La llave de Andrés: la isleta, el parque y la ley propia

El arquitecto Andrés Mignucci falleció en noviembre de 2022. Nos dejó en plenitud creativa y personal. En mayo de 2013 tuve el honor de presentar…

dos hombres blancos hablando en una costa en medio de una batalla

La recuperación de San Juan de Puerto Rico/Eugenio Caxes / Museo del Prado, Madrid

Esta es una colaboración entre 80grados y la Academia Puertorriqueña de la Historia en un afán compartido de estimular el debate plural y crítico sobre los procesos que constituyen nuestra historia.

Tomo prestado el concepto de la llave del antropólogo argentino Alejandro Grimson, quien desde hace algunos años prefiere las situaciones liminales de las fronteras a las claridades too good to be true de los centros.  Ciertas experiencias, ciertos eventos, ciertos lenguajes, ciertas figuras, pueden ser esas llaves que nos conduzcan a las cajas negras de las identidades y las culturas.  No hay una sola caja negra que nos revele los complejos y abigarrados rostros de una sociedad.  Por eso hay muchas llaves.

Me contó en alguna ocasión Arturo Dávila, nuestro historiador de los secretos, que siglos atrás, en las vísperas de San Juan, se dejaban colgadas las llaves de la ciudad a un lado de la puerta que lleva el nombre del santo tutelar.  Con la máxima Si Dios no protege la ciudad, en vano guarda el que la vela… se consolaban los lugareños cuya ciudad había visto pasar su cuota de “herejes” ingleses y holandeses piromaníacos. Para una isleta, sujeta a asedios reales y asedios imaginarios, las llaves eran talismán para librarnos de todo mal; escapulario de fe para vivir a pesar de la escasez y el aislamiento.

dos hombres blancos hablando en una costa en medio de una batalla
La recuperación de San Juan de Puerto Rico/Eugenio Caxes / Museo del Prado, Madrid

Es un objeto un tanto extraño la llave; abre, pero también cierra.  Y en esa ambigüedad, en esa indeterminación, reside su valor.  En el inacabado y muchas veces melodramático abre y cierra por entendernos a nosotros mismos, por significar las oportunidades ganadas o el tren que nos dejó, Andrés Mignucci, nos regala una llave, vestida de libro, regia, con una elegancia luminosa, que no se pliega tanto a la luz altisonante del mediodía sino a la la luz elancólica del atardecer, donde los matices son posibles.

De El Morro a la Laguna de El Condado

La llave de Mignucci es la isleta de San Juan en un viaje de centurias que la lleva desde una punta arrestada por el Atlántico insondable, a la otra punta donde se desmaya – hasta donde es posible-, la huella de la muralla.  Es a ese polo donde nos conduce el libro.  Allí, en esa frontera, emergen en el siglo 20 dos espacios que signan nuestra modernidad:  el de la ley propia abaluartada en un tríptico de nobles edificios y el de un parque que alberga sueños y alegrías de infancia en madera falsa y memorias de todos los tiempos de la isleta – desde reliquias del ayer indígena hasta la nieve traída por Doña Fela.

La nieve de Doña Fela

¿ Qué hay con esa isleta?  ¿Qué cuentos se trae esa niña? ¿Cómo fue ese viaje hasta caer en los brazos de la ley y en la magia de un parque?

Si la isleta de San Juan es en Aníbal Sepúlveda una doncella encorsetada por las monumentales murallas y en Enrique Vivoni, la doncella escapada fuera de sus muros, la isleta en Andrés Mignucci es la misma doncella, en tránsito, columpiada entre los confines murados y la tentación de cruzar los puentes donde la vida se ensancha. En la caja dentro de la caja que la llave de Mignucci abre, la isleta mira hacia ambos lados.

Un cordón umbilical, producto a partes iguales de la historia y de la geografía, sella a la isleta con el Puerto Rico del otro lado de la laguna y los canales, con un lazo de complicados nudos.  La isleta es fragmento de la isla grande, pero, en escala invertida, resulta ser la hermana mayor, mandona, a la vez amada y por lo bajo algo detestada, siempre inalcanzable.

Arturo Morales Carrión describió en muchos de sus libros esa relación fronteriza, de encuentros y desencuentros, entre la isleta y la isla.  Nunca mejor ejemplificada que en 1797. En ese año, muy cerca de aquí, los ingleses atacaron con todo lo que tenían – y era mucho- en su intento por capturar a San Juan.

“Muy Noble y Muy Leal”

Desde los fortines de San Jerónimo y de San Antonio – este último ya no existe- los criollos y los pocos soldados españoles regulares que no se habían ido para Santo Domingo – resistieron con todo lo que pudieron juntar.  Desde todos los puntos de la isla – de San Germán y Coamo, de Río Piedras que se llamaba entonces El Roble, de Aguada y de Arecibo, llegaron a defender la isleta desde su derecho a vivir, rezar, sembrar y trabajar en paz.  Trece días después de iniciado el bombardeo, la escuadra invasora desplegó velas, derrotada.    San Juan obtuvo el privilegio de llamarse la Muy Noble y Muy Leal para disgusto mayor del resto de los pueblos, pero sobre todo de San Germán.

San Germán/Augusto Pleé (1821)

Entre las peticiones que el cabildo de esa villa le entregó a Ramón Power en 1809 para procurar en España se encontraba la designación de San Germán también como Muy Noble y Muy Leal.  Después de todo, sus milicianos habían atravesado la cordillera para defender a San Juan.  ¿Por qué sólo a la isleta le iba a corresponder la gloria?

Andrés Mignucci se instala precisamente en ese espacio donde la frontera es más inminente, difusa y contenciosa pero también por eso mismo, más iluminadora.  Es, como decimos en nuestra época llena de condiciones,  una situación borderline. Es también su punto de llegada.  Recorramos los caminos que lo traen hasta aquí.

Los caminos dibujados

A lo largo de páginas de prosa tersa y poesía soterrada que permite la golosina de la imagen, Andrés Mignucci crea una serie de cronotopos, esa dimensión donde las relaciones de espacio y las del tiempo se asimilan en un relato. La isleta que emerge en este libro no existe con anterioridad.  Nace con el libro.  Aunque se representa y se relata con documentos auténticos, se trata de una biografía imaginada e imaginaria. Espacios y tiempos, materia y movimiento se entrecruzan para demarcar un “aquí y ahora”, un lugar que da cuenta de un acontecer, concebido por el autor y degustado por el lector.

El libro de Andrés

¿Cómo llega la isleta a la frontera? ¿Cómo narra Mignucci ese desplazamiento de la isleta de su polo de fortín y ley ajena al otro polo de juego y de ley propia? ¿Cuáles son los caminos dibujados?

El primer camino consignado por Andrés anticipa la ciudad. Antes que Martín Peña, el primer mudancero en esta tierra, cruzara con sus barcazas los cachivaches de los colonos y los símbolos de las autoridades desde Caparra,  un mapa de 1519 lo ordenaba:  Aquí ha de ser la ciudad.

Aquí ha de ser la ciudad. (siglo 16)

Las estructuras fundacionales del asentamiento – la Iglesia, el Convento de Santo Domingo- presagiaban una gran ciudad que nunca fue.  Pronto se desvanecieron esos primeros sueños de piedra.  Cuando San Juan, disminuida de gente y atacada hasta la ceniza, abrazó nuevamente la piedra, fue para cerrarse monumentalmente a cal y canto.

La Isleta dibujada por los holandeses (siglo 17)

Que vengan los de Veracruz o los de La Habana a presumir.  Aparte de Cartagena y cuidado que no concedo, no hay emplazamiento murado en América más imponente que San Juan. Los planos de los ingenieros militares Tomás O”Daly y Juan Francisco Mestre capturan esa belleza, si bien terrible, de la máquina de guerra.

La Isleta dibujada por O’Daly y Mestre (siglo 18)

A pesar del colapso a comienzos del siglo 19 del imperio español en América (excepto por Cuba y Puerto Rico), el destino de la isleta siguió atada al arbitrio militar, al terror al mítico holandés de mar afuera y al de los mares interiores.

 

La Isleta de entresiglos (siglo 19 al 20)

 

Los mapas más futuristas sueñan con ensanches que nunca se realizaron, con un San Juan que se integrara a tiempo a un renovado Caribe, puerta a un nuevo canal interoceánico.  Todo el mundo excepto la cúpula militar quería que se echaran abajo las murallas.  In extremis, como la autonomía, se permitió su derribo parcial en 1897.  La isleta emprende vuelo, entre cañonazos que anuncian una nueva invasión. Ahora, se le antoja tener un parque.

Los caminos al parque

Aunque desde los 1880 el tranvía abrió vías a extramuros, los caminos materiales, simbólicos y políticos que llevan a la isleta hasta el parque no se abrieron hasta el siglo 20. Cambios en la cultura del ocio, en los elementos que componen una ciudad y su ciudadanía y, no menos, en la noción de lo público intervinieron para que la figura y la experiencia del parque ingresaran en los inventarios urbanos y en los presupuestos de Europa y América.

El primer parque público, el Birkenhead, se inauguró en Liverpool en 1847; hasta 1873 no lo hizo Central Park y en 1875 se inauguró Palermo en Buenos Aires.  Mientras estuvo ceñida por las murallas, San Juan no conoció parque porque para las autoridades militares españolas consideraban el área desde El Morro hasta el Monte del Olimpo en Miramar, una posible zona de guerra.  San Juan tuvo que contentarse con paseos como el de Covadonga o La Princesa los cuales, con su arboleda, bancas para el remanso y alguna estatuaria, alejaban a los sanjuaneros del hacinamiento sofocante de su ciudad del que se lamenta Alejandro Tapia y Rivera en Mis memorias.

 

El parque llegó con los americanos y formó parte de su proyecto redentorista de extender junto al dominio político, económico y militar, un modelo de civilización.  Tuvo su lado arquitectónico y urbanístico.  En la isleta, por ejemplo,  se configuró una gran calzada de edificios monumentales que arrancó desde la Escuela Pública #1, hoy José Julián Acosta y terminaba con un Parque.  Se pretendía con la secuencia edilicia, que incluía un flamante Capitolio, alentar en los transeúntes la admiración estética y moral que conducía a ser mejores ciudadanos. La primera generación de arquitectos puertorriqueños egresada de universidades de Estados Unidos se estrenó en el diseño de esas edificaciones institucionales.

La vía cívica / City Beautiful

 

Pero la isleta llegó al parque también como homenaje a la figura de Luis Muñoz Rivera. La muerte del prócer en 1916 como la de su hijo Luis Muñoz Marín en 1980 dio lugar a un parque.  Me pregunto si tal consecuencia fue un contrapunto a las vidas fogosas, adheridas a la palabra que dirige y convoca a la acción y que precisaban de una representación póstuma sedada, civil, con elementos de juego pausado.  No lo sé, pero el primer parque se llamaría Luis Muñoz Rivera.  Allí está su estatua, algo andariega, y de gesto nada tranquilo.

Luis Muñoz Rivera en el parque

En el nuevo parque se incorporaron otras intenciones aparte de la convocatoria cívica y memorial.  Es un ejemplo de los gestos nobles de la planificación colonial de grandes espacios – la Universidad y el complejo sanitario-penitenciario en Monacillos son otras muestras conocidas-.  Desde esa mira, es el parque de William Parsons y su valija Beaux Arts.

 

El Plan Parsons

Y es también el parque de Francisco Valines Cofresí, de Cabo Rojo, quien, en medio de la Depresión, le dio un giro pintoresco al Muñoz Rivera y el de Víctor Cott, de Juana Díaz, quien armó un falso bosque de casitas, pérgolas y laberintos vegetales.

Víctor Cott

Como en los musicales contemporáneos de Fred Astaire y Ginger Rogers, Valines y Cott conjugaron vuelos de la fantasía que hacían olvidar tan solo por un momento el hambre y la miseria de aquellos tiempos.  De hecho, el parque hasta albergó oficinas y depósitos de la PRRA, la agencia de rehabilitación del Nuevo Trato.

Tras la posguerra, los destinos del parque se ataron a los de una ciudad con nuevas rutinas y recorridos.  La cultura del automóvil y la suburbia no fue amable con el Muñoz Rivera.  Sólo parecía revivir los domingos, especialmente durante la época navideña cuando la infancia estrenaba bicicletas y patines.  Durante algunos años albergó un zoológico ubicado en El Polvorín.

Sucesivas propuestas de los arquitectos Orval Sifontes en los sesenta y setenta, de Otto Reyes a propósito de la renovación urbanística que vino con el Quinto Centenario en 1992 y de Andrés Mignucci a comienzos de este siglo, confirman al parque como promesa de felicidad y como piedrecita que nos lleva un poquito más adelante en nuestro eterno juego de peregrina.

El tiempo y el espacio del parque se registra en fotografías fijas y aéreas que documentan sus mudanzas y modificaciones.  Desde los años treinta del pasado siglo a la isleta se le liga desde arriba.  Mignucci colecciona, como los álbumes de estampitas de antes, el seriado de imágenes que dan cuenta de las transformaciones que densifican la isleta con terrenos ganados al mar y con el avance de la huella urbana hasta alcanzar la punta que da a la laguna.  Andrés se acerca al Tribunal desde el parque; la isleta lo había hecho antes, desde otros caminos.

 

 

Los caminos de la ley propia

Estoy en el recinto del Tribunal. Confieso que siempre lo he mirado de lejos, como esas mujeres inefables pintadas por Myrna Báez.  De todas las sedes de los poderes de gobierno me parece el Tribunal Supremo la más enigmática, la más solitaria. Las fotos, realizadas por un estupendo equipo acreditado debidamente al final del libro, logran captar, con sutileza, la serenidad y la dignidad que el conjunto de edificios exuda.

Son difíciles de explicar ambos conceptos cuando hablamos de Puerto Rico.  Quizás por la prevalencia de la representación vocinglera del puertorriqueño, los pensamos ajenos, más propios de climas fríos, como dictaban los antiguos determinismos climáticos. El gobernador Rexford Tugwell, por ejemplo, nunca entendió bien el concepto de dignidad del puertorriqueño al que despachó diciendo que era algo heredado de los españoles.  A su vez, Muñoz Marín insistió en que el país compartiera su visión de que, en medio de la vorágine del progreso, se precisaba serenidad de espíritu.

La isleta llega al lugar de la ley propia después de más de 400 años.  Ángel Rama en su libro clásico La ciudad letrada señala que las ciudades americanas nacen de una pulsión de orden espacial y jurídico, una forma de conquista.  Son ciudades ordenadas a diferencia de las ciudades orgánicas que distinguieron a Europa hasta entrado el siglo 19.  La cuadrícula colonial que reglamentó la construcción, usos, cromática y formas de habitar en la ciudad, fue como las Leyes de Indias que dispusieron hasta el mínimo detalle lo que se podía hacer y no hacer en el comportamiento personal, social e institucional. Desde muy temprano, esa voluntad de orden se enfrentó a la jaibería que no era sólo cosa de los nativos que contrabandeaban o que construían un bohío a contrapelo de la ley sino también de las mismísimas autoridades que cuando veían la imposibilidad de implementar cierta legislación se agarraban del apotegma:  Se acata, pero no se cumple.

Esa resistencia a la ley o su circunvalación tiene sus juglares y sus cronistas. Los caminos de la ley en procura de su identidad y lugar propio son otros y otros lo cuentan.  Andrés Mignucci inicia el relato con Ramón Power y la Constitución de 1812, producto de las jornadas de la Cortes de Cádiz de las que el sanjuanero, cuyos restos repatriados recibió el país en 2013, fue vicepresidente.  En las Instrucciones encomendadas por los cinco cabildos de la Isla, en las representaciones que elevó en contra de las Facultades Omnímodas, en su defensa serena de los principios universales de la dignidad humana, Power sentó las bases de posibilidad del derecho puertorriqueño como ley propia.

Andrés sigue el viaje por siglo y medio de las casas de la justicia en la isleta.  La Audiencia establecida en 1832 se asienta en Fortaleza #5 hasta 1867, cuando se traslada al Cuartel de Santo Domingo.  Ubicada allí rebasa el cambio de soberanía con el nombre de Supreme Court of Justice hasta 1933 que se muda al flamante Capitolio.

Los traslados de sede son apenas marcadores de la lucha por un derecho propio que ha ocupado a Puerto Rico por los pasados dos siglos.  Es una trama que tiene cronistas esmerados como José Trías Monge, Rubén Nazario, Efrén Rivera Ramos y Luis Rafael Rivera, entre otros.  Es una historia política por supuesto, que toma en cuenta los mapas de posibilidad pero que anticipa rumbos, un testimonio de nuestra capacidad de superar fatalismos y minorías de edad.  Es también una historia cultural, de convocar y negociar desde la serenidad y la dignidad de la palabra. En la Constitución de 1952, en particular su Carta de Derechos, se despliega el horizonte normativo que plantó Ramón Power: habemus ley propia.  Ahora era cuestión de buscarle una casa.

El conjunto del Tribunal es un testimonio a la arquitectura moderna en Puerto Rico.  Un homenaje a sus artistas y artífices, a las formas simples y nobles, a la economía simbólica de sus estructuras no por ausencia de connotaciones sino por su vocación de buen tono, sereno y digno que es du principal ornamento.   A una arquitectura de lo propio cuando lo propio no es denominación de origen nativista.  Cuando ser puertorriqueño pasa por auparnos más allá de las guardarrayas y ocupar lugares en una cartografía más ancha del mundo que es también nuestra isla.

Es la arquitectura del Tribunal, representada por Osvaldo Toro, Toro Ferrer, Segundo Cardona, sin estridencias ni protagonismos desbocados, secular y confiada, como nuestros constituyentes, como la ley propia que nos cobija, aunque tantas veces no se cumpla y se mancille.

 

Coda:

Los espacios que Andrés Mignucci creó en San Juan, sean parques para niños o lugares para gestión social, son lugares públicos en el sentido más desprendido y utópico:  son espacios que llaman a soñar, donde se estimula el gusto por el agrego, donde se juega – en broma y en serio- como diría el recordado periodista Rafael Pont Flores. No me extrañó que regresara al parque, después de todo, el jugó en el parque alguna vez y luego, jugó con el parque. Estoy segura de que mientras Andrés estaba en ésas en 2004, se asomó al patio de al lado. Simbólicamente, escaló la barda al predio serio del Tribunal.  Desde entonces, parque y tribunal se fueron haciendo uno.

En el libro de Andrés Mignucci hay juego y reverencia.  No porque el parque sea lúdico y el tribunal asunto serio.  Sino porque hay seriedad y juego – del lenguaje, de las formas- tanto en los imaginarios de la ley como en los de la niña que inaugura patines.  Juego y ley son arcillas que moldean a la ciudad y al arte, a la religión y a los amores.

Venciendo el reconcomio que a veces asola a los ponceños y a los yaucanos cuando salimos de los afiebrados sures, Andrés Mignucci persigue en este libro el vasto archivo de historias y geografías de la isleta, con tenacidad corsa como la de Enrique Vivoni, con olfato arqueológico como el de Aníbal Sepúlveda y con la pasión compartida por los mapas, planos y fotos.   Yo que he presentado libros de los tres, que he trabajado con dos de los autores, estoy con todas las de la ley, en mi parque, para incitarles al disfrute, a la contemplación (porque es una pieza de delicada hechura) y a la ponderación de su trama de caminos, espacios y tiempos.  Les paso la llave de Andrés para que abran la caja negra de otras formas de ser que son también nuestras.

 

Silvia Álvarez Curbelo
Silvia Alvarez Curbelo es oriunda de Ponce, Puerto Rico y doctora en Historia de la Universidad de Puerto Rico. Es Catedrática Emérita de la Facultad de Comunicación e Información de la Universidad de Puerto Rico. Se especializa en historia cultural y en el análisis del discurso político. Su libro más reciente es Hacia la estación de Ponce: ensayos sobre Puerto Rico (2023). Es Académica de Número de la Academia Puertorriqueña de la Historia y miembro de varias organizaciones académicas nacionales e internacionales.

Periodismo que no pide permiso

Recibe cada semana nuestros mejores artículos. Sin algoritmos.

Silvia Álvarez Curbelo
Colaborador/a

Silvia Alvarez Curbelo es oriunda de Ponce, Puerto Rico y doctora en Historia de la Universidad de Puerto Rico. Es Catedrática Emérita de la Facultad de Comunicación e Información de la Universidad de Puerto Rico. Se especializa en historia cultural y en el análisis del discurso político. Su libro más reciente es Hacia la estación de Ponce: ensayos sobre Puerto Rico (2023). Es Académica de Número de la Academia Puertorriqueña de la Historia y miembro de varias organizaciones académicas nacionales e internacionales.

Periodismo que no pide permiso

Recibe cada semana nuestros mejores artículos. Sin algoritmos. Sin pauta comercial.