[dropcap]N[/dropcap]o sé cuándo, dónde ni quién la bautizó con este apodo cariñoso que en inglés, Cookie, puede significar tanto una galletita como una dosis de simpática locura. Eneid Routté-Gómez era muy consciente del doble sentido en ese pegajoso diminutivo y al escucharlo solía coquetamente encogerse de hombros, inclinar hacia el frente su hermosa cabeza, mirar por encima de los lentes de aumento y después de una carcajada que provocaba un carnal tsunami bajo los holgados kaftanes africanos que solía vestir, ripostaba: “What, me cookie?”
Cuqui o Cookie, en español boricua o en inglés tan de Harlem como de Stafford-on-Avon, no toleraba tonterías y cuando las oía su pequeño pero voluminoso y jacarandoso cuerpo se echaba para atrás y entonces la mirada, entre asombrada y perdona vidas, lo ponía a uno en su lugar, que era contra la pared.
Su pluma era tan aguda como su mirada, con un poder de síntesis acuñado en larga y valiente trayectoria periodística donde batalló y no siempre ganó en la guerra contra los prejuicios de raza, género, orientación sexual, luchas libertarias todas en un mundo, más que colonial, imperial. Mujer negra, puertorriqueña de vocación, vivió su sexualidad sin tapujos pero con discreción, una discreción que fue la pauta de su mesurada y radiante escritura, el amor y conocimiento de los idiomas que alternaba en su decir y en la página.
Recuerdo cuando a fines de la década del sesenta caminó las calles de San Juan con todos los atributos de “bag lady” anterior a la crisis, que aun sufrimos, de los desamparados exponiéndose a los rigores y atropellos consabidos para así poder rendir testimonio escrito de esa dolorosa condición ciudadana en las páginas del San Juan Star.
Nos unía una sólida amistad, de esas que superan largas ausencias y aparentes olvidos. Cada tanto tiempo la voz de Madame Routté, como la llamaba con fingido y real respeto, me interpelaba al teléfono para felicitarme o exigirme posiciones en los conflictos y debates que nunca faltan en nuestro país. No pocas veces salió en mi defensa y la de tantos otros acosados por la inclemente persecución política y policiaca.
Sus dotes de traductora son evidentes en el bello y pionero texto Loas del mutuo amigo Antonio T. Díaz-Royo que motivó el libro, portafolios y puesta en escena de Atibón, Ogú, Erzulí por Taller de Histriones bajo la espectacular dirección de nuestra Alma Concepción.

Loas, Histriones (1979)
Era tal su capacidad de comprender y expresar con belleza nuestras penas y alegrías que siempre le pedía más, es tanta la necesidad que tenemos de palabras sabias y gestos nobles. Quizás le pedía demasiado. Ahora, mirando atrás, agradezco su legado extraordinario de inteligente solidaridad, de coraje frente a enemigos cobardes.
Cuqui o Cookie en inglés, siempre Eneid Routté-Gómez, escucho y me hago eco de tu risa escandalosa, el terremoto de tu cuerpo gozoso, la luz de tu mirada, el poder de tu palabra.
