Más de 100 millones de espectadores vieron a Bad Bunny cantando casi totalmente en español durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl —un epicentro simbólico de la cultura popular estadounidense—, incorporando imágenes e iconografía puertorriqueña a lo largo de su exposición. El verano pasado, el artista realizó una residencia de 31 conciertos titulada “No me quiero ir de aquí”, una frase que resume parte de la complejidad emocional de su situación como artista puertorriqueño: la devoción a su tierra natal se ve ensombrecida por el imperativo de la partida diaspórica. Antes del brillo de las luces del súper estadio y de su merecido reconocimiento mundial, Benito Martínez Ocasio fue estudiante de la Universidad de Puerto Rico.
Su trayectoria, desde los salones de la UPR hasta lo que puede ser el escenario más deslumbrante del país norteño refleja un conocido y repetido relato de la puertorriqueñidad: la historia de un talento excepcional que se valida al marcharse de la isla.
En cierto modo, su situación no es excepcional Puerto Rico. Cada semestre, muchos estudiantes en la UPR enfrentan un tema con poca relación al currículo: el futuro que se avecina. ¿Podré quedarme en Puerto Rico? La mayoría lo desea, pero en muchos casos son escasas o no muy atractivas las oportunidades. ¿Qué puedo hacer en la isla? ¿Y en los Estados Unidos? Son cada vez más los jóvenes que recurren a darle duro al inglés para poder navegar lo que el Conejo Malo describe en español.
Parte de la música de Bad Bunny se basa en las experiencias centrales del exilio: la nostalgia, la añoranza, la lejanía y la imposibilidad del retorno. A medida que estudios formales sobre la música de Bad Bunny van penetrando en la academia, el papel del desplazamiento, la exclusión, la migración y el vaivén en los estudios puertorriqueños y caribeños merece mayor atención. Consideremos estos datos de universidades que cuentan con centros, institutos o programas de estudios puertorriqueños o caribeños:
EE.UU.: número de docentes con plaza o permanencia que hicieron sus estudios doctorales en alguna universidad del Caribe
| Estados Unidos | |
| CUNY, Department of Africana, Puerto Rican and Latino Studies | 0 |
| CUNY, El Centro, the Center for Puerto Rican Studies | 0 |
| Rutgers, first Puerto Rican Studies major | 0 |
| Central CT State, Latino and Puerto Rican Studies | 0 |
| U. Connecticut, Puerto Rican & Latine Studies | 0 |
| Wisconsin, Puerto Rican Studies Hub | 0 |
| U. Miami, Hemispheric Caribbean Studies | 0 |
| U. South Florida, Caribbean and Latin Am. Institute | 0 |
| U. Florida | 0 |
| Yale | 0 |
| Brown | 0 |
| Harvard | 0 |
| Chicago | 0 |
| UC Berkeley | 0 |
| Columbia | 0 |
| Northwestern | 0 |
| Michigan | 0 |
| NYU | 0 |
| U. Penn | 0 |
| Dartmouth | 0 |
| Duke | 0 |
| Canadá | |
| U. Toronto | 0 |
| McGill University | 0 |
| U. British Columbia | 0 |
| McMaster U. | 0 |
| Concordia U. | 0 |
| Reino Unido | |
| Oxford / Caribbean Oxford Initiative | 0 |
| University of London | 0 |
| Cambridge | 0 |
| Imperial College London | 0 |
| University College London | 0 |
| Warwick | 0 |
| Essex | 0 |
| St. Andrews | 0 |
Las preguntas que suscita esta tabla no son abstractas. Muchos jóvenes talentosos en Puerto Rico se enfrentan a la exclusión de la academia —incluso de los centros, institutos o programas que llevan de nombre “Puerto Rican Studies”— si permanecen aquí para realizar sus estudios doctorales.
Una defensa de este statu quo podría argumentar que las universidades del Norte Global ofrecen un entorno superior para el desarrollo del potencial académico y que estas cifras sólo documentan ese hecho. Ciertamente, estudiar la cultura puertorriqueña o caribeña en una universidad en Cambridge, Nueva Jersey o Connecticut implica hacerlo casi exclusivamente en inglés y sin las preocupaciones que conllevan los apagones, los servicios de transportación, salud y otros, no confiables, degradados o inexistentes, la exclusión política o la presencia de una junta fiscal externa que controla las instituciones públicas, inclusive la universidad del estado. Dichos recintos del Norte Global no sólo brindan acceso a redes culturales y sociales, sino también apoyo financiero para la docencia y la investigación, entre muchos otros recursos que, en gran medida, no están disponibles en Puerto Rico. Insistiendo en lo obvio, completar un doctorado en esos entornos no es lo mismo que completarlo en ciudades como Mayagüez, Santo Domingo o La Habana.
Pero desde otro punto de vista, la distancia cultural entre Puerto Rico y las universidades del Norte Global es una fortaleza de nuestra Universidad de Puerto Rico: el conocimiento que se desarrolla aquí posee matices, profundidades experienciales y un potencial participativo diferentes a los que se encuentran en otros lugares. No es lo mismo estudiar a Puerto Rico en una institución del Norte Global que estudiar a Puerto Rico en Puerto Rico. Y si a lo que se refieren los “Puerto Rican Studies” es a estudios de lo puertorriqueño allá en los Estados Unidos, su concepto de lo puertorriqueño no es lo suficientemente inclusivo, por no decir que es excluyente. Sea como sea, los sistemas de evaluación convencionales garantizan que las experiencias de prestigio se consideren superiores, independientemente de los nombres de las disciplinas y su aparente enfoque en nuestra cultura.
Al igual que Bad Bunny, muchos de los profesores de las universidades listadas en la tabla arriba realizaron sus primeros estudios universitarios en Puerto Rico, entre ellos Nelson Maldonado Torres, Yolanda Martínez-San Miguel, Ramón Grosfoguel, Laura Torres-Rodríguez y T. Urayoán Noel, por mencionar algunos. Los sistemas académicos del Norte permiten eso, pero sólo eso. Parece que para que se reconozca la propia voz — es decir, para alcanzar el estatus de “par” o peer en un puesto con posibilidad de titularidad — es necesario abandonar Puerto Rico para cursar un doctorado fuera, aún en disciplinas íntimamente ligadas con ese país, como el así llamado “Estudios Puertorriqueños.”
Este tipo de situación puede darse en dos circunstancias: 1) los solicitantes “más débiles” son tan inferiores que su exclusión está justificada; o 2) los sectores decisores de la academia desconocen la calidad y el talento de los académicos que excluyen.
Pero ¿qué ocurre con los profesores de Puerto Rico y otras naciones caribeñas? ¿Acaso no participan en los comités de selección? Más concretamente, ¿creen que un patrón de contratación como este refuerza (o vacía de contenido) su misión? Sus acciones y su trabajo académico sugieren que, al igual que nosotros, se oponen – vehementemente – a lo que documenta la tabla anterior. Como el Conejo Malo, probablemente tampoco querían irse de aquí. Sin embargo, la práctica institucional reproduce los curiosos resultados con notable coherencia. Si bien las decisiones de nombramiento tienen múltiples capas y matices, están arraigadas a una cultura de exclusión capitalista que busca la máxima acumulación en sentido novel. ¿Cómo puede el profesorado progresista derrocar o incluso criticar una institución desde dentro? La tabla anterior muestra lo difícil que resulta esta tarea.
Esto podría parecer la realización de un modelo utópico educativo diseñado por Trump, pero este patrón precede sus administraciones. Si la tradicional competencia por la contratación se lleva a cabo exclusivamente en el inglés y favorece ciertas experiencias, los datos demuestran que trasladarse del Sur a los privilegios del Norte no es opcional, sino obligatorio para obtener una experiencia profesional que la academia reconoce. Nos enfrentamos ante un sistema de evaluación colectiva que sitúa una experiencia por encima de todas las demás (o una por debajo de todas las demás, si se prefiere). Podemos observar cómo este patrón se repite en los datos académicos sobre contratación, pero también en las admisiones, las publicaciones, los premios académicos, la financiación externa, los informes de revisión por pares, las clasificaciones institucionales, el liderazgo en asociaciones profesionales, la definición de la agenda de investigación y las definiciones de conceptos como “rigor” y “fit”.
Tras leer un borrador de nuestro libro, Academic Imperialism, en que traemos este mismo argumento, un revisor escribió:
I wanted something a bit more tangible in terms of a case for a better future: what does that look like? Why should U Puerto Rico scholars be there[?] […] [W]hat are 2 or 3 tangible examples of research that folks are doing, maybe even in Spanish, that a.) is clearly different from work conducted at the institutions under critique, and b.) exemplifies the PR-specific and/or general non- or de-colonial perspective that the contemporary humanities lack (even when the humanities studies colonialism, postcolonialism, or decoloniality)[?]
Pero, ¿el problema tiene que ver con nosotros? Es absurdo argumentar que debemos o deberíamos demostrar el valor único de nuestro trabajo, y más aún en el campo de “Puerto Rican Studies”. Resulta humillante tan siquiera tener que contemplarlo. ¿Qué exactamente nos está exigiendo el revisor? ¿Que demostremos que tiene sentido alguno estar en Puerto Rico para cursar estudios doctorales? ¿Que le mostremos ejemplos “maybe even in Spanish” y que sean “clearly different”? Resulta degradante imaginar que “maybe even” el conocimiento o las experiencias “in Spanish” podrían tener relevancia.
Si pudiéramos (o deseáramos) cumplir con su exigencia, cualquier respuesta se ajustaría a términos ajenos y sería en inglés. Cualquier respuesta sumaría al servilismo que esperan de nosotros. En efecto, estas no son interrogantes que surgen de nuestra educación ni entorno. Pero juegan un papel central: hacen irreconocible el conocimiento de nuestros académicos y es lo que caracteriza sus “best practices/mejores prácticas” académicas del Norte y las tradiciones que las perpetúan. Estas competencias son diseñadas para reconocer el mérito en función de las experiencias en lugares como Yale, Harvard, Rutgers, NYU, CUNY, Miami, Chicago, etc. Irónicamente, los académicos en esos espacios no tienen la obligación de demostrar su valía en los Estudios Puertorriqueños en nuestros términos; simplemente hacen su trabajo.
Sin querer, la sugerencia de ese revisor recrea el problema: cualquier académico allá (es decir, en Norteamérica continental, el Reino Unido y Europa) sitúa los textos puertorriqueños dentro del marco de valores que ya poseen, cosa que inevitablemente relega el trabajo de la UPR a un segundo plano. Cada vez que “Puerto Rico” aparece junto a nombres como California, Oxford, CUNY, la Sorbona, Massachusetts, etc., Puerto Rico siempre sale perdiendo: la estructura de todas las cosas está diseñada para repetir esa exclusión. Es una carga demasiado pesada para los académicos excluidos cuando el centro de poder imperial les dice: “¿Quieren entrar? Sorpréndanme con algo. Demuéstrenme que estos académicos excluidos son tan brillantes que, desde mi posición de privilegio, tendré que tomarlos en serio”. Este dictamen imperial es perjudicial para todos los actualmente excluidos y está diseñado precisamente para lograr el resultado que consigue de forma tan contundente, y hasta debilita el valor del trabajo de los actualmente incluidos.
La tendencia a urgir a “demostrarlo” expresa una confianza sutil y tácita en la universidad imperial y sus prácticas, incluidas las exclusiones, en lugar de una confianza en los académicos excluidos. La solicitud de “dos o tres ejemplos tangibles” presupone que el “mérito” puede manifestarse en proyectos concretos que puedan ser señalados, traducidos y evaluados según criterios preexistentes. Sin embargo, el problema reside precisamente en esos criterios. La diferencia que está en juego no es meramente temática, sino estructural.
Una dimensión fundamental de esto es el lenguaje: aquello que organiza la vida intelectual y el conocimiento mismo. El español no es simplemente un medio a través del cual los académicos puertorriqueños comunican ideas ya comprensibles en otros contextos. Estructura lo que se considera un problema, qué ideas y comunidades son relevantes, a qué públicos se dirigen, cómo se comparte y utiliza la evidencia, y cómo se desarrolla el conocimiento dentro de las comunidades de las que surge.
El español de Puerto Rico posibilita formas de rigor, responsabilidad ética e integración social que no pueden reconocerse en los sistemas de evaluación monolingües en inglés. A esto se suma el temor que muchos en Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido sienten hacia el español y quienes lo hablan, como los puertorriqueños. La repetición de ceros en el gráfico anterior puede dar la impresión de que esta incomodidad del otro con nuestro español puede mitigarse con un título de posgrado, una inmersión de 10 años en otro lugar, lejos de las islas, donde el inglés es el idioma académico y del público principal. Pero esto no es ético ni intelectualmente defendible: confirma que la legitimidad se basa en la asimilación lingüística y el desplazamiento geográfico, en lugar de la experiencia académica o el conocimiento cultural.
Pongámoslo de otra manera. ¿Por qué no debería ser al revés? Qué vengan ellos acá a perder su miedo, puesto que el problema lo tienen ellos, no nosotros. Vengan ellos a aprender español y a leernos a nosotros también, y no que siempre nosotros tenemos que estar citándolos a ellos copiosamente para validarnos en círculos que se van reduciendo frente al inglés.
Como la única universidad Land Grant de los Estados Unidos que usa el español como lengua institucional, la existencia de la UPR refuta esta suposición, pero también proporciona precisamente lo que necesita cada comunidad de la lista anterior: académicos con conocimientos transculturales y translingüísticos que van más allá de sus títulos de pregrado, así como experiencia y formas de conocimiento que se extienden más allá de los límites del inglés.
En ese sentido, nuestra universidad posee cualidades que van más allá de lo que los procesos de selección convencionales pueden medir. (Más allá de lo obvio de esa observación, el español es un idioma necesario, no solo útil, en aquellas comunidades que se extienden desde Florida hasta San Diego en el sur, y desde San Francisco hasta Boston en el norte, que no contratan a académicos formados en Puerto Rico.)
La UPR gradúa a más mujeres latinas en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) que cualquier otra universidad del mundo y a más ingenieros latinos que cualquier institución estadounidense. Es innegable que el español, como lengua institucional —lengua de la ciencia, las humanidades, el comercio, la acreditación, la evaluación, la concesión de títulos, las oportunidades de financiación, las publicaciones, todos los asuntos universitarios y la cultura pública— es necesario en California, Nueva York, Michigan y Texas, tanto como se necesita en México y España. El inglés debe reconocerse como una herramienta, pero también hay que reconocer que existen experiencias, conocimientos y críticas más allá de su alcance. El mapa lingüístico de la UPR aporta mucho a la lista anterior. Debido al anglocentrismo, muchos de las fallas se vuelven invisibles, imperceptibles e inaudibles, tanto durante el proceso de contratación como en otros contornos.
Sin embargo, nuestro argumento principal no busca la inclusión de perspectivas puertorriqueñas, sino llamar atención a las ironías y paradojas colonialistas que dominan la vida académica, incluyendo en los giros descoloniales. Puerto Rico no es la única comunidad impactada por esta externalización: académicos que se formaron en Historically Black Colleges and Universities (HBCU), Tribal Universities (TU), e Hispanic Serving Institutions (HSI) y cualquier universidad con más del 50% de elegibilidad para la Beca Pell están igualmente ausentes de las universidades donde los académicos disfrutan de los privilegios, los recursos, las oportunidades y la influencia que esto conlleva. Los académicos que forman parte de estos grupos, como los académicos en Puerto Rico, son sistemáticamente excluidos—irónicamente, esto también puede ocurrir a través de programas de “inclusión,” puesto que son programas que le abren las puertas a unos cuantos para inmediatamente cerrarlas tras su entrada; “incluyen” para, sobre todo, excluir a los que no permiten pasar, para defender esa misma clausura que hace inevitable el 0 en tablas como la de arriba. El desarrollo del conocimiento en todos los campos y disciplinas está fuertemente sesgado hacia un solo grupo demográfico: el que se beneficia del prestigio y la riqueza de las universidades privilegiadas.
Ese fenómeno va más allá del renglón educativo: el New York Times regularmente otorga amplia autoridad a personas que viven lejos de Puerto Rico respecto a las “crisis” de aquí y sobre lo que sucede en nuestra universidad. Si bien puede parecer contradictorio que académicos a miles de kilómetros de distancia definan los asuntos puertorriqueños, nuestra situación no es única. Cuando se cerraron los programas de idiomas de la Universidad de West Virginia, muchos se indignaron de que un académico de la NYU escribiera al respecto para el NYT. Si bien éste presentó excelentes argumentos, es importante el simbolismo del desplazamiento de los recursos y la autoridad de la WVU a la NYU, como lo es para todo lo relacionado con Puerto Rico.
Situaciones similares ocurren también en la prensa académica: un libro pronto a publicarse por la Duke University Press se titula y está escrito en inglés: Interrogating the Future of Puerto Rican Studies (Interrogando el futuro de los estudios puertorriqueños). Tiene 22 autores: uno reside en la isla y ninguno tiene un doctorado realizado en Puerto Rico. Basta decir que, incluso dentro de la investigación crítica sobre Puerto Rico, “Puerto Rico” se externaliza no sólo en el idioma, sino también en la investigación académica, el contexto cultural y las experiencias cotidianas. Un libro de esta índole hubiese sido una gran oportunidad para que académicos en la diáspora dialogaran con sus colegas en Puerto Rico, pero —tanto por el acceso a mayor circulación como por el privilegio que se le concede a “Puerto Rican Studies” por encima de los estudios puertorriqueños— termina replicando y profundizando la división entre el acá y el allá. Los autores, al igual que el grupo de investigadores contratados en la tabla (algunos son los mismos), sin excepción, se encontraban fuera del Caribe para sus experiencias formativas y la obtención de sus credenciales académicas, y cabe destacar que sus estudios fueron en inglés.
En tales contextos, ¿qué tipo de justicia se puede definir? ¿Qué tipo de solidaridad se puede experimentar e imaginar? Cuando la justicia para Puerto Rico es definida por gente en privilegio y lejos de Puerto Rico, ¿qué hace de las definiciones de justicia y los parámetros de toda disciplina pensados desde aquí? ¿Qué sucede cuando una comunidad del continente se erige como portavoz de Puerto Rico y su futuro? ¿Qué consecuencias tiene esto para los académicos en Puerto Rico? ¿Cómo afecta a nuestra universidad?
Tenemos que cuestionar y romper –aquí y allá– con la maquinaria que sigue empujando a nuestro estudiantado a que se vayan a cursar estudios graduados en universidades estadounidenses para nunca volver. Es la misma maquinaria que los lleva a luego buscar trabajo en Puerto Rico sin éxito porque se han cerrado plazas que se tildan de innecesarias por parte de nuestro gobierno porque esos estudios supuestamente se realizan “allá afuera”. Es la misma maquinaria que los lleva a tener que establecerse en ciudades lejanas para realizar investigaciones sobre Puerto Rico, pero nunca desde Puerto Rico. Hasta el día en que por fin retemos esta maquinaria, seguiremos desestabilizando las bases de un conocimiento situado y arraigado en el archipiélago.
Si bien es común reconocer y criticar que las admisiones en muchas de estas universidades son sesgadas, excluyentes e injustas —y, por lo tanto, poco éticas— las prácticas de nombramiento de profesorado muestran el mismo patrón de exclusión. La contratación y las admisiones están estrechamente vinculadas porque las instituciones privilegiadas contratan casi exclusivamente a quienes se hayan formado en instituciones similares.
¿Cómo subvertir estas relaciones imperiales? Comencemos por rechazar la premisa de que la legitimidad debe conferirse desde el centro. En lugar de buscar representación dentro de jerarquías de prestigio que permanecen estructuralmente intactas, debemos requerir construir y financiar ecosistemas intelectuales en los márgenes de aquel imperio: programas de doctorado, editoriales, revistas, conferencias, fuentes de financiación y redes de contratación que no consideren la inmersión en las instituciones del Norte como indicador de mérito. Se necesita un cambio hacia otros ejes de experiencia, específicamente, aquellos que no existen ni pueden existir en condiciones de riqueza y privilegio.
También implicaría redefinir la colaboración. No se trata de un sistema que extraiga talento de las HBCU, TU, las HSI o las universidades caribeñas para concentrarlo en un centro, sino de intercambios recíprocos en los que los académicos se muevan en múltiples direcciones y donde el conocimiento y las agendas se definan en lugares como Mayagüez, Bayamón, Kingston y Puerto Príncipe, en lugar de estos ser los lugares visitados de vez en cuando por las intelectualidades del centro. Esto significaría que un doctorado obtenido en la Universidad de Puerto Rico tendría autoridad propia, sin necesidad de validación adicional ni experiencias dentro del tradicional sistema de aprendizaje imperial; desplazaría la pregunta “¿Cómo participamos?” para poner en su lugar “¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso al Norte?”.
Todo esto requiere lo que el centro imperial codicia y lo que acapara de la periferia: recursos.
Retamos a quienes poseen recursos y poder social y cultural a apartarse de las certezas que les brindan sus comparaciones y competiciones, de su propia autoridad y de su dependencia de las jerarquías de valor y mérito como ejes de separación; les instamos, en cambio, a considerar cómo se denomina, delimita y separa a los grupos, y a reflexionar críticamente sobre el modo en que esto legitima el resource hoarding. En nuestro libro, Academic Imperialism, exigimos a los académicos de todo tipo y disciplina allá que reconozcan que sus sistemas de competición implican que nuestros académicos en Puerto Rico y el Caribe son, quizás, categóricamente inferiores en comparación con los del Norte. Les preguntamos: ¿Tiene eso sentido? Sus esquemas de valoración crean y perpetúan estas circunstancias.
En los centros, institutos y programas de estudios puertorriqueños y caribeños, estos temas deben abordarse tanto aquí como allá. Quienes mantienen esta tradición deben reflexionar sobre la permanencia de ese patrón jerárquico y exclusivo, considerar su significado, su construcción, su impacto en la educación y el conocimiento, y cómo la “inclusión” destruye oportunidades fuera del centro imperial.
Sin duda, en los tiempos de Trump, la UPR y otras universidades como la nuestra tienen precisamente lo que las comunidades académicas del Norte necesitan —sobre todo en los Estudios Caribeños y los Estudios Puertorriqueños. ¿Deberíamos nosotros lanzar un nuevo programa doctoral en Humanidades y Estudios Culturales en la UPR? Uno ya ha sido aprobado. Sin embargo, hablamos con franqueza con los aspirantes a doctorado sobre cómo nuestra exclusión condiciona sus oportunidades, y nos contestan con lo siguiente: Si hoy, en el 2026, somos nulos para los estudios caribeños y puertorriqueños en los Estados Unidos y el Norte Global, ¿qué significa para nuestros futuros estudiar aquí?
Esta circunstancia evoca una pregunta curiosa: para una persona del Caribe, ¿es una inmersión de una década en busca de un doctorado del Norte lo suficiente para que uno internalice lo mucho que vale y lo lleve con orgullo? El trabajo de Rubén Gaztambide-Fernández con Adam Howard demuestra cómo los académicos de los márgenes en instituciones de prestigio a menudo sufren efectos negativos de por vida que moldean sus lenguajes, preguntas, certezas y nociones de “mérito”, de “aquí” y “allá”, de “nosotros” y “ellos”; el “inglés” siempre se mantiene en relación con, y a menudo por encima del “español” en esos espacios. Si bien la best practice de contratación que privilegia las experiencias doctorales no caribeñas quizás no contenga la intención de silenciar a quienes están en los márgenes, ese sigue siendo su efecto.
La tradición “inclusiva”
La tradición del imperativo pre-Trump de inclusivity, que siempre ha sido y sigue siendo una forma de exclusión, intenta esquivar esta problemática para así otorgar autoridad a ciertos académicos provenientes de espacios y comunidades colonizados que han sido condicionados por las universidades imperiales. Por “condicionado” entendemos: con formación de doctorado, socializado y “aceptado”/“aprobado” por las medidas y credenciales académicas de la cohorte imperial, no por sus equivalentes en la periferia misma. Una pregunta persiste: una persona tan “condicionada” en el centro de la academia —que escribe, enseña e interactúa casi exclusivamente en inglés y se beneficia de los sesgos institucionales— ¿habla en nombre de la periferia? Por otro lado, ¿por qué no se entrevista a nuestros estudiantes, no se les asignan puestos permanentes, no se les conceden becas o se les invita a publicar? Así hablarían no sólo en nombre sino desde la periferia. ¿Acaso las voces de nuestros estudiantes son tan insignificantes o será que el sistema está diseñado para producir ese resultado? Ahí reside el truco, la artimaña. Para los futuros académicos marginados, la experiencia académica imperial se presenta como un remedio al que viene bien aspirar para superar los males derivados de su propia condición marginal.
A pesar de las binarios, las exclusiones y la excelencia de gente como Stuart Hall, el Conejo Malo y cualquier docente que ocupa el espacio de “1” en la lista anterior, las estadísticas no implican que los grupos rechazados sean inferiores, pero sí revelan algo significativo sobre las competencias que los crearon.
Pero en defensa de los administradores, los comités de selección, los editores (de origen caribeño y no) y los demás cuyas decisiones reproducen las jerarquías de prestigio tradicionales y las exclusiones de ese ámbito: ¿tendría sentido bloquear o contrarrestar la injusticia de ese privilegio? No estamos sugiriendo eso. Lo cierto es que muchos académicos con dicho prestigio son talentosos, comprometidos y apasionados; a veces escriben bien; pueden aportar algo de complejidad a la actividad intelectual en Puerto Rico, cosa que suele faltar en los medios de comunicación populares. Provincializar a esas voces, en lugar de universalizarlas o fetichizarlas, haría posible otras formas de conocimiento. Es interesante curiosear si silenciar al grupo privilegiado (como el margen ahora está silenciado) y mover la “voz” hacia el margen – ¿ello permitiría que las experiencias en Puerto Rico serían de repente entendidas como válidas? ¿Implicaría la pérdida de la autoridad y la huella solidaria que la gente privilegiada ha forjado durante décadas?
Si gente con PhD de la UPR o cualquier universidad caribeña existiera, diera clase, realizara investigaciones e iniciativas de solidaridad en esos espacios lejanos, ¿cómo serían diferentes el conocimiento, la solidaridad, la resistencia montada en el Norte? ¿Cómo serían diferentes las preguntas, las visiones, las metas y los caminos? Si los estudios doctorales en Puerto Rico tuvieran un rol central en los Puerto Rican Studies, ¿qué posibilidades abriría?
Opinamos que haría mucho de bien, tanto aquí como allá.
Lo que estamos planteando no niega que personas como Lawrence La Fountain-Stokes en Michigan, Frances Negrón-Muntaner en Columbia y Yarimar Bonilla en Princeton estén realizando un trabajo extraordinario, uno que transforma paradigmas. Denegar sus contribuciones sería como argumentar que Bad Bunny jamás debería salir de Puerto Rico. Sería contraproducente. Queremos a esos intelectuales en esos puestos, y creemos que la academia puertorriqueña —aquí en la isla— se beneficia de ello. Sin embargo, la exclusión casi absoluta de doctores de universidades caribeñas en puestos con posibilidad de titularidad es un obstáculo para la democratización y la descolonización del campo de los estudios puertorriqueños y caribeños. Es fundamental que cuestionemos un sistema que sólo le da voz a quienes escriben y producen en inglés y desde el centro.
Imaginemos otra versión de los “Estudios Puertorriqueños y Caribeños”: ¿podría ser un proyecto menos lastrado por el centrismo estadounidense y el colonialismo lingüístico? ¿Sería un entorno más comprensivo, más consciente de sus propias discriminaciones, pretensiones, suposiciones, limitaciones y exclusiones? Quizás las universidades allá podrían seguir nuestro ejemplo y contratar a académicos de diversos orígenes e instituciones, tanto locales como internacionales, para aportar un conjunto de experiencias enriquecedoras a partir de las cuales podamos construir el conocimiento de forma conjunta.
Hasta entonces, la cifra sigue siendo cero. Así que el profesorado de la UPR sigue haciendo lo que siempre ha hecho: escribir, enseñar, dialogar—la mayoría las veces, como debe ser, en su idioma—y esperar con dignidad a ser escuchado.
