Hammer: B de buena

Una película B es una en la que el set tiembla si un actor tira duro la puerta.
Anónimo

[dropcap]E[/dropcap]n los años que comencé a ir al cine por mi cuenta era de rigor que, con la excepción de los domingos, todos los días se proyectaban dos películas. Los miércoles, por lo menos en el Teatro Paz en la Eleanor Roosevelt, entre las dos, había una serie. El doble programa comenzó en los años 30 del siglo pasado para satisfacer al pueblo trabajador que tenía poco trabajo o ninguno como resultado de la Gran Depresión de 1929. Todos querían pasar un tiempo fuera del hogar y divertirse sin gastar mucho. La primera película—la “A”— era de los estudios importantes; la segunda —la “B”— era de estudios marginales que subsistían de las migajas que les permitían recoger los magnates de los estudios. Para extender el tiempo en la butaca, había noticiero, dibujos animados, y los avances de las películas por venir. Como los estudios eran dueños de la red de cines, que usualmente llevaban su nombre, era obligatorio negociar con ellos. Por eso los estudios B, iban y venían como las estaciones y las coristas. Por las restricciones económicas, las películas B eran a veces porquerías. Sus presupuestos eran bajos, los directores casi siempre desconocidos o demasiado conocidos por lo malo que eran, y los sets de cartón. Por supuesto, había excepciones y entre las casi nueve mil películas de larga duración filmadas entre 1930 y 1949, la mayoría “B”, hay joyas que han perdurado entre lo mejor del cinema.

A estas alturas no le debe de sorprender a nadie que el séptimo arte es un negocio y que tiene que sobrevivir de acuerdo con las ganancias que genera. Cuando todo parecía ir bien para los estudios, en 1948, la corte suprema de EE. UU. declaró que la integración vertical (el estudio productor, era el distribuidor, dueño del lugar donde consumía el consumidor, y donde tenían que rendirse los otros productores, los B) era un monopolio. Consideren que, en 1949, 100 millones de personas iban al cine semanalmente y las ganancias podían ser (en dólares de la época) enormes.

Hoy día, los avances tecnológicos de cámaras digitales, grabadoras de sonido que luego se pueden editar, filmación donde quiera, de actores que tiene la libertad de escoger los filmes en los que han de participar, y el sueldo que han de aceptar, han logrado crear una especie de sistema alterno como fueron los estudios B en el pasado. De ahí que entidades como Amazon Studios, Netflix, BBC, HBO, PBS, y muchos otros pueden hacer películas de alta calidad técnica y de alto valor cinemático y crítico.

No hace mucho (12 de junio 2020) reseñé en estas páginas The Vast of Night un thriller de ciencia ficción que introduce a un joven director de gran promesa. Ahora llega a Netflix esta cinta que pertenece al estilo que, como la que acabo de mencionar, me gusta denominar neonoir campestre porque se desarrollan en pueblos pequeños donde la vida comunal es todavía muy distinta a la de la ciudad y la familia ha sobrevivido unida a pesar de sus tribulaciones. Sin embargo, la sensación que uno percibe según las ve es la del noir de los ’50.

Stephen Davis (Will Patton), un exmaestro de escuela está en su camión detenido en una luz de tránsito cuando ve a su hijo Chris (Mark O’Brian) pasar en una moto. Parece que huye y es cierto. Aunque Stephen no lo sabe aún, su hijo (evito más detalles) ha estado involucrado en un negocio de drogas que ha salido mal. Hay un problema adicional: Chris ha cumplido cárcel por asuntos de drogas y volver a chirona no es algo que le atrae. ¿Por qué, entonces, se ha metido en este lío? El guionista-director Christian Sparkes, no nos da un instante de sosiego, según la trama se va complicando y revelando asuntos personales entre padre e hijo. La acción es muchas veces de pensamiento: ¿por qué van a detenerse a plena vista en un maizal? ¿Quién es el individuo que desató la cadena de malos pasos que ahora apresa a toda la familia Davis?

Los conflictos entre padre e hijo son parte de las circunstancias que han llevado a Chris por mal camino, pero ahora, en lo que puede ser la última posibilidad de hacer las paces y perdonar, hay que echar el resto; hay que hacer lo que sea para salvar al hijo y la familia. La interacción entre padre, madre e hijos nunca recurre a sentimentalismos de ninguna clase, y, a pesar de su intensidad, no nos distrae de la tensión que desarrolla el filme que se mantiene centrado en su propósito principal: ser un thriller que sostiene tu atención en las situaciones que presenta. No hay pretensiones de convertir la película en competencia para los Hermanos Karamazov.

En la cinta los sets no tiemblan cuando alguien tira la puerta, ni vemos en una toma el micrófono sobre la cabeza de uno de los actores. Lo que vemos es que cada filme debe de concentrar en lo que es, en lo que pretende ser. Los famosos directores de los B, como Don Siegel, Edgard Ulmer, Jacques Tourneur y otros, lo sabían. Lo mejor del cine es arte genuino y lo peor pura basura; pero, como sea, una buena película es buena y ya. En el nuevo siglo el concepto no ha cambiado. Esta película lo demuestra: un thriller es un thriller es un thriller.

[tg_youtube width=»100%» height=»» video_id=»giZPT3FurDM»]
Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).