La mirada en construcción: ensayos sobre cultura visual, vol. II, José Orlando Sued y René Rodríguez-Ramírez, editores, Luscinia C.E. / Fundación Luis Muñoz Marín, 2026.

¿Cuándo comienza a construirse la mirada? Como artistas plásticos, pensamos que es cuando miramos y pretendemos hacer fructificar lo que vemos, aprehenderlo y aprenderlo para convertirlo en signos comunicables sobre papel, lienzo o cualquier otro soporte que se preste a ello.
Es nuestra una mirada optimista que, en su entusiasmo, ignora por unos instantes la historia del arte universal, la cual tiñe nuestra mirada con filtros, formando y deformando lo observado. No hay mirada inocente y tampoco lo son la utilización y la transformación operadas con esa mirada.
El segundo volumen de La mirada en construcción que hoy presentamos es una voluminosa, valga la feliz redundancia, evidencia de los variados modos de ver y manipular, con consciencia o sin ella, lo visto y lo reproducido con las deformaciones de rigor.
Y con deformaciones harto evidentes comienza esta preciada publicación que le debemos a los editores José Orlando Sued y René Rodríguez Ramírez, de Luscinia C.E., con el auspicio de la Fundación Luis Muñoz Marín, cuyo titular es aquí objeto de nuevas y críticas observaciones. Pero de eso se trata: La mirada en construcción viste y desviste figuras y fechas, hechos y deshechos provocando en quien lo lee la colaboración en la compleja tarea de construir y deconstruir la imagen heredada.
Este sólido y letrado edificio de dos plantas ha sido erigido por quince obreros de la cultura visual, el segundo bajo la sabia dirección de los ingeniosos editores y plantea en su ambiciosa verticalidad más preguntas que respuestas, siendo ésta una de sus muchas virtudes.
El segundo volumen, que es el que hoy presentamos, se fundamenta, de entrada, en algo muy contemporáneo y equívoco: el cine, la fotografía y lo subalterno.
Y, sin pretender agotar nuestras apreciaciones, aquí van algunos ejemplos. La galería del dolor establecida por Jorge L. Crespo Armáiz de inicio es más que una bienvenida, una toma por asalto al develarnos y desvelarnos con las imágenes estremecedoras de un álbum fotográfico: el rigor médico-militar que nos legó el Dr. Bailey A. Ashford. Para aquellos que lo conocemos por llevar su nombre una avenida, un hospital y una casa-museo santurcinos, esta lectura de relatos, fotos y análisis es un parteaguas. El análisis del patriarcado, estrechamente vinculado a la esclavitud y a la explotación económica, se combina con el diagnóstico y la remediación de los males físicos detectados. Es un excelente pórtico a la complejidad del asunto del libro, su origen, tratamiento y recepción de esta problemática mirada. La figura idealizada de la vanguardia científica en las tropas invasoras estadounidenses se revela en su complejidad al reducir el dolor del colonizado a un estudio, no obstante cuán curativo, del otro subyugado y extraño. Las fotos son de una crueldad no intencional en su desnudez lacerante, en su reducción del espécimen a estudio.
Ante el objetivo —las representaciones de la mujer afrocubana en la fotografía a partir de 19 y principios de 20 por Gema Desiré Cristóbal Querol— saltan a la vista las similitudes con Puerto Rico. Esto no es de extrañar dada la historia colonial de ambas islas. La mujer afrocubana, doblemente invisibilizada por la raza y el género, aparece fugazmente en el daguerrotipo y reaparece en la fotografía del nuevo invasor del Norte. El análisis del patriarcado, estrechamente relacionado con la esclavitud y la explotación económica, se combina con los estereotipos sexualizados. El borrado de las imágenes fotográficas de la mujer cuando acompaña a un infante, a pesar de ser su principal guardiana, es revelador por lo que oculta. La fotografía aquí legitimiza la subordinación, primero esclavizante y luego por motivos raciales y de género.
La brevedad de esta presentación oral no nos permite entrar en detalle tanto como amerita esta enjundiosa selección de textos, de tal modo que tan solo apuntaré a algunos.
Lo que no puedo ni quiero soslayar es la generosa inclusión de dos textos de mi autoría, con dieciséis años de diferencia, titulados Miedo, arte y libertad (2009) y Tirijala: El arte en la era de Muñoz. Una de las ventajas y desventajas de sobrevivir es dar cuenta de lo vivido, un balance no siempre ecuánime, imposible proeza, de ser testigo, juez y parte.
Tanto en imagen como en palabra, me he esforzado por ejercer la libertad en la lucha contra el miedo, armado con las herramientas que me proveen dadivosamente las artes. En este devenir he estado y estoy muy bien acompañado, tarea imposible en soledad.
En ese y muchos sentidos, es importante señalar el nombrar e invisibilizar: Apuntes para una ética del cine documental y la historia oral de José Orlando Sued, textos que analizan el uso y la manipulación de los medios audiovisuales. Como alguien que creció con el Estado Libre Asociado, me deslumbró la pantalla cinematográfica del Noticiero Viguié y su vitrina de progreso en blanco y negro, aderezada con la autorizada y convincente voz de quien luego fuera uno de mis maestros, José Antonio (Toño) Martinó. La enorme rueda de Fomento Económico parecía no detenerse nunca en un viaje impulsado por la musculosa mano de obra boricua.
La construcción de esa mirada y su legado persisten aún después de que la rueda, oxidada y rota, termina dejando al obrero que la empujaba con las manos vacías.
En Ramón Frade, la fotografía y la construcción de la identidad puertorriqueña de Mercedes Trelles Hernández y, Ante el discurso nacionalista jíbaro blanco: rescate de la representación de la persona negra en el arte puertorriqueño (1905-1941) de Lillian Lara Fonseca, se exploran en la imagen fotográfica y su representación pictórica la fecunda relación entre ambas.
La foto, como punto de partida para la pintura, y su manejo al crear íconos poderosos provocan comparaciones esclarecedoras.
En El pan nuestro de Frade, el jíbaro jincho del monte calvario boricua, portando el pesado racimo de plátanos mientras el sombrero aureola su sufrido rostro, contrasta con el jíbaro negro de Oscar Colón Delgado, cuatro décadas después, cuadrado y desafiante, machete en mano, fornido y pisando fuerte con botas y no descalzo como el de Frade.
Conclusión
A modo de cierre, que es una apertura, continuemos la construcción de esta mirada, que, como toda casa habitada, nunca termina. Es la nuestra una historia de nunca acabar: se cava y se rellena una zapata, sobre ella se levantan castillos configurados con varillas que quieren ser árboles, poblarse de habitaciones protegidas por frondas de vigas que sostienen un techo que aspira al cielo.
Y esa construcción puede venirse abajo, como bien sabemos, al embate de un huracán, de un terremoto o de nuevas invasiones inmisericordes. Por lo tanto, tenemos que construir nuestra propia mirada, ajena a las mentiras y a las manipulaciones, aquella que podamos ajustar a nuestras necesidades y aspiraciones.
Una mirada abarcadora que comprenda, mas no se pierda en los detalles; mirada memoriosa y visionaria de futuros posibles e imposibles; mirada tan al interior como al exterior, en su insaciable deseo de conocimiento. Mirada, como dijera el amigo Arcadio Díaz Quiñones, negada al sosiego.
Antonio Martorell
Taller de La Playa de Ponce
2 de abril de 2026
Presentación del libro
La mirada en construcción
del Colectivo Editorial Luscinia
