Capernaum: miseria y pobreza

[dropcap]E[/dropcap]s definitivamente el año de la familia atribulada. Hemos visto la mexicana (“Roma”) y la japonesa (“Shoplifters”). Este filme superlativo nos presenta la de una familia libanesa que está a punto de desintegrarse porque su situación económica es desesperante y caótica. Escrita y dirigida por la libanesa Nadine Labaki, la película es una denuncia contra las consecuencias de la guerra, el desplazamiento, la pobreza y el egoísmo de los adultos en su poder sobre los niños. La directora ha conseguido que un niño de 12 años y un bebé de 2 rindan dos actuaciones que nos conmueven y nos causan angustia al mismo tiempo que nos impulsa a la comprensión y la ternura.

Conocemos primero a Zain (Zain Al Rafeea) en una corte, a donde acude esposado porque está en la cárcel: ha apuñalado a un hombre. En un largo flashback vemos por qué ese es el caso y cómo Zain ha tenido que confrontar las situaciones extremas por las que atraviesa su familia numerosa y pobre. Presenciamos cómo los hijos del matrimonio que ha engendrado a Zain logran conectar sus deseos con la realidad, y que su precariedad económica no ha evitado que continúen teniendo hijos. Ese, un tema subyacente e importante en la cinta, pasa eventualmente a primer plano porque es la razón que ha impulsado a Zain a llevar s sus padres a corte: Ha demandado a sus padres por haberlo traído al mundo.

Vamos viendo cómo la familia se sostiene y las peripecias que llevan a cabo para sobrevivir. Zain trabaja muy duro y tiene un sentido intenso de que el trabajo es una forma de explotación que usan los más poderosos para controlar a los niños y a los desaventajados. A pesar de su edad, su intuición le permite distinguir las cosas que son pillerías por necesidad (es “shoplifters” de chucherías y de comida basura) de la maldad que se esconde en los corazones de explotadores y abusadores. Acercamientos de naturaleza sexual son rechazados por él sin ambages, y su vocabulario callejero no deja dudas cuando se siente incómodo o molesto por las proposiciones que surgen a su paso.

A pesar de la situación y su juventud, Zain es capaz de asumir responsabilidades que se le harían más difíciles a personas de más edad, y termina cuidando al infante Yonas (el genial dos añero Boluwatife Treasure Bankole) y mostrando su capacidad para contrarrestar las situaciones más complejas e hirientes que un preadolescente puede enfrentar.

Hay tomas de los lugares donde transcurre la acción que muestran la pobreza y la carencia de un lugar como el Líbano, que son un logro del realismo social que hemos visto anteriormente en filmes como “Los Olvidados” (1950) y “Slumdog Millionaire” (2008). A la primera le debe bastante la puesta en escena y la cinematografía de Christopher Aoun que, aunque en colores, capta las situaciones extremas que la falta de medios económicos ejerce sobre los desafortunados. Sin frotarnos la nariz en el pozo de aguas residuales, sabemos que los personajes no están muy lejos de esa situación extrema.

El trabajo de Zain Al Rafeea como el personaje central es una maravilla de entendimiento y comprensión de lo que está representando. Un chico hermoso de doce años que comanda su espacio cinemático con soltura, cierta inocencia y, al mismo tiempo, con gravedad, el joven actor nos lleva de la mano sin titubear en cómo se relaciona con los actores adultos y con los muchos chicos más o menos de su edad. Sus escenas con el dos añero que ya he mencionado son un ejemplo supremo de la paciencia y la habilidad de la directora en conseguir que ambos respondan al momento con la gracia de la espontaneidad que hace las escenas tan fáciles de aceptar, como si se tratara de un documental.

Las prácticas culturales y sociales (muchas deleznables) de otros son traídas sin un enfoque directamente condenatorio por la cineasta. Más bien nos las presenta para que las consideremos en el contexto de cómo impactan al personaje principal y sus circunstancias.

Triste, sobrecogedora, optimista porque muestra que hay quienes, bajo las peores circunstancias, quieren hacer el bien, el filme es un logro artístico de primer orden.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).