Homenaje a Gilda o lista de utilería

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fotos por Herminio Rodríguez

[dc]M[/dc]ágico”, dijeron todos. A mí me pareció triste. Me produjo la misma nostalgia y desamparo inexplicables que me producen las cotorras de la Universidad cuando vuelan en bandadas sobre Santa Rita a las seis de la tarde. Fue mágico, sí, de eso no hay duda, pero yo tenía una pesadez en el alma, y cuando miré a Camila supe que le pasaba lo mismo. Es raro, cuando se honra a aquel que no está, se siente un alivio, una alegría al recordar, al saber que su vida sigue viva a través de los demás. Es un acto colectivo hermoso este de los homenajes póstumos, siempre me lo ha parecido. Pero ayer, cuando empezó a sonar la versión instrumental de My Way, me sequé las lágrimas y abandoné el teatro, esperando no encontrarme con nadie. Nos fuimos al Vidys, nos pedimos un whiskey, y después de mirar un poco el programa y comentar cosas lindas sobre la velada, empezamos a hacer la lista de utilería de nuestra obra. Las nueve de la noche un lunes no es precisamente el momento de hacer estas listas. Y menos con un whiskey en la mano. Pero la hicimos.

Sacamos los libretos, y página por página fuimos anotando los elementos que necesitamos para este loco y atropellado experimento de por fin atreverse, que hemos titulado Santa Bárbara es una femme fatale. En un acto que, ahora en retrospectiva, me parece cuasi febril, terminamos con aproximadamente cuarenta y dos ítems. Me fui muy contenta a casa, sintiéndome que era dueña de una pequeña victoria, que el ímpetu que habíamos puesto en hacer esa lista en un ambiente tan poco ortodoxo era un diminuto testamento de las ganas de hacer y de vivir. Y entonces me puse a pensar en la vida, y descubrí por qué el homenaje a Gilda me había entristecido tanto.

Y es que, esas butacas y ese escenario, llenos de gente que quiero, respeto, admiro, correligionarios, gente de la misma generación, vacas sagradas a los que puedo llamar amigos, rivales de técnica y teoría teatral con los que discutir con respeto y perspicacia es un lujo, esas butacas y ese escenario albergaban una clase abandonada a su suerte. Pensé que lo próximo sería decir, como en el medioevo, que estaba prohibido enterrarnos en terreno sagrado. Porque nos patean. Como a la maestra que despidieron de una escuela de bellas artes. O aquellos que se van a estudiar para devolverle algo al país, y se topan con esterilidad y rechazo.

Y sí, sé que Puerto Rico está en crisis, y que en todos los gremios ocurre lo mismo, pero yo sé más del mío, sé de su dolor y de su desesperanza. Sin embargo la tristeza me duró poco, porque, también pensando en el homenaje, comprendí que no había porqué desesperanzarse. Que la lista de utilería era precisamente eso: un testimonio de esperanza. Que los compañeros reunidos para homenajear a Gilda, tan nostálgicos por momentos, tan risueños en otros, tan orgullosos de haber sido no sólo discípulos de esta mujer sino discípulos de la universidad, del arte, de las tablas de ese escenario, esas personas, son unos maestros de la imaginación, del aguante, de la técnica, y sobre todo del amor a su prójimo. Y que somos nosotros los encargados de sacar esto a flote; con nuestras locuras respectivas, con nuestros experimentos incomprendidos, con nuestra esperanza inconmensurable, con nuestras voces, con nuestros cuerpos. Y recordé que somos grandes, que siempre lo hemos sido y que podemos con todo, incluso con la muerte.12045547_10153224914531985_3988044440856040442_o 12032781_10153224915406985_568903287008842359_o 12028787_10153224915536985_5379759164237716784_o 12015058_10153224916496985_1694690754505074868_o 12002575_10153224916466985_4862646345455728470_o 11930865_10153224916131985_105025341622559200_o 11063728_10153224915346985_6374412281105605603_o 11036660_10153224914506985_5881905406964801953_o

Mariana Monclova