El Almacén 63 abrió sus puertas en septiembre de 2015 y las cerró en octubre de 2017, tras el paso del Huracán María. Le tomó exactamente dos años para forjarse en una comunidad llena de bríos, energía, compañerismo y cariño por el quehacer artístico y cultural.
Porque aquel que se dedica al quehacer artístico y cultural en Puerto Rico lo tiene que hacer «necesariamente» por pasión. La historia del arte en general, sobre todo en nuestro mundo moderno, en que los procesos de producción mismos denotan un desdén por lo artesanal, por lo elaborado con tiempo y esmero, es una de precariedad y sacrificio. En Puerto Rico, sin embargo, se trata de una historia trágica, una historia de lucha, no solo contra el corporativismo insensible -que ni tan siquiera busca una cooperación con el artista que le permita ganarse la vida- sino también contra el desinterés y la apatía de muchos en la sociedad. Quien se propone ser artista en Puerto Rico es un osado, un atrevido al que con mucha frecuencia lo tildan de loco.
Desde niña siempre amé todo lo que tuviera que ver con la creación artística. En mi habitación pasaba horas dibujando historietas, bailando y cantando frente al espejo, escribiendo cuentos y poemas, soñando con algún día subirme a algún escenario o publicar mi primer libro. Por aquellos días, Arte era una mala palabra, algo que se hacía a escondidas, que no se mencionaba. Se suponía que a uno le apasionaran los números, las fracciones, los porcentajes, las computadoras, las ciencias, la biología. Se hablaba con orgullo de aquel que se había graduado con mucho esfuerzo de la facultad de arquitectura de la UPR, o del que estaba estudiando ingeniería aeromecánica en Mayagüez, o aquella que estaba terminando sus estudios de medicina, o aquel que fue contratado como contable en una empresa de renombre. Pero se hablaba con cierto desprecio del que se fue a estudiar música, de la que daba clases de pintura, de los que querían hacer cine. Y ni hablar de los escritores.
Admito que, durante mis años formativos, fui presa del miedo profundo que me provocaba la sola idea de declarar mi amor por las letras y las artes. Ese amor, sin embargo, era evidente en mis calificaciones de matemáticas, en mi obsesión por la lectura, en mi búsqueda incansable de algo que me permitiera expresarme más allá de los medios normales del lenguaje natural.
Ese algo llegó más adelante a través de la danza, que «descubrí» cuando la curiosidad me llevó por primera vez a un estudio de baile. Hoy día ese mismo amor por el arte en general y por la danza en paticular me llevarían a enamorarme del espacio que hoy requiere de apoyo y compromiso.
Almacén 63 fue fundado por la bailarina, coreógrafa y gestora cultural Loaya I. Quesada. Su deseo estuvo claro desde el principio: promover el quehacer artístico en la Isla y darles un foro a creadores de diversas disciplinas para que expusieran su obra al tiempo que fomentar el diálogo cultural con la comunidad.
Entre las varias iniciativas que el espacio albergó se encontraban las clases regulares de danza árabe y danza aérea, clases de yoga y bollywood, así como talleres de bomba y danza contemporánea. Fue allí donde expusieron su obra fotógrafos como Nydia Meléndez y José Chico Sosa, donde Taller Teatro Camándula, dirigido por la actriz Sonia Paniagua, daba clases. Músicos como Plena Libre hicieron su shooting y usaron la atmósfera de la calle Guayama. Bandas locales de música punk como Atraco usaban el espacio de ensayo semanalmente; y el elenco de la obra Despeinada de Beverly Ruiz ensayó allí también. Se realizaban charlas educativas, culturales, y se usaba en las noches como sala de películas para la comunidad.
En este foro nacen y se desarrollan las compañías de danza locales Claroscuro y Nailah Dance Company, que se destacan por su calibre técnico y artístico y por fomentar la conexión con el arte y el diálogo cultural entre todos los niveles de la sociedad. De su propuesta artística, nace el evento La Leche, que todavía se celebra en distintos puntos del a Isla y cuyo fin es brindar un escenario a jóvenes artistas para que presenten su obra de modo que los amantes del arte conozcan las propuestas de esta nueva cepa de creadores puertorriqueños.
El Almacén 63 cerró sus puertas, y durante varios meses, todo parecía haber quedado allí. Se apagaron las luces, se esfumó el coro de voces y la música, pareció desintegrarse la comunidad. Pero en esos meses de penumbra en la calle Guayama, en que durante el día solo se escuchaba el estruendo de las plantas eléctricas de los pocos negocios que decidieron hacerle frente a la incertidumbre, había comenzado a germinar una semilla.
Después de varios meses de introspección y mucha duda, la niña que dibujaba y escribía poemas encerrada en su cuarto, la misma que de adulta no podía imaginar una vida sin la danza, despertaron el deseo en mí misma de continuar con el proyecto.
El Almacén 63 se encuentra en proceso de rehabilitación. Hemos comenzado a trabajar en un nuevo piso más amplio para las clases y funciones de baile. Todavía queda mucho trabajo y necesitamos ayuda, por tal razón se levanta una campaña de recaudación de fondos en plataforma Indiegogo. Haz clic aquí para ver más información sobre la campaña.
La misión del Almacén 63 se fundamenta en la creencia de que el arte y los foros culturales no deben ofrecerse exclusivamente a los sectores más privilegiados, sino todo lo contrario: que el arte es de todos y todos debemos tener acceso a él. Por eso cualquier cantidad es buena y bien recibida. Incluso con una aportación de un dólar ayudas de gran manera. Si todas las personas que lean este artículo aportan un dólar, eso daría un gran impulso. A quienes aporten con $25 se les regala una bonita camisa.
Hoy más que nunca, mientras vivimos una crisis política y financiera sin precedentes, existe una necesidad de forjar espacios comunitarios que nos permitan fomentar el quehacer artístico en la Isla. El arte es y siempre será una herramienta que nos permite imaginar otros mundos, conectarnos con otras ideas y vislumbrar aquello que nos parece imposible desde nuestra cotidianidad. Poder ver otro mundo es el primer paso para cambiar el mundo en el que vivimos.
