La película cubre parte del último año de vida de la actriz cantante y las vicisitudes inducidas por su dependencia de medicamentos recetados. Esta adicción la indujeron (no importa lo que haya dicho al contrario su frecuente co-estrella, Mickey Rooney) los ejecutivos del estudio y su madre. Para hacerla trabajar largas horas le daban estimulantes cuyos efectos aceleradores eran luego suprimidos con calmantes y somníferos. Además, por temor a que aumentara de peso, no le dejaban comer cosas que los adolecentes disfrutan tales como bizcocho, pizza y hamburguesas, por mencionar algunas. Una vez adulta, añadió al repertorio el alcohol, que empeoró su situación de salud y, peor en muchos sentidos, su carrera; a los 45 años, edad que para muchos es el pico de la madurez artística, no tenía dinero ni conseguía contratos para exhibir sus talentos.
El guión del filme, escrito por Tom Edge, basándose en una obra teatral de Peter Quilter, transita entre la filmación de El Mago de Oz y su movida a Londres en un intento de revivir su carrera. Es una forma muy efectiva de relatar las causas de lo que vamos a experimentar en la cinta. Sirve para dejarnos entender las frustraciones de la artista y las múltiples causas de sus calamidades. Entre sus problemas principales estaba su incapacidad para mantener a los dos hijos que tuvo con Sidney Luft (Rufus Sewell) ya que se pasaba mudándose de hoteles que no pagaba y los privaba de una educación básica. Complicaba la situación que la relación con Luft era tirante, difícil y contenciosa. Tener que mudarse a Londres para tratar de recuperar su carrera herida la obligó a dejar sus hijos. Eso amargó más su vida e influyó negativamente sobre su regreso al escenario musical.
La película concentra, como debe de ser, en la Judy joven (Darci Shaw) y sus problemas con Mayer (Richard Cordery) y su madre (Natasha Powell) y las de la adulta Judy con su empresario inglés Bernard Delfont (Michael Gambon) y su nuevo amor, eventualmente quinto marido, Mickey Deans (Finn Wittrock). A veces la adulta Judy se comporta como una troglodita, y los que la rodean la toleran por quien fue.
La maravilla de la cinta es Renée Zellweger quien estremece con su actuación perfecta. La encarnación de Judy está en todo: cómo a veces su caminar es impreciso, no solo por la influencia del alcohol sino por las drogas que alteran la respuesta normal del sentido de posición y la percepción de lugar y espacio. Sus temblores y acciones repetitivas y su rápida transición de persona querida a mujer insultante e hiriente son de un atino dramático que nos muestra como alguien de buen corazón es alterado por las drogas.
Incapacitada a veces por falta de confianza en sí misma, la actriz lo hace tan palpable que transmite a la audiencia su inseguridad y temor. Añade a lo que es una ejecución dramática sin faltas que la actriz, como la que representa, es capaz de cantar (casi) como si estuviera en la piel de Judy Garland: con el sentimiento que solo el sufrimiento personal le extrae a quien canta, particularmente cuando las palabras delatan parte de su vida. Esa era una de las características más impresionantes de Garland; como ella nadie. Esté susurrando una canción o cantando a todo pulmón, sentimos la pena que sale junto a la música. Para mí, esta es la actuación femenina que este año se une a la de Joaquín Phoenix en Joker para hacer de la experiencia cinemática una de gran profundidad y de respuesta emocional sensible y llena de pathos. Se sufre viendo como la vida de una persona de gran talento se tronchó antes de tiempo. Al mismo tiempo nos libera de la amargura el amor que muchos sentían por ella y como eso la rescató en muchas ocasiones. Hay momentos tiernos en el filme que confirmarán que el cariño se manifiesta de muchas formas. El fin del arcoíris llegó para Judy Garland, pero todavía existe y vive para muchos.
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