Para Eugenio y Guillermo.
Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal.
–Marcel Proust
[dc]U[/dc]na mañana de octubre de 2004, detenido en el semáforo del puente sobre el Expreso Las Américas frente a la entrada al Centro Médico, en espera por la luz verde miro con desgano el largo islote de cemento a mi izquierda. Descubro con asombro que el islote está atravesado por un hermoso patrón de diseño. No acierto a descubrir cómo está ejecutado este patrón; por lo exacto de su aplicación sobre el cemento, se me ocurre que está pintado con aerosol y plantillas; si este es el caso, el trabajo debe haber sido mucho y las latas de aerosol demasiadas. En lo que miro y miro para intentar descubrir el material pictórico, cambia la luz del semáforo y acelero desconcertado hacia otro día de trabajo.
La visión de ese patrón geométrico sobre el cemento me acompaña todo el trayecto. Cómo llegó aquello allí. Presumo que no es una labor realizada por el gobierno y me asalta este pensamiento, el por qué presumo tan fácilmente que de ningún modo es obra de gobierno. Concluyo que no puede ser labor del gobierno porque no llama la atención sobre sí mismo, no hace ningún esfuerzo por señalarse, y ciertamente no lo acompaña ese letrero—tan grosero—de “your 1 cent sales tax at work”. Es un patrón geométrico que está allí como puede estar allí cualquier otra cosa, o ninguna.
El patrón geométrico sobre el cemento recuerda los pisos de losetas hidráulicas, aquellas que lucían las casas en el Puerto Rico de mi niñez. La visión de este patrón me transporta, primero, a la casa de mi abuela en Fajardo, después a las casas de mis tías abuelas en varios lugares de la isla, pero también a la oficina de mi dentista en la Calle Loíza, y a las casas en abandono que hoy vemos en todo el país. Este inesperado ataque de nostalgia me hace pensar en esa desaparecida industria de losas nativas, tan hermosas, en la gracia de esos pisos que en mi niñez observaba obsesivamente, porque me fascinaba el modo en que una misma loseta, repetida cuatro veces, se combinaba para crear un patrón completo. Entrenamiento visual de un niño que intentaba descifrar cómo se lograba tal diseño —sin todavía conocer la palabra “diseño”— y que décadas después se preguntaría a dónde fue a parar ese deseo de vivir sobre coloridas tracerías que teníamos los puertorriqueños.
La visión primera de ese patrón geométrico sobre el cemento crece en los días subsiguientes; esperar el demasiado lento cambio del semáforo ahora me produce placer; sorprendido me descubro sonriente en la espera, alimentado por el pensamiento de que “alguien” (pero, ¿quién?, pienso que definitivamente jóvenes) hizo ese trabajo clandestinamente, como debe ser. Mi cotidianidad ahora alterada, aumenta el goce al considerar lo indiferente del diseño, diseño que no representa nada, no dice nada, no pide nada, sólo está ahí, en espera de que transitemos por placenteros senderos de prismas y volutas, para deleitarnos la jornada con la insospechada exhibición de una belleza gratuita, desinteresada.
Pondero también la ilimitada capacidad transformadora de la geometría, esa ciencia que nos acompaña desde tiempos inmemorables, portadora de una belleza que en ocasiones se desdeña en el arte porque, supuestamente, es incapaz de participar en nuestros debates sobre la política, de manera equívoca condenada al mundo de lo decorativo, lo ornamental, lo superfluo. Admiro la ingeniosidad de esa alquimia que transmuta el sucio citadino en belleza. Insisto en preguntarme cómo y cuándo llegó ese primoroso diseño a esa desabrida isleta de cemento; sobre todo me pregunto quién tuvo ese espíritu tan generoso hacia la comunidad, quién nos hizo ese regalo sin esperar nuestro agradecimiento o nuestro reconocimiento, quién, en el principio, pudo imaginar el regalo, imaginar la posibilidad de una ciudad en la cual sus transeúntes pisan sobre refinados diseños pensados para espacios domésticos, ahora hechos públicos.
Días después del descubrimiento, me entero por la prensa de que se trata de una obra de Rafael Trelles, grabada en el cemento utilizando agua a presión sobre plantillas colocadas sobre el hollín citadino. (Hecho por un artista, arte pues.) Y días después me entero por la prensa de que el alcalde de San Juan, declarada su guerra santa contra sus posibles críticos, ha enviado una brigada de limpieza para exterminar los diseños, en unas horas completamente borrados con la misma herramienta, agua a presión, con que en unas horas fueron creados.
Detenido en el semáforo del puente sobre el Expreso Las Américas, frente a la entrada al Centro Médico, observo el cemento —sucio— del islote y pienso en nuestra nación, en nuestra privilegiada historia de creatividad fecunda siempre enfrentada a la mezquindad de los que no se pueden imaginar libres. Pienso en una nación, la mía, que contra toda represión, toda negación, insiste en existir. Luz verde, pensamiento inundado de festivos arabescos, acelero sonriente hacia el trabajo.
