Por una Universidad abierta y combativa

Cuánta determinación puede cimentarse en el que decide no gastar sus energías en palabras devaluadas por los acontecimientos.

Anayra Santory, «Calicles«

Desde la Generación del treinta, una buena parte de lo mejor de la ensayística  puertorriqueña ha asumido la forma de la admonición. Cada dos o tres generaciones se aparece un ensayo severo y fiscalizador que llega con todas las intenciones de poner al país, y a los lectores, en su sitio. Insularismo, de Antonio S. Pedreira, nos acusa de narcisistas y provincianos, penosamente distanciados de los deberes que acarrea formar parte de la gran cultura occidental. El país se ha pasado una buena parte de su modernidad, ya sea dándole la razón, o desmintiendo, a ese ensayo crucial de uno de los fundadores del Departamento de Estudios Hispánicos. La década de los sesenta abre con un ensayo escandalosamente controvertible, El puertorriqueño dócil, de René Marqués, donde se nos acusa de afeminados, impotentes, incapaces de vivir a la altura de los reclamos de una incipiente nación puertorriqueña sometida al yugo del colonialismo.

Recientemente, dos textos puntuales y redondos, Literatura y paternalismo en Puerto Rico, de Juan Gelpí y La nación postmortem, de Carlos Pabón, repiten un gesto similar, aunque con estilos y agendas muy distintas. Gelpí acusa a la generación de intelectuales formada bajo la influencia de Pedreira y Marqués de no haber leído con suficiente rigor los visos racistas, antifeministas y homofóbicos que se esconden bajo la mirada paternalista de esos dudosos padres. Carlos Pabón, por su parte, se dedica a hacer una dura radiografía teórica de los usos y abusos de la retórica nacionalista, denunciando, no ya sólo su inoperatividad para estos tiempos, sino el subterfugio que autoriza a los que la enarbolan, convirtiéndolos en los dueños y manipuladores de la agenda cultural. Hay una diferencia crucial que separa a estos ensayos de los dos anteriores. Pedreira y Marqués le hablan al país;  Gelpí y Pabón se dirigen a una clase letrada  que  devenga buena parte de su poder de convicción ante el país de su deuda con el nacionalismo culturalista de Pedreira y Marqués.

Era cuestión de tiempo para que, en medio de esta dolorosa crisis que atraviesa la Universidad del Estado hiciera su esperada aparición el tono admonitorio. En tiempos de desquicie y desvarío el metal filoso de la reconvención suele apropiarse de la convocatoria, reconduciendo las líneas del debate a oposiciones claras, señalando carencias elementales, o denunciado insuficiencias insostenibles. De hecho, la producción más rica y sugerente del ensayismo puertorriqueño de fin del siglo veinte y principios del veintiuno es la que gira principalmente alrededor  de una crítica demoledora del proyecto de izquierda, en libros y artículos valiosos de Carlos Gil, Arturo Torrecilla, Juan Duchesne, Carlos Pabón, Silvia Álvarez Curbelo, Áurea Sotomayor o Irma Rivera Nieves. Mostrar las fisuras que resquebrajan el augusto edificio de la patria: he ahí la consigna. Se trata, habría que admitirlo también, de una ensayística que ha tenido muchísimo más éxito en desconstruir las falacias del radicalismo clásico puertorriqueño que en sugerir vías alternas o salidas posibles al impasse ideológico y político que con tanta pericia logran demostrar.  La izquierda se ha derrumbado. ¿Qué hacemos ahora? Ahí quizá, en la incómoda pausa que media entre ese descubrimiento y esa pregunta,  radique el pathos más tierno y elocuente de muchos de estos textos, en la medida que la estrategia de desenmascaramiento que suele autorizar a estos ensayos termina dejando desnudos tanto al desenmascarado como al desenmascarador.

En esa línea o linaje discursivo me parece que se insertan tres ensayos cortos de reciente aparición, tres ensayitos intensos y trepidantes que forman parte de la rica, variada e intensa escritura que la crisis universitaria ha producido en estos últimos meses. Esta producción (de circulación en 80grados, Diálogo Digital y algunos blogs locales) es, de hecho, uno de los varios legados valiosos que esta crisis nos regala, porque también hay que hablar de los regalos de la crisis.  Pienso por el momento en Entrampada, de Juan Otero Garabís, Para la catástrofe, de Juan Carlos Quintero Herencia, y Fungir como docentes, del mismo Carlos Pabón de La nación postmortem. Los tres forman parte de una suerte de reacción en cadena, iniciada por el de Otero, continuada por Quintero, quien reacciona a Otero y de varios modos culminada por Pabón, influído claramente por el de Quintero y el de Otero. Es un caso revelador y excitante del síntoma del contagio, donde un mismo presagio logra aglutinar una reacción sostenida y una ansiedad compartida. El dispositivo común es el siguiente: la posibilidad de renovación de una huelga estudiantil que propone el cierre como su única estrategia. El proceso huelgario, que se acerca ya a un año de duración, amenaza con distender una estrategia que parece haber llegado ya a su punto de extenuación, al colmo de la capacidad de aguante de la Universidad. Después de tantos meses de angustia y desasosiego, de violencia policíaca, represión administrativa, persecución de estado e intransigencia de un sector del liderato estudiantil, tres profesores (uno de ellos desde fuera de la isla) se lanzan al ruedo para defender, reclamar e incluso exigir el derecho a una Universidad abierta y en funciones, donde el profesorado pueda, no sólo ejercer su razón de ser, que es la docencia, sino organizar la defensa de su propia capacidad de subsistencia en un momento en que todo pareciera estar al borde del precipicio. Son tres ensayos en estado de emergencia, tres desafíos sostenidos.

Juan Otero comienza por preguntarse la razón de ser de la protesta estudiantil, comparándola con las resistencias pasadas de figuras fundadoras del pensamiento radical puertorriqueño: Albizu y Betances. El epígrafe de Betances es revelador: “¿Qué le pasa a los puertorriqueños que no se rebelan?” Es un epígrafe que, descontextualizado, y sin la pausa de la coma, arroja dos lecturas sintomáticamente contrarias: ¿Por qué los puertorriqueños no acaban de rebelarse, o: qué hacemos con los que deciden no rebelarse, qué le sucedería a esos durante una rebelión? La contestación a esta ambigua pregunta re-actualizada, es decir, la revelación del ensayo, es que la lucha estudiantil no acaba de revelar contra lo que verdaderamente se quiere rebelar:
“¿[A] cuál revolución se le está pidiendo al pueblo unirse?, ¿cuál es el proyecto político y social que se pretende?, ¿qué proyecto de país se articula detrás del llamado estudiantil en contra de la cuota?: ¿el de las uniones que no pudieron ponerse de acuerdo ni siquiera en los puntos de salida de una marcha?, ¿el de dirigentes que atropellaron sus uniones en huelgas sumamente cuestionadas por sus matrículas?, ¿el de un independentismo débil y de una retórica nacionalista deficiente?, ¿o el de un socialismo fragmentado con escaso historial de luchas convincentes?”

Juan Carlos Quintero Herencia entronca su propia reflexión vinculándola a esta misma pregunta de Otero. Relaciona esta falta de proyecto del movimiento estudiantil con la falta de proyecto, de imaginación, no ya tanto del pueblo puertorriqueño, al que caracteriza como una palesiana manada de sumisos corderos, sino aún más con la falta de proyecto de sus supuestos intelectuales, de una Universidad que sería en última instancia la verdadera responsable del quiebre mortal de los proyectos políticos de resistencia y sobre todo la verdadera responsable de sus propios fracasos. Quintero Herencia condensa su argumento del siguiente modo:
“¿De qué sirve triunfar en una huelga, en un paro o hasta en una revolución si los ganadores carecen de un proyecto intelectual y político que haga posible vivir, pensar de otro modo, de un modo que no sea siempre ese abismarse en la misma burundanga? Es más ¿para que pasarle la mano al fracaso, si este no inaugura nuevas formas de elucidar verdades, de hacer justicia?”

Carlos Pabón, por su parte, en un ensayo que ha abierto varias controversias, se queja del modo como los docentes han terminado por alejarse de sus funciones autónomas, del lugar específico que les corresponde en el entramado de la institución universitaria, por estar supeditados, como entes meramente reactivos, al conflicto huelgario:
“Según una cierta lógica que comparten distintos colegas, criticar a un sector del estudiantado es “paternalista”. Pero no es “paternalista” apoyar incondicionalmente,  siempre, las “huelgas” u otras acciones de sectores estudiantiles irrespectivo de la legitimidad de éstas en cuanto al propio estudiantado, de su (in)eficacia, de cómo nos afectan como docentes e incluso de cómo afectan el proyecto de la Universidad que queremos a largo plazo. Se critica al profesorado si sus actuaciones son diferentes o contradicen las de los estudiantes porque esto implica, se dice, ‘no apoyarlos’ o ‘dejarlos solos’”.

Los tres comparten, no sólo esa mirada dura y severa contra la huelga y el cierre de la Universidad como proveniente de una  resistencia “sin proyecto político y social”, “ineficaz”, sino que también coinciden en que la fuente de este embeleso paternalista de los profesores y de esta insistencia terca de los estudiantes no es otra cosa que el resultado de la plaga  del “anti intelectualismo” rampante en la Universidad. El resultado es la ausencia de un verdadero espíritu de transformación. Quintero Herencia compara la falta de proyecto del movimiento estudiantil y, en general, de la desgastada izquierda puertorriqueña, con  los deslumbrantes acontecimientos en Egipto, un pueblo que “se galvaniza” mientras el nuestro permanece aislado, solitario, enajenado de los legítimos levantamientos fundamentados en el sentido de proyecto y en la verdadera indignación.

Pedreira, Palés, Marqués y compañía tendrían mucho que aprender del talento de estos tres docentes puertorriqueños para la admonición. Los tres admiten que para hablar de este modo hay que ser valiente. Hay siempre el troglodita, nacionalista de pacotilla, guachafitero jurásico que se encargará de convertirlos en traidores, de acusarlos de vendepatria y tantas otras lindezas por el estilo. Pero valdría la pena preguntarse también ¿vivimos acaso en el mismo Puerto Rico que sirve de telón de fondo para el diagnóstico de aquella ensayística anti-nacionalista de fin de siglo pasado que estos tres micro ensayos emulan con tanto peritaje e indignación?

Pienso que ya no. De los ademanes de aquel nacionalismo arqueológico apenas persiste una mueca desdibujada, pues hace tiempo que dio sus últimos estertores a fines del siglo pasado. Sus practicantes de hoy día (que los hay, por supuesto, basta con leer algunos comentarios al pie de casi cualquier ensayo de Ochenta Grados) son fantasmas que todavía no se han dado cuenta que lo son. La Academia de la Lengua ahora contrata a un especialista en imagen para que la transforme en una softer, gentler Academy; en el Departamento de Estudios Hispánicos se enseña a Pedro Pietri, se proyectan las películas de Frances Negrón y el mismo Juan Otero enseña un soneto de Herrera y Reissig junto a un soneo de Hector Lavoe. El Instituto de Cultura Puertorriqueña es un mausoleo, desprovisto de presupuesto, en vías de extinción. Hace tiempo que el poderoso nacionalismo culturalista, el invento más seductor y efectivo de la sutil maquinaria del Estado Libre Asociado le ha cedido el espacio a la aún más poderosa  maquinaria del boricualismo bestial, un populismo bastante descolocado, ubicuo, sin espacio particular ni asidero reconocible, un balbuceo regurgitante de la globalización, tan estentóreo, procaz y seguro de sí mismo, que aquellas beaterías del nacionalismo telúrico del siglo pasado serían hoy el equivalente del Popol Vuh, si existieran por alguna parte.

Hace tiempo que el mundo es Tlön. Los estudiantes que hoy constituyen el núcleo gestor de la huelga tampoco están hechos a la medida de aquellos hippies setentosos y ochentosos que articulaban sus protestas al son de Roy Brown, Aires Bucaneros, Silvio, Danny y Lucecita. No son realmente los herederos directos de esa izquierda sindical a la que alude Otero, la que ni tan siquiera se pone de acuerdo en por dónde comenzar una marcha. Forman parte, de hecho, del mismo ciclo de resistencia que orquesta sus revoluciones en Egipto, Libia y Tunisia en las páginas virtuales de Facebook y Twitter.  Si uno se fija en sus caras en el televisor, no son tan distintos de los musulmanes que le prenden fuego a un taxi en París para defender el derecho de una señora de sesenta años a tener una pensión de retiro. ¿De dónde surge la peregrina idea, que parece defender Quintero Herencia,  que las revueltas de Egipto son el producto de un proyecto intelectual y político maduro y pensado y el nuestro es el exabrupto torpe de un puñado de mocosos anti-intelectuales? ¿Por qué, para parafrasear a Anayra Santory, se piensa que el acontecimiento es hijo de las palabras y no lo opuesto, que son las palabras las que escasamente aciertan a concatenar, a darle forma conceptual al acontecimiento? Nadie sabe aún lo que sucederá en Egipto, o en Libia, porque tampoco nadie sabe a ciencia cierta cómo caracterizar el talante real de estas resistencias. Cualquiera de ellas corre el riesgo de convertirse en otro Irán. Basta con mirar a Cuba. Nada le asegura a una revolución la capacidad de sostener el ímpetu originario de su sentido de justicia y eso Quintero Herencia, autor de Fulguración del espacio, lo sabe muy bien.

Hay una sabiduría política que el ensayismo anti nacionalista de fin de siglo pasado hizo posible. Pero quizá no se encuentra en el interior de las pacientes desconstrucciones que se llevan a cabo en esos textos. Para encontrarla habría que buscarla en libros como El arte de bregar, de Arcadio Díaz Quiñones, escrito por un crítico de una generación anterior a la de Pabón y Duchesne, pero que con este importante ensayo se convierte en un hijo aventajado y brillante de ellos. Y pienso también en los libros sobre música popular de Ángel (Chuco) Quintero y los más recientes de los mismos Juan Otero y Juan Carlos Quintero. Todos estos libros se alejan del mandato de la admonición. Desobedecen a Pedreira y a Marqués. Se mueven a otras zonas de lo político, más intestinas y subrepticias, y allí encuentran maravillas. Abandonan, curiosamente, la retórica magisterial y se permiten convertirse en escuchas, sin juzgar demasiado.

Todos estos libros son el producto de una Universidad, la de Puerto Rico, laboriosa, productiva e inquisitiva, una Universidad reconocible, que funciona dentro de esa otra Universidad anti-intelectual que también, sin duda, existe y ejerce su influencia. Por eso es difícil no estar de acuerdo con las juiciosas propuestas de Carlos Pabón cuando nos convida a fungir como docentes. En momentos cuando lo que está en juego es la pura institucionalidad de una institución urge que nos acomodemos diestramente en el dispositivo instrumental que nos corresponde. Y para eso están los canales de participación democrática de que dispone ya la Universidad, los mismos que son el fruto del esfuerzo valioso de nuestros valientes antepasados docentes: el senado, las facultades, los departamentos, el claustro, la APPU, con todo y sus defectos. Hablar hoy día, como se escucha, de supuestas universidades paralelas, es haber claudicado ya de ésta, y de su demostrada capacidad de ejercer su mandato democrático. También me parece justo reconocer que hace tiempo que  los docentes venimos fungiendo como docentes. El proyecto de renovación del bachillerato que duró diez años de ardua labor y diplomática negociación es un buen ejemplo. Produjo, además de importantes cambios estructurales, un cúmulo valioso de ensayos, foros, antologías, libros y talleres en los que la Universidad se piensa y se auto critica.

Curiosamente, el resultado de este proceso de reconceptuación ha sido que ya la Universidad no puede seguir pensándose solamente como un conjunto de Facultades autónomas, es decir, que la autonomía de los sectores no puede ser ya el modo óptimo de pensar la complejidad de una Institución que cada vez se hace más irreductible a los antiguos parámetros que la transparentaban. Ante la cada vez más conspicua certidumbre de la historicidad, mutabilidad, porosidad e hibridez de los saberes, la Universidad tiene que actuar correspondientemente como un espacio dúctil, transformable, flexible, generoso, abierto, donde el diálogo enriquecedor surge del contacto recíproco de sus diversos componentes.

Por otra parte, ¿qué verdaderamente es lo que apela en nosotros los profesores al intelecto? Ante la repetida acusación de que el cuerpo docente adolece de un endémico y nocivo anti-intelectualismo, cabría preguntarse hasta qué punto el carácter institucional y profesionalista de la docencia es el que menos invita a la indagación del intelecto. Porque, a fin de cuentas, no es el docente el guardián del intelecto. Es el intelectual, por eso se llama así. El docente es el miembro de una tecno-estructura del aprendizaje, de una macro empresa del saber-poder, de una meta narrativa de la tecno-ciencia. El intelectual es un ser más primitivo y peligroso, más atávico, alguien que se hace preguntas que no tienen contestación, alguien que usa el lenguaje sin ser esclavo de los mensajes, alguien que respeta la forma sin subordinarla al contenido, alguien que piensa sin pensar en lo que gana, alguien que apuesta por la continuidad de la incertidumbre, por la falta de objeto verdadero para el deseo, por el rigor de la duda.

No todos los docentes son intelectuales ni todos los intelectuales son docentes. Algunos de los intelectuales más valiosos renegaron de la Universidad. Einstein hizo sus descubrimientos más trascendentales cuando era un empleado de correos. Freud fue verdaderamente un gran intelectual, no en un salón de clases, sino cuando tuvo la valentía de decirle a los judíos que Moisés era egipcio  y que el nacionalismo israelita era una torpe venganza contra el fascismo nazi. Ni Susan Sontag, ni Carlos Monsiváis, ni Pedro Lemebel, ni Palés, ni Lezama Lima, ni Julia de Burgos eran o son universitarios. Pero todos son intelectuales. Nilita Vientós Gastón, probablemente la intelectual puertorriqueña más poderosa y seductora de la segunda mitad del siglo pasado, no era docente. Era una abogada culta, una editora de revistas, una mujer a quien le gustaba leer y escuchar.
Un intelectual no es otra cosa que alguien que accede a ser interpelado por el acontecimiento, por aquello para lo cual no hay siempre palabras disponibles ni modo exacto de identificar su procedencia, su razón de ser o su nombre propio.  Una universidad es verdaderamente poderosa cuando le abre el camino a los intelectuales, incluso a aquellos que no proceden de su seno y no les entorpece su camino.

Una última pregunta, para devolver la discusión sobre la Universidad a la intríngulis del acontecimiento. ¿Por qué la protesta contra un Mubarak es digna de ser interpretada como un acontecimiento intelectual y políticamente motivado, pero las protestas estudiantiles contra Fortuño no lo son? ¿Acaso Fortuño no es digno de la misma atención? ¿Acaso por ocurrir en el seno de la democracia liberal, sus desmanes, atropellos e inconsciencias no se merecen el mismo calibre de repudio? ¿Cuánto prestigio se tiene que merecer un gobernante abusivo para que los que se resisten activa y decididamente contra sus acciones se merezcan también nuestro respeto?

No es fácil para ningún profesor ser interpelado por sus estudiantes del modo como ocurre durante una crisis de esta índole. No es fácil, porque estamos acostumbrados a que sean nuestros pupilos y cuesta trabajo enfrentarlos como nuestros pares. Y digo enfrentarlos, no solamente pasarles por bueno todo lo que dicen y hacen. Porque para respetar hay que dialogar y saber disentir. Y hay momentos en que a unos nos toca disentir y a otros les toca escuchar.

Disfruto y me regocijo de enseñar en una Universidad abierta y funcional, con salones  ocupados por estudiantes palpitantes y ávidos. Pero sé también que en estos momentos nuestra Universidad es  un territorio contestatario y amenazado, en estado de sitio, donde los profesores y los estudiantes somos llamados a poner en marcha una plétora de acciones de rescate, un concierto de performatividades de la disidencia creativa y realmente efectiva. Tenemos que aprender a hacerlo en conjunto, sin que unos lo hagamos en detrimento o a expensas de los otros y sin que lo hagamos como si la otra parte no existiese. De lo que se trata es de una Universidad existente abierta a una Universidad posible. ¿No es esa, verdaderamente, la Universidad que queremos?

Rubén Ríos Ávila
Columnista

Rubén Ríos Ávila enseña en el Departamento de español y portugués de la Universidad de Nueva York, donde dirige la maestría en escritura creativa. Fue profesor del Departamento de literatura comparada de la UPR, recinto de Río Piedras, el cual dirigió en tres ocasiones. Es el autor de La raza cómica: del sujeto en Puerto Rico, y de Embocadura. Enseña teoría literaria, literatura hispanoamericana, cine y literatura. Fue el anfitrión del programa de crítica de cine En cinta, para WIPR.