Se dice, tradicionalmente, que los argentinos son soberbios y suelen vanagloriarse por su fútbol, su comida y sus mujeres, entre otras cosas. Pero parece que esta vez sí tenemos un motivo para estar contentos, y llama poderosamente la atención lo poco que se habla del logro: la llegada del argentino 50 millones. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) ha confirmado que la población argentina para este año es de 43,5 millones de habitantes, un 20% superior a la de 2001, y antes de 2020 va a alcanzar los 50 millones de habitantes.
Los americanos hace poco festejaron la llegada del americano 300 millones y lo hicieron con alegría, conscientes de la importancia de la población para la grandeza y el progreso del país, y vuelven a traer al centro de la celebridad al estadounidense doscientos millones, que nació en 1967 y es un simpático ejemplar del crisol de razas de ese país, con sangre oriental. La Argentina llegará en poco tiempo a los cincuenta millones, pero sin festejos, para desencanto de la memoria de Alberdi y de todos nosotros, hijos y nietos de la más exitosa política poblacional de América.
Cuando en 1915 Estados Unidos llegó a los cien millones, nosotros éramos 7,5 millones, el 7,5%. En 1967, mientras EE.UU. festejaba sus 200, la Argentina tenía unos 22 millones, el 11%. Nuestros 20 millones se alcanzaron en 1960, pero no sabemos –o al menos yo no lo sé– quién fue ese ciudadano-meta. Ahora, cuando en el Norte son 300, los argentinos llegaremos a 50, o sea un 15%. Estados Unidos festeja su exitosa política poblacional y nosotros, que somos aún más exitosos, nos olvidamos de la fiesta.
Ningún historiador y ningún político culto ignora la importancia de la población en las definiciones básicas de una sociedad. El largo predominio de Francia en la política europea fue el resultado directo de su gran riqueza poblacional, que le permitió a Napoleón levantar grandes ejércitos y desafiar a Rusia que, por entonces, tenía una población equivalente en número. La dirigencia norteamericana sabe hoy, cuando la población de Rusia declina y la de Europa se estanca, que hablar de sus trescientos millones, con un grado parejo de capacitación, urbanización y salud, es mandar al mundo un mensaje sólido de su potencialidad.
Aunque la gran inmigración europea, de la que la mayoría descendemos, ya hace cincuenta años que declinó en su vigor, hemos seguido siendo un país de inmigración, tal vez como ningún otro latinoamericano. En estos mismos días, tenemos vigente un sistema de legalización de inmigrantes que está resolviendo muchos problemas y evitando abusos que fueron noticia hace poco tiempo. En la Dirección de Migraciones hay un cartel que reza, aproximadamente: “Para legalizar su residencia no hacen falta pagos ni gestores».
En la Argentina es inmigrante ilegal quien «quiere serlo”. Bastante diferente del espantoso espectáculo de las “pateras”, que llevan a la muerte a centenares de africanos procurando llegar a Europa y del “muro de la vergüenza” que mandó a construir el gobierno de Bush en la frontera con México. En todo caso, podemos mostrar que nuestra política interna e internacional de derechos humanos es mucho más que un discurso.
Los 50 millones son un buen podio. Mucho más pequeño que los 300 millones de Estados Unidos, pero muy significativo para nosotros, que venimos de mucho más atrás: a principios del siglo XIX, en tiempos de la Independencia, EE.UU. tenía 10 millones de habitantes y las Provincias Unidas apenas cuatrocientos mil. Y a pesar de todo lo andado, las cifras de estos días muestran que seguimos creciendo todavía más rápido.
Por eso los argentinos también podemos hacer como los norteamericanos y celebrar nuestros logros. ¿Quién será el argentino 50 millones?
*El autor es estudiante de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras
