La guerra entre Rusia y Ucrania no comenzó políticamente el 24 de febrero de 2022, aunque esa fecha marque el momento en que el conflicto adquirió una dimensión militar completamente distinta. Para comprender lo ocurrido es necesario retroceder, al menos, hasta 2014, y probablemente más atrás: hasta las disputas geopolíticas que siguieron al final de la Guerra Fría, la ampliación de la OTAN hacia Europa oriental y la progresiva conversión de Ucrania en uno de los espacios donde Rusia y Occidente comenzaron a medir sus respectivas zonas de influencia.
Mirar solamente el avance de los tanques rusos sobre territorio ucraniano produce, por tanto, una imagen incompleta. No porque la entrada de tropas rusas deba ser ignorada o trivializada, sino porque ningún conflicto de esta magnitud aparece súbitamente de la nada. Tiene antecedentes, actores, intereses y una arquitectura política que se va construyendo mucho antes de que comiencen los bombardeos.
Lo que se disputa en Ucrania tampoco es exclusivamente Ucrania. La guerra ha terminado convirtiéndose en uno de los escenarios principales de una transformación del sistema internacional: la erosión del orden unipolar surgido después de la desaparición de la Unión Soviética y el ascenso de una estructura internacional crecientemente multipolar.
El orden que entró en crisis
Un orden internacional no es simplemente una colección de Estados. Es también un conjunto de instituciones, reglas, alianzas, valores e intereses mediante los cuales se organiza el poder.
Después de la Segunda Guerra Mundial se construyó un sistema basado, al menos formalmente, en las Naciones Unidas, el derecho internacional, la soberanía estatal y diferentes mecanismos de cooperación. Después de la Guerra Fría, sin embargo, la enorme superioridad económica, militar y política de Estados Unidos permitió que ese sistema adquiriera características claramente asimétricas.
Washington quedó en capacidad de determinar, en gran medida, qué acciones serían consideradas legítimas, qué Estados representarían una amenaza y qué intervenciones podrían realizarse en nombre de la democracia, la seguridad, los derechos humanos o la estabilidad internacional.
De ese escenario surgió con creciente frecuencia la expresión “orden internacional basado en reglas”.
El concepto merece escrutinio precisamente porque plantea una pregunta elemental: ¿qué reglas?, ¿establecidas por quién?, ¿aplicadas de la misma manera a todos?
La invasión de Irak en 2003 constituye uno de los ejemplos más problemáticos. Estados Unidos y sus aliados justificaron aquella intervención mediante afirmaciones sobre armas de destrucción masiva que posteriormente no pudieron demostrarse. Sin embargo, las consecuencias jurídicas y políticas para los responsables fueron incomparablemente menores que las sanciones impuestas a otros Estados acusados de violaciones semejantes del derecho internacional.
Ese doble rasero explica buena parte de la desconfianza con que numerosos países del Sur Global reciben actualmente el discurso occidental sobre Ucrania.
Muchos condenaron la intervención rusa pero, simultáneamente, se negaron a incorporarse al régimen de sanciones impulsado por Washington y Bruselas. No necesariamente porque apoyaran a Moscú, sino porque comenzaron a considerar que sus propios intereses nacionales no tenían por qué coincidir automáticamente con los de Estados Unidos.
Ese distanciamiento constituye una de las señales más claras del cambio que atraviesa el sistema internacional.
Ucrania antes de 2022
La fractura política ucraniana adquirió especial visibilidad durante las elecciones presidenciales de 2004. El país apareció dividido entre regiones cultural y económicamente más vinculadas a Rusia y sectores que aspiraban a una integración creciente con Europa.
La llamada Revolución Naranja consolidó temporalmente la orientación occidental representada por Víktor Yúshchenko. Víktor Yanukóvich regresaría posteriormente al poder mediante las elecciones presidenciales de 2010.
Tres años después llegó la crisis decisiva.
En 2013 Yanukóvich suspendió la firma de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. La decisión provocó las enormes movilizaciones conocidas como Euromaidán.
Aquellas manifestaciones reunieron sectores muy diferentes de la sociedad ucraniana. Hubo movimientos democráticos y europeístas, pero también participaron organizaciones nacionalistas y grupos de extrema derecha como Svoboda y Pravy Sektor. Algunos de esos sectores tendrían posteriormente presencia en estructuras militares y políticas ucranianas.
Durante febrero de 2014 la violencia aumentó dramáticamente. Hubo muertos entre manifestantes y fuerzas de seguridad, enfrentamientos armados y una crisis institucional que culminó con la salida de Yanukóvich del gobierno.
La interpretación de aquellos acontecimientos sigue siendo objeto de una fuerte disputa política.
Desde la narrativa predominante en Estados Unidos y Europa se habla de una revolución democrática contra un gobierno autoritario. Desde Rusia y desde diversos sectores críticos del intervencionismo occidental se sostiene que ocurrió un cambio de régimen respaldado material y políticamente por Washington.
Reducir todo aquello a una sola explicación empobrece el análisis.
Pero las consecuencias son indiscutibles: Ucrania salió de 2014 profundamente dividida.
La guerra del Donbass
Después de la caída de Yanukóvich, las tensiones políticas, culturales y lingüísticas aumentaron especialmente en Crimea y en las regiones orientales de Ucrania.
Crimea celebró un referéndum y posteriormente pasó a formar parte de la Federación Rusa, una incorporación reconocida por Moscú pero rechazada por Ucrania y por buena parte de la comunidad internacional.
En Donetsk y Lugansk surgieron movimientos separatistas y milicias que proclamaron repúblicas independientes.
Comenzó entonces una guerra que suele desaparecer de las narraciones que sitúan el origen absoluto del conflicto en febrero de 2022.
Durante ocho años, fuerzas ucranianas y grupos armados separatistas combatieron en el este del país. Rusia proporcionó diferentes formas de respaldo a las fuerzas del Donbass, mientras Estados Unidos y otros miembros de la OTAN aumentaron progresivamente su cooperación militar con Kiev.
Los acuerdos de Minsk intentaron establecer un mecanismo político para detener aquella guerra.
Fracasaron. Y ese fracaso resulta fundamental.
Minsk pretendía combinar un alto al fuego con reformas políticas que ofrecieran algún grado de autonomía a las regiones orientales. Las partes se acusaron mutuamente de incumplir los compromisos.
La incapacidad para transformar el conflicto militar en un arreglo político permitió que la confrontación continuara acumulando combustible.
Mientras tanto, Ucrania aumentaba su cooperación con Estados Unidos y la OTAN.
Desde Moscú, esa evolución fue interpretada como una amenaza estratégica directa.
Desde Kiev, en cambio, la cooperación occidental representaba una garantía frente a la presión rusa.
Ambas narrativas terminaron reforzándose mutuamente.
Cuanto más se acercaba Ucrania a Occidente, mayor era la sensación rusa de cerco estratégico. Cuanto mayor era la presión rusa sobre Ucrania, más razones encontraba Kiev para acercarse a Occidente.
Era un mecanismo casi perfecto de escalamiento.
Febrero de 2022
El 21 de febrero de 2022 Vladimir Putin reconoció la independencia de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.
Tres días después fuerzas rusas entraron en Ucrania.
Moscú denominó aquella intervención “operación militar especial” y afirmó que perseguía la “desmilitarización” y “desnazificación” de Ucrania, así como la protección de las poblaciones del Donbass.
Ucrania y sus aliados la definieron, sencillamente, como una invasión.
A partir de ese momento cambió la naturaleza de la guerra.
Lo que había sido durante ocho años un conflicto territorial concentrado fundamentalmente en el este ucraniano se convirtió en una confrontación internacional de enorme escala.
Estados Unidos y sus aliados respondieron con asistencia económica, inteligencia, entrenamiento y cantidades crecientes de armamento.
Rusia, por su parte, reorganizó su economía para sostener una guerra prolongada y profundizó sus relaciones con China, India y otros países que no participaron plenamente del régimen occidental de sanciones.
La guerra terminó produciendo exactamente aquello que pretendía evitar cada uno de los contendientes.
Ucrania se militarizó hasta niveles sin precedentes.
La OTAN se fortaleció.
Rusia se alejó todavía más de Europa.
Y el sistema internacional comenzó a dividirse en espacios económicos y estratégicos cada vez más diferenciados.
La guerra económica
Occidente apostó desde el comienzo por convertir el poder financiero y comercial en un arma estratégica.
Las sanciones incluyeron restricciones bancarias, exclusión de instituciones rusas de mecanismos financieros internacionales, limitaciones sobre exportaciones e importaciones, medidas contra los sectores energético, tecnológico y militar y controles sobre determinados activos rusos.
El objetivo era aumentar dramáticamente el costo económico de la guerra para Moscú.
Pero el resultado fue más complejo de lo esperado.
Rusia encontró nuevos mercados para parte de su producción energética, principalmente en Asia, mientras numerosos países reexaminaron su dependencia de las instituciones financieras controladas por Occidente.
Es aquí donde la guerra ucraniana se conecta con una transformación mucho mayor.
El dólar, las sanciones, los sistemas internacionales de pagos, las reservas bancarias y las cadenas de suministro comenzaron a percibirse de manera distinta.
Lo que durante décadas había funcionado como infraestructura aparentemente neutral de la globalización reveló también su dimensión política.
La economía mundial se convirtió abiertamente en territorio de confrontación geopolítica.
¿Una guerra entre Rusia y la OTAN?
Formalmente, la OTAN no se encuentra en guerra con Rusia.
Materialmente, sin embargo, el conflicto posee características inequívocas de una guerra subsidiaria.
Los soldados que mueren pertenecen principalmente a Rusia y Ucrania, pero una proporción importante de los sistemas de armas, inteligencia y asistencia financiera utilizados por Kiev proviene de Estados Unidos y Europa.
Desde la perspectiva occidental, esa asistencia permite que Ucrania ejerza su derecho a defenderse.
Desde la perspectiva rusa, significa que Moscú combate indirectamente contra la infraestructura militar de la OTAN.
Ambas afirmaciones pueden coexistir.
Precisamente por eso la guerra resulta tan peligrosa.
Los incidentes relacionados con Polonia, el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, los combates alrededor de instalaciones nucleares y los ataques sobre territorios controlados por Rusia han mostrado repetidamente la posibilidad de que una guerra inicialmente delimitada pueda expandirse.
Una confrontación directa entre Rusia y la OTAN transformaría radicalmente la naturaleza del conflicto.
Y cuando dos potencias nucleares se encuentran detrás de los principales actores militares, semejante posibilidad nunca puede tratarse con ligereza.
Las negociaciones que no prosperaron
Durante las primeras semanas de la guerra existieron diferentes rondas de conversaciones entre Rusia y Ucrania.
Una de las más importantes se produjo en Estambul en marzo de 2022.
Se discutieron fórmulas relacionadas con la neutralidad ucraniana, garantías internacionales de seguridad y limitaciones a determinadas formas de presencia militar extranjera.
Las negociaciones fracasaron.
Las razones continúan siendo discutidas.
Moscú sostiene que la presión occidental contribuyó a que Kiev abandonara la posibilidad de llegar a un acuerdo. Ucrania y sus aliados argumentan que las acciones rusas y las profundas diferencias territoriales volvieron inviable el entendimiento.
Lo cierto es que, a medida que avanzaba la guerra, las posiciones se hicieron cada vez más incompatibles.
Ucrania exigía recuperar territorios.
Rusia consideraba irreversible al menos parte de los cambios territoriales producidos desde 2014.
Cada nueva ofensiva aumentaba el precio político de cualquier concesión.
La guerra comenzó entonces a adquirir una lógica conocida: continuar combatiendo para mejorar la posición desde la cual algún día se negociaría.
El problema es que esa lógica puede prolongarse durante años.
La batalla por el relato
Las guerras modernas se libran simultáneamente sobre el territorio y sobre las pantallas.
Rusia, Ucrania, Estados Unidos y sus aliados han construido narrativas dirigidas tanto a sus propias sociedades como al resto del mundo.
Para Occidente, la guerra representa fundamentalmente una lucha entre democracia y autoritarismo.
Para Moscú, representa una confrontación contra la expansión occidental y contra un sistema internacional hegemonizado por Estados Unidos.
Ninguna de esas narrativas debería aceptarse automáticamente como explicación total.
La propaganda no es una peculiaridad de un solo bando.
Cada actor selecciona hechos, imágenes, víctimas y antecedentes para construir una historia dentro de la cual sus propias decisiones aparezcan como inevitables.
La obligación del análisis crítico consiste precisamente en negarse a entrar dócilmente en cualquiera de esas arquitecturas propagandísticas.
No hay que escoger entre Washington y Moscú para reconocer que las grandes potencias organizan sus políticas alrededor de intereses.
Tampoco hace falta justificar la entrada de tropas rusas en Ucrania para examinar críticamente tres décadas de expansión de la OTAN o la intervención estadounidense en distintos escenarios internacionales.
La crítica al imperialismo pierde todo sentido si sólo reconoce como imperialismo el que practica el adversario.
El Sur Global observa
Una de las transformaciones más interesantes provocadas por la guerra ha ocurrido lejos del campo de batalla.
América Latina, África y Asia han mostrado una disposición creciente a evitar alineamientos automáticos.
Países que mantienen relaciones importantes con Estados Unidos continúan comerciando con Rusia. Otros profundizan vínculos con China. Algunos participan simultáneamente en instituciones occidentales y en nuevos espacios de cooperación multipolar.
Ese comportamiento no constituye necesariamente una adhesión ideológica a Moscú o Pekín.
Puede ser algo mucho más sencillo y quizá más importante: la reivindicación del derecho a construir políticas exteriores de acuerdo con intereses nacionales propios.
Durante gran parte del siglo XX, el sistema internacional obligaba a numerosos países a escoger entre bloques.
La nueva multipolaridad parece ofrecer mayores posibilidades de negociación.
Pero también introduce nuevos peligros.
Un mundo con varios centros de poder no es automáticamente más justo.
La multipolaridad puede limitar la hegemonía de una potencia sin abolir las relaciones imperiales.
Puede democratizar determinados espacios internacionales y, simultáneamente, producir nuevas zonas de dependencia.
El problema, por tanto, no es sustituir una hegemonía por otra.
Es construir un sistema donde ningún Estado pueda convertir su poder económico o militar en un derecho natural a determinar el destino de los demás.
Ucrania y el final de la ilusión unipolar
La consecuencia histórica más profunda de esta guerra quizá no pueda medirse todavía en kilómetros de territorio.
Se encuentra en otra parte.
La época en que Estados Unidos podía imaginarse como único centro organizador de la política mundial parece estar terminando.
China posee un peso económico imposible de ignorar. India desarrolla una política exterior cada vez más autónoma. Rusia continúa siendo una potencia militar y energética determinante. Los BRICS amplían su importancia. Países del Sur Global buscan mayores márgenes de maniobra.
Eso no significa que Estados Unidos haya dejado de ser la potencia más importante del sistema internacional.
Significa que ya no puede actuar como si no existieran otras.
La guerra de Ucrania ha acelerado ese proceso.
Las sanciones, la reorganización de los mercados energéticos, la militarización de Europa, la creciente cooperación ruso-china y la búsqueda de mecanismos económicos menos dependientes de Occidente forman parte de la misma transformación.
Estamos pasando de un sistema relativamente concentrado hacia otro mucho más fragmentado.
Y las transiciones entre órdenes internacionales rara vez ocurren pacíficamente.
Consideraciones finales
Diversos países han intentado presentar propuestas diplomáticas para terminar la guerra. México, Brasil, China, países africanos y el Vaticano han defendido, con diferentes fórmulas, la necesidad de recuperar las negociaciones.
Es significativo que muchas de esas iniciativas provengan de países que no forman parte del núcleo tradicional del poder occidental.
No significa que posean una solución mágica.
Significa que la política mundial ya no puede organizarse exclusivamente desde Washington, Bruselas o Moscú.
La guerra ha mostrado nuevamente los límites de un sistema donde las grandes potencias pretenden convertir sus intereses estratégicos en principios universales.
También ha mostrado otra verdad mucho más elemental: quienes pagan el precio de esas disputas rara vez son quienes las diseñan.
Lo pagan los soldados.
Lo pagan los civiles.
Lo pagan quienes pierden sus hogares y cruzan fronteras.
Lo pagan generaciones que terminarán financiando las armas, la reconstrucción y las deudas acumuladas durante años de guerra.
Por eso resulta insuficiente preguntar quién está ganando en Ucrania.
Hay que formular una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué orden mundial está naciendo de sus ruinas?
Si el resultado consiste únicamente en sustituir la hegemonía de una potencia por la competencia permanente entre varias, habremos cambiado la distribución del poder sin transformar su lógica.
La multipolaridad sólo representará un avance si permite recuperar principios que el propio sistema internacional proclama pero aplica selectivamente: soberanía, igualdad entre Estados, negociación, cooperación y derecho de los pueblos a decidir su propio destino.
De lo contrario, el nuevo mundo tendrá más polos.
Pero seguirá teniendo los mismos imperios.
