A los padres encarcelados por no pagar
la pensión alimentaria, y a sus hijos.
Que le abran el porvenir y no se aferrará al pasado.
– Simone de Beauvoir
Háblese de un padre divorciado, y las más de las veces será catalogado—como ha señalado Daniel Nina—de “hombre maltratante que no quiere mantener a sus hijos”. Tanto responde esa infeliz percepción al modo en que se mira a los padres en Puerto Rico, que cuando tal acusación es lanzada, jamás se duda de su veracidad.
Difícil, empero, es encontrar estadísticas precisas para determinar si es cierto que “la mayoría” de los hombres de este país son maltratantes que no quieren mantener a sus hijos. Aquellas personas que frecuentan los tribunales del país aseguran que es considerable la cantidad de casos de padres que se niegan a pagar las pensiones alimentarias estipuladas en corte. Los cuentos de horror que se comentan no tienen fin.
Si fuera cierto, entonces, que la mayoría de los padres divorciados no quiere pagar la pensión de sus hijos, habría que preguntarse por qué. Demasiadas veces se escucha el comentario de que “es que los hombres son así, perros”. Sin embargo, concluir que está en “la naturaleza masculina” abandonar a sus hijos es retroceder al pensamiento ya superado de que los hombres y las mujeres “nacen y son como son”, sin que medie sus respectivas situaciones a la hora de aquilatar su comportamiento. Es regresar a la justificación de todo comportamiento masculino y femenino a base de “las hormonas”, “la corteza cerebral”, y demás patrañas.
Ahora, si los hombres no “nacen irresponsables”, ¿cómo se explica la irresponsabilidad a la hora de mantener a los hijos? ¿Por qué esa deplorable cantidad de madres en los tribunales del país pidiendo lo incuestionable, el derecho a la manutención de los hijos? ¿Cómo, por qué, es que el hombre “se hace” irresponsable?
Pregunta difícil de contestar, y en este espacio. Pero podemos auscultar aquellas situaciones en las que se ven los padres divorciados en Puerto Rico, para de ese modo intentar descubrir algunas de las posibles causas de este problema que nos agobia.
Las diferencias que existen entre la paternidad y la maternidad contemporáneas respecto a aquellas del pasado son abismales. Hoy, tanto hombres como mujeres han asumido roles que antaño eran inconcebibles, y vemos madres que conducen camiones y empresas, mientras padres limpian los vómitos de sus bebés en los pasillos de los supermercados. No empece a ello, a la hora del divorcio la ley inexplicablemente revierte a los patrones patriarcales de antaño. La inmensa mayoría de los sujetos divorciados, sin custodia de sus hijos y obligados a pagar pensiones alimentarias, la constituyen hombres. Durante la vida familiar se acepta como adelanto o progreso que el padre atienda y eduque a sus hijos, pero una vez esa familia se rompe, el papel del padre automáticamente se reduce, legalmente, al de “proveedor”.
De esa mentalidad anacrónica surge la injustificada negativa de nuestros foros legales a aceptar la custodia compartida como la primera alternativa a la hora del divorcio; de ahí que en corte al padre que se divorcia invariablemente se le amenace con “la cárcel” si no paga la pensión asignada. (Sospechamos que a las mujeres no se les hace la misma advertencia por romper cualquiera de los acuerdos de su divorcio.)
No hay que estar muy despierto para darse cuenta de que en esta situación la desventaja es del padre, pues se da por sentado de que “está más inclinado”, “naturalmente propenso” a abandonar a sus hijos. Todo hombre es declarado, a priori, un criminal. (El asunto también degrada a las madres, pues el corolario de lo anterior es que toda mujer es, por obligación, víctima inválida y dependiente.) El padre, además de achacársele un “potencial criminal”, es también reducido a su función patriarcal de “proveedor”, o para decirlo exactamente, a un cheque. De tal modo que, ese padre que puede proveer modelos de vida útiles para sus hijos, ese padre que puede ser una herramienta para el desarrollo exitoso de sus hijos, queda en vez degradado a dólares, amenazado por la ley de una segura encarcelación si no asume su degradación.
En esta situación no se le reconoce a los padres la posibilidad de ser fuerzas positivas en el desarrollo de sus hijos, independientemente de su solvencia económica. El beneficio de la duda sólo se le otorga, ciega y discriminatoriamente, a las madres. Aquí, una madre sin dinero sigue siendo madre, pero un padre sin dinero no existe. La insolvencia económica de un hombre es “razón” para negarle a los hijos la presencia de ese padre que, con o sin dinero, puede dar buenos consejos, una mano con el proyecto de estudios sociales, ofrecer un modelo de ética, dar amor. Pero lo contrario es lo que predomina. Le ofrecemos a nuestros hijos una infame lección moral cuando degradamos la masculinidad y la paternidad a un asunto de dólares.
Para agravar la situación, a la mayoría de los padres divorciados se les niega la custodia y la patria potestad de sus hijos, por lo cual quedan enajenados de la vida de éstos. También quedan fuera de toda participación en las decisiones sobre el uso de la pensión que pagan, obligados a “tener fe” en que ese dinero será correctamente utilizado. El dinero, tristemente, se convierte en el vínculo definitorio con sus hijos: Paga, papi, paga, para que los puedas ver cada dos semanas.
Esta deformación de las relaciones paterno-filiales tiene su más despreciable consagración en las libretas de pago que ASUME envía a todo padre que paga pensión a través del gobierno. Los hijos quedan, literalmente, rebajados a pagos mensuales que en nada se diferencian de aquellos del préstamo del auto, la hipoteca o la financiera, burdos talonarios de pagos que inevitablemente producen repulsión. No sabemos si hay otros medios para asegurar los pagos, pero nos es imperativo afirmar que ningún ser humano, mucho menos un padre, puede sentir orgullo, responsabilidad, compromiso, dignidad, a partir de un talonario de pagos. Cada uno de esos talonarios es la negación misma de la nobleza de la paternidad. Y habría que preguntarse si una de las razones por la cual hay ¿tantos? hombres que no cumplen con sus pagos es que sienten, correctamente, que su integridad y su dignidad como seres humanos son desautorizadas por esa innoble libreta de pago. Que de tanto tratar a los padres como criminales irresponsables, éstos devienen—oh, san Genet—en aquello de lo que invariablemente se les acusa.
Las relaciones paterno-filiales y las pensiones alimentarias deben dejar de ser usadas como castigos o venganzas a la hora del divorcio. Al contrario de aquel desgraciado vídeo de Olga Tañón, en el cual unas mujeres divorciadas se hacen manicuras en un salón de belleza mientras Tañón canta “paga, paga”—una oda a la prostitución—las pensiones y los hijos no deben ser utilizados para atacar a ex-esposos. Imposible cosechar responsabilidad en los padres e hijos si agresión es lo que se siembra.
Este problema exige que nuestras leyes se pongan a la par con nuestras necesidades y de ello deberían encargarse aquellas personas designadas y educadas para esa tarea. Pero estas personas se encuentran atareadas con sus sórdidas pugnas político-partidistas, mientras diariamente padres y madres son inconstitucionalmente encarcelados por deudas—que no “desacato”—que aumentan día a día al tiempo que las posibilidades de saldarlas se evaporan.
Si de veras queremos evitar que nuestros hijos hereden nuestras miserias, los padres y madres de este país tenemos que confrontar la situación. Esos hombres que abandonan a sus hijos probablemente han sido criados por mujeres; forzoso es preguntarnos si esas madres reprodujeron patrones patriarcales al educarlos. Es imprescindible que la educación, la vida toda de nuestros hijos sea compartida por ambos padres, independientemente de que la pareja viva junta, para que los hijos se beneficien con un modelo de dignidad y responsabilidad tanto paterna como materna. Urge que reconozcamos que la función de un padre no es la de pagar cuentas. Si el mito patriarcal de la maternidad murió, asimismo el de la paternidad.
Hay que insistir en ello: El sistema como está ahora, no sirve, no funciona. Exige a las madres hacerse cómplices de la injusticia que pesa sobre sus propios hijos, y discrimina abiertamente contra los padres porque se fundamenta en la intolerable premisa de que todo hombre es invariablemente criminal. Por ello, fomenta la irresponsabilidad, legitima el maltrato, justifica el abandono. Criminalidad es lo que reproduce.
Padres y madres, estamos todos en la obligación inaplazable de transformar esta situación, por el bienestar de esos futuros padres y madres que son nuestros hijos e hijas. De lo contrario, a regalar talonarios de pago en los baby showers, porque ese, y ningún otro, es el destino inevitable de esos hermosos recién nacidos que tanto amamos.

