If Beale Street Could Talk: el abuso del prejuicio

[dropcap]B[/dropcap]asada en la novela homónima de James Baldwin, esta película nos muestra que, a pesar del triunfo que fueron “la abolición de la esclavitud” y el movimiento de los derechos civiles de 1964, el prejuicio hacia las personas de color estaba aún bien arraigado en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado. Eso, en el caso de la historia que nos ocupa, en Nueva York; ¡Imaginen cómo sería en el Sur profundo! Sabemos que el problema persiste y que, contrario a lo que se pensó con la elección de Barack Obama como presidente, el odio de razas se ha agudizado por el temor de un sector de la población de que los negros y los pardos los dominen, y esto ha sido fomentado por la posición del actual gobierno de los Estados Unidos. Lo que comienza como una historia de amor se va complicando cuando a Fonny (Stephan James), el novio de Tish Rivers (KiKi Layne) lo acusan de ultraje.

La pareja de jóvenes (él 22, ella 19) se ha conocido desde niños y se quieren entrañablemente. Nada en sus vidas sobrepasa el amor que comparten. Pero ahora, la falsa acusación que pesa sobre el joven los ha de separar en un momento difícil. Tish está embarazada y eso ocasiona una escaramuza entre las dos familias. Ambas son de clase media trabajadora, pero en dudas está la capacidad para mantener el niño, por parte de una madre soltera sin educación.

Evito dar más información sobre las circunstancias que se nos van revelando según el filme avanza. Presentada en retrospecciones, el guion enfatiza la relación hermosa que existe entre los protagonistas y las consecuencias que tiene el color de su piel. El director Barry Jenkins (“Moonlight”, Oscar por mejor película de 2016) enfatiza el idilio entre los amantes con primeros planos y con algunos desenfoques que acentúan lo sublime de su unión. Es una técnica que usa para mostrarnos la primera experiencia sexual de los novios y que la convierte en un momento muy hermoso que, además, le sirve de contrapunto a la maldad del cargo por el cual Fonny está acusado injustamente. La cinematografía de James Laxton, quien usa los claroscuros para concientizarnos de la inocencia amorosa de los jóvenes, y para exponernos a la crueldad de la ciudad cuando los protagonistas están en las calles y los metros (“subways”), es una de las grandes virtudes del filme. A esto hay que añadir que la banda sonora, encabezada por la música de Nicholas Britell, evoca la época en la que transcurre la historia y sirve para también enmarcar las piezas de jazz que adornan algunas escenas.

El amor, como emoción que se antepone a la injusticia, tiene un punto de referencia en el género noir de los 40 y 50, pero los blancos despreciados a su regreso de la segunda guerra, no sintieron discrimen por el color de su piel, y existía para ellos una posibilidad de salir del atolladero. Para la gente de color esa posibilidad de triunfo estaba hundida en el prejuicio que intensifica las vicisitudes de la vida. Es un tema que exploró también la novela, pero con la cercanía a la presidencia de Obama este filme nos sensibiliza aún más al odio que eso ha traído entre los racistas. En este caso la ley misma (como sigue siendo bajo muchas circunstancias) está en contra del ciudadano. En vez de justicia, la ley se usa como espada para condenar, en vez de tener su función protectora para un acusado que es inocente hasta que se le  encuentra culpable.

Hay un tema escabroso, pero crítico en el filme: la distinción racial como función del estado económico en los negros. La madre de Fonny y sus hermanas se sienten y se piensan mejores que la familia de Tish. Aunque el tema no se desarrolla más allá, es evidente que es otro escollo en la vida de las personas de color. Por supuesto que eso es así también entre la gente que no es de color, pero las consecuencias pueden intensificar el sentido de desprecio que sienten personas nobles y verticales, cuyo único “pecado” es el color de su piel. Por otro lado, el pecado (“moral”) y la intransigencia religiosa traen a la película un episodio de violencia conyugal condenable. Al mismo tiempo, la violencia verbal que emana de la soberbia de pensarse repositorio de los mensajes divinos, y que eso otorga permiso para imponerles a otros sus puntos de vista particulares, afloran en uno de los momentos más difíciles y mejores actuados del filme. Sin hipocresía, Jenkins (quien también escribió el guion), nos muestra un aspecto de la vida de la gente de color que es condenable. Franca, dulce a veces, siempre realista, la película añade a la filmografía que muestra que la decimotercera enmienda de la Constitución de los EE.UU., aún tiene mucho que remediar.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).