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Cierta manera de andar

1 de diciembre de 2011 by Mari Mari Narváez 86 Comments

[dc]M[/dc]e gustaba ver a mi padre caminar. Era torpe con el movimiento, con las manos, con los pies. Pienso que tenía un cuerpo muy grande y se le salía levemente de control. Era un hombre físicamente pasivo, completamente mental. Y si tenía que usar el cuerpo como herramienta, digamos para algo con lo cual no estuviera habituado, algo que le supusiera algún desafío material aunque fuera ligeramente, se desesperaba, se apresuraba demasiado y terminaba teniendo algún accidente. Abrir un pomo de algo, por ejemplo. Para él, eso suponía actuar en un ámbito del mundo que apenas conocía; ubicarse en una tarea que lo dejaba al descubierto. Abría entonces el pomo bruscamente para culminar la misión con rapidez y evitar poner en evidencia esa pequeña y fútil incapacidad. Esto, sumado al temblor que siempre tuvo en las manos, culminaba muchas veces en contenidos de salsa completamente desparramados, en platos de comida con formas irreconocibles (revoltillo de pancakes, por ejemplo), en corchos rotos, en cristales despedazados en el piso.

Así mismo, si tenía que cruzar un charco, como no estaba muy seguro sobre su capacidad para brincarle por encima, o más bien le tenía una especie de fobia a hacer el ridículo, llamar la atención por la causa equivocada, avanzaba a cruzarlo tal cual, sin preámbulos ni análisis, por el mismo medio y pisando con la misma firmeza con que se pisa el suelo seco. Y, por supuesto, se llenaba de fango. Y luego asumía una actitud de total indiferencia a lo acontecido, restándole así todo el peso del absurdo, toda la importancia. Yo, que me arranco los pellejos de las uñas hasta verme la sangre, creo que en esos actos de ligera desesperación radicaba tal vez la única expresión de su ansiedad.

Ante su figura tan pública, tan manejada, a mí me gustaba conocer esos rasgos suyos tan pequeños. Como lo del andar. Sus pasos me parecían un poco cortos, inclinaba levemente los pies hacia fuera y eso siempre me pareció cómico porque, al mismo tiempo, se mantenía muy erguido pero siempre con esa reserva, siempre queriendo mirar a otra parte, siempre incómodo con la atención constante que recibía. Queriendo siempre, inútilmente, pasar desapercibido; sufriendo su violenta timidez.

Yo lo miraba y pensaba que caminaba como un pingüino. Pero también recuerdo que, cuando murió, quise hacerle un homenaje escrito pero clandestino, escribirle algo sin que nadie supiera que era sobre él. Entonces escribí sobre un tinglar. Porque si bien su caminar era como el de un pingüino, su cuerpo, pesado y lento, mas su recuerdo indeleble del lugar donde nació, eran exactamente los de un tinglar. Sí, mi padre fue una tortuga gigante, un creador de ejércitos humanos, un hombre leal, obsesionado con su lugar en el mundo.

Ahora, entre tanto que pienso, creo que en su andar se resumían sus cosas: una sencillez, una obstinación, un sacrificio, una manera de reírse de sí mismo, una fe aplastante.

Nunca lo vi sin ese brillo extraordinario en los ojos azules tan hermosos que tenía. Siempre tuvo buen humor pero, con los años, se reía más y más acerca de todo, hasta de las cosas más serias. No hacía un cuento sin atravesar un chiste, un comentario jocoso, sin reírse de sí mismo, de sus tragedias y aventuras.

Como cuando éramos pequeñitas mi hermanita Teresa y yo, y él salía a la calle con nosotras. Dondequiera que íbamos, la gente le decía: “Don Juan, paseando a las nietas, ah?” Él entonces se reía a carcajadas, como si fuera la primera vez que escuchaba ese comentario. Un poco nervioso, nos tomaba por los brazos y hombros como si, de repente, necesitáramos ayuda en la dirección de nuestros pasos; desplazando así la tensión de la atención.

“No, estas son mis nenas”, decía, y alguna vez añadió: “Es que la vida es larga y pasan muchas cosas”.

* Este texto es el borrador de un trabajo más amplio que está en proceso de escritura. Publicado originalmente en Claridad.

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Mari Mari Narváez
Mari Mari Narváez
Estudió Periodismo, Estudios latinoamericanos y tomó cursos doctorales en Historia con énfasis en Estudios de género en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Es columnista permanente en la sección Buscapié del diario El Nuevo Día y en Será otra cosa, sección del suplemento cultural En Rojo. Junto a otras tres columnistas literarias, ha publicado los libros Del desorden habitual de las cosas (Capicúa, 2015) y Fuera del quicio (Santillana, 2008). También es co-autora de Palabras en libertad: entrevistas a los ex-prisioneros políticos puertorriqueños (Editorial Claridad, 2000). Actualmente trabaja en la organización Espacios Abiertos, donde lidera varios proyectos que promueven la rendición de cuentas, la transparencia y el acceso a la información.
Posted in: Puerto Rico Tagged: Juan Mari Bras

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