Aunque no creo que sea intencional, algunos animales medianos y pequeños viven en reducidas jaulas. Entre ellos hay lobos, hienas y chimpancés, que merecen más espacio de movimiento. No se ven desnutridos ni abusados, solo algo faltos de libertad de movimiento. Quien como yo ha visto un lobo corriendo libremente en las praderas, sufre de verlos restringidos en su desplazamiento.
De todos modos, da gusto visitar el Parque Zoológico Nacional de Cuba. No es fácil llegar a él, pero una vez adentro se disfruta de todas las exhibiciones y hábitats.
A la playa
La playa de Marazul será desde ahora y para siempre una de mis favoritas. Sus arenas no son blancas como las de Varadero, pero sus enérgicas olas, coronadas graciosamente de espumas vivarachas, son un verdadero deleite. Golpean a uno súbitamente y con mucha fuerza, incluso cuando se está cerca de la orilla. Hoy, gracias al clima seco y cálido, hay verdaderamente un sol bueno y un mar lleno de espumas. El oleaje es alto como en la playa de Isla Verde en Puerto Rico.
El viaje a la playa de Marazul hay que hacerlo en el ómnibus metropolitano. Exactamente en la guagua 400, que se toma cerca de la terminal de trenes de La Habana. El apiñamiento no molesta, pues la 400 va llena de gente joven y alegre que quiere disfrutar de un día de playa. La composición racial de los pasajeros llama la atención. Entre ellos, hay cubanos de todos los colores, y turistas negros y empalidecidos que parecen preferir las playas alejadas de los centros turísticos más famosos. Ah, y no se deje sin mencionar la deliciosa comida cubana servida en la tradicional cajita, recipiente rectangular de cartón, que se consigue muy barata en la entrada de Marazul.
La Habana recibe el 2017
No es la primera vez que despido el año en La Habana. La ciudad, como nunca, está llena de turistas y extranjeros. Dos enormes cruceros han traído una buena cantidad de ellos. Son en su mayoría europeos, y especialmente italianos. Los maravillosos hoteles y restaurantes de la ciudad están repletos. ¿Cómo puede lucir tanta mocedad una ciudad que es tan vieja?
Para quien ya ha respirado el año nuevo en esta urbe, sin embargo, hay un innegable aire de tristeza en La Habana. Los carteles alusivos al Comandante en Jefe están por todas partes. Yo soy Fidel, dice Cuba entera. Pero como expresa la canción Cabalgando con Fidel, de la autoría de Raúl Torres, su pueblo aunque le duela, no lo quiere despedir. En La Timba, exactamente a la medianoche, y siguiendo la tradición, la gente lanza cubos de agua, para empezar el año renovados. Fidel está en todas partes y, a la vez, hace falta su presencia.
Combatientes
Mi hija, Mariana Gabriela, se prepara para desfilar el 2 de enero junto a miles de niños y niñas cubanas en la marcha del pueblo combatiente. Los pioneros irán al frente, escoltando al yate Granma. Inmediatamente después desfilarán los integrantes del grupo La Colmenita. Tras ellos, cientos de cabalgantes en hermosos caballos, evocando a los mambises de las Guerras de Independencia. Luego las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, por supuesto, centenas de miles de cubanos comprometidos con la Revolución.
Los días 28 y 30 de diciembre se celebran los ensayos del desfile, apenas despunta el sol. Gaby y yo levantamos a Mariana a las 4:30 AM. A las 5:15 llegamos a la esquina de la calle 47 y Tulipán. Se trata de la escuela primaria Combatientes de Bolivia. De todas las direcciones, llegan niños y padres que se concentran en el lugar. Los niños se han quedado con las calles de Nuevo Vedado. Huele a pan, y me acuerdo de las Misas de Gallo en Guayama.
Nada como un desfile matutino por la Plaza de la Revolución para sentir el espíritu de lucha y entusiasmo patriótico de este pueblo, tan acosado por el imperio. Allá, bien cerca del monumento a José Martí, veo a mi amigo René González Sehwerert, con su nieto en los brazos. Un guerrero noble y gentil.
Muy a pesar del envejecimiento progresivo de la población cubana, los jóvenes dominan el escenario de combate. Ellos respiran el espíritu revolucionario de Fidel.
El acuario
Es este otro lugar tradicionalmente frecuentado por las familias cubanas. Opino que es notable la mejoría que se ha logrado en el cuidado del acuario y sus alrededores. Además de las nuevas exhibiciones, ya no se ven desechos y papeles tirados por todas partes. Todos los espectáculos sobrepasan mis expectaciones. El ballet subacuático con los delfines, visible desde el restaurante, es de una belleza impactante.
El jefe de la P4
Casi llegada la medianoche del 3 de enero, abordo la P4 con Gaby y Mariana. Vamos de La Lisa a La Timba. Es noche de día feriado, y la guagua está repleta. Apenas hay cubanos blancos. Casi todos los pasajeros son negros, intensamente negros. Traen encima un aire de lo que Palés llamaría parejería. Pienso en Santiago y Guayama.
El jefe aborda la guagua sin pagar, y anuncia que es él, por autoproclama, el jefe de la P4. Negro, de nariz perfilada, cuerpo esbelto y cabeza parcialmente rapada, parece un ciempiés. Trae en una mano un vaso de ron blanco. Con la otra, gesticula a lo cubano y dice que en la P4 no se monta todo el mundo. El conductor no le cuestiona el anuncio. El jefe anda con siete de sus supuestos pandilleros.
Y bueno, como la soga parte siempre por lo más fino, el jefe llega hasta mí. Me ofrece un vaso de ron, que a decir verdad no se veía muy atractivo, pues se parecía al licor barato llamado chispetrén y venido de los vocablos “chispa de tren”, que destilaban en los años de Período Especial algunos que querían beber. La elaboración y consumo del chispetrén se ha extendido en la Cuba del siglo XXI, entre quienes tienen menos recursos económicos, habitantes por lo general de barrios marginales o menos bonitos de la Isla como La Timba, Palo Cagao o El Romerillo, similares a La Puente en Guayama. Trago un buche, sin pestañar. Gaby me abraza, en un acto arriesgado de solidaridad femenina. De los ojos del jefe sale un brillo oscuro y eléctrico que inspira temor entre los pasajeros. El jefe, acercándose a mí, me extiende la mano y anuncia a toda voz que yo, de todos los presentes, soy su amigo y hermano. Rafael Fernando Rodríguez Cruz, rebautizado el 3 de enero de 2017 como el amigo del jefe de la P4; prueba irrefutable de que entre los pobres, como dicen los boricuas, hasta el más pendejo puede ganarse el respeto de los jefes.
Mi hija, que siempre se fija en los detalles, me increpó al bajarnos de la guagua: ¿Papá, cómo se te ocurre pegarle la boca a ese vaso tan sucio?
La Habana y Dulcinea
Me voy de Cuba, pero no por gusto. A través de la ventanilla del avión, veo el Hotel Nacional, mi favorito. Hoy La Habana se ha vestido de hoteles fantásticos y restaurantes exóticos. Las luces de la ciudad hacen pensar en la exuberancia y en el progreso que sus habitantes anhelan. Pero yo, tengo que confesar, me enamoré de La Habana en 1993, cuando con ojos de soñador alucinado, la vi ataviada más como Dulcinea que como princesa de cuentos de hadas. Igual, el amor perdura.
Por eso a La Habana, ciudad de mi familia cubana, digo como Don Quijote a Dulcinea en la afamada carta de despedida: Si gustares de acorrerme, soy tuyo…

