Desalambrando: villas y castillos

Desalambrando, el Documental.

[dropcap]L[/dropcap]a socióloga, doctora Lilliana Cotto Morales, autora del libro ‘Desalambrar”, quien fue la productora ejecutiva, escogió muy bien el director para este documental que se ciñe al tema y nos recuerda la lucha perniciosa que el pobre ha llevado en Puerto Rico. Pedro Ángel Rivera Muñoz, quien había confeccionado la estupenda “Manos a la obra” (1983), reunió un grupo que ha dotado la película de una edición, a cargo de José Luis Baerga Aguirre (quien junto a Kique Cubero García dirigió también la delicada función de la cinematografía), que impide que se creen baches o bajas en la narrativa que le resten interés a la atención de la audiencia.

Compacto, intenso en sus momentos en que el drama individual —algo para mí imprescindible en un buen documental— toma primer plano, el trasfondo musical, a cargo de Roberto Gómez Santiago, se escucha pero no intercede ni le resta a las declaraciones o a las imágenes que estamos viendo.

Una de las primeras escenas inmediatamente nos orienta a cómo somos los puertorriqueños, y cómo se establecen entre las gentes lazos de amistad que hermanan a vecinos y conocidos en luchas que dan esperanzas. Dos mujeres salen a la calle y se saludan mientras el marido de una de ellas las mira sonreído. La toma es emblemática de lo que ha ocurrido a nuestro alrededor desde que somos puertorriqueños. Por supuesto, no que algo similar no ocurra en Tombuctú o Shanghái, es que estas personas son indiscutiblemente herederas de lo que es la experiencia predominante más allá de los centro urbanos de esta isla.

Esa introducción es la apertura a un recuento de las muchas “villas” (186) creadas por los que no tenían medios para tener un hogar. Las villas marcaron a través de todo Puerto Rico una situación insostenible y abiertamente soslayada por los gobiernos desde 1968 para acá. Los programas de relocalización de arrabales como el “Fanguito” no pudieron albergar a todos los necesitados de una vivienda razonable (los residenciales) que les supliera albergue, agua corriente y potable, y electricidad. En parte, el problema era uno económico, pero estaba complicado por actitudes elitistas de algunos políticos locales y, ciertamente, del gobierno que facilitaba el dinero para estos menesteres: el de los Estados Unidos. Los que estaban acostumbrados a labrar la tierra de otros, querían labrar la suya: tener un pedazo de propiedad donde pudieran tener una pequeña hortaliza y algunos pollos y gallinas para sus sustento, y donde pudieran correr sus hijos.

Algunos de los rescatadores eran nietos de los campesinos que migraron del campo a las ciudades durante las décadas de los 20s y 30s buscando prosperidad. Otros eran hijos de los pobres que apoyaron la modernización del PPD en los 50s, el “milagro puertorriqueño”.
Para finales de los 60s, los herederos de la modernización permanecían tan pobres, desempleados y desprovistos de vivienda como sus antecesores. Pero ya eran habitantes urbanos. Su movilización fue de la ciudad hacia afuera de las áreas urbanizadas: una forma de suburbanización como las privadas. –Liliana Cotto

Mientras tanto, tierras baldías, cuyos dueños esperaban que se convirtieran en urbanizaciones para sacarle la ventaja económica más grande posible; o pertenecientes a un gobierno insensible, permanecían sin viviendas y sin desarrollo. Las excusas de que la tierra no se podía usar porque era inundable, de valor agrícola, y un etcétera mentiroso, no parecían existir para desarrolladores que fueron extendiendo los suburbios, con la complicidad del gobierno de turno, sin considerar el daño ecológico ni el social que se le hacía a los pueblos. Muchos de esos son ahora fantasmas, grupos de casas desocupadas que les pertenecen a los bancos y que miran a gente que pasa por la calle sin esperanzas de ir a cobijarse de los elementos.

Las llamadas “ocupaciones” (al principio eran “invasiones”) de terrenos “alambrados” indujeron un alivio transitorio.  Los que proveyeron por un momento albergues, a veces menos que rústicos, para protegerse y proteger a sus familias argumentaron con efectividad que ni ocupaban ni invadían, sino que rescataban. Que los invasores, dijeron muchos,  fueron los que en 1898 invadieron la isla, implantaron el monocultivo, destruyendo así la agricultura local, causando eventualmente, la emigración a los EE.UU. de muchas familias de trabajadores agrícolas. Estos argumentos se presentan a través de entrevistas con personas que protagonizaron la creación de muchas de estas villas, tales como Villa sin Miedo y Villa Margarita. Además, el documental explora cómo una forma despiadada de “control” es criminalizar a los rescatadores para amenazar a otros con lo que les podría suceder.

Curiosamente —y con gran atino— los creadores del documental nos muestran cómo con ojos condenadores los castillos de los poderosos miraban y miran a los pobres desde lo alto. Desde el cerro Las Mesas, el castillo Valdés contemplaba las casuchas a sus pies. Desde el Vigía, desde una ventana del castillo Serrallés se podía (se puede) lanzar las pepitas de una fruta a las viviendas pobrísimas que había en los años 70 y que aún hay en el siglo XXI. Es imposible no entrar a discutir cómo esa separación entre ricos y pobres, que cada vez se expande más, está ligada a la política. Los ricos poderosos siempre han tenido el oído de los que mandan. Si en el siglo XX estos decían que unos pobres que “recataban” terrenos eran socialista o comunistas (como dice uno de los entrevistados), no solo la policía local sino, tras bastidores, el FBI y la CIA entraban en acción. Como colonia que somos, al gobierno no le quedaba otra alternativa que cumplir.  Más aún, en la década de los 70, que todavía sufría la cercanía temporal de la crisis de los misiles en Cuba y la elección (y asesinato) de Salvador Allende en Chile.

Desalambrar, el Documental.

Hay anécdotas divertidas. Dos visuales, una, sobre las falsedades de la campaña de Luis Ferré y su total ineficiencia como gobernador (después de todo él no ganó, sino que perdieron los populares por dividirse), otra que enseña a un Romero Barceló frenéticamente repartiendo regalos después de robarse las elecciones de 1980, me hicieron reír duro. Dos que se cuentan, tienen que ver, una con la ocupación de la calle Fortaleza entre la calle del Cristo y el Palacio de Santa Catalina. Después de largo tiempo sin querer verlos, el gobernador Hernández Colón, pasó entre los demostradores con un grupo de americanos encopetados quienes, al ver a los que esperaban le reclamaron al gobernador que por qué no los atendía. No solo lo hizo, sino que, para celebrar el encuentro, se tiró una guarachita con su esposa Lila Mayoral. La otra, que vuelve y establece quiénes somos, como si fuera el otro corchete de la escena que les describí al principio. Se trata de una señora quien, al oír que no les dejaban tener allí en la calle un carrito con comida, les trajo desde Mayagüez un caldero gigante de arroz con pollo.

Además de la mucha información que suple el documental, nos deja con un epílogo triste de desahucios, abandono, falta de hogar y recursos, y gente marginada y olvidada por la vida, la sociedad y el gobierno. ¡Y eso, que se completó antes de las tormentas! Aún nos queda mucho por resolver como sociedad y como país. Todos deben ver este filme que narra con brillantez una parte triste y condenable —que aún perdura— de nuestra historia.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).