Este no es el lugar ni la ocasión para reflexionar sobre este evento histórico. Baste decir que los 19 de noviembre no deberían ser objeto de ninguna celebración, y al igual que los 12 de octubre, deberían ser días luctuosos en los que se recuerden las matanzas, traiciones, violaciones y oprobios que sufrieron nuestros antepasados indígenas como consecuencias de la conquista española. Luego sufriríamos la esclavitud y la explotación, el ninguneo y la invisibilización y todavía hoy, transcurridos más de cinco siglos, padecemos la indignidad de una colonialidad que comenzó entonces.
Pero lo que nos enseñaron en las escuelas es falso. Puerto Rico no fue «descubierto», si por «descubrir» se entiende ser encontrado en el camino y visto, el 19 de noviembre de 1493. Tampoco esto ocurrió en el oeste del país. En cambio, ignorado por muchos, el verdadero «descubrimiento» de Puerto Rico se dio un día antes, el 18 de noviembre de 1493 y éste se dio en Vieques. Entonces la flota colombina del Segundo Viaje vio crecer en el horizonte una isla cuya hermosura y verdor determinaría su bautizo por el Almirante con un nombre en italiano, «Gratiosa», es decir, Graciosa. Con este acto se proponía honrar a la madre de Alessandro Geraldini, un amigo de su tierra a quien Colón había prometido, en agradecimiento de su amistad, conferir el nombre ilustre de su madre a una «isla noble».
Alessandro Geraldini no olvidaría el gesto y en su primer traslado a América en 1522, cuando se dirigía a Santo Domingo para ser su obispo, pidió a los pilotos de las naves que enfilaran el rumbo hacia «Graciosa». Allí pasaría dos días y de esta breve estancia escribiría años después con afecto y devoción.
Los puertorriqueños no hemos tenido, sin embargo, la misma constancia a la hora de recordar a Vieques. El hecho de que la fecha del «Descubrimiento» se haya oficializado el 19 de noviembre es prueba de ello. Al hacer esto, probamos una vez más ser víctimas del colonialismo, al no concebir a Puerto Rico como una unidad política con forma de archipiélago. De esta manera, cometemos el error de imaginarnos desde la simpleza de la geografía y no desde la complejidad y la contundencia de una nación.
No obstante, no todos los puertorriqueños han hecho ni hacen esto. El Comité de Trabajo en Apoyo a Vieques lleva casi dos décadas demostrando que Vieques es Puerto Rico y Puerto Rico es Vieques. Esta organización independiente y humilde contribuyó destacadamente a la lucha contra la Marina de Guerra y, luego de su salida, no olvidó a los viequenses en sus causas. Para ellos labora en diferentes frentes y proyectos y para sus niños organiza todos los 7 de enero el Festival de los Reyes Magos. En éste se reparten juguetes, se realizan talleres de artesanía y cocina, se monta una amplia oferta de actividades teatrales, musicales y cívicas. El Comité hace todo esto sin contar con apoyos oficiales, sin obtener ganancias, por el deseo de contribuir al bienestar de una nación maltratada por el colonialismo de la que Vieques ha sido, a pesar de la hermosura que la hizo llamar «Graciosa», es decir, repleta de gracia, uno de los puntos en los que se ha concentrado más el abuso y el abandono.
Con el fin de recaudar fondos para el Festival de los Reyes Magos, el Comité de Trabajo en Apoyo de Vieques comisiona cada año a un artista la realización de un plato ornamental a partir de la imagen de los Santos Reyes. Los platos que forman esta colección han sido realizados por algunos de los más importantes artistas plásticos de nuestro país. Cabe destacar, sabiendo que es imposible nombrarlos a todos, las obras de maestros como José R. Alicea, Carmelo Sobrino, Pablo Marcano y Elizam Escobar. A esta lista prestigiosa viene a unirse, en la edición de 2018, el plato diseñado por el maestro Antonio Martorell.
El artista ha decidido asociarse con el gesto conceptual inaugurado por el plato de 2014 realizado por Elizam Escobar. En éste los reyes se anclan en la historia y adquieren fisonomías reconocibles. Para ello, Escobar alude a la primera etapa de la lucha anticolonial puertorriqueña y convierte a Melchor, Gaspar y Baltazar en Ramón Emeterio Betances, Segundo Ruiz Belvis y Juan Rius Rivera. En esta ocasión, sin embargo, Antonio Martorell ancla la historia en un periodo contemporáneo, próximo, incluso vivo y activo. Los Reyes de Martorell forman un triángulo de cabezas rodeadas por tres círculos concéntricos de diferentes colores. De las cabezas de Pedro Albizu Campos, Filiberto Ojeda Ríos y Oscar López Rivera sale un entramado de líneas que se entrecruzan y extienden hacia los bordes, creando un campo de energía. Oscar López Rivera está vivo, muy vivo, pero en el plato de Martorell, Albizu y Filiberto también lo están. La tríada de cabezas compone un astro irradiante, una imagen de fuerza y pertinencia, un campo electromagnético que emite una señal constante. Quizá sea ésta a la que aluden los primeros versos de nuestro himno: «Despierta borinqueño que han dado la señal/despierta de ese sueño/que es hora de luchar.»
Este plato nos da una concepción orgánica de nuestra historia y no una de esas visiones tiesas e inconsecuentes que resumen equivocadamente un acontecimiento en la fecha del 19 de noviembre de 1493 y llevan a un número de alcaldes pusilánimes y mal educados a fantasear con la estatua más grande y atroz de Colón que se pueda encontrar y costear. En el plato de Martorell la historia está viva y expresa la energía incontenible de la convicción y el valor. Albizu, Filiberto y Oscar representan a los Reyes en el Día de la Epifanía y, al hacerlo, resignifican el sentido del término.
Una epifanía es la irrupción poderosa de algo que hasta ese momento no comprendía la consciencia de un individuo o una colectividad. Tener una epifanía, por tanto, equivale a vivir una ruptura con lo que se creía hasta ese instante. Por ello, una epifanía es un acto de pensamiento, uno a veces muy doloroso porque obliga a confrontar la equivocación, el engaño y la confusión con los que se había vivido.
El triángulo de cabezas irradiantes de Martorell, dibujadas con una humildad que acrecienta la humanidad de los representados, transmite la energía de lo que no se ha podido acallar ni destruir: el deseo colectivo de tener un día en nuestras manos la posibilidad de construir una sociedad digna y libre. En los círculos concéntricos que las rodean se halla nuestra esperanza: la de un día vivir en una sociedad mejor que la que hasta ahora hemos conocido.
Como a los Reyes se le escriben cartas pidiendo regalos, también yo, con tiempo suficiente para que la misiva llegue a Oriente, quiero escribir la mía. Deseo que los Reyes concedan el reconocimiento que merecen los miembros del Comité de Trabajo en Apoyo de Vieques y todos sus colaboradores. Deseo que el plato de Martorell llegue a las casas de muchos puertorriqueños. Deseo que Vieques tenga paz, pero también justicia y bienestar. Deseo además que los Reyes Magos de Martorell irradien su energía y brinden al pueblo puertorriqueño el momento portentoso de la epifanía, que el día llegue en que demandemos libertad y poder, poder y libertad, para construir una sociedad mejor. Y, finalmente, que los reyes nos regalen la consciencia de que Vieques es Puerto Rico y Puerto Rico es Vieques, que Puerto Rico no es una isla sino un archipiélago y que ésta es nuestra casa y nuestra nación; que permanezcamos a la escucha y abiertos a recibir el regalo transformador de la epifanía, porque hace ya mucho tiempo hay algunos que nos han dado la señal para despertar del sueño y nos han impulsado a tomar las riendas de nuestras historia.
Presentación del plato de los Reyes Magos de Antonio Martorell del Comité de Trabajo en Apoyo a Vieques, 1 de diciembre de 2017, Casa Norberto.
