Hace algunas semanas se convirtió en un instantáneo best seller europeo un libro de apenas 13 páginas, escrito por un nonagenario francés de origen judío alemán que estuvo activo en la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Sin pretensiones literarias, el escrito titulado ¡Indígnense! se convirtió en el equivalente a un “viral” cibernético, pasando de voz en voz, y estimulando el interés de quienes usualmente no son ávidos lectores ni mucho menos prestan atención a las palabras sabias de un anciano.
Lenguaje simple, coloquial, anecdótico. Pocas páginas. Costo bajo. Su popularidad corrió como la pólvora. Todos lo estaban leyendo. La propuesta era sencilla: el llamado a una nueva resistencia, esta vez contra las tentaciones del neoliberalismo. ¡Un grito para indignarse! Falta ahora ver si el reto lanzado por el autor ha sido aceptado.
La competencia por la atención de las audiencias es cada vez más feroz. Millones tratan a diario de dejar sentir su voz, para empujar sus ideas propias. Cerca de una cuarta parte de los habitantes del globo tienen acceso a medios de comunicación que les permiten crear y distribuir contenidos. Pero la gran mayoría permanece al margen del intercambio planetario de propuestas. La mayoría sigue siendo de pasivos receptores. Aún aquellos que se insertan en la discusión pública tienen tantas alternativas para escoger, que muchos mensajes pertinentes se diluyen en un cotilleo mediático o en la diatriba intelectual.
Cuando surgen estos contenidos que se convierten en virus por su rapidez y efectividad de propagación, por unos momentos el mundo se siente pequeño y conectado mediante su atención a ese efímero fenómeno. Los más comunes son los audiovisuales que corren en redes sociales, muchos de ellos burlones de la naturaleza humana. Pocos trascienden en la conciencia y el comportamiento. Pocos se convierten en verdaderos cambios para unificar permanentemente la raza humana.
En el caso del pequeño gran libro francés a que hacemos referencia, ya algunos han comentado lo ideal de que tuviera aceptación masiva en los Estados Unidos, pero reconocen que la resistencia de los gringos a todo lo francés, al punto de cambiarle el nombre a las papitas fritas, es un obstáculo para recibir un mensaje pertinente y oportuno para los tiempos que estamos viviendo.
La mayoría de los mensajes que recibimos en los medios no son un llamado a indignarnos ni a rechazar el consumismo. De hecho, los medios masivos comerciales viven del consumismo y de la ignorancia. Voces necesarias y resistentes a la tentación neoliberal del sistema, como las de los Chomskys de la vida, se ven ahogadas en la marea superficial y vana de los océanos mediáticos.
Parece antagónico y anacrónico hablar de resistencia en este tiempo en que glorificamos el cambio y criticamos los fundamentalismos. Los que podemos acceder al mar de información, nos subimos a la cambiante ola de la tecnología y contenidos. Sucumbimos a la rapidez con que se mueve. Tememos quedarnos atrás. Si lo importante es estar adelante, entonces… ¿qué debemos resistir?
Si pensamos que lo nuestro no es lo bueno, sino lo del extranjero, no nos resistiremos a éste. Abrazaremos al que nos deslumbre con promesas de cambio, como hicieron miles de puertorriqueños ante la invasión de Estados Unidos. Sistemáticamente nos han instruido a despreciar nuestros recursos de resistencia: lenguaje, historia, tradiciones, valores… Si cuando preguntas en la calle a cualquier boricua, éste no puede elogiar a sus conciudadanos que no sean famosos del deporte o figuras faranduleras; hemos perdido nuestro escudo, nuestras defensas.
Cuando un juguete vale más que la seguridad de tu hijo, o cuando el silencio es requisito para la seguridad, no hay capacidad para indignarse y resistir. ¿Resistirse a qué? A creer por fe en la autoridad. Resistirse a la vagancia de no aprender. Resistirse a despreciar la diversidad. Resistir a los que quieren hacer cambios sólo para su propio beneficio. Resistirse a cambiar lo que nos constituye como nación y nos da la identidad. Resistir toda acción que implique daño al otro. En fin, resistir la tentación de estar cómodos sin ser responsables por las consecuencias.
El llamado a indignarnos del viejo francés es uno en que se nos va la vida, como ocurrió a millones de judíos ante la amenaza nazi. Y como entonces, sólo cuando nos damos cuenta de lo que debemos resistir es que podemos aspirar a un verdadero cambio.

