Sorry to Bother You

[dropcap]E[/dropcap]l teléfono suena y la voz meliflua al otro extremo dice: buenos días, siento molestarlo. Uno sabe que le quieren vender algo y que el precio termina en 95 centavos con varios dólares antes. Puede ser $10, $15, o $20, pero siempre termina en 95. Es la vida del vendedor telefónico, y el novel guionista Boots Riley ha escogido el tema para crear una fantasía futurística aderezada con ciencia ficción para hacer su debut cinemático. El resultado es una crítica mordaz a la sociedad de consumo y a los explotadores del trabajador en los Estados Unidos. Esta comedia negra muestra qué es lo único que está exento de prejuicio allí. Para sacarle dinero a alguien no importa la edad, sexo o raza: se les explota por igual. Además, la película es una advertencia a lo que puede suceder si se continúan las prácticas del empleado a salario –olviden mínimo– minimizado, sin protecciones como seguro de salud, etc. y no se controla a la avaricia desmedida de las corporaciones y sus ejecutivos que cada vez más separa los ricos de los pobres.

Estamos en Oakland, California en un tiempo que es futuro y presente y donde una compañía llamada “WorryFree” (algo así como, “no te preocupes jamás”), ofrece una vida sin pagos de vivienda y alimento gratis, a cambio de un contrato de por vida con ellos. Los que hacen las leyes nacionales en ese mundo alterno en el que se desarrolla la trama han decidido a favor de la compañía y entienden que esos términos contractuales no constituyen “esclavitud”. “RegalView”, otra compañía ligada a la primera, vende productos por teléfono y tiene un rebaño de vendedores atados por promesas salariales que no cumplen. En un plató que recuerda uno de “1984”, los vendedores, en cubículos tan pequeños que casi no admiten sus computadoras, tratan de mover su producto usando un guión al que tienen que ceñirse. Los trucos de mercadeo están pautados en ese guión y los exitosos que alcanzan altos niveles de ventas, son promovidos a “llamadores de poder”. Localizados en un piso más arriba, estos tienen su propio ascensor. Lo único es que, además de un nivel de ventas extraordinario, se les exige es que usen su “voz blanca”.

Esa noción –la voz “blanca”– es la segunda vez que la escucho en dos películas diferentes (“BackkKlansman” es la otra), pero en un antiguo episodio de “All in the Family” Archie Bunker hace un comentario similar. De todos modos, la intención es dejarnos saber que en el prejuicio racial hasta la voz es motivo de rechazo.

Las sorpresas que nos depara este filme satisfaciente y revelador son muchas, y sus ataques al prejuicio son a veces frontales, a veces soslayados, pero siempre efectivos. También nos provee una visón de la pobreza inescapable de las personas de color que viven marginadas por su circunstancia. El guión separa ese grupo de las circunstancias de afluencia de Steve Lift, el director ejecutivo de “WorryFree” (Armie Hammer, en una actuación de muchos quilates), quien es un hedonista. Eventualmente, nuestro héroe Cash (el estupendo Lakeith Stanfield) conoce a Lift y se entera de su manifiesto.

El secreto de la cinta es cómo descubrir a Marx lleno de erratas y correcciones hechas por un ultraconservador derechista y, lo que nos revela, comprueba que la avaricia no conoce límites y que el ultrarico tiene a su servicio los fondos para hacer lo que quiere y salirse con la suya. Eso incluye ir desplazando al trabajador por alternativas que le economicen dinero para enriquecerse más o para pasárselo a los accionistas.

La alegoría del filme tiene sus raíces en la mitología griega y el tema se desarrolla sin pretensiones literarias, pero con evidencia de que el tema le es familiar al guionista director. ¿Qué es civilización y qué es barbarismo? es una pregunta que flota por la película continuamente según nos acerca a las represiones que sufre el trabajador y a la supresión de la opinión pública usando los medios de comunicación. El uso de la tecnología para la creación de especies que abonen al enriquecimiento de los poderosos es condenado. Pero, de forma sutil, el guión advierte que la subversión de nuevos seres puede beneficiar o condenar el mundo. Sin embargo, lo que permea el tono de la película y la hace terrorífica es su veta kafkiana y su visión de la venganza.

Hay algo laberíntico (otra referencia mitológica) en la vida del afectado Cash. Porque entra por la puerta que no es descubre un secreto terrible que conduce a su metamorfosis. Cash pasa de vivir una vida paupérrima y tener un fotingo a tener un apartamento “preppie con chavos” y Maserati. Es un laberinto del que muchos no regresan porque pierden su camino. Como dirían en una galaxia lejana, hace mucho tiempo, a pesar de todo, se mudan al lado oscuro.

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).