Estamos en Oakland, California en un tiempo que es futuro y presente y donde una compañía llamada “WorryFree” (algo así como, “no te preocupes jamás”), ofrece una vida sin pagos de vivienda y alimento gratis, a cambio de un contrato de por vida con ellos. Los que hacen las leyes nacionales en ese mundo alterno en el que se desarrolla la trama han decidido a favor de la compañía y entienden que esos términos contractuales no constituyen “esclavitud”. “RegalView”, otra compañía ligada a la primera, vende productos por teléfono y tiene un rebaño de vendedores atados por promesas salariales que no cumplen. En un plató que recuerda uno de “1984”, los vendedores, en cubículos tan pequeños que casi no admiten sus computadoras, tratan de mover su producto usando un guión al que tienen que ceñirse. Los trucos de mercadeo están pautados en ese guión y los exitosos que alcanzan altos niveles de ventas, son promovidos a “llamadores de poder”. Localizados en un piso más arriba, estos tienen su propio ascensor. Lo único es que, además de un nivel de ventas extraordinario, se les exige es que usen su “voz blanca”.

Esa noción –la voz “blanca”– es la segunda vez que la escucho en dos películas diferentes (“BackkKlansman” es la otra), pero en un antiguo episodio de “All in the Family” Archie Bunker hace un comentario similar. De todos modos, la intención es dejarnos saber que en el prejuicio racial hasta la voz es motivo de rechazo.
Las sorpresas que nos depara este filme satisfaciente y revelador son muchas, y sus ataques al prejuicio son a veces frontales, a veces soslayados, pero siempre efectivos. También nos provee una visón de la pobreza inescapable de las personas de color que viven marginadas por su circunstancia. El guión separa ese grupo de las circunstancias de afluencia de Steve Lift, el director ejecutivo de “WorryFree” (Armie Hammer, en una actuación de muchos quilates), quien es un hedonista. Eventualmente, nuestro héroe Cash (el estupendo Lakeith Stanfield) conoce a Lift y se entera de su manifiesto.
El secreto de la cinta es cómo descubrir a Marx lleno de erratas y correcciones hechas por un ultraconservador derechista y, lo que nos revela, comprueba que la avaricia no conoce límites y que el ultrarico tiene a su servicio los fondos para hacer lo que quiere y salirse con la suya. Eso incluye ir desplazando al trabajador por alternativas que le economicen dinero para enriquecerse más o para pasárselo a los accionistas.

La alegoría del filme tiene sus raíces en la mitología griega y el tema se desarrolla sin pretensiones literarias, pero con evidencia de que el tema le es familiar al guionista director. ¿Qué es civilización y qué es barbarismo? es una pregunta que flota por la película continuamente según nos acerca a las represiones que sufre el trabajador y a la supresión de la opinión pública usando los medios de comunicación. El uso de la tecnología para la creación de especies que abonen al enriquecimiento de los poderosos es condenado. Pero, de forma sutil, el guión advierte que la subversión de nuevos seres puede beneficiar o condenar el mundo. Sin embargo, lo que permea el tono de la película y la hace terrorífica es su veta kafkiana y su visión de la venganza.
Hay algo laberíntico (otra referencia mitológica) en la vida del afectado Cash. Porque entra por la puerta que no es descubre un secreto terrible que conduce a su metamorfosis. Cash pasa de vivir una vida paupérrima y tener un fotingo a tener un apartamento “preppie con chavos” y Maserati. Es un laberinto del que muchos no regresan porque pierden su camino. Como dirían en una galaxia lejana, hace mucho tiempo, a pesar de todo, se mudan al lado oscuro.
