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Sin biblioteca


La biblioteca pública de Kansas City exhibe un interesante diseño.

En cuanto el conferenciante empezó a hablar les entró desasosiego. Iban a tratar otra vez de convencerlos de que ir a la biblioteca era un deber, como cuando la abuela les preguntaba en las visitas de cumpleaños si estaban yendo a la iglesia o al templo todas las semanas. Los viejos todavía estaban viviendo en la edad de piedra, hablando por teléfonos amarrados a la pared y leyendo las noticias en los periódicos. La realidad estaba en otra parte. Si uno necesitaba cualquier información uno la buscaba en el aparato que uno tenía todo el tiempo en la cintura, en el bolsillo o en la cartera. ¿Cuándo murió George Washington? ¿A cuánto se estaba pagando el litro de gasolina? ¿Cuál era el tratamiento para las varices? Era cuestión de apretar botones, de deslizar las yemas de los dedos por la pequeña pantalla. Todo se encontraba en un momento. Si no estaba en la red, no valía la pena saberlo.

¿Por qué había una semana de la biblioteca y no celebraban en vez una semana de la red? Eso sí sería interesante, gente que hablase de cómo entrar en los chats de profesionales de la banca o cómo comprar barato en los sites españoles o italianos. Un sombrerito del Tirol, una pipa turca, eso daría a uno un cierto aire exótico en el pub y uno podría inventar historias de haber viajado en Navidades por los Alpes o las islas del Mediterráneo.

¿Preguntarían en el examen de la clase qué había dicho el conferenciante? Por supuesto que no, había tanto mas material que cubrir. Además la profesora o el profesor nos dejó aquí y se fue al pasillo a conversar con sus amigos. Nos han zampado aquí como a los viejos esperando una cita con el médico, con revistas, una pantalla y alguien vigilándonos.

No lo puedo creer, el conferenciante está hablando sobre libros. Me recuerda la maestra de tercer grado. Amar a los libros. La sabiduría antigua. El libro compañero de toda la vida. ¿Es que no se ha enterado de que ya los textos de las clases se leen en la pantalla y no en papel? Te imaginas, mis viejos cargaban mochilas llenas de libros a la universidad todos los días, se pasaban horas en las librerías de Río Piedras buscando textos que los profesores habían asignado pero que hacía veinte años estaban agotados. El profesor sacaba sus tarjetas amarillentas y daba su conferencia sobre el Cid Campeador, y ellos apuntando como locos en sus libretas, qué fue lo que dijo, cómo se deletrea, hasta que página hay que leer. Luego corrían a la sala de referencia, a ver si todavía no habían sacado el comentario que había que leer para el examen, y solo había tres copias. Pobres viejos, perdieron su juventud entre libros.

Saber sobre la Revolución Francesa no me va a conseguir un trabajo. Y mira que está difícil la brega. Antes aparecían los trabajos en los negocios de comidas rápidas o en Plaza las Américas, pero ahora aun la gente que se ha graduado de universidad no quiere dejar las 20 horas semanales que tiene de trabajo. Es que no hay más nada. Imagínate, llegar a tener 40 años y todavía trabajando 20 horas a la semana en un comeyvete. Mejor no graduarse, mientras la beca dure aquí hay gente de la edad de uno con quien compartir.

Por otro lado, uno tiene que soportar muchas cosas como estudiante. Vienen y te dicen que el trabajo que entregaste no sirve, que lo que entregaste lo sacaste de Wikipedia o del Rincón del Vago. Pero qué tiene de malo Wikipedia? Ahí están todos los Grandes Hombres y Mujeres, con sus fechas de nacimiento y muerte, las batallas y las elecciones que ganaron, los premios que les dieron. Qué mas quiere el profesor? Dice que lo que entregué sólo tenía información, que no había análisis, que no había discusión de distintas posiciones sobre el tema. Pero dónde yo voy a encontrar esas cosas? Lo importante son los nombres y lo que hicieron.

El profesor dice que los datos sin análisis y sin discusión no dicen nada, que hay que comparar posiciones de distintos autores sobre un mismo tema, que la investigación consiste en contestar a cabalidad una pregunta central significativa. Válgame Dios, qué embelecos son esos! Mi maestra de séptimo grado nos enviaba a la biblioteca a buscar la biografía de Betances, la bibliotecaria ya tenía una página preparada y nos la fotocopiaba, aquello daba gusto, era eficiente. Ahora si tu entras a una biblioteca ya te están regañando porque no sabes exactamente lo que buscas. Tan fácil poner una cosa en el buscador de la computadora y te salen treinta mil posibles pistas. Si lees las primeras cinco ya está, con eso tienes el trabajo hecho. Loco, las bibliotecas ya están obsoletas, deberían botar todos los libros y sólo tener computadoras.

Los otros días una profesora empezó a despotricar diciéndonos que si nosotros creíamos todo lo que leíamos en la pantalla no teníamos capacidad crítica. Qué sabe ella de capacidad crítica? Yo sé cuando alguien está bien vestido o mal vestido, cuando alguien lo hace bien o mal, y la manera como ella combina su ropa no dice mucho de su capacidad crítica. Pero el estudiante lo tiene que soportar todo. Decía que la diferencia entre un trabajo profesional y algo escrito por aficionados, es que el trabajo profesional está evaluado por pares, mientras que el aficionado pone lo que le viene a la cabeza. No es verdad. Yo tengo un primito de 14 años que sabe poner cosas en internet, escribe cosas sobre Puerto Rico o el deporte, se las circula a sus amigos, y estos le sugieren artículos de periódicos, y cuando ya lo tiene listo, lo pone en la red, y pronto va a tener su propia enciclopedia. Si vieras la cantidad de gente que lo consulta!

Otro profesor insiste en que hay que consultar las fuentes originales. Será que habrá que meterse a espiritista. Las fuentes originales están ya todos muertos, quién queda vivo de la batalla de Waterloo o la coronación de Carlomagno? Él insiste que no, que hay que venir a la biblioteca a buscar los documentos de la época. Pero si esos documentos se los comió ya la polilla o están en francés! Yo no voy a estar viajando los fines de semana a Washington para leer el Tratado de París. Que se contente con el tiempo que paso copiando cosas.

En fin, que no es fácil ser estudiante hoy día. Y encima, siguen con la cantaleta de que hay que ir a las bibliotecas y pasar tiempo leyendo. Eso es para cuando está lloviendo: cuando yo tenga un trabajo en Plaza habré salido de todo esto.

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  • Existe todo un mundo de información, el problema es cómo localizarla, cómo evaluarla, cómo incorporarla a nuestra base de conocimientos y cómo hacerlo de manera ética y legal. Para eso están las bibliotecas académicas, su personal y sus recursos. Hay que pensar entonces que al reducir el presupuesto y el personal de las bibliotecas de la UPR, de manera brutal, se está atacando a la universidad en un talón de Aquiles invisible para muchos, pero que puede ser mortal…

  • Mabel Rodríguez Centeno

    Querido Fernando:
    Debatir sobre la biblioteca, sobre la “ausencia” de la biblioteca en la Universidad de Puerto Rico es algo más que necesario, es algo trasnochadamente necesario. Recuerdo perfectamente el (ya) ochentesco reclamo de una excelente profesora (de historia) quien recién reclutada, incluía lo inaceptable de la biblioteca entre las razones para abandonar la idea de hacer carrera académica en la Universidad y en el país. No me extrañó verla marchar, poco después, rumbo al mismo lugar de donde vino… a la academia norteamericana.
    Es simpático tu cuento. Me gusta particularmente ese pasaje en el que el “estudiante” narrador se imagina a sus viejos cargando
    “…mochilas llenas de libros… [como quien pasaba] horas en las librerías de Río Piedras buscando textos que los profesores habían asignado pero que hacía veinte años estaban agotados. El profesor sacaba sus tarjetas amarillentas y daba su conferencia sobre el Cid Campeador, y ellos apuntando como locos en sus libretas, qué fue lo que dijo, cómo se deletrea, hasta que página hay que leer. Luego corrían a la sala de referencia, a ver si todavía no habían sacado el comentario que había que leer para el examen, y solo había tres copias. Pobres viejos, perdieron su juventud entre libros”.
    En esa parte de tu relato las sonrisas son inevitables para mí, me identifico como una vieja, pero también he admitir que en tu ejercicio imaginativo falta mi computadora… aquella vieja Sharp (de 11 libras más el alimentador y los disckets que llegarían a mínimo a 15 libras balanceadas entre el brazo derecho y el izquierdo desde Santa Rita todos los días y ellas al peso de mi mochila, llena de libros).
    Por aquellos días aprendíamos SAS y SPSS (con Juan Baldrich) para manejar paquetes estadísticos que nos permitieran trabajar la “Cartografía Económico Electoral” de Chuco Quintero. Ese fue mi rústico taller iupesco para el doctorado en El Colegio de México, que por estar en México lo pensábamos tercermundista, cuando menos por el lado tecnológico.
    A principios de los 90 allí aterricé y me encontré con cosas impensables. En el COLMEX me encontré con la existencia de los e-mails (programa Pine para ser específica), con (y muy pronto con) Windows SPSS y sobre todo con una exquisita biblioteca que funcionaba, eran algo así como medio millón de libros en historia, más las exquisiteces de literatura, lingüística, sociología y demás. Como “nos sabíamos pobres” la microfilmación primero y la digitalización (casi inmediatamente después –en el plazo de 2 años) estaban a nuestra disposición, de igual manera que el excelente programa de préstamos inter-bibliotecarios, por no hablar de los recursos en línea vía gopher (por el que identificábamos los recursos en cualquier parte). Nada, en la conciencia latinoamericana hay que saber convertir la “escasez en riqueza” con precios accesibles y en el COLMEX siendo siempre un centro de investigación antes que nada. Y como si eso fuera poco teníamos a nuestra disposición la UNAM con sus extraordinarias bibliotecas y recursos.

    Me acostumbré… a lo bueno uno siempre se acostumbra. Y un buen día, en 1998 regresé a cumplir mi sueño: trabajar en la iupi. Entonces descubrí que la laureada biblioteca y la laureada editorial, cacareadas por mis profes mexicanos estaban tan en precario que ni siquiera podían cumplir con mis necesidades bibliográficas esenciales para mis clases. Era terrible, recuerdo viajes en los que regresaba a México y dedicaba días enteros a la Biblioteca del COLMEX porque me habían propuesto la posibilidad de un curso graduado y yo ya sabía (a cabalidad) que la bibliografía la tenía que poner yo… de mi bolsillo y no había salida.
    Desde hace muchos años, desde que llegué la UPR, se sueña con una Universidad doctoral y de investigación, sin biblioteca. Bueno, cabe la posibilidad de que solo se pretendan bibliotecas para las ciencias duras, eso explicaría la separación del presupuesto del Sistema de Bibliotecas para asignarlo a la de Ciencias Naturales. Pero qué pasa con los demás, qué pasa con la cultura. Que esa biblioteca tenemos que costearla nosotros y nosotras.
    Pero esto no es nada nuevo, desde que inicié mi carrera de profe subsidio todo el material de mis clases. Desde donde estoy, contrario a lo que refleja tu cuento, yo estoy mejor. Contando con estudiantes cada vez más afectos, equipados y entrenados en la red mi “biblioteca”, mis referencias y mis lecturas están más disponibles que nunca. Siempre salen de mi bolsillo y de mi esfuerzo, porque ahora no solo compro los libros (en mis viajes o en la Tertulia o en la Mágica) sino que los digitalizo para colgar las lecturas (las clases y recursos varios) en internet o directamente los uso de internet (en forma de enlaces). Antes (cuando llegué) tenía que fotocopiarlos una y otra vez (para Best Copy, similares o secciones de Reserva de las bibliotecas), contando con que no me traspapelaran las lecturas y que no me las sacaran de circulación por el temor al copy right. Esa “fiebre cibernética” por lo menos me permitía proponerles la base de datos de “Tendencias Puerto Rico” (nieta de la Cartografía de Chuco), pero hoy también extinta gracias a las “medidas cautelares” de la administración universitaria, o la consulta amplia de El Nuevo Día (desde 1993) pero a la que ya tampoco podemos acceder porque “al parecer” resulta muy “cara”. Nada que entre esas cosas y los 30 alumnos por sección de Humanidades la investigación se hace cuesta arriba por razones que escapan al Wikipedia o a las aspiraciones laborales en Plaza las Américas.
    Las bibliotecas del Recinto, salvo por importantísimas excepciones (que tienen que ver con las diversas áreas de conocimiento y su respectivas apreciaciones de importancia) están obsoletas, no así la bibliografía de nuestros estudiantes (de nuestros cursos) o lo que encuentran por internet (porque eso tiene que ver más con el que busca, que con el que encuentra y mucho también con quién lo dirige). Pero de ahí a que las bibliotecas no tengan sentido en nuestra vida universitaria hay un trecho enorme, estamos “sin biblioteca” porque en las aspiraciones administrativas de recintos doctorales de investigación (con sus consecuencias presupuestarias) las bibliotecas no aparecen (o cuando menos no de forma evidente) y porque los profesores y profesoras (que no somos esos/as que los mandan a conferencias y se quedan conversando con los amigos/as en los pasillos) compramos libros, compramos proyectores, tenemos blogs, tenemos sites y los capacitamos en competencias de información, los/as que hacemos todo el trabajo y casi toda la inversión que ellos y ellas necesitan para ir más allá de la fulana wikipedia o del cómodo rincón del vago.
    Esa universidad de tu cuento existe, es la universidad de mis pesadillas (la que no estaría dispuesta a defender), pero es una de muchas otras, no de la mía… debe ser que los prepas que pasan por nosotros y por nostras, por las manos de muchos/as de tus alumnos/as no llegan a la Facultad de Humanidades. Porque estoy segura de que entre los/as estudiantes que atiendo debe haber quien aspira a llegar a tener mucho más que un trabajo de 20 horas en Plaza, y si aspiran al eso será en el mientras tanto, en el mientras tanto de tiempos de altísimas cuotas. Los/as imagino deseando trabajos que les permitan tener un aparatito en la cintura (o en la cartera) o en la mochila, queriendo tener aparatos para poder entrar al blog o a los sites y llegar a la biblioteca que Mabel (o de tantos colegas que como yo) compra(n) y digitaliza(n) para todos y todas. Los/as imagino trabajando e invirtiendo para acceder a esos lugares cibernéticos que la iupi no puede afectar aunque las cosas se pongan muy malas, para llegar a los materiales pese a huelgas y a otras consecuencias de las medidas cautelares que impone la administración. Así como muchos de nosotros y nosotras teníamos que trabajar donde y como fuera para tener las mochilas llenas de libros e ir a las mismas librerías que pisaban nuestros profes de los ochentas y noventas, así los/as imagino fajaos para tener lo que necesitan hoy.
    Lo que estoy diciendo mi querido Fernando es: que la universidad son muchas universidades, que los profesores y profesoras somos muchas y muchos, que quizás (solo quizás) los “mejores” estudiantes no llegan a tus salones de la Facultad de Humanidades, que las tarjetas amarillas y la bibliografía desactualizada existen desde hace mucho tiempo, pero que la BIBLIOTECA hace falta para todos y todas (estudiantes y profes) de antes o de ahora, nos hace falta a los/as que creemos que la universidad y que la experiencia universitaria valen la pena como lugar de producción inmaterial y como lugar de capital social (más allá de Plaza las Américas o Plaza Carolina –por mencionar solo 2 plazas), porque la Biblioteca, el wifi y la Universidad son más pertinentes que nunca antes y en el caso de la biblioteca tanto como siempre. El que la nuestra esté en condiciones deplorables no quiere decir que no sea importante.
    Con todo el cariño de siempre,
    Mabel

  • Minerva Gonzalez

    La realidad es mucho más compleja que las parodias. No pude evitar identificarme con ambas posiciones en el escrito original; la identificación tomaba unos elementos mientras rechazaba otros en cada polo de este antagonismo sugerido por un monólogo imaginario. Pesan en mi reflexión los dos comentarios también publicados. Intentaré atender a algunos de los temas, lamento no poder seguir todas las sugerencias.
    ¿Para qué se escribe? ¿Para qué se lee? ¿Para qué se inicia una conversación con un extraño? Mientras la tarea académica se piense como un instrumento para el logro de cosas “por-venir”, los caminos más rápidos serán los mas eficientes; dentro de la lógica instrumental, así debe ser. En esto se imponen criterios de mercado donde los “logros” superan por mucho la atención al camino que condujo hacia ellos.
    Molesta que lo que en una generación y un estilo de hacer las cosas se juzgaba importante, hoy sea considerado “pérdida de tiempo”. Molesta que no se aprecie el gusto por un objeto, particularmente los más viejos y raídos, con la capacidad para vincularnos con los que nos antecedieron. Molesta la burla, la mirada condescendiente y la acusación de fuera/pasado de moda [out-dated] con la que tantos estudiantes se acercan a lo que uno tenga que decir. Y sin embargo, molesta también el tono nostálgico de ‘todo tiempo pasado fue mejor’ en el que pretende caer mi reflexión. Los criterios de buena o mala escritura, los criterios para juzgar (aún cuando planteen que de lo que se trata es de dar la espalda al canon y de cuestionar la tradición que distingue ‘buena y mala escritura’) se producen independientemente del medio del escrito. Cierto es que no creo que haya substituto a un libro ricamente encuadernado, pero de lo que se trata es de reconocer que aún en estos otros medios, pueden encontrarse profundos comentarios. El enamoramiento de ideas y pensamientos no puede constituirse en excusa para tarjetas amarillentas y para actitudes anquilosadas.
    ¿Es posible atacar la lógica instrumental desde una posición en la que no se tiene para pagar el almuerzo? Yo creo que sí, pero también creo que es insuficiente. A la subversión de leer a Séneca en los momentos de ocio siempre es necesario añadirle la indignación y el esfuerzo porque todos tengamos lo mínimo para optar bien por la lógica instrumental, bien por su subversión.

  • Fernando:
    Divertídisimo y profundo. Me pregunto cuánto hemos hecho como universitarios para contribuir a la degradación del libro y de la Biblioteca. Recuerdo que estuvo más de cinco años semicerrada y no hubo ni una protesta; también que mientras hemos hecho varios intentos para crear una Maestría en Estudios del Caribe, pero la Sala del Caribe no circula sus libros fuera de sala.
    ¿Y qué sobre la resistencia y la dificultad de digitilizar nuestras revistas? Esto, en tiempos en que si no estás en internet es más difícil que te citen, o pero, ni te consideran a la hora de preparar otros artículos.
    Hay mucho por hablar.
    Gracias,
    juan

  • Isamar

    Interesante reflexión. Sin embargo, creo que repensar la biblioteca —y, en parte, los libros como objetos— es algo necesario. Por un lado, hoy día, hay muchos documentos que se encuentran en Internet (artículos, ensayos e, incluso, libros completos). Por otro lado, las bibliotecas que componen el Sistema de la UPR tienen recursos que, en su mayoría, están mutilados o anticuados. Asimismo, muchos de los seminarios que se ofrecen ahora son de cómo utilizar las bases de datos —otro elemento cibernético—. Aunque no creo que sea el argumento, el mero hecho de usar la Internet no significa que se tronche el pensamiento crítico. Es como todo: los que antes se copiaban la información de la Enciclopedia Británica, ahora lo hacen de Wikipedia. Aquellos que iban más allá de lo que decía el diccionario, van más allá de lo que les dice una página de Internet (sobre todo tomando en cuenta que gran parte son de opinión).
    Por otra forma, la cuestión del empleo no se debe simplificar de esa forma. Tener 20 horas no es la meta de todo el mundo, pero es la realidad en la que vivimos. Afuera quedaron las oportunidades, la bonanza laboral (aquella en la que el simple hecho de tener un bachillerato significaba conseguir un buen trabajo con beneficios). Lo cierto es que, aunque la meta de una educación universitaria debe ser la formación intelectual de los individuos, también es cierto que frustra obtener un bachillerato para, después, estar desesperado porque no hay trabajo, y uno tiene que pagar la renta y comer. Ahora mismo, tener un trabajo de 20 horas sería, para mí, un sueño, porque la única beca que tuve este semestre fue la de la MasterCard a 22% de interés. A veces no tengo qué almorzar, y sólo voy lo necesario a la universidad porque hasta el tren se ha convertido en una carga económica. ¿Quién está ofreciendo las 20 horas (para ir a solicitar)?
    Por último, a aquellos encargados de revisar y colgar estos artículos, que tengan cuidado en veces posteriores. El presente escrito tiene varias fallas ortográficas.

  • Isamar

    Interesante reflexión. Sin embargo, creo que repensar la biblioteca —y, en parte, los libros como objetos— es algo necesario. Por un lado, hoy día, hay muchos documentos que se encuentran en Internet (artículos, ensayos e, incluso, libros completos). Por otro lado, las bibliotecas que componen el Sistema de la UPR tienen recursos que, en su mayoría, están mutilados o anticuados. Asimismo, muchos de los seminarios que se ofrecen ahora son de cómo utilizar las bases de datos —otro elemento cibernético—. Aunque no creo que sea el argumento, el mero hecho de usar la Internet no significa que se tronche el pensamiento crítico. Es como todo: los que antes se copiaban la información de la Enciclopedia Británica, ahora lo hacen de Wikipedia. Aquellos que iban más allá de lo que decía el diccionario, van más allá de lo que les dice una página de Internet (sobre todo tomando en cuenta que gran parte son de opinión).
    Por otra forma, la cuestión del empleo no se debe simplificar de esa forma. Tener 20 horas no es la meta de todo el mundo, pero es la realidad en la que vivimos. Afuera quedaron las oportunidades, la bonanza laboral (aquella en la que el simple hecho de tener un bachillerato significaba conseguir un buen trabajo con beneficios). Lo cierto es que, aunque la meta de una educación universitaria debe ser la formación intelectual de los individuos, también es cierto que frustra obtener un bachillerato para, después, estar desesperado porque no hay trabajo, y uno tiene que pagar la renta y comer. Ahora mismo, tener un trabajo de 20 horas sería, para mí, un sueño, porque la única beca que tuve este semestre fue la de la MasterCard a 22% de interés. A veces no tengo qué almorzar, y sólo voy lo necesario a la universidad porque hasta el tren se ha convertido en una carga económica. ¿Quién está ofreciendo las 20 horas (para ir a solicitar)?
    Por último, a aquellos encargados de revisar y colgar estos artículos, que tengan cuidado en veces posteriores. El presente escrito tiene varias fallas ortográficas.

  • Isamar

    Interesante reflexión. Sin embargo, creo que repensar la biblioteca —y, en parte, los libros como objetos— es algo necesario. Por un lado, hoy día, hay muchos documentos que se encuentran en Internet (artículos, ensayos e, incluso, libros completos). Por otro lado, las bibliotecas que componen el Sistema de la UPR tienen recursos que, en su mayoría, están mutilados o anticuados. Asimismo, muchos de los seminarios que se ofrecen ahora son de cómo utilizar las bases de datos —otro elemento cibernético—. Aunque no creo que sea el argumento, el mero hecho de usar la Internet no significa que se tronche el pensamiento crítico. Es como todo: los que antes se copiaban la información de la Enciclopedia Británica, ahora lo hacen de Wikipedia. Aquellos que iban más allá de lo que decía el diccionario, van más allá de lo que les dice una página de Internet (sobre todo tomando en cuenta que gran parte son de opinión).
    Por otra forma, la cuestión del empleo no se debe simplificar de esa forma. Tener 20 horas no es la meta de todo el mundo, pero es la realidad en la que vivimos. Afuera quedaron las oportunidades, la bonanza laboral (aquella en la que el simple hecho de tener un bachillerato significaba conseguir un buen trabajo con beneficios). Lo cierto es que, aunque la meta de una educación universitaria debe ser la formación intelectual de los individuos, también es cierto que frustra obtener un bachillerato para, después, estar desesperado porque no hay trabajo, y uno tiene que pagar la renta y comer. Ahora mismo, tener un trabajo de 20 horas sería, para mí, un sueño, porque la única beca que tuve este semestre fue la de la MasterCard a 22% de interés. A veces no tengo qué almorzar, y sólo voy lo necesario a la universidad porque hasta el tren se ha convertido en una carga económica. ¿Quién está ofreciendo las 20 horas (para ir a solicitar)?
    Por último, a aquellos encargados de revisar y colgar estos artículos, que tengan cuidado en veces posteriores. El presente escrito tiene varias fallas ortográficas.

    • Natanya Arlette Reyes Diaz

      Me perdi… “Por otro lado, las bibliotecas que componen el Sistema de la UPR tienen
      recursos que, en su mayoría, están mutilados o anticuados. Asimismo,
      muchos de los seminarios que se ofrecen ahora son de cómo utilizar las
      bases de datos.” Las Bases de Datos tienen libros, articulos,calculadoras y mucho mas, al dia o aun mas recientes que sus versiones en papel; y son una parte importantisima de los recursos del SB. Y si hablan de libros en papel, ellos publican una lista mensual que contiene cientos de libros nuevos. http://biblioteca.uprrp.edu/LNA/LNA.html