At Eternity’s Gate: ¿de dónde emerge la originalidad?

[dropcap]U[/dropcap]n poco más de dos horas después de haber visto esta película, fui a la presentación de un libro. En la tablilla que estaba detrás del atril, un libro se destacaba: Lust for Life. Publicado por primera vez en 1934, escrito por Irving Stone, fue adaptado al cine en 1956. Dirigidoa por Vincente Minnelli, la cinta recibió buena crítica, particularmente por sus actuaciones —Anthony Quinn (Paul Gauguin), obtuvo el Oscar como mejor actor de reparto, y Kirk Douglas (Vincent Van Gogh) fue nominado para mejor actor—, pero no fue un éxito de taquilla. Que haya visto, está también “Vincent and Theo” (1990) dirigida por el gran Robert Altman, pero la recuerdo muy poco. Ambos filmes tienen en común la vida de Van Gogh en Arles y su amistad tormentosa con Paul Gauguin. También comparten, dentro de los mitos de Van Gogh, que el pintor holandés se suicidó.

El filme que nos ocupa, propone otra causa de su muerte. También concentra su atención, no solo en las experiencias de Van Gogh (Willem Dafoe) en Paris y en Arles, sino en Auvers-sur-Oise, un suburbio al noreste de Paris, donde el pintor de “Girasoles” y de “Noche Estrellada” (entre más de 2000 cuadros), pasó sus últimos días. Escrita por Jean-Claude Carrier, el guionista favorito de Buñuel, con la ayuda de Louise Kugelberg y el director Julian Schnabel, la cinta es una interpretación aguda de lo que mueve al artista hacia su arte, y sobre algunos de los factores incontrolables que ejercen fuerza sobre la originalidad de su obra.

Mucho en el filme emana de la concepción que tiene el director Schnabel del acto creativo. Pintor lo suficientemente destacado para que sus cuadros cuelguen en muchos de los museos más importantes del mundo, y con la seguridad económica que Van Gogh jamás hubiera soñado tener, Schnabel anteriormente  ha dirigido lo que hoy día se conoce como “películas de arte.” Destaco dos que enfocan también la creatividad y la originalidad: una, “Basquiat” (1996), sobre el artista homónimo del neo-expresionismo (como Schnabel); la otra “Before Night Falls” (2000) basada en la autobiografía del escritor cubano Reinaldo Arenas. Es importante que el artífice mayor del filme tenga ese interés en el proceso creativo, porque es lo que se presenta en los diálogos entre Van Gogh y Gauguin (Oscar Issac). El deseo impulsivo del holandés de pintar al aire libre, para poder capturar la luz que deseaba reflejar en sus paisajes, se capta en sus discusiones con su colega y nos explican parte de por qué sus cuadros son como son. Sin embargo, la escena más interesante sobre el tema de cómo se adquiere y quién otorga talento y originalidad, se desarrolla entre “el cura” (el siempre interesante Mads Mikklesen) y Van Gogh, en el último asilo en el que estuvo internado el pintor. Tratando de determinar si el hombre está loco, el párroco se da cuenta que la camisa de fuerza que siempre ha vestido su interlocutor ha sido impuesta por su talento. Ese talento se lo ha otorgado “dios” y se manifiesta en cuadros que nadie comprende y que “el cura” (y otros) consideran feos, horribles, “con demasiada pintura”. En otras palabras, demasiado originales para que se entiendan y aprecien rápidamente.

La cinematografía de Benoît Delhomme (su trabajo más reciente es “Free State of Jones”; 2016) reinterpreta algunos de los movimientos pictóricos de la época, particularmente el impresionismo. Es curioso que, en muchas tomas, en particular algunas en que las imágenes están superpuestas o intencionalmente distorsionadas o difusas, el cinematógrafo y el director, nos dan —correctamente— la influencia que han de tener, tanto Van Gogh como Gauguin, sobre el expresionismo, y sobre las modificaciones que eventualmente introdujeron puntillistas, cubistas y surrealistas.

A veces el filme es tan lento que a uno le parece estar detenido ante un cuadro en un museo. Es, por supuesto, la intensión del pintor que dirigió la película. Muchos, tal vez, lo encuentren engorroso. Sin embargo, esa intensidad que se requiere para concentrarse en la imagen en movimiento (a veces lo único que se mueve es la hierba, o el trigo, acariciada por el viento), no es nada cuando se compara con la que hay que invocar para enfrentarse a un cuadro de Van Gogh.

El amor fraternal entre Theo (Rupert Friend) y Vincent es tiernamente representado por los dos actores que los representan con delicadeza y sin sentimentalismos, lo que es un acierto de los guionistas. Uno se pregunta qué hace Willem Dafoe, que tiene 63 años, representando al joven Vincent que tenía 37 cuando murió.  Ha sido común que actores jóvenes representen a viejos (con maquillaje). Pero Schnabel, cuya técnica plástica era pintar sobre platos rotos de cerámica, ha subvertido ese orden sin pestañear y, curiosamente, cuando Dafoe está cerca de Gauguin (Issac tiene 39 años) no pensamos en esa diferencia cronológica. Lo que vemos es la actuación maravillosa, y eso, como si fuera en el teatro, donde estamos alejados de la edad del actor mujer u hombre), ajusta cualquier paradoja numérica. La supuesta locura (los diagnósticos imaginados, constituyen una larga lista especulativa) del pintor la presenta el actor como una serie de variantes de expresión que nos dejan la duda del origen de sus males. ¿Son biológicos o psicológicos?,  y él nos convencen de que, como era el caso con su arte, Vincent era un paria, fundamentalmente incomprendido.

Una escena magnífica desarrolla la maravilla que resulta, para unos niños que han salido al campo con su maestra, ver a un ¡pintor! Lo dicen como lo diría hoy día un grupo de adolescentes que se topa con un cantante de regatón, o de rap, a quien admiran. Pero las buenas intenciones no siempre desembocan en algo placentero. La escena es una clave, como lo es el final del filme y el supuesto suicidio de Van Gogh, para que se cuestionen parte de sus mitos. En todos estos momentos, Dafoe le infunde a las escenas la ambivalencia que es necesaria para tratar de comenzar a pensar en qué veía, en su cerebro, el hombre que representó “el mundo” como nadie lo había visto antes. El filme es un himno al misterio del talento, la originalidad y la creatividad.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).