, de Pablo Neruda, en su libro Residencia en la tierra, de 1936, versos de “Barcarola”, extraño poema de amor, erotismo y angustia metafísica:
Si solamente me tocaras el corazón, si solamente pusieras tu boca en mi corazón, tu fina boca, tus dientes, si pusieras tu lengua como una flecha roja allí donde mi corazón polvoriento golpea, si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando, sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño, como aguas vacilantes, como el otoño en hojas, como sangre,con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo…
Si existieras de pronto en una costa lúgubre, rodeada por el día muerto frente a una nueva noche, llena de olas, y soplaras en mi corazón de miedo frío, soplaras en la sangre sola de mi corazón, soplaras en su movimiento de paloma con llamas, sonarían sus negras sílabas de sangre, crecerían sus incesantes aguas rojas, y sonaría, sonaría a sombras, sonaría como la muerte, llamaría como un tubo lleno de viento o llanto o una botella echando espanto a borbotones… ¿Quieres ser fantasma que sople, solitario, cerca del mar su estéril, triste instrumento? Si solamente llamaras, su prolongado són, su maléfico pito, su orden de olas heridas, alguien vendría acaso, alguien vendría, desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo del mar, alguien vendría, alguien vendría.El poema se vale de la libre asociación de imágenes relativas a las emociones, ajenas al orden y la lógica. Rompe con lo usual en la poesía tradicional amorosa y se desvía de la gramática, y por eso mismo alcanza expresividad comunicativa. Con ese lenguaje desgarrado sugiere la disrupción del mundo interno, paralelo a la naturaleza hostil y lúgubre que describe. Y sobre todo comunica la soledad y el desesperado anhelo de amor y comprensión que experimenta el hablante lírico. La voz poética reclama al ser amado, único refugio que casi sin esperanza percibe en la soledad y absurdo de su existencia. Expresa desolación, en el plano psíquico y en lo metafísico, pero también ternura y delicado erotismo. Resulta chocante, con toda intención, porque se propone dramatizar percepciones que rara vez se habían incluido en la literatura en español.
Tiene que haber poesía y prosa rara, porque la literatura aspira a contener todo lo que es humano, lo extraño y desafiante, lo ridículo o sublime, la paz y la locura. También quiere abarcar el llamado estrés, la inseguridad y ansiedad que a nadie perdonan. Para eso también sirve la poesía, como veremos.
Una vez un estudiante vino a mi clase vistiendo una camiseta escrita en inglés que decía: Dios no cree en los ateos. Nunca me habló del asunto y yo respeté su silencio, sin embargo, creo que fue su forma de comunicar su crisis de fe. Parece haber estado sufriendo, y seguramente esa convocatoria de lo divino le dio consuelo en su angustia. Es la desolación que expresa con maestría el poema “Lo fatal” de Rubén Darío, gran señor de la tristeza a la vez que del placer y la belleza:
[…] Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,y el temor de haber sido y un futuro terror…
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!…
Son interrogantes al corazón de la noche y confesiones de horror a la muerte, de lo que nadie se salva. Los actos de oración son poesía, comenzando por ese poema profundo, el Padre Nuestro, que compuso Jesús, según el evangelio, poema que enseñan en toda iglesia cristiana. Y no olvidemos los poemas a la Madre, el Ave María, la Salve, que brindan diversas culturas, incluyendo la tradición católica. La cultura religiosa da forma a las plegarias y se ocupa de grabarlas en cada creyente, para que tenga palabras cuando sienta el dolor de ser vivo y clame a Dios su espíritu.
No hay que pertenecer a una religión ni creer en Dios para orar. No sólo a Dios se dirigen las oraciones, oramos también para encontrarnos con nuestro propio ser, oculto por la brega diaria. Cuando encuentra el placer, la belleza y el amor correspondido, la conciencia se regocija, da gracias y así también hace oración. Para sacar fuerza de adentro y seguir fieles a lo que nos proponemos, buscamos comunión con el prójimo en la historia y en el porvenir. Necesitamos orar para persistir contra la injusticia, aun a pesar de verla triunfar demasiadas veces. En público y en grupo protestamos con ira y dolor, comunicamos nuestra esperanza y eso también es orar.
Creo que casi toda la poesía participa de ese carácter sagrado, si se entiende con amplitud. Tantos seres sufren miseria y desprecio, tantos han padecido y siguen padeciendo persecución por la justicia, mujeres y hombres que penan en prisión, que viven huyendo, que mueren a diario en soledad, con la única compañía de la poesía, ese otro nombre de la oración. Yo sé que Pedro Albizu Campos, hombre de fe, al igual que Lolita Lebrón, mujer creyente y fuerte y Oscar López, encarcelado por décadas, con el auxilio de la oración y la poesía desplegaron valor en su largo y voluntario sacrificio por Puerto Rico. Y también quiero pensar que Filiberto Ojeda Ríos, en la dolorosa sed que sufrió mientras los agentes del FBI lo dejaban desangrarse, encontró alivio en la poesía. Hay unos versos que dicen:
El cuerpo está en poder y en manos de quien puede hacer a su placer lo que quisiere; mas no podrá hacer que mal librado quede mientras de mí otra prenda no tuviere. Cuando ya el mal viniere y la postrera suerte, aquí me ha de hallar, en el mismo lugar…Hace poco menos de quinientos años que Garcilaso de la Vega, un guerrero de la nobleza castellana, uno de los poetas más famosos de la lengua, escribió estos versos. Estos versos resuenan todavía: afirman que una persona puede ser más que un desterrado, más que un prisionero, más que una víctima, si no permite que los enemigos dobleguen su conciencia, si sabe bien por qué sufre y ha luchado. Aunque lo encierren y torturen, aunque logren matarlo, no queda mal, dice el poema, si no se deja quitar la prenda más preciada. Esa prenda que nombra el poema es su identidad, su dignidad, sinónimo del amor y las obras que lega a los demás.
En trances como el que describe Garcilaso, una persona se encomienda, si no a Dios, a la humanidad, a los seres que la recordarán después de la muerte. Surgen entonces los poemas que exhortan a las generaciones a honrar a quienes han hecho mucho, o han dado todo por nosotros y por nosotras. Son los poemas de alabanza y exaltación, una manera de orar también frecuente. Ejemplo de las invocaciones colectivas y revolucionarias es el poema que se titula “Oubao-Moin”, uno de nuestros himnos más preciados, que forma parte del libro Alabanza en la torre de Ciales.
El título significa Isla de sangre; lo escribió el magno poeta de Puerto Rico Juan Antonio Corretjer y lo musicalizó Roy Brown, por lo cual a menudo se oye y se canta. El poema recrea el pasado de los habitantes de la isla a lo largo de siglos, descrito como una sucesión de trabajos productivos realizados por las mayorías bajo condiciones de represión y explotación. Exalta esos arduos logros del pueblo que crea los bienes para todos y exhorta a reclamar el mando y los beneficios para el pueblo que los ha construido, a la vez que alienta a derrocar los poderes que prolongan la injusticia.
Luego de apenas esbozar algunas de las formas en que la poesía permite saber quiénes somos y quiénes queremos ser, cito para concluir un pasaje de ese poema, dejando que hable el verso:
[…] El río Cibuco escribe su nombre con letra dorada.La corriente arrastra oro. La corriente está ensangrentada.
[…] En donde hundió la arboleda su raíz en tierra dorada,
allí las ramas chorrean sangre. La arboleda está ensangrentada.
Donde dobló la frente india, bien sea tierra, bien sea agua,
bajo el peso de la cadena, entre los hierros de la ergástula,
allí la tierra hiede a sangre y el agua está ensangrentada.
Donde el negro quebró sus hombros, bien sea tierra o sea agua,
y su cuerpo marcó el carimbo y abrió el látigo su espalda,
allí la tierra hiede a sangre y el agua está ensangrentada.
Donde el blanco pobre ha sufrido los horrores de la peonada,
bajo el machete del mayoral y la libreta de jornada
y el abuso del señorito, allí sea tierra o allí sea agua,
allí la tierra está maldita y corre el agua envenenada.
Gloria a esas manos aborígenes porque trabajaban.
Gloria a esas manos negras porque trabajaban.
Gloria a esas manos blancas porque trabajaban.
De entre esas manos indias, negras, blancas,
de entre esas manos nos salió la patria.
Gloria a las manos que la mina excavaran.
Gloria a las manos que el ganado cuidaran.
Gloria a las manos que el tabaco, que la caña y el café sembraran.
[…] Gloria a las manos que los caminos trabajaran.
Gloria a las manos que las casas levantaran.
Gloria a las manos que las ruedas giraran.
[…] Gloria a todas las manos de todos los hombres y mujeres que trabajaron.
Porque ellas la patria amasaran.
Y gloria a las manos, a todas las manos que hoy trabajan
porque ellas construyen y saldrá de ellas la nueva patria liberada.
¡La patria de todas las manos que trabajan!
Para ellas y para su patria, ¡Alabanza!, ¡Alabanza!
