Rocketman: rehabilitación

[dropcap]A[/dropcap]hora tenemos a Elton John (Taron Egerton, quien con esta película ha llegado al estrellato indiscutible) poco más de un año después de Freddie Mercury, en una película mejor que Bohemian Rhapsody. Concebida como un musical poco ortodoxo, la película tiene una estructura clásica desde el punto de vista dramático: adultez (la primera vez que lo vemos, parece que emerge de Hades, un simbolismo que tiene efectos significativos más tarde en el filme) con flashback a la niñez, de adolescencia a primeros triunfos, en la adultez temprana caída en las trampas de la fama y la opulencia; epifanía y sobrevivencia. Es algo que hemos visto muchas veces, particularmente en las cintas “biográficas” de personajes del mundo del entretenimiento; a veces de escritores. Sin embargo, desde el principio la dirección de Dexter Fletcher (quien terminó de dirigir Bohemian Rhapsody cuando, Brian Singer, el director que recibió el crédito, fue despedido) nos amarra a la pantalla y nos va mostrando el cuento del guionista, Lee Hall, en el que las escenas dramáticas están entretejidas por números musicales escenificados con música contagiosa (de Matthew Margeson) y buena coreografía de George Richmond. Adentrados en la vida familiar de John, vamos conociendo al niño Reggie Dwight, quien habría de metamorfosear de genio musical a convertirse en el extravagante y talentoso Elton John.

Hay en el filme la tendencia a sugerir que los problemas emocionales de John son consecuencia de un ataque por dos flancos freudianos: un padre (Steven Mackintosh) displicente, distante y despreocupado con su hijo, y una madre (Bryce Dallas Howard) displicente, distante y despreocupada con su hijo. Aunque no se declara en ningún momento, sentimos que la homosexualidad de John se le está atribuyendo a los conflictos materno-paternales del niño, lo cual es absurdo. Sin embargo no se hace mucho hincapié en ello, y no interfiere con las complejidades emocionales que se van manifestando en el artista según asciende a la fama.

Ese primer momento de la vida de alguien en que se sabe que se ha traspasado una puerta que está cerrada para la mayoría de los que pretenden hacerse de una carrera en el mundo de la música popular, es de gran efectividad cinemática y está propulsada por los ritmos que hipnotizarían a su seguidores. Siempre está en primer plano que John necesitaba (todavía es cierto) al letrista Bernie Taupin (Jaime Bell) para conseguir plasmar canciones que el público pudiera aceptar desde el punto de vista afectivo. Ray Williams (Charlie Rowe), uno de sus primeros manejadores, es quien los junta. Es una de esas cosas que suceden en la música que uno podría llamar destino, pero que en realidad es conocimiento, tanto del agente como el de los músicos, que se dan cuenta del valor que tiene el talento de otro y como se relacionan distintos aspectos del arte para hacerse mejor. Es el ápice triunfal de la colaboración sin celos, porque en algunos casos las cosas son evidentemente mejor en simbiosis que en individualismos.

No es tampoco fortuito que el debut norteamericano para John y su grupo fuera el legendario Troubadour en Los Ángeles y que estuvieran por allí media docena de astros del rock-and-roll para oírlos. Ya para entonces Elton John había aceptado su orientación sexual y, en una fiesta post triunfo en casa de Mama Cass (parte del cuarteto The Mamas and the Papas; aquí la cronología de la relación es fatula—se conocieron mucho antes—, pero no altera el ritmo de la historia) cae bajo la seducción de John Reid (Richard Madden) quien eventualmente también sería manejador de Queen. Se convierten en amantes y se desarrolla una relación llena de turbulencia y desafueros que podemos predecir que ha de terminar rota.

Hay varias cosas del filme que son notables. Una es que Taron Egerton canta las canciones y lo hace muy bien. Lo más importante, sin embargo, es que este joven actor rinde una actuación compleja, de matices dramáticos que incluyen el desdén personal y una deficiencia de autoestima que nos conmueve. Es tanto su odio propio que no puede distinguir entre los que lo estiman y quieren de verdad (como es el caso de Bernie Taupin) y quienes lo desean carnalmente y quieren explotarlo, como es el caso de John Reid. Curiosamente, su abuela materna Ivy (la gran Gemma Jones) es alguien que verdaderamente lo quiere, pero no figura mucho en su vida adulta. Uno se pregunta como una mujer sensible y amorosa tuvo una hija como la suya. Pero sabemos que, cómo terminan siendo los hijos, muchas veces es una lotería.

Se distinguen las actuaciones de casi todo el elenco y brillan el guion y la dirección del filme. Al final tenemos información de lo que sucedió después que John, luego de un intento suicida y un ataque al corazón —tanto físico como emocional— decidió entrar a rehabilitación y salvarse. En eso la vida de John fue mejor que la de Freddie Mercury, y, tal vez por eso, este filme es mucho más optimista. Pero creo que es cómo está concebida la cinta y el personaje de John lo que la hacen memorable.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).