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80grados+

El verdadero escándalo de WikiLeaks

3 de diciembre de 2010 by Pablo Saracho 93 Comments

“…antes la tarea era disimular el escándalo; hoy la tarea es encubrir el hecho de que no hay ninguno.”

-Jean Baudrillard


Durante la presidencia de Richard Nixon, una filtración de documentos secretos creó un escándalo mediático que, con la ayuda de la opinión pública logró que dicho presidente dimitiera. Al igual que Watergate, un archivo oportunamente nombrado «Cablegate» ha logrado instalarse en la historia como un hito sin parangón. Dicho archivo, hecho público por Wiki-Leaks el pasado 28 de noviembre supone un antes y un después en la manera que se percibe el acceso y el derecho a la información.

Los periódicos privilegiados por Julian Assange (junto al equipo internacional que comprenden Wiki-Leaks) publicaron aquella mañana lo que parafrasearon como “la mayor filtración de documentos secretos a la que jamás se haya tenido acceso en toda la historia”. Una noticia en sí fue la conmoción mediática que esta información y su volumen provocó.

Entre los textos más trabajados por los medios, se leyó en las páginas de Le Monde, El País, Der Spiegel, The Guardian y The New York Times un recuento muy autoconsciente de una noticia que repercute y afecta a todos los que de una manera, activa o pasiva, interactúan con el gobierno de los EE.UU.

Por su parte Hillary Rodham Clinton no ha tardado en vocalizar la versión oficial de la postura del gobierno ante la filtración asistida por Wiki-Leaks. Por la BBC World Service se escuchó la indignación contenida de un estado ideológicamente vulnerable. Repudió las acciones de Assange junto a Wiki-Leaks y recalcó lo nocivo que era todo el asunto para las relaciones internacionales y las vidas de sus empleados de ultramar. Rodham Clinton también enfatizó que su gobierno no estima los comunicados como testamento fidedigno de su política extranjera.

La preocupación del gobierno estadounidense por el riesgo que alegadamente corren sus agentes contrasta con su afán por minimizar la información liberada. Al desestimar la misma como expresiones meramente vertidas en su programa diplomático, el discurso de la Casa Blanca puede ser leído como uno doble y contradictorio que raya tanto en el alarmismo como en la apatía. Puede ser que para ellos el que alguien muera sea el menor de sus problemas. Si bien existe una ansiedad de cara a la posibles represalias de los aludidos en los cables, también existe un temor de la verosimilitud que ellos pueden atribuirle a estos.

Todos los cables que están siendo expuestos por los medios colocan al Departamento de Estado en una posición embarazosa con respecto a la recepción de la filtración. Una pregunta que parece no hacerse lo suficiente es ¿de qué manera afecta la aparición de estas filtraciones a nuestra noción ideológica de la libertad?

De poco sirve escandalizarse ante la información, sin antes escandalizarse por el hecho de que su contenido no es la excepción sino la regla del comportamiento del gobierno estadounidense. Los documentos que nos ha facilitado Wiki-Leaks se pueden adherir, con un poco de memoria, a una crónica bastante consistente de filtraciones (jamás equiparables al tamaño que los sistemas de información ahora posibilitan, pero no por eso menos importantes) a lo largo de la historia de EE.UU. El mecanismo que actúa en la indignación o sorpresa ante una noticia como la de Wiki-Leaks es uno parecido al que se utiliza en la creación de un estado de emergencia muy conocido por EE.UU.

Una de las víctimas más elocuentes del siglo pasado escribió la siguiente amonestación concerniente a estos estados de excepción:

» La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de

excepción» en el que vivimos. Hemos de llegar a un concepto de la historia que

le corresponda. Tendremos entonces en mientes como cometido nuestro

provocar el verdadero estado de excepción; con lo cual mejorará nuestra

posición en la lucha contra el fascismo.»

– Walter Benjamin

Desde el hundimiento del Maine hasta el 9/11, los pretextos no faltan a la hora de necesitar una razón ilégitima para declalarle la guerra a España, Iraq, o a la libertad de expresión asediada por el Patriot Act.

En los cables expuestos se evidencia que la política exterior del estado en cuestión no es muy diferente de la que financiaba golpes de estado en Lationoamérica y mentía acerca de la realidad de la guerra en Vietnam en los años sesenta. Ahora se dedica a encubrir el alarmante número de muertes civiles en Iraq y, a espiar a funcionarios de la ONU en directa violación con el código ético necesario para ostentar una membresía en ese club. Así que, en esencia, el modus operandi sigue siendo el mismo. ¿Qué entonces ha cambiado?

Hay una metáfora implícita en la manera que se ha nombrado la información hecha pública. El concebir la información como algo que se filtra o gotea de una fuente que no la puede contener, presupone un límite en la capacidad que tienen los estados en controlar la información que puede ser usada en su contra. La crítica que hace Assange es dirigida, no sólo a la falla del estado en su pretensión de ser protector del derecho a la libertad de expresión, sino también el fracaso de los los medios en documentar eficientemente las incongruencias discursivas del mismo.

Al leer textos propios de Assange, somos testigos de su sus motivaciones, que acaso también representan las inquietudes de un público que se siente ofendido y escandalizado por la censura de información vital para entender la verdadera naturaleza de la política de Estados Unidos y sus secuaces.  En un blog de su autoría Assange escribe: «…when truth matters most, when truth is the agent of freedom, I stood before Justice and with truth, and lost freedom.»

La batalla que se sigue librando a raíz de este evento histórico es una sobre el derecho que tienen el estado y sus medios a ser enarbolados como los árbitros del uso y flujo de la libertad de expresión y la definición de esta. En un mundo donde «todos los hombres son creados libres» el estado parece ser más igual que el resto de nosotros. El servicio que el estado profesa proteger parece cada vez ser uno parcial. Quizás éste está en desacuerdo con Orwell cuando escribe «Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír.» La verdad parece ser que el gobierno de EE.UU. no quiere oír lo que sus propios enunciados están diciendo.

El «tweet» (y posible aforismo de nuestra era) que publicó Assange cuando Wiki-Leaks sufrió un ataque de denegación de servicio (computadoras anónimas abriendo y reabriendo su página a 10 gigabits por segundo) describe el quehacer de un gobierno que al buscar la captura de Assange olvida la constitución que le otorgó el poder que por ahora todavía ostenta. La Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU por sus siglas en inglés) dice lo siguiente al respecto:

«We’re deeply skeptical that prosecuting WikiLeaks would be constitutional, or a good idea. The courts have made clear that the First Amendment protects independent third parties who publish classified information. Prosecuting WikiLeaks would be no different from prosecuting the media outlets that also published classified documents.»

Si EE.UU. continúa con el afán de acusar a Assange y Wiki-Leaks de espionaje, demostrarían inequívocamente que su liderazgo está en un estado de negación y no de emergencia con relación a su idea de la libertad de expresión. Lo que esto significa para el futuro de los derechos civiles y la vida de muchas personas, sistemáticamente violentadas alrededor del mundo, todavía no está claro. Aunque, después de todo la negación es el primer síntoma. La extensión del mal que ésta diagnostica está por filtrarse. Con suerte, también se filtre la  idea de que la internet es sólo una de tantas redes que se comunican entre sí.

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Pablo Saracho
Pablo Saracho
Posted in: Mundo Tagged: Julian Assange, WikiLeaks

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