Seamos la palma real
nativa de Puerto Rico
desde la base hasta el pico
sabiduría ancestral
siempre a su monte leal
que con maña enfrenta
la fuerza de la tormenta
Melodía que es lección
para la recuperación
al ritmo de sus pencas
La Roystonea borinqueña ha sido siempre compañera de los habitantes de esta tierra. Sus pencas y yaguas sirvieron por siglos como techo y paredes de las casas de los jíbaros, su corteza se transformaba en tablas que cubría los pisos, las flores son encanto para las abejas y sus frutas alimento para diversidad de aves y en antaño alimentaban los cerdos. Cuando caen, las palmeras ofrecen de alimento su médula interna o palmillo con sabor a coco tierno.
Cuando cesaron los vientos y el día aclaró, el paisaje evidenciaba el récord de campeona del bosque de la palma real. Muy pocas palmas fueron derribadas. Pareciera que las palmas llevaban en su recuerdo la sabiduría caribeña para enfrentar la fuerza extrema del huracán aunque para muchas de ellas era su primer temporal. Una memoria genética que las ha adaptado y permitido sobrevivir hasta nuestros tiempos en esta tierra tropical y caribeña, ruta obligada de los huracanes en el Atlántico. La palma real debe ser metáfora de nuestra actitud como pueblo ante la adversidad, huracanes y otros retos huracanados a los que nos enfrentamos como pueblo.
Seamos como la palma real reconstruyamos a Puerto Rico con MAÑA, FUERZA y EMPATÍA.
MAÑA. Las palmas sobrevivieron el titán ventoso especialmente con su maña. Una melena de pencas abundantes a lo alto de la palma hubiera creado alta fricción con el viento como vela en barco antiguo pero según apretaba el viento las palmas reales decidían despedirse de sus pencas. El número de pencas que soltaban las palmeras a la voluntad del viento pareciera instrumento que medía la fuerza del huracán. Ya cerca del ojo de categoría cinco todas las palmeras habían perdido todas sus pencas pero permanecían de pie. Ya sin pencas en su copa le tocaba al tallo enfrentar a la furia del viento.
FUERZA. Perdieron sus hojas pero salvaron sus raíces y se mantuvieron de pie. Pareciera que vencieron las leyes de la física. Palmas con más de 50 pies de altura y tallo relativamente estrecho resistieron los vientos más fuertes que el Caribe ha visto en mucho tiempo. Hojas que el tiempo repondrá. Pero una palma derribada en el suelo jamás se recupera. Sacrificaron sus hojas para salvar las raíces. El tiempo a razón de sol, agua y tierra traerá hojas renovadas y una nueva melena que adornará nuevamente las copa de las palmeras.
EMPATÍA. Cesaron los vientos y al otro día las palmas lucían calvas, sin hojas. Perdieron todas las hojas casi sin excepción. Pero casi sin excepción también retuvieron sus ramilletes de frutos y flores que aprovecharían las abejas del monte y las aves. A los pocos días del ciclón abrían ristras de flores que servían de oasis a las abejas en el desierto huracanado del bosque y frutos para los pajarillos. Perdieron su lujosa copa pero aguantaron con fiereza sus flores y frutos para ofrendarlas a los amigos del bosque.
Ahora sale el nuevo sol y cada nueva penca que surgirá en la copa de las palmeras marcará como manecillas del reloj nuestra recuperación como pueblo.
Mientras las palmeras continúen sin pencas será un periodo de entropía y ajustar el tempo de nuestras vidas a la nueva realidad. El bosque lucirá asolador y la fauna pasará por momentos difíciles para sobrevivir.
Ya para la primera penca iremos cayendo en la armonía con el nuevo tiempo, nos convenceremos que la vida es otra y que no podemos cejar en la lucha y la nueva esperanza cobrará forma de renuevos en los árboles y silbidos de aves.
Durante la segunda penca el monte seguirá recobrando su verdor, las aves y animales del monte seguirán dando señales de vida e iremos saliendo de la inmediatez de la supervivencia.
En la tercera penca la nueva realidad será la nueva norma de nuestras vidas y los montes ya estarán vestidos completos de verde y volveremos a ser la “verde luz del monte y mar” del Caribe.
Para la cuarta penca veremos los primeros frutos reales de la recuperación, los primeros árboles florecerán y comenzarán a echar frutos.
Para la quinta penca estaremos más afinados con el nuevo tempo y los recuerdos del caos sonarán ya un poco lejanos pero con cicatrices muy evidentes.
Para la sexta penca será la primera primavera luego del huracán y el huracán ya no será el único protagonista de la vida del país.
A partir de la séptima penca ya nos habremos acostumbrado al nuevo ritmo de la lucha por el país y disfrutaremos de las primeras frutas maduras.
Cuando esa primera penca que salió luego del huracán caiga al suelo como parte de su ciclo natural debemos detenernos, mirar atrás en las manecillas de este reloj de pencas y disfrutar del recuento de esfuerzos, cosechas y frustraciones, analizar y ajustar rigurosamente el ritmo de la recuperación y la lucha.
No solo queremos retomar el país que era, queremos reformar y crear el país que será y nos merecemos y eso tomará más que reponernos de los vientos y las lluvias que trajo el huracán. Hay otras amenazas huracanadas allá afuera que tenemos que enfrentar como palma real y que vienen desde antes de María si queremos un país para todos y todas.
Ahora en tiempo de renuevos y reconstrucción los boricuas nos enfrentamos a uno de los mayores retos de nuestra historia. Miremos al interior de nuestro bosque, a nuestra palma real endémica de Puerto Rico y asumamos la lucha del pueblo con Maña, Fuerza y Empatía.
