A Dangerous Method

[dc]E[/dc]s una hazaña muy especial que en el siglo XXI se haya hecho una película de un tema tan potencialmente arcano como el psicoanálisis. De hecho, aunque el título se refiere al tratamiento psicoanalítico, el filme se recrea en la relación de Carl Jung con una de sus pacientes, Sabina Spielrein, y las consecuencias de ese emparejamiento desafortunado. Además, trata muy bien algunos de los detalles que condujeron al cisma entre el ario Jung, creador de la psicología analítica y el judío creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, y es efectivo representando la tortuosa y compleja relación entre esos dos grandes e imaginativos escritores.

Jung era miembro de la facultad médica del hospital Burghölzli en Zúrich desde el 1900 cuando una paciente “histérica” fue admitida en 1904. La “histeria” había alcanzado niveles inusitados desde los años 80 del diecinueve y se podría decir, sin temor a equivocarse, que una epidemia de la condición marchaba por Europa. Un factor para la preponderancia del síndrome era que se había popularizado el diagnóstico y sus “curas” gracias a las investigaciones de dos maestros de Freud, los doctores Josef Breuer en Viena y Jean-Martin Charcot en París. El diagnóstico adjudicado a la mujer le atrajo a Jung ya que, en esa época, una minoría de pacientes en su hospital eran clasificados como tal y, por tanto, no tenía mucha experiencia con su tratamiento. Decide hacer su entrada al campo usando “la cura de la conversación”, léase psicoanálisis.

A través de ese procedimiento consigue que Sabina (Keira Knightley) relate memorias de su infancia que sugieren que los comportamientos y las fobias que la hacen histérica remontan al trato que recibió de su padre cuando era una niña. Knightley representa a la histérica con una serie de contorsiones y exclamaciones que infunden miedo y trasmiten perfectamente las difíciles experiencias que dice sufrir. Al principio del tratamiento, Jung (Michael Fassbender, en una actuación sólida y eficaz) comienza a comprender que hay un dominio de la mente sobre el cuerpo que es inmedible e invisible, y que la noción que el inconsciente puede dominar el comportamiento es, posiblemente, mucho más fuerte de lo que lo que se ha reconocido, y que Freud puede que tenga razón en muchas de las conclusiones a raíz de sus experiencias tratando “histéricos”.

Vale la pena apreciar que en esos años (1900-1904) ((He usado como referencias: The Great Books, Vol. 54, Freud, University of Chicago Press, 1952, y el libro de Frank McLynn, Carl Gustav Jung, New York: St. Martin’s Press, 1996; además de varios artículos publicados en The NY Review of Books (2011).)) Freud vivía básicamente aislado y que no se le prestaba mucha atención fuera de Viena y del grupo de jóvenes médicos judíos que revoloteaban a su alrededor. Pero, precisamente en 1904, a pesar de que publicó La psicopatología de la vida cotidiana con algún éxito, sus teorías sobre la sexualidad infantil y cómo estas estaban ligadas al comportamiento, increparon al mundo médico, que las atacó y rechazó sin piedad. De hecho, fueron Jung y el Burghölzli, quienes, con la experiencia de Sabina Spielrein, comenzaron a legitimar el tratamiento psicoanalítico fuera de Viena, y ya para el 1908 Freud tenía seguidores importantes por toda Europa, tanto así que en ese año, tuvo lugar el primer Congreso Internacional de Psicoanálisis.

Para entonces, Jung había “curado” a Sabina y tenido con ella una relación ilícita de una intensidad que el joven médico ya no tenía con su mujer, dedicada como estaba a dar a luz a sus hijos. La naturaleza de la cura se desconoce, pues ha quedado en controversia cuánto tiempo duró el tratamiento y qué fue lo que en tan corto tiempo (algunos indican que no excedió un mes) produjo una cura. De hecho, lo que fuera ((No he leído A Most Dangerous Method, el libro de John Kerr en que está basado el filme, pero la película se ajusta con mucha precisión a la realidad histórica de los personajes, tal y como pude constatar en mis referencias.)) permitió que Sabina entrara a la escuela de medicina de Zúrich, de la que se graduó. Finalmente se convirtió en especialista en niños y fue la primera mujer psicoanalista. El “buen resultado” de la aplicación del “método peligroso” hizo inevitable un encuentro entre Jung y Freud, en marzo de 1907.

El encuentro forma parte de la película y nos brinda el espectáculo de unos platós que le dan un hermoso colorido decimonónico al famoso salón de Freud (Viggo Mortensen, en una actuación minimalista y afinada, como las cuerdas de un Stradivarius) en Bergasse 19 en Viena, y nos hace partícipe del comienzo de la relación entre dos hombres que estaban en búsqueda de reconocimiento por su trabajo, aunque de modos diferentes. Se enfatiza de forma sutil (el guión del excelente Christopher Hampton, adaptador para el teatro y el cine de Dangerous Liaisons, por la que obtuvo un Oscar, es uno de los logros de la película) el celo de Freud por la riqueza de su nuevo pupilo y aparente heredero, y su suspicacia por el hecho de que Jung no era judío y, porque, según él, lo trataba con “condescendencia antisemita”.

Hay a través del filme —hablemos del subconsciente— referencia a que Spielrein y otra de las amantes de Jung, Antonia (Toni) Wolff, eran judías. ¿Había en ello un deseo inconsciente de su parte de ejercer “control” sobre los judíos teniendo a sus mujeres bajo el suyo? ¿O era una forma de sentirse cerca de Freud y sus colegas en Europa? De que había entre Freud y Jung una lucha de poder y control, la película lo hace diáfano. En una escena cumbre esto se pone de manifiesto. Luego de una discusión entre ambos en el consejo editorial de la revista psicoanalítica, Freud se desmaya. Le pasó varias veces en presencia de Jung, por lo que han surgido varias especulaciones sobre su causa, algunas, como se imaginan, basadas en las teorías ¡de Freud y de Jung!

Sin embargo, en mi opinión, esta hermosa película bien actuada y bien escrita llega a su cumbre con Vincent Cassel, el encantador actor que lució sus quilates dramáticos como el director de ballet en Black Swan. Es una intervención breve que revive la película de la intensidad concentrada en el idilio sadomasoquista entre Jung y Spielrein, y las angustias de Freud y Jung, un idilio no menos sadomasoquista, a pesar de la cortesía y civilidad externa entre ambos. Otto Gross (Casell) fue un psicoanalista adicto a la cocaína y al opio que era un disoluto genial, y fue amante de muchas, incluyendo de Frieda von Richtofen, luego mujer de D. H. Lawrence. Sus creencias y análisis de las ideas freudianas de la época influenciaron a Jung profundamente, de quien fue paciente. Cassel hace el papel con el gusto de alguien que está viviendo en su cabeza las andanzas del Gross original, y nos deja ver el placer que siente con su interpretación, como si, francés al fin, acabara de probar un vino espectacular.

Me pareció que en muchas escenas, no sé si a propósito, el director David Cronenberg y su cámara (Peter Suschitzky) presentan a Keira Knightley (una actriz excelente) como si fuera Anne Bancroft haciendo de Annie Sullivan sin gafas ahumadas, ensayando para el papel de Patty Duke como Helen Keller. Pero tal vez sean trucos de su subconsciente, o del mío.

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).