Spider-Man: atrapado en la red

[dc]L[/dc]a campaña publicitaria que ha precedido a Spider-Man ha tenido un efecto voluminoso, como era de esperarse, en los recaudos en la taquilla: ha sobrepasado ya el medio billón de dólares de ingresos y sigue creciendo. Sorprende que esta oferta no es una secuela sino más bien un reenfoque del origen del hombre araña, y no merecería mucha atención, excepto para fanáticos rancios de la serie, si no fuera por el sub tema del uso indebido de los descubrimientos científicos. Es lo más interesante del filme, que, como debe de ser, toma una posición antagónica contra la  manipulación genética y el posible abuso de sujetos humanos para experimentos ilícitos y peligrosos.

Porque muchos confunden  cómo los negocios (léase las farmacéuticas, los emporios bio-agrícolas, los ganaderos, etc.) usan los descubrimientos científicos para lucro desmedido con lo que es y de cómo se conduce la ciencia, se acusa injustamente al científico por la falta de escrúpulos de los comerciantes. Que hay científicos inescrupulosos no hay duda, pero uno de esos no lo era Richard Parker (Campbell Scott) el padre de Peter Parker (Andrew Garfield) que, de hecho, huye cuando sus experimentos revelan unas posibilidades que colindan con esa parte ambigua y peligrosa que es la modificación del ADN de las personas para alcanzar el poder, la perfección y hasta la inmortalidad. Peor aún, los descubrimientos de Parker padre contemplan que se puedan hacer injertos quiméricos entre especies. De ahí que, según el capricho de los creadores de Spider-Man, Stan Lee y Steve Ditko y los guionistas, la picada de una araña genéticamente manipulada le transmita a Peter los poderes del arácnido.

La idea de cruces entre especies se debe en la cinta a que el dueño de Oscorp, la corporación que empleaba a Parker padre y que continúa respaldando los experimentos de su colega el doctor Curt Connors (Rhys Ifans), quiere que se modifique su ADN para no morirse. Es uno de los pocos aciertos del guión que nunca vemos al magnate Norman Osborn ni sabemos de qué se está muriendo. En las películas previas de la serie, como en los cómics, Osborn, el empresario prepotente, se convierte en el Green Goblin, un archienemigo de Spider-Man. Este billonario ficticio y casi anónimo controla de forma inesperada la vida de los ciudadanos de  Nueva York y, posiblemente, del mundo, tal y como lo hacen los de carne y hueso hoy día. Además, el billonario tiene, en el doctor Dr. Rajit Ratha (Irrfan Khan) quien es el supervisor inmediato de Connors, el alicate perfecto, listo a cometer cualquier fechoría para conservar su posición. Tanto así, que va camino a un hospital de la Administración de Veteranos para hacer pasar como una vacuna contra la influenza el producto que aún no se ha estudiado con cautela en animales. Esto le da a la película un claro tono ideológico que le permite al espectador adulto concentrar (espero) en algo más profundo que los efectos especiales.Con la intención de seguirle la pista al doctor Ratha e impedir que use el suero en los veteranos hospitalizados, Connors, a quien le falta un brazo que pretende regenerar con el producto de experimentos en lagartijos, se inyecta el suero, que le produce (como si nadie se lo esperara) una reacción violenta. El brazo le crece, pero poco a poco se va convirtiendo en un reptil gigante (la película se pudo haber llamado Dr. Jekyll y Mr. Godzilla) que causa un tremendo tapón en el puente Williamsburg, que va de la calle Delancey en el bajo Manhattan a Brooklyn.

Estos detalles geográficos colocan la apócrifa torre Osborn en el medio de Manhattan no muy lejos del distrito económico (Wall Street) y del World Trade Center, y hacen del ataque que perpetra el doctor Connors una nueva amenaza contra la ciudad y sus habitantes. El ataque consiste en esparcir sobre Nueva York una nube que contenga la sustancia que convertirá al pueblo en reptiles. Ya el hombre reptil ha expuesto al suero transformador  a unos policías (está surtiendo efecto) y lo único que puede revertir el proceso es el antídoto preparado en el mismo laboratorio Oscorp. El suero transformador es verde (rojo hubiera sido muy obvio) y el antídoto es azul. El deseo de un científico demente de querer convertir en reptiles a una población no va muy lejos de los abusos que ha cometido la industria farmacéutica con cómplices médicos dándole medicamentos innecesarios y que tienen efectos secundarios nocivos a niños, a muchos adultos y viejos. Que la nube azul de la regulación permita controlar las maldades contra el público de estas industrias agresoras es algo que todos debieran respaldar. Pero tenemos que admitir que estamos en la era de las creencias suicidas, y los viejos y los enfermos alientan a que muera Medicare y no haya seguro de salud que los cubra cuando lo necesitan. Por alguna loca razón la gente quiere y respalda lo que le perjudica.

Entra también en este tal vez antojadizo análisis el hecho que la “autoridad” sospecha y persigue a Spider-Man, el único que entiende quién es el hombre reptil y el único que podría salvar la ciudad. Peter Parker ha recibido reconocimiento de los otros chicos según se ha vuelto poderoso (es más fuerte y más ágil desde que lo picó la araña), pero aún más porque ha sabido controlar su recién adquirido poder. Pero Spider-Man es sospechoso porque va encapuchado y disfrazado, es una figura que ocupa un lugar de privilegio a pesar de pertenecer a una clase trabajadora. El paralelismo con lo que ocurre en la política estadounidense es tan cercano que es difícil saber si son coincidencias o mensajes subliminales para el espectador.

Ni el protagonista Andrew Garfield ni su inamorata Emma Stone en el papel de Gwen Stacy son buenos sustitutos de Tobey Maguire, quien nació para el papel pero que ya es demasiado mayor para estar en escuela superior, y de la adorable Kirsten Dunst (quien es una excelente actriz, pero también ya anda por los treinta). Stone, quien en la película dice tener 17 años, tiene 24 y se le notan. Garfield tiene 28 y, además, siempre tiene una sonrisita que lo hace ver demasiado poseído de sí mismo. No tiene la humildad que era lo que hacía tan creíble y tan encantador al Peter Parker de Maguire.

Cuando Antoine Lavoisier, uno de los científicos más importantes de la historia, fue guillotinado durante el Reino del Terror, se dijo que la República “no necesitaba científicos”. Por supuesto que esto fue un disparate; y toda República necesita sus científicos.  Pero aquellos “científicos” que violan su compromiso con la verdad y la ética, a esos que se los lleve, si no Marat y Robespierre, por lo menos pateco… y la regulación de la industria para proteger a los desamparados.

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).