La pareja de jóvenes (él 22, ella 19) se ha conocido desde niños y se quieren entrañablemente. Nada en sus vidas sobrepasa el amor que comparten. Pero ahora, la falsa acusación que pesa sobre el joven los ha de separar en un momento difícil. Tish está embarazada y eso ocasiona una escaramuza entre las dos familias. Ambas son de clase media trabajadora, pero en dudas está la capacidad para mantener el niño, por parte de una madre soltera sin educación.

Evito dar más información sobre las circunstancias que se nos van revelando según el filme avanza. Presentada en retrospecciones, el guion enfatiza la relación hermosa que existe entre los protagonistas y las consecuencias que tiene el color de su piel. El director Barry Jenkins (“Moonlight”, Oscar por mejor película de 2016) enfatiza el idilio entre los amantes con primeros planos y con algunos desenfoques que acentúan lo sublime de su unión. Es una técnica que usa para mostrarnos la primera experiencia sexual de los novios y que la convierte en un momento muy hermoso que, además, le sirve de contrapunto a la maldad del cargo por el cual Fonny está acusado injustamente. La cinematografía de James Laxton, quien usa los claroscuros para concientizarnos de la inocencia amorosa de los jóvenes, y para exponernos a la crueldad de la ciudad cuando los protagonistas están en las calles y los metros (“subways”), es una de las grandes virtudes del filme. A esto hay que añadir que la banda sonora, encabezada por la música de Nicholas Britell, evoca la época en la que transcurre la historia y sirve para también enmarcar las piezas de jazz que adornan algunas escenas.

El amor, como emoción que se antepone a la injusticia, tiene un punto de referencia en el género noir de los 40 y 50, pero los blancos despreciados a su regreso de la segunda guerra, no sintieron discrimen por el color de su piel, y existía para ellos una posibilidad de salir del atolladero. Para la gente de color esa posibilidad de triunfo estaba hundida en el prejuicio que intensifica las vicisitudes de la vida. Es un tema que exploró también la novela, pero con la cercanía a la presidencia de Obama este filme nos sensibiliza aún más al odio que eso ha traído entre los racistas. En este caso la ley misma (como sigue siendo bajo muchas circunstancias) está en contra del ciudadano. En vez de justicia, la ley se usa como espada para condenar, en vez de tener su función protectora para un acusado que es inocente hasta que se le encuentra culpable.
Hay un tema escabroso, pero crítico en el filme: la distinción racial como función del estado económico en los negros. La madre de Fonny y sus hermanas se sienten y se piensan mejores que la familia de Tish. Aunque el tema no se desarrolla más allá, es evidente que es otro escollo en la vida de las personas de color. Por supuesto que eso es así también entre la gente que no es de color, pero las consecuencias pueden intensificar el sentido de desprecio que sienten personas nobles y verticales, cuyo único “pecado” es el color de su piel. Por otro lado, el pecado (“moral”) y la intransigencia religiosa traen a la película un episodio de violencia conyugal condenable. Al mismo tiempo, la violencia verbal que emana de la soberbia de pensarse repositorio de los mensajes divinos, y que eso otorga permiso para imponerles a otros sus puntos de vista particulares, afloran en uno de los momentos más difíciles y mejores actuados del filme. Sin hipocresía, Jenkins (quien también escribió el guion), nos muestra un aspecto de la vida de la gente de color que es condenable. Franca, dulce a veces, siempre realista, la película añade a la filmografía que muestra que la decimotercera enmienda de la Constitución de los EE.UU., aún tiene mucho que remediar.
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