Ante una «nueva ola criminal»

Con la posibilidad de que Rosselló hijo implemente medidas similares a las de “mano dura contra el crimen”, urge reconocer las formas en que nuestro…

[dropcap]E[/dropcap]s imperativo reconocer cuando los eventos históricos están por repetirse. Con la aparente alza en criminalidad y violencia que está atravesando la isla, los intelectuales del país han estado advirtiéndonos sobre la posibilidad de enfrentarnos a una nueva serie de medidas policíacas y militares como lo fue la  “mano dura contra el crimen” durante la administración de Rosselló padre. Hace apenas un mes, Marisol LeBrón nos recordaba en una columna publicada en el Boston Review, sobre la historia de la implementación de lo que en ese momento era una nueva plataforma para combatir el crimen asociado al narcotráfico a través de la movilización de la guardia nacional y otros cuerpos policíacos. Aquí, LeBrón nos explica cómo la “mano dura” sirvió de estrategia para intervenir en las viviendas públicas —lo que se conoce coloquialmente como residenciales o caseríos— y privatizarlas. Este proceso resultó en el allanamiento del hogar de cientos de personas empobrecidas y de la clase trabajadora de la isla. En su análisis, LeBron muestra cómo la “mano dura”, a pesar de ser una movida antidemocrática, propuso un modelo importante para el continuo “War on Drugs” implementado en los Estados Unidos continentales.

Como ha escrito Raquel Z. Rivera, parte de la lógica de “mano dura contra el crimen” estaba enlazada con el pánico moral que se estaba suscitando coloquial e institucionalmente en la isla respecto a la creciente popularidad del rap en español y el “underground” que luego vendría a convertirse en reggaetón. Durante las redadas en los residenciales, se confiscaban casetes con música y videos del género con el razonamiento de que constituían material pornográfico. De igual forma, se arrestaban a los que poseían dichos materiales por producir artefactos que atentaban contra la buena moral del país e incitaban a la violencia. Las asociaciones entre el “underground” y la pornografía estuvieron en gran parte apoyadas por un discurso que entendía este género como música que promovía estilos de vida que resultaban indeseables y anti-moral para la sociedad y la familia puertorriqueña, dada su temática sobre sexualidad, narcotráfico y violencia. Como nos explican Raquel Z. Rivera y Petra Rivera Rideau, en sus respectivos trabajos sobre las olas de censura del reggaetón, el ataque en contra del “underground” estaba fuertemente basado en nociones sobre la “juventud marginal” que lo producía y consumía. Esta marginalidad se encontraba en la posición socioeconómica de los jóvenes que desarrollaron el género, que vivían en barriadas y residenciales públicos y relataban en su música parte de las realidades de su entorno. El “underground”, al igual que su subsecuente género reggaetón, surge a partir de los tránsitos transatlánticos negros entre África, Jamaica, Estados Unidos, Panamá y el resto de las islas del Caribe. En su raíz, el “underground” carga con un fuerte rasgo afrodiaspórico y una temática casi exclusiva para las poblaciones afrodescendientes del continente, quienes forman alianzas en la denunciación de la marginalización, abuso y racismo que sufren, a través de una variedad de manifestaciones musicales. El gobierno de Rosselló encontró en el fenómeno del “underground” y el pánico moral que se suscitaba, una concreta y directa relación aparente entre la criminalidad y el desorden social que decía haber en la isla y un sector de la población. Al asociar las letras del “underground” con comportamiento ilícito, logra no solo sustentar sus prácticas violentas en contra de sectores empobrecidos y afropuertorriqueños, sino convencer a la población de que dichas medidas son justas. En otras palabras, las lógicas de esta indignación moral sirvieron de excusa para las intervenciones violentas y antidemocráticas del gobierno.

Quiero entonces llamar la atención sobre las claras similitudes entre la antesala a las redadas de “Mano Dura” en el 1995 y el momento presente que estamos viviendo en Puerto Rico. Nuestro pánico moral en contra de las músicas “barriales”, “de calle” y/o “underground”, entiéndase en este caso el reggaetón, parece haber cobrado nueva fuerza ante el fenómeno del trap en español y algunos de sus intérpretes más populares, Bad Bunny y Anuel AA. Esta nueva ola de pánico resurge a partir del mainstreaming y la popularización internacional de estos géneros. Desde finales del año pasado llevamos evidenciando —principalmente a través de comentarios en redes sociales— a los detractores del género asociar el alza en feminicidios y la reciente ola de asesinatos con el trap. Es importante reconocer, sin embargo, que a pesar de que estos géneros sí exhiben discursos machistas y misóginos, como apunta Raquel Z. Rivera, “comisiones gubernamentales y equipos científicos no han podido resolver el asunto de cómo el arte violento afecta la realidad” (119) y que los procesos de consumo son tan variados y específicos que es complejo generalizar sobre los efectos que tienen estas músicas sobre el comportamiento humano. Rivera además responde a la idea de que las letras de las canciones fungen como “ventanas hacia el alma de los artistas” planteando que las narraciones que la música ofrecen pueden cumplir con propósitos varios que van desde la parodia y lo carnavalesco hasta la mímica de personajes (121).

Con la posibilidad de que Rosselló, hijo implemente medidas similares a las de “mano dura contra el crimen” ante la supuesta alza en criminalidad que estamos viviendo, urge reconocer las formas en que nuestro pánico moral, con bases clasistas y racistas, respecto a una serie de manifestaciones culturales proveen una suerte de apoyo a las medidas neoliberales y protofascistas que continuamente violentan las comunidades más vulnerables de nuestro país. Insto entonces a repensar nuestras críticas ante estas músicas solo porque las consideramos “inferiores”, “banales”, “inmorales”, etc. y las asociaciones inmediatas que hacemos entre ellas y los problemas sociales. Recordemos que mientras sigamos culpando estas manifestaciones culturales, le quitamos la verdadera culpa a los sistemas que en efecto nos oprimen. El pánico moral argumenta que el problema del crimen o la violencia es culpa de individuos o grupos que es necesario extirpar o remover de la sociedad para el funcionamiento de esta. Esta lógica ignora que la perpetuación de lo que podríamos llamar problemas sociales, está en manos de estructuras y aparatos coloniales e imperialistas, en nuestro caso, de la deuda ilegal y de la imposición de la Junta de Control Fiscal y sus opresoras políticas de austeridad.

 

Bibliografía

LeBrón, Marisol. “Puerto Rico’s War on it’s Poor”. Boston Review. 12 diciembre 2018

http://bostonreview.net/class-inequality/marisol-lebron-puerto-rico-war-poor

Rivera, Raquel Z. “Policing Morality, Mano Dura Style: The Case of Underground Rap and

Reggae in Puerto Rico in the Mid-1990s”. Reggaetón, Eds. Wayne Marshall, Raquel Z. Rivera, Debora Pacini Hernandez, 2009.

Rivera Rideau, Petra. “Iron Fist Against Rap”. Remixing Reggaeton: The Cultural Politics of

Race in Puerto Rico. Durham: Duke UP, 2015

Verónica Dávila Ellis
Es candidata a doctorado en el departamento de Español y Portugués de Northwestern University. Su disertación analiza las prácticas sónicas y performáticas de artistas mujeres y cuir en la música urbana dominicana. Tiene un bachillerato en Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras y una maestría en literatura hispana de la Universidad de Florida, Gainesville.

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Verónica Dávila Ellis
Colaborador/a

Es candidata a doctorado en el departamento de Español y Portugués de Northwestern University. Su disertación analiza las prácticas sónicas y performáticas de artistas mujeres y cuir en la música urbana dominicana. Tiene un bachillerato en Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras y una maestría en literatura hispana de la Universidad de Florida, Gainesville.

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