Apuntes sobre Raza, Cultura, Poder e identidad genética en Puerto Rico

amado martínez lebrón

Introducción

[dc]E[/dc]n el Censo del 2000, como señala un reportaje de “El Nuevo Día” de marzo de 2011, más del 80 por ciento de la población de Puerto Rico se consideró a sí misma blanca. De otra parte, [en el Censo del 2010] un 7.8% menos de los puertorriqueños dijo ser de la raza blanca. En total, un 75.8% de los encuestados dijo ser blanco, en comparación con el 80.5% que ofreció esa respuesta en el 2000, […] solo el 3.3% de la población dijo ser de dos razas o más. Los demás, marcaron una sola raza. ((El Nuevo Día. http://www.elnuevodia.com/noticias/locales/nota/crecelarazanegraenelpais-923014/))

Estos hallazgos quizás se han discutido de varias formas, ((Ver por ejemplo el prontuario de un curso sobre etnicidad de Puerto Rico en la Sorbona: http://www.iheal.univ-paris3.fr/sites/www.iheal.univ-paris3.fr/files/Raza%20y%20Etnicidad%20en%20Puerto%20Rico.pdf Ver la raza desde el activismo afropuertorriqueño: https://colectivo-ile.org/?p=25)) pero nos parece que todavía se podría discutir mejor desde la genética. Más adelante presentaremos data relacionada a la composición biológica de los puertorriqueños y puertorriqueñas, producto de investigaciones genéticas recientes, pero por el momento, adelantemos que la información recogida por los pasados dos censos no reflejan nuestro perfil racial. La opinión popular respecto a nuestra “raza” se podría decir que está mínimamente distorsionada.

Quizás las alternativas que se le presentaron a los encuestados y la forma en que se recogió la información fueron cruciales, pero aún reconociendo esos factores entiendo que el peso que ejercen sobre nosotros las ideas que generaliza la cultura oficial de Puerto Rico, explícita o soslayadamente, desde sus instituciones inherentes, ya sean públicas o privadas, son responsables de nuestra confusión. Entender esto me parece importante para, entre otras cosas, poder iniciar una conversación basada en evidencia, sobre lo que significa la cultura.

De igual manera entiendo fundamental establecer que si bien se puede asumir cualquier identidad simbólica e imaginaria, como la de ser blancos sin serlo, estas aculturaciones no parecen poder borrar el peso de la herencia biológica que nos sostiene si entendemos que nuestra constitución, como proceso genético, es la base sobre la cual se construye la cultura. Es mi interés presentar aquí algunas notas preliminares que motiven la consideración del genoma humano, su trayectoria hasta nosotros, así como sus leyes internas, como una fuente de recursos ineludibles al momento de estudiar y caracterizar las identidades culturales e históricas.

La Raza

El despunte de nuevos tipos de investigaciones genéticas nos han permitido por primera vez en nuestra historia empezar a ver las sociedades y culturas como productos naturales de nuestras cualidades biológicas y las circunstancias que le acompañen, valiéndonos de evidencia concreta. Aclaramos, porque entendemos algunas de las objeciones más comunes a este acercamiento, que un análisis desde la biología si bien incluye entre sus contenidos lo que se ha querido entender como raza y sus consecuencias en la historia, no se limita a ella, ni aspira al determinismo que se le atribuye popularmente. Para ser claros, debemos decir que la raza ni siquiera se podría entender desde la genética como un factor que determine otra cosa que no sean las diferencias fenotípicas superficiales que reconocemos entre individuos de una misma especie y que nuestro interés en el concepto es histórico y político. ((Muy poco contribuye la raza cuando se entiende a partir de las apariencias, para entender la composición genética. La raza, contrario a muchas otras precondiciones biológicas no tiene relevancia al momento de determinar aspectos asociados a la fuerza o la inteligencia por ejemplo, pero ni siquiera al tratamiento de enfermedades, como se pensara en algún momento.  Ver más aquí: https://www.newscientist.com/article/dn14568-watson-vs-venter-the-loser-is-race-based-medicine/))

Si bien el color de piel y las cualidades fenotípicas asociadas con el concepto de raza son parte de la herencia genética, su manifestación es irrelevante en el debate que proponemos porque por ejemplo, los genes que producen las diferencias de pigmentación no están vinculados a ninguna habilidad intelectual o física de los individuos y es meramente una característica que ha sido elevada a un nivel prominente en la cultura como consecuencia de condiciones económicas de explotación y las luchas políticas propias de nuestros desarrollos más recientes como especie, que apoyada sobre una larga trayectoria biológica de cambios que no se detienen, se ha construido sobre la base del privilegio de algunos y la explotación de otros.

Es importante reconocer que si bien la genética ha sido asociada al determinismo biológico y sus males, al punto de que se rechaza de partida como argumento porque no podemos aceptar, entre otras cosas, que nuestra historia sea producto mydtc de impulsos naturales en donde no quepa la voluntad y el libre albedrío, todos los prejuicios sexistas, homofóbicos y/o racistas que se han manejado hasta el momento desde esa perspectiva, se apoyan sobre una constitución genética especulativa. También se debe añadir que nuestra capacidad para predecir el resultado de la suma de factores envueltos en la ecuación que somos como especie, todavía no nos permiten superar la ilusión de libertad.

Aún cuando muy pocas veces sería correcto decir que tomamos decisiones conscientes o libres, por lo difícil que se hace defender la idea de que no existe un interés biológico tras cada decisión que tomamos, es desde nuestra percepción del caos, queriendo decir desde lo que nos parece impredecible (como la cultura, la historia, etc.), que nace nuestro concepto de escoger y por lo tanto el de la libertad.  Podríamos decir que el caos es solo la medida de nuestra ignorancia, de hecho, José Saramago desde su capacidad poética (¿instintiva?), nos advertía que “el caos era un orden por descubrir”.

B. F. Skinner había planteado a mediados del pasado siglo nuestra endeble libertad desde la sicología conductista y el acondicionamiento humano, esencialmente a partir del premio y el castigo biológico y social, como lo presenta en sus términos maduros con Beyond Freedom and Dignity (1971). Desde allí, con el método de la ciencia, Skinner argüía, y nos tomamos la libertad de simplificarlo, que la identidad de los organismos vivos es el producto de una historia de respuestas limitadas a estímulos finitos. Sin que Skinner lo sospechara, su interpretación de la conducta parece ser cierta en esencia, al nivel de la evolución genética y explica ciertos comportamientos individuales también, pero nos parece insuficiente al nivel social o colectivo. Cuando se quiere entender cómo funciona una cultura valiéndose de la forma en que un individuo adquiere identidad, nos parece que Skinner pierde capacidad para explicarnos.

Somos organismos individuales porque pertenecemos a colectivos, parafraseando a Sartre. Pero si bien antes un individuo no había sido capaz de dejarnos ver a través de sí la cultura “universal”, hoy podríamos empezar a entender desde los genes y el cerebro de un individuo, las cualidades de la humanidad completa. Las posibilidades de conocer los límites de nuestra libertad más allá de la teoría han aumentado tras descifrar la organización de los genes. La posibilidad de conocer más sobre lo que somos ha mejorado porque empezamos a notar las consecuencias que tienen en nosotros, elementos biológicos (genéticos y neurológicos), que no se habían considerado antes. Sin embargo, vale aclarar que esto no significa que podamos predecir o diagnosticar todas las formas sociales y culturales que nos caractericen como especie desde el genoma o el cerebro solamente.

Subrayamos además, con el fin de tratar de ir descartando objeciones a una historia contada desde los genes, que los humanos producimos conciencia e identidad en un amplio rango de alternativas, y metafóricamente hablando, tenemos la idea del amor como tenemos la idea del odio y ambas nacen de la misma naturaleza que nos compone. Explotamos recursos por inclinación biológica, pero generamos igualmente las ideas de preservación, conservación y reconocemos la simbiosis. Si bien es cierto que tenemos impulsos “egoístas” relacionados al contenido genético y a la supervivencia de la especie, también ostentamos la fuerza biológica que nos empuja al “altruismo” y de ella ha dependido nuestra existencia muchas veces.

Nuestras respuestas biológicas están limitadas, son finitas, pero para nuestras capacidades actuales la cantidad de alternativas que genera nuestra naturaleza y sus circunstancias, son aún inabarcables y todo apunta, como en la mecánica cuántica, a que cuando nos encontremos, ya nos habremos ido. Así que tras entender que el ser humano es naturaleza y producto de sus leyes, y tras saber que la naturaleza solo producirá naturaleza, estudiarnos desde la genética nos permitirá ampliar el marco en donde ubicamos los elementos que forman las identidades de nuestra especie, dentro de esa enorme y mayormente invisible lista de factores que nos hacen catalogar de impredecible la sociedad.

Igualmente como animales tenemos la capacidad de crear vínculos entre fenómenos no relacionados directamente, de ahí nos nace la idea de la suerte y la de los dioses creadores, por ejemplo. Estas condiciones biológicas, sumadas a otras, dentro de las circunstancias históricas, nos empujaron a las generalizaciones raciales porque no habíamos tenido un recurso confiable para descalificarlas, pero también porque el poder (el sistema cultural dominante) se beneficiaba de ellas. Sin embargo, y entendiendo como parte de la naturaleza humana el oportunismo político y cultural que caracteriza al poder, su defensa apasionada de los privilegios y la manufactura de ideología, si vemos la sociedad desde la Ciencia, el color de piel no determinaría conducta humana.

En un artículo publicado en El País, titulado “La genética descalifica el concepto de raza”, Natalie Anger entrevistó a Craig Venter, el geneticista que compitió contra James Watson y Francis Collins ((Ver más aquí http://bioinformatica.uab.es/base/base3.asp?sitio=ensayosgenetica&anar=pgh)) por ser el primero en secuenciar el genoma humano a finales del siglo pasado y principios de este, y esto fue lo que tuvo que decir sobre la raza:

«La raza es un concepto social, no científico», afirmó J. Craig Venter, director de Celera Genomics Corporation en Rockville, Maryland. «Todos evolucionamos en los últimos 100,000 años a partir del mismo grupo reducido de tribus que emigraron desde África y colonizaron el mundo».

Sin duda lo social es una cualidad biológica en sí misma, pues las sociedades están fundadas sobre la evolución de nuestras capacidades genéticas heredadas. Nos caracteriza tener una composición genética en común con seres que no escogieron nunca, como no podemos tampoco nosotros, sus perfiles biológicos. Todos somos además, producto del filtro que hacen los ecosistemas, incluyendo la Cultura, y que tampoco seleccionamos. Pero cuando se refiere Venter a que la raza es un fenómeno social, está señalando sobre todo que es una cualidad que nace de la relación natural entre individuos que comparten un mismo genoma. Sobre el asunto de la raza muchos investigadores defienden la idea de que visto en el tiempo, solo somos una raza, porque somos una sola especie.

«Si se pregunta qué porcentaje de genes está reflejado en la apariencia externa, sobre la que nos basamos para establecer la raza, la respuesta es aproximadamente del 0,01%», dice Harold P. Freeman, del Hospital General de Manhattan, que ha estudiado la cuestión de la biología y la raza. «Este es un reflejo mínimo de nuestra composición genética», añade Freeman. “Desgraciadamente para la armonía social, el cerebro humano está exquisitamente sintonizado con las diferencias en los detalles del envoltorio, induciendo a las personas a exagerar la importancia de lo que se ha dado en llamar raza», afirmó Douglas C. Wallace, profesor de genética molecular en la Universidad de Emory, en Atlanta. «Los criterios que la gente utiliza para determinar la raza se basan completamente en características externas que estamos programados para reconocer», dijo. ((NATALIE ANGIER. La genética descalifica el concepto de raza: Los científicos creen que los rasgos físicos externos corresponden a solo el 0,01% de los genes [PU] NATALIE ANGIER (NYT). Nueva York 13 SEP 2000. Visitado 20 de marzo de 2017. http://elpais.com/diario/2000/09/13/futuro/968796001_850215.html))

Como preámbulo a la crítica de una identidad puertorriqueña que entendemos privilegia la cultura de las clases dominantes, parece urgente definir también que lo que sabemos de nosotros mismos es el resultado de décadas de acondicionamiento económico y social y esto no necesariamente significa que sea el producto de algún plan maestro de educación Estatal o de alguna historiografía elaborada por el poder a esos fines. No entiendo que sea posible caracterizar nuestro consenso cultural solamente como parte de algún proyecto de autogestión consciente ya sea desde arriba o sea desde abajo, cuando gran parte de lo que somos no está bajo nuestro control.

La cultura, como todo, está acondicionada por las leyes naturales y cambia, y aunque parezca manifestarse a un nivel inmaterial los cambios son producto de la relación concreta entre individuos de una misma especie y de sus choques naturales. La cultura se compone mayormente de fuerzas antagónicas y su contenido es diseñado por los conflictos que nos educan organizándonos y creando paradigmas. Lo que somos no se provocó con ideología aunque se haya derivado de su desempeño una idiosincrasia.

Entre algunos ejemplos de estructuras e instituciones que han incidido en la interpretación popular de la identidad cultural puertorriqueña que existe hasta hoy, podríamos empezar mencionando como todos, la mítica hacienda y su jíbaro, las plantaciones de corporaciones ausentistas, el barrio urbano, la ciudad, el campo, el contrabando, pero también la televisión, las iglesias, el béisbol, y la diáspora, entre otros. Aquí tendríamos que aclarar que ningún proyecto económico se implantó calculando las consecuencias, sino respondiendo a situaciones y necesidades preexistentes. Por ejemplo, no se estaban construyendo premeditadamente las comunidades cuando las fuerzas económicas nos organizaban geográficamente, y eso no solemos cuestionarlo desde la identidad biológica como deberíamos.

El poder y la identidad

Cuando la economía moderna, como evolución de cualidades inherentes a la supervivencia, impuso su proyecto no estaba sopesando lo que pasaría con las personas agrupadas y organizadas a partir de sus intereses, pero al agruparlas, se crearon fuerzas que le hacen resistencia a la propia organización social que les dio la identidad. El poder crea con su acción nuevas realidades y personajes antagónicos a partir de sus contradicciones (Marx and Engels). Así como crea explotación también genera de forma espontánea individuos que desde el poder, estudian a los oprimidos para rescatarlos, aislarlos o adaptarlos (Foucault 1997).

El Estado Libre Asociado de Puerto Rico (E.L.A.), como ley de administración colonial, por ejemplo, además de las identidades que crea como producto de los intereses del capital ya mencionadas arriba, es responsable de una identidad adicional, bastante específica de nuestra Isla, aunque podamos encontrarle paralelos por el mundo, y que desde nuestra perspectiva vale la pena resaltar como un buen caso de desarrollo cultural que se impone desde la forma en que se ejerce el poder. Nos referimos a la identidad que es forjada en los residenciales públicos y desde la imposición de los intereses del Estado sobre la población despojada de la tierra. En Puerto Rico las instituciones coloniales y sus sistemas administrativos crearon con su imposición un sinnúmero de comunidades. Si bien las diferentes concentraciones de personas provocaron a su vez distintas identidades, todas fueron generadas por la agenda del Poder y sus clases.

El gobierno, respondiendo a los intereses económicos, organizó desde arriba a las grupos sin recursos, mayormente no-blancos, con el fin de disponer de ellos y usar libremente las tierras que de otra manera rescatarían para construir sus comunidades. La vivienda pública enajenó de la propiedad a muchos y en el gesto definieron líneas raciales concretas que solo fueron renovaciones de las preexistentes pero bajo nuevas reglas y matices. La vivienda pública aculturó a una población que de otra manera sería cimarrona.

Hoy los residenciales están cerca de desaparecer porque el sistema ha empezado a reconocer cómo perpetúa la desigualdad con su estructura. Sin embargo, se redefinen las clases más bajas de nuestra sociedad todavía usando más o menos el mismo criterio histórico: no tener propiedad o carecer de la posición social como para aspirar a ella debido a algún estigma mayormente racial, pero también sexual y cultural. La esclavitud no era solo la organización por color y el tener que trabajar en condiciones violentas y sin remuneración, también era la incapacidad de tener propiedad. Los esclavos no eran dueños ni de sus cuerpos en un mundo edificado sobre la propiedad privada. Muy poco ha cambiado para la mayoría.

El sistema organiza cuando divide los recursos, pero también desde esquemas conceptuales que nacen tras la distribución de las riquezas por la fuerza. El poder además de estar fundado sobre su capacidad de acumular capital y producir orden, existe también a un nivel simbólico: literario o histórico, especulativo, imaginario y mitológico. Con esa cara los grupos dominantes producen más que nada causa y propósito a un nivel abstracto o cultural y a partir de sus intereses. Todo esto nace de la misma estructura genética de hace milenios.

Marx llamó “superestructura económica” al nivel social de la realidad, que se monta sobre los medios productivos (la infraestructura) de la clase dominante, y sugiere que cada sistema económico trae su ideología: su cultura. En el espíritu de la dialéctica materialista, podríamos añadir que el ser humano no ha variado genéticamente de forma significativa en los últimos 100 milenios y que, visto así, las diferencias entre sistemas económicos se van reconociendo como gradaciones de un mismo perfil biológico dominante y heredado. En cierta medida Marx reconoció esas gradaciones cuando describía la historia como un movimiento en espiral. Igualmente  la lucha de clases sigue siendo parte importante del motor histórico independientemente de la propuesta sistémica que se mire, porque parece ser el conflicto más constante dentro de nuestros límites biológicos.

Foucault, por su lado, sugiere algo muy parecido a la superestructura cuando le llamó “mentalidades” a las manifestaciones temporeras de los choques entre “discursos” de una época (Foucault, La arqueología del saber 1997). De forma parecida aunque a otro nivel, Carl Gustav Jung bautizó como “inconsciente colectivo” a las interconexiones y coincidencias entre individuos y sociedades, en su caso independientemente de la infraestructura de su tiempo y de la parte del mundo que habitaran, y le atribuyó su origen a condiciones “espirituales”, al estilo de Hegel, tanto como a las materiales (Jung 1991, 8-10).

El inconsciente colectivo, los arquetipos y el alma que Jung vio evidenciados en la repetición de símbolos, narraciones e ideas entre diferentes culturas se parece mucho a las teorías derivadas del proceso evolutivo que defendemos junto a Jared Diamond (Diamond 1999), Robert Wright (Wright 1995), Richard Dawkins (Dawkins 2006) y Howard Bloom, con su concepto de “cerebro global”, entre otros (Bloom 1995) (Bloom 2000). No obstante, mientras Jung veía las conexiones entre los humanos como algo fuera del tiempo, como parte de una fuerza que existe mayormente separada de los cuerpos y su racionalidad, nosotros argumentamos que todo apunta a que una Historia reforzada con el estudio de los genes podría revelar que las semejanzas entre culturas y personas radica precisamente en un dictado genético concreto y susceptible al método científico.

Reconocer el rol de la trayectoria genética en la cultura humana podría ser posible si se pusiera la prioridad en la vida y sus protagonistas más elementales. Las ideas y sus impactos en la cultura se suelen mantener lejos de las constituciones genéticas y los cuerpos, porque en la mayoría de los casos seguimos entendiendo que el pensamiento, la imaginación y la conciencia, entre otras manifestaciones culturales de la humanidad, no dependen de nuestra condición biológica heredada individualmente, de las circunstancias naturales y de sus interconexiones materiales, sino de ámbitos metafísicos.

Geneticistas como Richard Dawkins, con el fin de empezar a vincular las ideas con el funcionamiento de los cuerpos, se han dedicado a caracterizar la Sociedad/Cultura desde los intereses de los genes, valiéndose de la aplicación de leyes naturales. Por dar un ejemplo, Dawkins le ha llamado Meme al cúmulo de información conceptual que interactuando con otros en un espacio cultural, forman las ideas que organizan a las sociedades. Con esta forma de describir los elementos de la cultura Dawkins busca relacionar el comportamiento de un concepto abstracto en la sociedad, con el comportamiento de los genes en la naturaleza (Dawkins 2006, 189-191).

El sistema cultural dominante responde a las leyes naturales pues el Poder depende siempre de su fuerza, pero la fuerza se construye y se consolida también con relatos, ritos, costumbres y roles que moldean la opinión popular diligentemente y dominan porque seducen (Guha 1997). La habilidad que tiene una idea de seducir, tras ser la expresión del poder, radica en nuestro acondicionamiento biológico también. No todo lo que produce el poder puede clasificarse a priori como destructivo para todos, pero debemos subrayar que siempre se manifestará buscando satisfacer su interés particular.

En otras palabras, las clases dominantes encuentran su propósito en la cultura dominante porque es el producto de su dominio natural. Esto no significa que existen cualidades o individuos predestinados al poder o que no se puedan superar las condiciones de explotación, sino que el poder parece comportarse igual, independientemente de quién o para qué se administre porque, entre otras cosas, somos básicamente la misma especie en el mismo planeta desde hace miles de años. Nos atrevemos a decir en el espíritu del marxismo y con ayuda de Foucault, que nuestra educación en una sociedad fundada sobre la división de clases, la explotación, la acumulación de riquezas, y la distribución del trabajo, consiste de alimentar las prácticas y costumbres que legitimen la autoridad de unos discursos (clases, individuos) sobre otros, y que eso ha facilitado su éxito.

Los discursos raciales que hemos convertido en parte de nuestra cultura, como todos los discursos que dominan en la sociedad, nacen directa o indirectamente del poder, en este caso del mercado y el capital (secular o religioso). Así que cuando hasta un 80% de la población puertorriqueña se ha considerado a sí misma blanca, como es blanca la clase dominante, no es difícil reconocer que la caracterización racial del poder ha permeado exitosamente la identidad popular de los puertorriqueños y que merece revisión de costa a costa.

Si bien nos apegamos a la idea de que la cultura recoge todo lo hecho por los seres humanos, se debe entender además que existe una cultura dominante y mayoritaria, que tiene raíces en todos los miembros de una comunidad aún cuando le sea intrínseca y beneficiosa solo a los grupos sociales en el poder. Esa ideología dominante en Puerto Rico, como vimos, está en evidencia cuando nos hace imaginarnos principalmente blancos. Sin embargo, así como nos inculcan su identidad racial podríamos aventurarnos a ver su efecto en otros temas.  Nos dicen que la pobreza es el fracaso del individuo y que independientemente de nuestras capacidades o incapacidades podemos llegar a ser económicamente exitosos en un mundo en donde se mide el éxito consumiendo recursos limitados, y nos dicen que el cielo es para los pobres, entre otras cosas.

La cara narrativa de la cultura dominante, que suele ser convenientemente populista, que pasa por alto las divisiones entre clases económicas, razas, preferencias sexuales y sexos, que se construye desembarazándose artificialmente de la violencia inherente a los procesos históricos y la explotación económica, y que nos atosigan empleando todos los medios que crea la propiedad unilateral de las riquezas, es lo que construye la identidad imaginaria que asumimos. No obstante, la identidad cultural que está alineada con la imaginación narrativa del poder ha empezado a ser contradicha, como evidencia el caso de la raza, por el conocimiento que generan las investigaciones con fuentes genéticas y esto no es poca cosa.

En la mayoría de los casos la identidad cultural que se nos vende, para darnos significado social y propósito colectivo, no pasa de ser un acto natural de los individuos dominantes tanto en los humanos como en otras especies que comparten mucho material genético con los homo sapiens. Por eso, aún cuando encontremos a miembros del proyecto del poder hablando por “los de abajo”, “los oprimidos”, o “los sin voz”, o aún cuando algunos crean que habitando una colonia se puede pensar como descolonizados, que un acto de entretenimiento popular puede liberarnos, o que junto a la realidad material habitamos también un nivel metafísico, estamos presenciando la afirmación de un privilegio de la clase dominante y sus individuos, que debe entenderse como parte de un impulso natural para perpetuarse en el poder.

En el campo de la investigación antropológica y genética, se ha empezado a explorar la cultura como producto de largas ristras de expresiones naturales, elevando el rango que ostenta la biología dentro de las investigaciones históricas y bajándole el volumen al juicio antropocéntrico que se construye como fundamento de la conciencia, el pensamiento, el alma y la identidad, y que nos hace pensar que nos aplican leyes diferentes a las del resto de los seres vivos (Dawkins, The Blind Watchmaker n.d.). En nuestra sociedad las cualidades sobrenaturales se nos inculcan principalmente con el proyecto judeocristiano que se presenta tanto desde su forma de narrar como desde su contenido de mito fundacional y la idea de que todo fue creado para nosotros por un dios hombre. Sin embargo, habría que añadir, como debatiremos en otro momento, que incluso esa tradición metafísica se está empezando a asociar con circunstancias biológicas y aunque todavía no se ha demostrado con éxito la presencia de una inclinación biológica a la invención de fuerzas sobrenaturales que incluyen a dios pero no se limitan a este, sí contamos con varias hipótesis muy bien sostenidas sobre la evidencia disponible (Zimmer 2004).

Los genes de Puerto Rico y algunos datos de Cuba y República Dominicana como contexto

La primera aclaración necesaria ante el tema de la investigación genética como herramienta para la antropología cultural e histórica, sería decir que si bien ya nos ha traído al ruedo intelectual evidencia confiable sobre asuntos médicos, migratorios y de distribución humana en muchas partes del mundo, incluyendo a Puerto Rico y República Dominicana, mucho queda por saberse todavía. La segunda aclaración respecto al tema de la genética como fuente de data cultural, sería advertir que es algo que ya se está haciendo porque entre otras cosas, se tiene como hipótesis de trabajo la idea de que la herencia biológica tiene la capacidad de explicar entre muchas otras cosas, nuestras costumbres y nuestras tradiciones.

Cuando se organicen los resultados de investigaciones genéticas que están en curso por el mundo, sospechamos que se podrá, con bastante claridad, empezar a descifrar en términos biológicos cómo la herencia genética ha condicionado nuestras personalidades históricas y sociales, además de nuestras estructuras políticas e identidades culturales. Pero antes de continuar veamos un poco de lo que sabemos sobre la composición genética de Cuba, República Dominicana y Puerto Rico actualmente, y que aunque se limita todavía al tema de la raza, sirve para ilustrar los posibles alcances del acercamiento genético a la historia.

Según un artículo publicado por el Instituto de Hematología e Inmunología de La Habana, Cuba, la población cubana se puede caracterizar de partida por una presencia indígena insignificante.

La composición genética de una población […] está determinada por su migración y mestizaje. La población cubana se originó principalmente por españoles caucásicos y negros africanos. La población india cubana original fue exterminada en un breve período de tiempo después de la llegada de los españoles. En la actualidad, cerca de 500 descendientes viven en las más aisladas montañas de las provincias orientales. La contribución de la población indígena a la composición genética de la población cubana es insignificante (Dr. Catalino R. Ustáriz García 2009).

Se ha determinado igualmente hasta el momento, que el pueblo cubano se caracteriza por ser mayormente “mulato” ((Término despectivo que se deriva de mula, que es una mezcla entre burro y caballo, y que se usa para referirse a las personas que son descendientes tanto de negros como de blancos.)).

En un estudio del polimorfismo de la enzima glioxalasa I en donantes de sangre de La Habana, donde se incluyeron 407 individuos (155 caucásicos, 194 mulatos y 58 afrocubanos), se encontró que en los blancos el 18 % de los genes eran de negros; en los mulatos el 57 % eran de negros y el 43 % de caucásicos; y en los afrocubanos, el 8 % de los genes eran propios de caucásicos (Dr. Catalino R. Ustáriz García 2009).

En el 2009, tras pruebas de ADN genómico, que se refiere a todo el ADN presente en el núcleo de la célula de un organismo, se concluyó:

La proporción de mezcla génica en el grupo de los descendientes de españoles se estimó en 85% de europeos y 15% de africanos; en el grupo de descendientes de africanos, el rango de genes africanos fue de 74 a 76%; y en el grupo de mulatos la proporción de mestizaje mostró un rango entre 57 y 59% de genes europeos, y entre 41 y 43% de africanos (Dr. Catalino R. Ustáriz García 2009).

En el caso de Puerto Rico existen datos de investigaciones genéticas, pero existen también investigaciones que ya buscan definir la relación que existe entre raza, cultura, economía y sociedad. Por dar un ejemplo, Marc Vía, un antropólogo californiano investigando en P.R., concluyó: «En promedio, ‘cuanto más europeo un puertorriqueño es, mayor tiende a ser su estado socioeconómico’ (Pérez 2009)».

Para el doctor Marc Vía, quien es antropólogo y que cursa estudios post doctorales en la Escuela de Medicina de la Universidad de California, es importante investigar cuál de las tres ascendencias tiene una mayor hegemonía en el linaje boricua y qué factores ambientales influyen en la distribución de esta.

Según Vía, el estudio arrojó que “la población puertorriqueña es, más de la mitad, un 52 por ciento europea, un 25 por ciento africana y un 23 por ciento amerindia, en este caso taíno”.
Para determinar el porcentaje de mezcla de la población puertorriqueña, se tomaron 642 muestras de 28 municipios de la Isla. Los instrumentos que utilizaron para la investigación son llamados Ancestry Informative Markers (AIM) que sirven para localizar una sección específica del ADN (Pérez 2009).

Sabemos que los afropuertorriqueños están marginados y en desventaja económica por el lastre de la esclavitud. También sabemos que el color de piel como fracción diminuta del genoma, no se puede asociar a otras cualidades de actitud o aptitud, así que con la investigación del Dr. Vía lo que se está diciendo básicamente es que los afropuertorriqueños son más pobres que los descendientes de europeos porque no han podido salir de la pobreza que implica ser descendientes de esclavos. Se dice también que la cantidad de herencia africana que se tenga a nivel genotípico tras las mezclas, está relacionado básicamente con el éxito socioeconómico de los puertorriqueños en general y no solo con los de piel oscura.

Aquí insistimos en repetir, para que no quepa duda, que el dato no deja de ser censal porque la pobreza se hereda con el color de piel y es consecuencia de la esclavitud negra y la dificultad que implica salir del círculo vicioso que crea el estigma del color. Sin embargo, y con trabajos como el señalado, sería posible reconocer la magnitud del racismo como problema social y de identidad en Puerto Rico, cuando se puede relacionar sin disputa que los descendientes de esclavos negros están socioeconómicamente por debajo de los descendientes de blancos hasta el día de hoy.

Con la aplicación del conocimiento conseguido por los adelantos en la genética podemos, si queremos, dar prueba del efecto de las instituciones esclavistas en la Cultura y desarrollar las tan necesarias respuestas de compensación social, por mencionar solo una de sus aplicaciones directas. Por eso entendemos que cuando se niegan las diferencias sociales e históricas entre fenotipos raciales con el discurso de que todos somos iguales o de que todos tenemos raza negra, se está fomentando el racismo porque se perpetúa la desigualdad en lugar de superarla. La identidad puertorriqueña al invisibilizar o caricaturizar a los afrodescendientes y taínos en su discurso, están invisibilizando la historia de violencia tras el color de piel y la explotación que los aculturó y los formó a la fuerza como raza.

Por dar un ejemplo, fue gracias a que se probó (tras sangrientas luchas políticas) la existencia del racismo institucional en EE.UU., que se implementaron sistemas de reparación como lo son las políticas de “affirmative action”. Mientras neguemos nuestra constitución genética como prueba histórica de la violencia y las implicaciones socioeconómicas que de ella se desprenden, no podremos empezar a remediar la desigualdad que crea tanto su interpretación del pasado como su propuesta de futuro.

De otro lado, si tomáramos la herencia taína como inicio de nuestro acercamiento a la caracterización de la cultura puertorriqueña y desde la prueba que presenta Juan Carlos Martínez Cruzado con la investigación en la que participó junto a otros 20 especialistas, así como otras que dirigió, buscando definir los componentes genéticos de los pobladores del Caribe, podríamos empezar a reconocer las nuevas posibilidades de investigación que trae el tema de la genética y todo lo que de eso se podría desprender culturalmente.
By making use of genomic data we characterize ancestral components of Caribbean population on a sub continental level an unveil fine scale patterns of population structure distinguishing insular from mainland Caribbean population as well as in other Hispanic/Latino groups (Moreno-Estrada A 2013).

Hoy por aportaciones como las de Martínez Cruzado y sus colegas se sabe, entre otros detalles, que los pobladores de las islas del Caribe tienen diferentes trayectorias históricas porque, entre otras cosas, tenemos herencias genéticas diferentes, incluso desde nuestros ancestros indígenas, lo que equivale a pasados distintos de una isla a otra. Estas diferencias tienen consecuencias en la cultura entre otras cosas, porque no es lo mismo heredar la organización genética y neurológica, de un miembro de una sociedad de cazadores y recolectores que el de una sociedad de agricultores o el de un sociedad militarizada (Diamond 1999) (Bloom 2000).

Si bien las muestras de material genético nuclear, revelan que en promedio hasta el 23% de la población puertorriqueña podría tener una constitución genética en donde domine la herencia taína, también se ha llegado a reconocer con investigaciones de ADN mitocondrial que alrededor del 60% de la población tuvo una mujer taína entre sus ancestros. Esto de partida rompe con los esquemas históricos dominantes, que descartaban la influencia indígena en Puerto Rico porque se declaraba exterminada ya para principios del siglo 16. Aún así se insiste en que la desaparición de los taínos como sociedad los hace irrelevantes al momento de caracterizar nuestra identidad porque todavía se piensa que la historia de los cuerpos no afecta la creación de la cultura.

[…] roughly 60% of Puerto Ricans carry maternal lineages of Native American origin. Native American ancestry, higher than nearly any other Caribbean island, originated from groups migrating to Puerto Rico from both South and Central America. Analysis of the Y Chromosome DNA found that no Puerto Rican men (0%) carried indigenous paternal lineages, while more than 80% were West Eurasian (or European) […] (Villar n.d.).

El Dr. Jesús Martínez Cruzado tras estudiar una muestra de 800 puertorriqueños y puertorriqueñas señala.

De los 800 participantes, 489 (61.1%) tuvieron ADNmt [ADN mitocondrial] de origen indígena, 211 (26.4%) lo tuvieron de origen africano al sur del Sahara y exactamente 100 (12.5%) lo tuvieron de origen caucásico (Cruzado 2002). ((Disponible en: http://www.kacike.org/MartinezEspanol.pdf [Fecha del acceso: 25 abril 2014].))

Si comparamos estos resultados con los que se hicieron en la República Dominicana, por ejemplo, veremos diferencias significativas:

El 15% de los dominicanos en la actualidad tiene genes taínos que no se encuentran en ningún otro lugar, según las conclusiones de una investigación iniciada en el 2006 que determinó también que otro 15% conserva rasgos genéticos euroasiáticos y que el grueso de la población dominicana, el 70% restante, tiene ADN de origen africano (Valdivia 2010). ((Disponible en http://www.listindiario.com/la-republica/2010/6/17/146622/Estudio-determina-que-hay-genes-tainos-en-15-de-los-dominicanos [Fecha del acceso: 10 abril 2014].))

A Cuba la define principalmente el resultado de la mezcla entre europeos y africanos, pero cuenta con individuos que son hasta un 85% caucásicos, al mismo tiempo que tiene personas con hasta un 92% de sus genes originales en África. La mezcla entre europeos y africanos constituye la gran mayoría de la población pero al mismo tiempo, y según las investigaciones revisadas, podría ser de las tres islas citadas la que cuenta con el menor contenido de herencia genética indígena.

Contrario a Cuba, tanto a Dominicana como a Puerto Rico se le identifica una importante raíz amerindia. No obstante, los indígenas ancestros de los dominicanos no son genéticamente hablando los mismos antepasados indígenas de los puertorriqueños. Los pobladores de cada país son diferentes unos de otros en términos biológicos y si bien no podemos calcular todo lo que eso implique, sí sabemos que la historia tiene efectos en las constituciones de los cuerpos porque se construyen con la trayectoria que dibujan por el espacio y el tiempo. Por lo tanto, entendemos que no se pueden ignorar las diferencias genéticas, como no se podría ignorar la topografía, la hidrografía, la flora y la fauna, al momento de caracterizar una cultura. Tras identificar el origen de nuestros ancestros y conociendo el peso que tiene en el perfil de los humanos su herencia biológica objetiva y subjetivamente hablando podríamos efectivamente empezar a aceptar que lo menos que nos debemos como sociedad sería buscar definirnos dándole una renovación a la manera en que se ha construido la idea de lo taíno y extendiendo las influencias de nuestra herencia africana.  ((Nos sentimos en la obligación de mencionar, como José Lee Borges, que la cultura puertorriqueña desde el siglo XIX le debe mucho a los chinos, como se lo debe la cultura cubana también. No obstante, si bien existen casos documentados de puertorriqueños de ascendencia asiática no conocemos de la data a nivel Isla. Ni de elementos culturales generalizados fruto de su práctica social.))

Una sociedad puertorriqueña consciente de que su composición genética está más asociada con la cultura indígena y africana de lo que pensaba descubriría como parte de su identidad y su perfil una historia marcada por la violencia y la explotación porque, de un lado, los taínos fueron barridos con actos genocidas mientras del otro, los africanos fueron secuestrados y esclavizados para construir lo que hoy somos. En Puerto Rico hemos escrito nuestra historia desde Europa mayormente, cuando sin dudas nos describiría igualmente el Caribe tropical y precolombino, Sur América y África si entendiéramos que nuestros cuerpos interactuando entre sí y con el resto de sus circunstancias construyen la cultura.

Amado Martínez Lebrón
Es mitad boricua y mitad quisqueyano, esto significa que su madre es del barrio Montones de Las Piedras; y su padre de Santiago de los Caballeros. Es retoño del archipiélago de Puerto Rico, pero es producto de todo el globo terráqueo. Nació en Santurce, 1973, y es cangrejero por costumbre de diario. Se crió en Country Club, como cualquier hijo de empleado del gobierno, y se graduó de la UHS en el 1991. Fue siempre alumno problemático, fichado por nombre y número de estudiante en los departamentos. No obstante, se concentró en ser insoportable en los de Filosofía e Historia, en la UPR Recinto de Mayagüez, y también en el de Río Piedras. Es empresario, promotor, artista conceptual, performático y plástico, además de productor de cine publicitario. Pero en el fondo estaría muerto sin la letra, porque es lo único que sabe dibujar desde adentro y por instinto: lo de artista lo hace por vicio. Fue candidato independiente a la Alcaldía de San Juan en las elecciones del 2012 y actualmente se dedica a buscar que las iglesias paguen impuestos con la campaña de "Dios le debe a Hacienda".