La serie: ¿documento cultural o histórico?
El deceso del príncipe y toda la fanfarria memorial que desencadenó me recordó la serie británica The Crown. La había comenzado a ver hace poco más de un año, y decidí esta vez terminar de verla. Lo hice con los mismos sentimientos ambivalentes con que leería, por ejemplo, la obra teatral The Tempest, de Shakespeare: ¿estoy ante un documento cultural, que debe ser juzgado de acuerdo con criterios estrictamente estéticos, o ante un documento histórico, cuyos rasgos ideológicos deben ser analizados a la luz de su ‘condiciones materiales’?
Pero quizás sea este un falso dilema. El concepto mismo de lo estético como aparición sublime del cuerpo nacional es algo históricamente fechable. La emergencia de la nación moderna está indisolublemente ligada a la consolidación de esa particular experiencia de lo estético y de los significados que esta remueve. En la modernidad, cualquier expresión estética es desde ya una manifestación de la cuestión nacional –a manera de objeto transaccional que les imparte una cohesión comunal a los miembros de un grupo y de síntoma de algo que quedó pendiente por resolverse en su historia. De la misma manera que la nación es, en lo fundamental, una emoción estética. Es decir, un referente a ese resto pulsional que resiste cualquier reducción simbólica, que trasciende la mera funcionalidad orgánica, sin mediación de procesos cognitivos más complejos– el símbolo de lo que no es simbolizable. Lo que una vez fue un simple objeto religioso que marcaba el ritmo de la cotidianeidad de un pueblo con sus ritos y prohibiciones, se convierte en un artefacto en el que los caracteres –telúricos, agrarios, marciales, y en muchos casos feminizados– están organizados como un todo coherente, toda una plétora de signos investidos de una plusvalía de afectos cuyo propósito es aglutinar alrededor de un vacío, e invocar así el efecto fantasmal de ese cuerpo colectivo que llamamos nación.
De vuelta a la serie: La celebración hasta la apoteosis de ese proverbial britishness, que en el mercado mundial de las identidades nacionales parece haberse convertido en el gold standard por el cual se fija el valor de las demás, y que el equipo de producción no pierde oportunidad de explotar en cada momento, definitivamente tendrán mucho que ver con su éxito comercial. Porque, let’s face it, la vida de un sudamericano vale menos que la de un gringo, en lo fundamental por las mismas razones que la de un dominicano cotiza menos, en el mercado internacional de los cuerpos humanos, que la de un boricua, pero sí un poco más que la de un haitiano, y la de un norteamericano vale algo menos que la de cualquier británico (a menos que puedas retrotraer tu pedigrí al Mayflower). Es por esa razón que muy pocas personas, que yo sepa, han fantaseado con ser haitianos, pero sí (vamos, no se hagan), con ser europeos, o al menos norteamericanos (y de esos que se empeñan, contra toda evidencia al contrario, en creerse gringos, hay muchos en esta isla).
La serie también es, comenzando el 2020 y ante la emergencia global de los neo-nacionalismos de ultra-derecha, quizá uno de los objetos culturales que ejemplifica el significado de la frase resaca colonial de la manera más monumental e inquietante. La muy bien montada glorificación de la monarquía y de la familia real británica sólo es comparable con la caracterización acartonada y por demás condescendiente de las luchas anti-coloniales, que surgían por doquier en las posesiones de un Imperio Británico de post-guerra que se derrumbaba. Como por ejemplo, la minimización de la figura del líder nacionalista Jawaharlal Nehru, así como del trágico papel que jugó la India y el alto precio humano y material que le tocó pagar en la Segunda Guerra Mundial por el triunfo de los Aliados. Seguramente habría sido quite unbritish de parte de la producción fílmica destacar el hecho de que, para alimentar a la población británica durante la guerra y así poder financiar su campaña bélica, Winston Churchill no tuvo remilgos en contribuir con las políticas de su gobierno a la inanición de cerca de tres millones de habitantes de la región de Bengala en 1943, al privarlos de su cosecha de arroz y trigo de ese año –en ese sentido quedó registrada para la historia aquel infame “let them starve” con que contestó los reclamos y protestas de los oficiales imperiales que temían un levantamiento a raíz del maltrato que sufrían las distintas poblaciones del subcontinente indio por parte del poder colonial. (No se puede pasar por alto, como hace la serie, que la Segunda Guerra Mundial, como la primera, fue una guerra entre potencias imperiales). Por esa y otras razones, el intento de rehabilitación histórica que incurre la serie, de una figura tan funesta y de una gloria tan inmerecida como la de Winston Churchill, es nada menos que appalling.
Esa otra representación caricaturesca del líder socialista egipcio Gamal Abdel Nasser, como un chauvinista acomplejado y majadero, es típica de las escenas más irrisorias de cualquier película B, como si la Corona británica y la casta burguesa, que le sirve de señorita bien portada, tuvieran nada que aprender sobre arrogancia chauvinista y complejos. Un poco antes, en la visita a Kenia de la que habrá de ser la futura Reina Isabel de Windsor con su simpático y apuesto esposo, el autobombo nacionalista que hay en la representación del colono benévolo hacia el colonizado bordea lo delirante, y sería digna de cualquier página de Ngugi Wa’Tiongo, Albert Memmi o Franz Fanón. No sé si fue durante esa visita que el príncipe Felipe le preguntó a una mujer local si era realmente una mujer, pero sí sé que fue en Kenia, might it be said in passing, donde el Imperio británico ensayó por primera vez, con ocasión de la revuelta Mau Mau, el sistema de campos de concentración que luego habría de perfeccionarse y hacerse infame en el lager alemán, para convertirse hoy en la manera normal con que gerenciamos la carencia de derechos de aquellos que perdieron su derecho a tener derechos, como bien ilustran los campos de inmigrantes refugiados que parecen proliferar por doquier. Esto es un ejemplo muy ilustrativo del argumento que vertebra el “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire: la barbarie fascista que se ensañó contra Europa a mediados de siglo veinte no fue sino el resultado natural de sus correrías imperiales por el resto del mundo.
The Crown y el ELA
En efecto, hay implícita en la serie la pregunta angustiante que parece acosar al sujeto nacional británico hoy en día, en un momento en su historia en que el fantasma teológico-político de las democracias burguesas parece resucitar de la crisis neo-liberal que atraviesa- “¿qué es Gran Bretaña (una monarquía o una democracia, un imperio o una república)?” La respuesta al efecto, de que es una monarquía constitucional, no me resulta muy satisfactoria. Me suena demasiado al monstruo oximorónico del Estado Libre Asociado. Claro está, esta es una pregunta que no se plantea de manera directa, sino que está imbricada en su misma contestación, y está cuidadosamente construida en la serie de tal manera que no deje lugar a otra respuesta en el espectador que no sea un muy ambiguo y autocomplaciente to be and/or not to be, that is the answer.
Apenas termino de ver el penúltimo episodio de la cuarta temporada, en la que hace incursión la malhadada Lady D, y el ascenso al poder de Margaret Thatcher, una de las ejecutoras de la agenda neo-liberal que se venía gestando desde finales del siglo XIX y se había cocinado en secreto en Mont Pelerin. Los psicodramas de la cenicienta y de la modelo feminista preferidas de todas las doñitas sesentosas (porque sí, muchos recordaremos que en los ochenta, para muchas mujeres bien, que ya picaban los cincuenta años, Lady Di y Margaret Thatcher eran nada menos que ¡el vivo rostro de la emancipación femenina!), le sirven de pantalla a aquello que el equipo fílmico decidió ocultar: la conquista, al menos nominal, de la soberanía nacional, en la segunda mitad del siglo veinte, de las posesiones coloniales de ultramar, acompañada por la conformación de un estado de cosas global que aseguraría hasta hoy la continuidad de la desposesión material por otros medios –eso que algunos denominan con el eufemismo de ‘Nuevo Orden Mundial’ y otros llamamos neo-colonialismo. Los escándalos de Andrés el Duque de York me imagino que vendrán después en una quinta o sexta temporada, y me muero de curiosidad por ver cómo el equipo de producción le lava la carita al nene ante los escándalos que parecen implicarlo con las travesuras de juventud de sus panitas de joda Geoffrey Epstein y su madama alcahueta Ghislaine Maxwell. Me refiero más bien a cómo el equipo de producción podrá salvar la contradicción embarazosa que parece estructurar el hilo argumental de la serie: el de hacerle creer al espectador que la Corona británica ha sido y es un verdadero baluarte de democracia, al mismo tiempo que intenta hacerlo por medio de la glorificación espectacular de todo el atavismo remolón y asfixiante propio de los rituales de la ceremonia real.
Claro está que ahí subyace la contradicción constitutiva, y el encanto, de ese proverbial (y muy minoritario) britishness: todos los amaneramientos y afectaciones que lo caracterizan, la flema idiosincrática del que se toma las cosas con esa mezcla de los proverbiales wit y distant cool, se pueden leer como soluciones parciales de la ansiedad que genera esa contradicción, de la misma manera que las sobre-investiduras en toda la iconografía del folclor y el deporte, todas las muletillas y tics que caracterizan esa versión acartonada de puertorriqueñidad de exportación en masa que nuestras elites económicas y políticas publicitan en cada oportunidad para perpetuarse en el lucro y el poder, son en el fondo la manera en que el sujeto nacional en Puerto Rico compensa sus carencias reales de soberanía y su marginalidad histórica. De paso, habría que aclarar que sólo una fracción muy pequeña de la población británica es la que habla el inglés como si le estuvieran jalando el aparato fonético con un cordón que les pasa a través del recto. (Por igual, habrá que aclarar que no todos los puertorriqueños transitamos por el mundo con un vocabulario de cuatrocientas palabras.)
Aristocracia imaginaria
Sé que algunos también encontrarán muy poco puertorriqueño (¿clasista?, ¿comemierda?) el que menosprecie de esta manera los consabidos emblemas alrededor de los cuales orbita la iconografía santificada de la puertorriqueñidad. Me refiero, claro está, a todas esas Miss Universe, que parecieran consagrar a la isla como capital indiscutible de las nenas más chulas y buenotas del Orbe, a uno que otro machote boxeador, pelotero o baloncelista, o alguno que otro reguetonero jodedor que militariza los culos femeninos en la misma estrofa con que sexualiza la violencia callejera. Me tendrán que perdonar, pero que yo sepa, hasta ahí más o menos –quítenle o pónganle un mofonguito con carne frita, algún tatuaje taino, o una bandera monoestrellada pintada sobre alguna rabadilla o algún muro– llega ese orgullo boricua que sabe hacer de la sordidez más estridente un rasgo inconfundible de nuestra idiosincrasia.
Estoy seguro de que muchos, la mayoría, se harán los desentendidos, con esa mezcla de bellaquera y pundonor cristiano tan típicamente puertorriqueña, cuando diga que de la misma manera en que esa abstracción estatal, que es el sujeto nacional británico, hace de sus contradicciones su particularidad identitaria, ahí es que se goza el cuerpo colectivo de la nación puertorriqueña, en esos ritos del consumo de aquello que no se puede anudar al lenguaje. Es ahí, en el mercado de las fantasías donde la historia de una señorita mediabajera convertida en reina de belleza o la de un muchacho pobretón convertido en rey del perreo se hace parte del cuento moderno nacional como un camino ascendente hacia una aristocracia imaginaria. Es ahí donde esa versión chata de la nación puertorriqueña adquiere presencia y consistencia, donde al mismo tiempo que se revuelca gozosamente en la caca del subdesarrollo con perfume de fondos federales, fantasea una salida, por demás histórica y políticamente imposible, de su real atolladero histórico y político.
Una versión alterna
Desgraciadamente, hay una versión de la puertorriqueñidad, aquella que pretende sustituir estos monumentos a la estulticia por figuras del pensamiento, que no vende tan bien. Y en la modernidad capitalista que nos tocó vivir es natural que sea así. Quizás no pueda haber de otra manera cómo nos podamos representar a la nación, que esa que se manifiesta en la circulación banal e incesante de los bienes de mercado. Para pesar de aquellos puertorriqueños que creemos en esa versión alterna de un Puerto Rico más plural, democrático y verdaderamente progresista – de la que abundan incontables ejemplos entre escritores, cineastas, artistas, científicos, periodistas, músicos, políticos e intelectuales, ninguno de los cuales tiene algo que envidiarle a aquellos que vienen de la cuna de Shakespeare–, no cotiza bien en el mercado internacional de los emblemas identitarios, porque demandan la asunción subjetiva de un modelo de ciudadano cosmopolita, a la vez que exige un esfuerzo intelectual que le resulta repugnante a esa supermayoría numérica, a esa masa amorfa y homogénea reducida a las estadísticas demográficas, desprovista de capital simbólico, infantilizada hasta el anonadamiento y falsamente representada por un bipartidismo acéfalo que monopoliza el significado de los símbolos desde un poder estatal que pretende arrogarse el derecho exclusivo de decirnos quiénes somos para el mundo.
