Los docentes y la crisis en la Universidad

En días recientes, se ha intensificado el debate sobre el papel de los docentes en la crisis que vive la Universidad de Puerto Rico. Es ya mucha la tinta que ha corrido y la cantidad de teclas golpeadas en torno al tema. A riesgo de llover sobre mojado, me aventuro a lanzar unas breves reflexiones. Ya que algunos colegas lo han asumido como bandera y otros como anatema, me referiré al artículo de Carlos Pabón “Fungir como docentes” como medio de enfocar la exposición, aunque considero que el debate va más allá de ese y cualquier otro artículo específico. Para no tomar más espacio ni tiempo del necesario, resumo mis reflexiones en cuatro ideas, seguidas de algunos comentarios:

  1. No son posibles el “posicionamiento” y la acción autónomos de los docentes sin la organización autónoma. En su artículo, Carlos Pabón insiste en que el personal docente debe asumir una posición propia, autónoma, ante la crisis universitaria. La situación de los docentes no es igual a la de los estudiantes. No es igual a la del personal no docente. Su posición y sus exigencias no tienen, por tanto, que ser iguales a las de unos y otros. Su posición no puede “subsumirse” en las exigencias de los estudiantes o los no docentes. Con esta idea estoy totalmente de acuerdo. Es más, creo que sería difícil encontrar algún docente que difiera de esta apreciación. Lo que yo añadiría a esta apreciación, la cual —repito— comparto plenamente, es que no podemos articular una posición, unas exigencias o unas acciones autónomas sin reuniones del personal docente, sin discusión y aprobación en dichas reuniones de pliegos de peticiones, propuestas de cambio y otros documentos que representen el sentir aprobado por una mayoría; y sin una estructura que nos permita dar a conocer y difundir esas exigencias, así como recabar apoyo para estas, y que nos mantenga informados sobre el avance o retroceso de nuestras exigencias autónomas. En fin, no puede concretarse una posición y una acción autónomas si no creamos una organización autónoma. ¿Vamos a crear los docentes una organización autónoma; un sindicato, una asociación, una hermandad (el nombre es lo de menos) de los docentes? Esa es la pregunta concreta que me preocupa, no la idea general de que necesitamos una posición autónoma, con la cual todos y todas estamos de acuerdo. Es curioso que este llamado a la posición autónoma de los docentes se acompañe de un furioso ataque contra la APPU, a la cual pertenezco. Parecería que la APPU tan solo se dedica a apoyar las exigencias estudiantiles. Parecería que tan solo se activa cuando hay paros o huelgas estudiantiles. Parecería que la APPU no existió ni dijo ni hizo nada entre 2005, año de la denominada huelga del CUCA, y 2010.  La realidad es que durante la mayor parte del tiempo, la APPU, es decir, los docentes que sin paga ni licencias sindicales se dedican a tratar de levantarla, ha elaborado posiciones, pliegos de peticiones y propuestas sobre los diversos temas que tocan específica y particularmente al personal docente. ¿Por qué pensar que apoyar las causas justas de otros conlleva abandonar las exigencias propias? ¿Por qué pensar que apoyar la resistencia a la cuota de estabilización conlleva abandonar las exigencias docentes? ¿O será que se piensa que los docentes debemos apoyar la cuota de estabilización?  En ese caso, que se debata ese punto concreto y no se le subsuma en la defensa general de la posición autónoma con la cual todos estamos de acuerdo. Pero mi punto, subrayo, no es hacer aquí la defensa de la APPU, a pesar de que su labor es a menudo caricaturizada. Mi punto es que no es posible la posición autónoma de los docentes sin la organización autónoma de los docentes: si la APPU no sirve, entonces necesitamos otra. Atacar la APPU sin construir otra organización más amplia y efectiva es intentar desarticular la organización existente sin crear nada más amplio ni más efectivo. Es convertir el llamado a la posición autónoma, que nadie objeta, en una frase vacía.
  2. Para proteger y mejorar las condiciones de realización de la labor docente, no basta con la labor docente. En su muy alabado y muy criticado escrito, Pabón indica que son muchos los temas que debemos atender como sector docente, como por ejemplo: la eliminación de los profesores por contrato, la congelación de plazas y de ascensos, la eliminación de sabáticas y descargas, la reducción de ofrecimientos académicos y “la degradación de nuestras condiciones de enseñanza y de investigación”. De más está decir que estoy de acuerdo con la necesidad de atender estos problemas. Yo añadiría otros, pero no es cuestión de hacer ahora un catálogo de temas y exigencias. De nuevo resulta curioso que se afirme la importancia de estos temas y a la vez se barra el piso con la APPU. ¿No son acaso estos los temas que la APPU ha denunciado desde hace años? ¿No es la situación de los docentes sin plaza un tema al que dedicó una campaña especial que exigía, por ejemplo, que se les extendieran los beneficios del plan médico? ¿No son los temas que indica Pabón parte del pliego de peticiones que se le sometió a Presidencia? Lo que sí me interesa añadir es que, para detener la creciente “degradación de nuestras condiciones de enseñanza y de investigación”, no basta con realizar puntualmente nuestra labor docente. Espero que, por decir esto, nadie me vaya a acusar de despreciar la labor en el salón de clases o la investigación o el trabajo intelectual. Aprecio todo eso como el que más. Me siento muy afortunado de ser investigador universitario, de poder dedicarme a estudiar temas que me apasionan y poder compartir con estudiantes y colegas. Pero no se me ocurre pensar que simple y únicamente realizando mi labor docente-investigativa puedo o podemos detener la “degradación” del trabajo docente-investigativo. Para eso, tengo que salir del salón de clases y de la biblioteca, que tanto aprecio, con el objetivo de hacer saber a la gerencia universitaria o a los funcionarios del Estado pertinentes mi molestia, mi rechazo y mi oposición a las medidas que están tomando y que conllevan una “degradación de nuestras condiciones de enseñanza y de investigación”. Y, ¿qué hacer si, a pesar de mis… o suponiendo que, como indiqué en el apartado anterior, actuamos organizadamente: qué hacer si, a pesar de nuestras expresiones de rechazo, de repudio y de oposición, se insiste en implementar dichas medidas? ¿Acaso podemos renunciar al arma del cese de labores, de la paralización de la institución, es decir, para hablar claro, al arma del paro y de la huelga como forma de resistencia a medidas que degradan nuestras condiciones de enseñanza e investigación? Por supuesto, si cuando formulemos nuestras exigencias autónomas para que se repongan a los profesores por contrato (o, mejor, se les otorguen plazas) o se reanuden los ascensos y las sabáticas o se revoquen las medidas que degradan nuestras condiciones de trabajo, repito, si cuando hagamos estas peticiones, la gerencia universitaria responde positivamente, entonces, ni la protesta, ni la marcha, ni el piquete, ni el cese de labores, ni el paro, ni la huelga serán necesarios. Pero temo que la respuesta a nuestras exigencias no será positiva. En ese caso, renunciar a las formas de resistencia, fuera del aula, fuera de la biblioteca, fuera del laboratorio, renunciar a incluso paralizar las labores docentes (por medio de huelgas, paros, sit-ins, walk-outs, etc.) no es otra cosa que resignarnos al avance de “la degradación de las condiciones de enseñanza e investigación”. Es convertir, una vez más, la oposición a esa degradación en una frase, tan correcta como carente de impacto práctico.
  3. Para defender la universidad a la que aspiramos, no basta con ocupar los espacios institucionales. En su escrito, Pabón nos invita a que ocupemos “el lugar que nos corresponde en cada uno de los organismos deliberativos para desde ahí incidir directamente y redirigir el rumbo que está llevando la Universidad. Hay que exigirle a las autoridades universitarias y al gobierno que cualquier reforma y reestructuración tiene que ser iniciada desde las bases de la propia comunidad universitaria y mediante la participación de todos los sectores que la conformamos”. Empiezo por lo mismo que en apartados anteriores: no me opongo. De hecho, no creo que haya alguien que se oponga a que los docentes ocupemos todos los lugares que nos correspondan en las estructuras universitarias. Tampoco me opongo —y no creo que haya docente alguno que se oponga— a “exigir” que la anunciada reforma universitaria surja de la comunidad universitaria misma y no venga impuesta desde arriba por un comité como el que el gobernador Fortuño acaba de nombrar. La experiencia me dice, sin embargo, que las “exigencias” docentes, aprobadas con lenguaje enérgico en reuniones de departamento, de Facultad, del claustro, del Senado Académico, así como las propuestas en la Junta Universitaria o la Junta de Síndicos por representantes docentes, en muchos casos son feliz y tranquilamente desatendidas por la gerencia universitaria, para no hablar del gobierno central. Supongamos que “exigimos” todo lo que Pabón indica y que la “exigencia” es ignorada. ¿Qué hacer? ¿Exigir de nuevo? ¿Aprobar otra resolución? ¿Cuántas resoluciones sobre lo mismo vamos a redactar? ¿No llega acaso el momento en que hay que acompañar la exigencia con algo más que la formulación de la exigencia? Para eso hará falta lo que ya dije en los dos apartados anteriores: hará falta organización y movilización, y, en algunos casos, paralización de la labor docente y, con ello, posposición de las reuniones de los órganos deliberativos institucionales. Sin eso, no habrá nada que oponer a la sordera y la terquedad de las autoridades, y, de nuevo, estaríamos convirtiendo la exigencia de una reforma universitaria desde la universidad en una serie de resoluciones, tan admirables y bien articuladas como impotentes. Insisto que no estoy negando la importancia de esos foros: estoy señalando sus límites.
  4. Para subvertir lo establecido, no basta con cuestionar lo establecido. En su artículo, Pabón nos recuerda que “la actividad de pensar, como afirma Hannah Arendt, es subversiva pues siempre cuestiona lo establecido”. Soy partidario de cuestionar “lo establecido” (incluidos, dicho sea de paso, muchos dogmas de la vieja izquierda). Considero igualmente que el salón de clases es un espacio idóneo para cultivar el pensamiento crítico y el cuestionamiento de “lo establecido”. Lo único que añadiría a esta consideración es que el “cuestionamiento”, por subversivo que sea, no basta para subvertir “lo establecido”. Que nadie piense que estoy dudando de la importancia del cuestionamiento, del análisis, de la reflexión crítica sobre “lo establecido”. Podemos y, más aún, debemos “cuestionar” lo establecido, pero lo único que subrayo es que, si nos quedamos ahí, si no acompañamos el cuestionamiento “subversivo” con la acción subversiva, lo “establecido” seguirá reproduciéndose independientemente de nuestro “cuestionamiento”. Y la acción subversiva por naturaleza altera el orden de “lo establecido”, interrumpe el curso normal de “lo establecido”, trastoca los calendarios de “lo establecido”, desarticula los planes que se prepararon contando con el flujo normal de “lo establecido”. No estoy diciendo que en todo momento debemos estar convocando alguna acción de protesta o resistencia. Pero sí estoy diciendo que fomentar el pensamiento “subversivo” que cuestiona “lo establecido” y luego repudiar toda acción que detenga el curso normal de la docencia es como poner el pan a hacerse y luego rehusarse a sacarlo del horno cuando está listo.

El punto, en resumen, no es si los docentes debemos articular una posición autónoma, o si debemos formular exigencias referidas a nuestra situación concreta, o si debemos exigir una reforma universitaria elaborada desde la universidad, o si debemos cuestionar subversivamente “lo establecido”. En todo eso estamos de acuerdo. Al menos yo estoy de acuerdo. La pregunta es si la posición autónoma se debe encarnar en una organización autónoma. La pregunta es si nuestras exigencias sobre las condiciones de trabajo y sobre la organización de la universidad se deben acompañar de acciones de movilización fuera del aula y la biblioteca, que obliguen a la gerencia universitaria a tomar aquellas exigencias en cuenta. La pregunta, si se quiere ser más radical, es si el “cuestionamiento” subversivo se acompaña con la acción subversiva. A mi modo de ver, hablar de posición autónoma, de agenda propia, de exigencias universitarias y de “cuestionamientos de lo establecido”, sin hablar de organización y de acción, incluidos los paros y las huelgas, corre el peligro serio de reducir lo primero a una forma de resignación. Decir, como argumento contra paros y huelgas, que la llamada “ingobernabilidad” de la UPR, es decir, las protestas que alteran la “normalidad” institucional tan solo dan legitimidad al poder para implementar sus planes me parece que es otra fórmula para la resignación: si nos apegamos a la normalidad, el poder ciertamente no podrá invocar el desorden para reprimirnos, pero tampoco tendrá la necesidad de hacerlo, pues le habremos dado mano libre para implementar su agenda. Decía Adorno que el que no quiera hablar del capitalismo mejor no hable de fascismo. Parafraseando, diría yo que el que no quiera hablar de paros, huelgas y protestas mejor no hable de “exigencias” al Gobierno actual.

Sospecho que parte de estas ideas pueden, a primera vista, ser un poco antipáticas. La realidad es que nos recuerdan algunas cosas, que a nosotros y nosotras los docentes universitarios, como enamorados de nuestra labor, a veces se nos hace difícil aceptar.

En primer lugar, estas ideas nos recuerdan que el aula y la docencia son espacios que albergan experiencias extraordinarias, pero que tienen un alcance limitado: lejos, muy lejos, están de ser suficientes para responder a la aplanadora de un Gobierno decidido a enfrentar la crisis económica y fiscal a costa nuestra. Para enfrentar eso, es necesario que, además de docentes, también seamos activistas, sindicalistas y hasta huelguistas.

En segundo lugar, estas apreciaciones nos recuerdan que el mundo no está organizado como un salón de clases. En nuestras aulas aspiramos a un flujo libre de ideas, a un diálogo abierto de opiniones y posiciones opuestas y a un respeto por las posiciones del otro, entre otras cosas. Aspiramos a superar malentendidos y prejuicios. Pero aquí nos topamos con el hecho de que el enfrentamiento entre el Gobierno que retira fondos y la Universidad (al igual que muchos otros enfrentamientos en la sociedad capitalista) no es resultado de malentendidos que podamos disipar con un diálogo sincero, no se trata de una “conflictividad” que resulta de la falta de “reflexión” o de falta de voluntad de diálogo o de consenso. Se trata más bien de que la “conflictividad” está inscrita, objetivamente, en la estructura misma, en el funcionamiento interno, de la sociedad capitalista. El capital en crisis y los estados que lo representan responden a dicha crisis con ataques a las conquistas existentes de los asalariados (salarios, beneficios llamados marginales, despidos, reducción y encarecimiento de servicios públicos). Esto sólo puede detenerse con una acción colectiva de los afectados: aquí no estamos ya en la dinámica del debate en el aula, sino en la resistencia por obligar a un poder político y económico a desistir de un ataque a nuestras condiciones de vida y trabajo. Aquí estamos ante un enfrentamiento en que no sólo cuentan los argumentos y las ideas, sino la capacidad de organización y de movilización.

(Sobre el tema de las crisis capitalistas remito al lector interesado a mí artículo «Back to Basics» en 80grados)

En tercer lugar, todo esto nos recuerda, por lo mismo, que la universidad, con todas sus particularidades, no está exenta de las tensiones, los conflictos y las contradicciones que marcan al resto de la sociedad capitalista; que no está exenta de las medidas con que el capital pretende solucionar su crisis; ni puede prescindir de las formas de resistencia (el sindicato, el paro, la huelga, etc.) que las víctimas de esas soluciones tienen para intentar detenerlas o revertirlas.

Mi apoyo a la lucha contra la cuota no se debe a que siempre apoye todas las exigencias o acciones del movimiento estudiantil. En decenas de ocasiones he diferido de declaraciones o acciones del movimiento estudiantil. Lo mismo, dicho sea de paso, es cierto de la APPU. Mi apoyo se debe a que considero que la cuota es injusta. Tiene un efecto negativo sobre el acceso a la educación superior. Es repudiada universalmente por el estudiantado. Y no creo que pueda detenerse sin obligar al Gobierno a revocarla; y no se puede obligar al Gobierno a revocarla sin emplear mecanismos como el paro y como la huelga. Estoy de acuerdo con Pabón en que debemos estar dispuestos a formular nuestras exigencias como docentes, aun si en algunos casos esto nos pone en contradicción con otros sectores. Pero no creo que este deba ser uno de esos casos: no creo que los docentes debíamos apoyar la cuota o tratar de romper la huelga contra la cuota. Aquí, hay que reconocerlo, hay poco espacio para la neutralidad. Cada cual tendrá que tomar partido. Algunos hacemos lo que podemos para facilitar la participación estudiantil en lo que pensamos que es una lucha justa. Otros (no sé cuántos) van al extremo de advertir que quien falte a sus clases en día de paro o de huelga será penalizado. Confieso que me indigna este uso del poder del docente para imponer una posición. Es una fuerza de choque más poderosa e insidiosa que la otra. La División de Operaciones Tácticas no puede agarrar a nadie en su casa para obligarlo u obligarla a venir a clase. Pero muchas veces he escuchado de estudiantes la explicación: yo no entraría, pero es que el profesor lo exige y nos advierte que nos penalizará si faltamos. Cuando hacemos esto, me parece que contribuimos activamente a desarticular un movimiento cuya derrota nos debilitaría a todos, y nos ponemos del lado de quien una y otra vez nos golpea.

Considero que la cuota es parte de la misma agenda que golpea a los docentes con reducciones de salario, reducción de aportaciones al plan médico y muchas otras medidas del mismo tipo. Sigo pensando que lo que corresponde a la situación actual es un gran frente unido universitario de docentes, no-docentes y estudiantes para exigir un presupuesto apropiado para la universidad y todos sus sectores. Y sí, el paro y la huelga tendrán que ser parte del arsenal de ese frente amplio.

Rafael Bernabe
Creció entre Río Piedras y Guaynabo. Estudió historia en la Universidad de Princeton, Sociología en la del Estado de Nueva York e investiga literatura en la de Puerto Rico. No ve contradicción entre la actividad intelectual y el activismo sindical y político, al contrario. Es autor de los libros "Respuestas al colonialismo en la política puertorriqueña, 1899-1929"; "La maldición de Pedreira", "Manual para organizar velorios", "Puerto Rico, ¿un pueblo acorralado por la historia?" y co-autor de "Puerto Rico en el siglo americano: su historia desde 1898". Vive en Santurce, casi en la esquina de Tapia con Eduardo Conde. Buen sitio para un socialista.