En mayo de 2026, el presidente Xi Jinping le planteó directamente a Donald Trump si creía que Estados Unidos y China serían capaces de evitar la «Trampa de Tucídides», el conflicto bélico derivado de la competencia geopolítica, económica y tecnológica que resultó en la caída de Esparta como imperio dominante, frente a una creciente y poderosa Atenas, en obvia referencia a los EEUU frente a China. Trump no supo qué responderle.
Los EEUU, desde el siglo XIX, pero sobre todo desde la II Guerra Mundial, han fomentado la dependencia en su imperio por la mayor parte del mundo, derrocando gobiernos que no favorecen sus empresas, obligando a todos los países a utilizar el dólar como moneda de comercio, sobornando estados para que cedan recursos naturales y/o compren bienes y servicios estadounidenses (sobre todo militares) preferencialmente frente a sus competidores. Como resultado alcanzaron el estatus del país más rico del mundo a partir de la mitad del siglo XX, mientras China todavía era un país predominantemente agrícola, sobrepoblado y pobre. Los EEUU apostaron al presentismo: lo quiero aquí, lo quiero todo, lo quiero ahora… y quien trate de impedirlo enfrentará mis consecuencias.
China, con 5,000 años de cultura, apostó al futuro. «Se alquiló» como obrero de Occidente para producir todo lo que Occidente inventaba, más rápido, más barato, generándole más ganancias. Pero los chinos, toda vez que hacían la labor, aprendieron a confeccionar los productos por su cuenta. Occidente le acusó de robarse los inventos sin comprar sus patentes. China concluyó: tus descomunales ganancias provienen de nuestros sueldos de hambre, así que sí, vamos a reconfeccionar tus productos con nuestros recursos.
En poco más de medio siglo, ha desarrollado infraestructuras futuristas, creado sus propios productos y, en vez, de obligar militarmente a los países más pobres, pero con mayores recursos naturales, a endeudarse con Peking, los ha ayudado a desarrollar sus propias infraestructuras para superar poco a poco la pobreza y con más recursos comprar productos chinos más económicos que los de Occidente.
La dependencia del petróleo y sus derivados de los EEUU (y su obstinación por no buscar alternativas), le ha convertido en dependiente de uno de sus mayores recursos, pero ha limitado sus alternativas y con ellas mejorar su propia capacidad de mejorar su infraestructura y reducir su dependencia para con recursos que cada vez controla menos.
Como resultado, ha recurrido a invadir y extorsionar a los países más vulnerables, y respaldar los sectores más retrógrados y antidemocráticos, sobre todo de su hemisferio y Europa, para intentar mantener su hegemonía sin coartar el insaciable compromiso con las ganancias de su cada vez más reducida población ultra-acaudalada.
Este modelo es insostenible. Tarde o temprano las masas, sobre todo en tiempos de alta comunicabilidad digital no van a aceptar indefinidamente la recomendación de que «coman bizcocho». Cuando esto suceda, China estará disponible para lanzar la cuerda con la cual salir del golpe de rio que arrasará con todo, como en Nepal, y no hay nada que los EEUU y gran parte de Occidente puedan hacer al respecto.
Dada su mentalidad de extracción sin verdadero interés en colabobaciones mutuamente beneficiarias, no quedan muchas herramientas con qué asistir en la autosustentabilidad y todos esos países empobrecidos por la extración forzada de sus recursos por Occidente, verán en China un socio colaborador y respetuoso de sus culturas y políticas.
La hegemonía de Occidente tiene los días contados. Sus principales promotores, Trump, Putin, Netanyahu, son septa y octogenarios, cuyas prácticas el resto del mundo rechaza. En el futuro, los Carney, Sánchez y Sheinbaum serán los modelos a emular y seguir, aunque el mundo retenga su economía de mercado (capitalismo), y no logre vencer del todo a los supranacionalistas que aspiran a un mundo dominado por eurodescendientes acaudalados.
China probablemente ha desarrollado el modelo de gobernanza que prevalecerá: un estado fuerte e intolerante a la disidencia, pero enfocado en mejorar la calidad de vida de toda la población, permitiendo que unos pocos puedan acumular riqueza siempre y cuando no saboteen el proyecto de equidad controlada por el estado.
Ante la multiplicación de la penuria y la pobreza generada por el sistema actual, no sorprenda que la humanidad deje de mirar a China con suspicacia y aprenda a mirarla con ilusión y esperanza.
