[dc]L[/dc]as películas sobre el trasiego de drogas sufren de envidia porque por ahí anda, no solo el programa de televisión británico (llamado “Traffik”, 1998), sino la película norteamericana “Traffic” (2000) que le valió un Oscar a Benicio del Toro. “Blow”, que quiso repetir el éxito de “Traffic”, no pudo pasar más allá de ser una sombra del otro filme, a pesar de estar adornada con la presencia de Johnny Depp, Pénelope Cruz, y la estupenda Franka Potente.
Luego de un descanso de más de una década, el tema de los carteles de drogas revive en esta cinta de Oliver Stone, que trata de los carteles mexicanos, que se han puesto de moda por su violencia incontrolable y su desfachatez de cómo y cuándo la cometen. Lo que sabemos de estos grupos de narcotraficantes lo hemos aprendido del periódico y de las revistas más importantes del planeta, que cubren sus fechorías en gran detalle, sin decir nada de los documentales y las novelas que tocan el tema. Un excelente documental reciente “Reportero”, nos adentra en el peligro que corren los periodistas que cubren los crímenes y escriben para desenmascarar las relaciones ilícitas entre los traficantes y los políticos. Además están la novela “La Reina del Sur” de Pérez-Reverte y la homónima mini serie de TV. A esas dos fuentes la novela del mismo nombre en que se basó la película que nos ocupa le debe bastante. Los que han seguido el programa televisivo “Weeds”, una comedia negra-drama, han podido apreciar cómo algo que comienza como un pasatiempo lucrativo se convierte en una pesadilla. Así sucede en “Savages”.
Los personajes principales Ben (Aaron Johnson) y Chon (Taylor Kitsch) se han dedicado casi por accidente a crecer cannabis y han desarrollado un negocio millonario con un equipo de amigos. Los de Chon, un veterano de Afganistán, incluye ex combatientes de esa guerra que, como él, han pertenecido a los SEAL (Navy, Sea, Air and Land teams) y han hecho trabajo como mercenarios. Los de Ben son graduados de la universidad e incluyen “geeks” de computadoras y graduados de las escuelas de administración de negocios. El Cartel de Baja California que comanda la “reina” Elena, una mujer despiadada y sedienta de venganza, quiere adquirir el negocio de los dos jóvenes, porque sus ganancias están sufriendo.
Salma Hayek como Elena, con peluca negra, gargantilla de diamantes, cada uno del tamaño del Ritz, y cuerpo que no parece haber cambiado mucho desde que lo enseñó despampanantemente en “From dusk till dawn” hace dieciséis años, es la encarnación del autoritarismo que confiere su posición y poder. Como los dos tipos no le responden con la alacridad que ella determina que se merece, envía a su lugarteniente más allegado y de quien es madrina, a secuestrar a la novia que comparten Ben y Chon en un menage-a-trois bastante explícito.
El resto del filme, narrado por Ofelia (Blake Lively, quien fue la amante de Ben Affleck en “The Town”) la novia de los dos muchachos, es lo que ocurre mientras tratan de rescatarla. En el camino nos topamos con el preferido de Elena, Lado (es imposible no pensar que es un chiste: “por ese Lado no”). En su interpretación de Lado, Benicio del Toro muestra una vez más que la cámara lo bendice, no importa que no sea el personaje central en la toma. No es que del Toro esté tratando de robarles la escena a otros actores, es que emana de él una atracción especial que nos pone en vilo. Nunca sabemos qué va a decir ni cómo lo va a decir, mucho menos sabemos qué va a hacer. Considera que los gringos son unos salvajes por estar compartiendo la misma mujer, y lo dice no con santurronería sino con convicción. En un momento en que han asaltado uno de sus puntos de colección de dinero, con el piso lleno de cadáveres, Lado toma, con sorbeto, una cola de esas de restaurante de comida rápida. Lo que parece una incongruencia es probablemente como en realidad ocurre con los sicarios de los carteles. Comen en los mismos restaurantes que el resto de los mortales, los muertos son tan comunes para ellos como lo son las bolsas de desperdicio para los basureros, o patrullan los lugares donde sus alicates cometen sus fechorías, tal vez con el sigilo lírico de los personajes de Roberto Bolaño en “2666”. Por momentos la presencia atemorizadora de del Toro (su amenaza es la característica más notable del personaje) es más intensa que la que se trasmite en películas de monstruos que pretenden intimidarnos. Del Toro, que tiene fama de improvisar pequeñas situaciones que hacen algunas escenas memorables, en una escena se limpia la saliva de su cara con el pelo de la secuestrada O (Ofelia), quien lo ha escupido, luego de… probarla. Es algo inesperado y al mismo tiempo una muestra definitoria de los salvajismos del personaje y de los que lo rodean, incluyendo a los “buenos” (los gringos) que es lo que le da el título a la cinta.
Luego está el gran John Travolta como Dennis, un agente corrupto del FBI que juega a todos los lados para sacarles dinero que necesita para el tratamiento de su mujer (a quien nunca vemos) que agoniza carcomida por el cáncer. Travolta aviva la cinta cada vez que aparece y nos sacude con la idea de que a ambos lados de la frontera, y ante las grandes cantidades de dinero que circulan en este negocio, hay largas filas de corruptos con la mano extendida para recibir los dólares teñidos de sangre e infortunio. En suplirle información que solo tiene el FBI tanto a Lado como a Chon y Ben, y en ponerlos a dudar los unos de los otros, Dennis se queda con el poder en sus manos. A través de su mujer Dennis es también el simbolismo más cercano del “cáncer” (el uso de drogas) que corroe a la sociedad norteamericana, una que tiene que recurrir al pillaje y la corrupción para poder costear los tratamientos médicos de sus enfermos. Las actuaciones de Travolta, del Toro y Hayek se complementan y, al fin y al cabo, son lo mejor de la película
Buenas también son las actuaciones de Lively, Johnson y Kitsch y de todos los personajes secundarios, lo que asegura que podamos ver la película sin que nos ofenda su violencia y sus clichés. Pero falta algo que evita que la película conmueva y se nos haga memorable. Pienso que Oliver Stone su director (también participó en la autoría del guión) ha soslayado explicar lo que propulsa el menage-a-trois y no nos revela la relación entre Chon y Ben, ni qué los conduce a compartir la misma mujer. Si uno no aprecia, ni entiende y no se convence de qué es lo que sostiene ese vínculo triangular tan sólido que pone en peligro el imperio de los dos hombres y su vida, el centro del fundamental del filme se desmorona. En un momento Elena le dice a O que no ha entendido que su romance con los dos hombres reside, en realidad, en el romance entre ellos. Nos los imaginamos, pero ese secreto se ha querido ocultar entre decapitaciones e inmolaciones. Esa falta de sinceridad con el espectador evita que la película sea un gran éxito.
Sí aprendí una lección importante de la película. Tener jardineros mexicanos demasiado organizados y caritativos en California, puede ser letal.

