[dc]H[/dc]e propuesto que el psicoanálisis no es esa erotología que algunos postulan sino una gozología. En ese sentido, como decía Lacan al hablar del goce, también el arte es «una pura instancia negativa», algo pulsional, «que no sirve para nada»: ni para la reproducción de los cuerpos, ni para aumentar el saber, ni para satisfacer necesidades ni para incrementar la riqueza. ¿Entonces, cuál es el móvil de la actividad artística? Evocar, llamar al goce, al goce de los cuerpos en una pura dilapidación de energías individuales y sociales. «Desperdicio». Waste. Sensualidad. Juego con el cálculo de las convulsiones incalculables.
Es a la función gozológica – algo zo(o)lógica – pero muy antropológica, en su sentido más estricto, que se opone la barrera erigida por la religión monoteísta cuyos dos primeros mandamientos son el de no tener otro dios y el de no forjar imágenes. La sumisión a una autoridad absoluta requiere ese complemento que es la prohibición de la sensualidad. El cuerpo gozante se opone a los deberes del hombre para con la polis y conduce al olvido de la divinidad. Hay que interponer barreras al goce… aun a costa -o con el beneficio añadido, es decir, la plusvalía- de incrementarlo en la transgresión.
¿Qué hay en el arte que no sea erotismo? ¡El tanatismo! Así sucede hasta en la menos representativa de las artes, la música… ¿A qué nos llaman los sonidos sino a provocar, convocar, evocar e invocar (y desbocar) mociones sensuales tanto por medio de la armonía como de las disonancias, de los acordes bien temperados como de las efusiones dionisiacas y la irritación que producen las estridencias o el estallido de lo inesperado, culminando en el tritono del diabolus in musica? ¿Dónde está más polarizado el combate entre lo apolíneo y lo dionisíaco que cuando se enfrentan motetes y bacanales, variaciones para dormir al Goldberg y sacudidas estocásticas en el live electronics y el heavy metal?
El erotismo es la transgresión excitante del principio del placer en la búsqueda del goce, hurgando en los entresijos del displacer y la realidad, también de la vida y la muerte, de lo masculino y lo femenino, de lo humano y lo animal, de la paz y el sobresalto, del bien y el mal. El goce requiere de las fronteras para nacer en el momento de atravesarlas. Brota a raudales cuando el sentido se disuelve en el sinsentido. Véase el ejemplo supremo en los chistes y su relación con el inconsciente.
El llamado al despeño de las pulsiones se orienta tanto hacia las de vida como a las de muerte; por eso prefiero no hablar de erotología sino de gozología, pues el goce es lo que resulta de la mezcla de las pulsiones eróticas, que tienden a la construcción de unidades cada vez mayores, con las tanáticas, aspirantes sempiternas a la destrucción de las cosas, de la vida, de los vínculos entre los integrantes de la cultura. No hay erotología sin tanatología.
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El autor es un psicoanalista y profesor argentino radicado en México desde 1974.
