Sobre la crisis medioambiental: hombre y capitalismo

A nivel mundial la realidad de la crisis medioambiental ha puesto en evidencia la disparidad en la relación entre nuestra sociedad y los sistemas naturales. Dicha relación, tal y como la hemos concebido hasta ahora es insustentable a futuro. Hemos llegado a un punto crítico donde nuestra capacidad tecnológica para explotar la naturaleza excede la capacidad de regeneración de esta. Los recursos naturales se han convertido simplemente en materia prima que alimenta los sistemas productivos alrededor del mundo. Como consecuencia de esta visión egocéntrica y utilitarista, perdimos de perspectiva el papel del hombre natural integrado a su medioambiente y ante ello, la conciencia de la compleja relación hombre-naturaleza y sus implicaciones. Nos enfrentamos al hecho de que estamos hoy ante una sociedad tecnológica-industrial que ha institucionalizado una particular «realidad social»  [1,2,3] íntimamente ligada a la visión de consumo promovida por el capitalismo [4].

Tomada de www.attac.es

Si bien es cierto, el impacto humano en los sistemas físicos y biológicos alrededor del planeta no es nuevo, este se ha intensificado en varios órdenes de magnitud desde la adopción de la agricultura hace unos 8.000 años. Es también cierto que hubo un incremento sustancial  de dicho impacto con la llegada de la Revolución Industrial hace unos 200 años. La Revolución Industrial favoreció tanto el aumento de la capacidad productiva como de la organización de nuestra sociedad, aunque tristemente, cimentadas ambas en “un sistema particular de mitos culturales y de valores que glorifican el consumo material y el desarrollo económico” [5]. En el siglo XX estos mitos se integraron no solo  a la teoría económica del capital sino también a la cultura alrededor del planeta. Esta inserción fue posible en parte gracias al aporte del capital privado, que a partir de los años 50 empezó a invertir enormes cantidades de dinero en publicidad para promover el consumo de los productos de las fábricas [4]. Un par de décadas después, al final de los 70, las políticas de fortalecimiento de los derechos de la propiedad privada, de libre mercado y de libre comercio, estimuladas por la globalización [4,6], revolucionaron la sociedad y la economía mundial y se instalaron como sistema económico preponderante alrededor del mundo [4]. Estas políticas se han encargado agresivamente de promover cada vez más el consumo voraz de recursos, la acumulación de material como objetivo fundamental, y al mismo tiempo, de estimular el uso de la materia acumulada como combustible para la producción y el consumo del mismo sistema [4]. La economía del capital nos presiona a que hagamos del consumismo una manera de vida convirtiendo la compra y el uso de mercancías en rituales, en una búsqueda estéril por satisfacer el ego y hasta el espíritu. En esta nueva realidad social necesitamos cada vez más las cosas consumidas, usadas, substituidas e incluso desechadas.

Mantener el ciclo altamente productivo del sistema económico capitalista, aunque no sea necesariamente eficiente, solo es posible a través de más y más consumidores que compren la materia producida. El capitalismo industrial por tanto necesita intrínsecamente de nosotros, de la gente, de una sociedad de consumo. Esto ha impulsado a través de los años la construcción social de una realidad donde el ser humano es parte de una empresa comercial, cuya meta es la de transformar ciudadanos en potenciales consumidores. Bajo este precepto, los consumidores no solo terminan automatizados sino también alienados de la realidad de consumo en la que están inmersos. Y es ante esta realidad que resulta preocupante observar como nuestra sociedad alimenta el mito de que el desarrollo global está basado en el desarrollo económico continúo. Sobre todo cuando este mito esencialmente compara el bienestar humano con la capacidad de consumir, lo cual es aun más alarmante ante el escenario medioambiental actual.

Existe amplia evidencia del efecto lascivo que ha tenido la adopción de la economía del capital y su tendencia expansionista en el deterioro del medioambiente [7,8]. Nos enfrentamos ante el hecho de que el modelo económico que heredamos de la era industrial y que sostiene una forma de vida basada en el consumo creciente de materiales renovables y no renovables, ya no es viable, no es sustentable. Y es que no puede ser viable a largo plazo un sistema socio-económico que se ha encargado de promover y perpetuar la competencia feroz y desigual, un sistema donde el consumo es una norma y forma de vida, y donde los recursos naturales son simple materia prima para alimentar los sistemas productivos del mundo. Como consecuencia de estas malas prácticas, muchos de los procesos esenciales para sustentar la vida se han visto afectados alrededor del planeta. Algunos ejemplos son visibles a nivel biológico en la pérdida de biodiversidad, el cambio climático global, en los cambios de frecuencia e intensidad de eventos naturales. Pero por otro lado, vemos también consecuencias sociales ante el incremento progresivo de los niveles de pobreza y en el aumentando de la inequidad prácticamente a todo nivel [8].

La tendencia de deterioro de la salud medioambiental, la sed insaciable del capitalismo por recursos, por fuentes productoras de trabajo baratas para producir, la obtención de beneficios dispares, son algunas de las razones que han enfrentado en las últimas décadas al mundo entero ante el gran paradigma del desarrollo económico sustentable. Ante este paradigma, los principios básicos de la economía proponen que la gente responde a incentivos y que generalmente actúa siguiendo los mejores intereses que sean percibidos. Esto es fundamentalmente una  extensión de la teoría Darwiniana que intenta explicar la relación del hombre con su medioambiente bajo las fuerzas económicas [9]. Si tenemos en cuenta tanto los criterios básicos económicos como los postulados de la teoría evolutiva, el hombre debería entenderse como una fuerza potencial modificadora de su ambiente, altamente influenciada en su aspecto comportamental por los fundamentos tecnológicos y por la institucionalización de una «realidad social»  íntimamente ligada con la visión de consumo promovida por el sistema económico imperante [4].

Esta visión del hombre como fuerza transformadora hace aun más evidente que la actual crisis medioambiental es un complejo producto de la relación entre el individuo inmerso en la sociedad, de la sociedad en sí misma y de la realidad social en la construcción y transformación del medioambiente. Ante esto no debemos desconocer que la especie humana ha desarrollado sociedades florecientes a lo largo de la historia bajo el rasgo natural y evolutivamente adquirido de competencia y cooperación [10]. Otras sociedades antes que la nuestra han llegado a ser exitosas bajo preceptos y valores diferentes a los que nos rigen hoy en día. Por tanto, frente a la actual crisis ambiental es fundamental cuestionarse la responsabilidad individual y colectiva al ser parte activa del sistema económico. Es pertinente y necesario reevaluar nuestra sociedad y la sociedad que queremos en torno a sus valores individuales, sociales, culturales y económicos, y su relación con los recursos naturales de cara a un futuro sustentable. Este es el momento de  reconstruir nuestra relación individuo-sociedad-naturaleza. Una nueva relación donde importe más el hombre natural, el hombre incluido, integrado, respetuoso y consciente de su verdadera naturaleza. Es tiempo para la evolución y el cambio.

Referencias

[1] Hacking, I. 1997. Slightly more realistic personal probability. En: Decision, Probability and Uncertainty. Gardenfors, P. and Sahlin, N. (Eds.). Cambridge University Press, Cambridge, MA.

[2] Searle, J. R. 1997. La construcción de la realidad social. Ediciones Paidós Ibérica, España.

[3] Pinker, S. 2002. The Blank Slate: the modern denial of human nature. Penguin Books, New York.

[4] Harvey, D. 2005. A brief history of neoliberalism. Oxford University Press, Oxford, New York.

[5] Gowdy, J. 2007. Avoiding self-organized extinction: toward a co-evolutionary economics of sustainability. International Journal of Sustainable Development & World Ecology 14:27- 36.

[6] Levitt, T. 1986. The marketing imagination. New, Expanded Edition. The Free Press, New York.

[7] Heidegger, M. 2003. Discourse on thinking – Memorial address. En: Martin Heidegger: Philosophical and Political Writings. Stassen, M. (Ed.). The German Library, Continuum International Publishing Group, New York.

[8] Rees, W. E. 2009. Are Humans Unsustainable by Nature? Trudeau Lecture, Memorial University of Newfoundland, Canada.

[9] Hodgson, G., Knutsen, T. 2004. Why we need a generalized Darwinism: and why generalized Darwinism is not enough. Paper presented at the workshop ‘Evolutionary Concepts in Economia and Biology’, Max Planck Institute for Research into Economic Systems, Evolutionary Economics Group, Jena, Germany.

[10] Johnson, A. W and Earle, T. K. 2000. The evolution of human societies: from foraging group to agrarian state. Stanford University Press, Stanford, California.

La autora es profesora del Departamento de Biología, Universidad de Puerto Rico-Río Piedras

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