The Invisible Man: ¡Abuso!

[dropcap]P[/dropcap]oco se imaginaba el gran H. G. Wells que su novela de 1897 recibiera una atención tan intensa: desde entonces se han hecho varias versiones de su escrito. Por mucho, mi favorita –la de muchos– es la versión de 1933 dirigida por el estupendo James Whale (quién puede olvidarse cuando Frankenstein cobra vida y su creador grita:”It’s alive, it’s alive”). En aquella, como en la novela, una droga con la que un químico hace experimentos, causa que altere la capacidad de su cuerpo para absorber y reflejar luz, lo que lo hace invisible. La idea de pociones que convertían en otra cosa al que las tomaba es vieja, pero la más cercana a Wells era el Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. En la que nos ocupa, la explicación para la invisibilidad de nuestro villano es más compleja y moderna.

Lo que es sensacional de esta nueva versión es que su director ha construido el filme parado en los hombros de los grandes creadores de suspenso, como Welles, Hitchcock, De Palma y Christopher Nolan. Leigh Whannell, un director australiano, que también escribió el guión, sabe como posicionar su cámara de modo que cada movimiento de los personajes nos haga pensar que algo horrible ha de surgir. Su camarógrafo Stefan Duscio ayuda, enfatizando lugares que parecen inocuos, pero ante las circunstancias los hace ver tan amenazadores como si viéramos el monstruo más horrible, por ejemplo una ventana. Los ángulos y la iluminación de las escenas son tan misteriosos que nos ponen en vilo aún cuando no hay en realidad por qué preocuparse. Ayuda al suspenso la música de Benjamin Wallfisch, que acentúa en el momento preciso y no nos alarma innecesariamente a destiempo.

El filme comienza con una fuga: la de Cecilia “Cee” Kass (Elizabeth Moss), de su casa palaciega construida en una colina no muy lejos de San Francisco. La arquitectura de la mansión y lo que vamos viendo según Cee se mueve por los distintos espacios de la casa, delatan que su dueño es un hombre rico. Es Adrian Griffin (Oliver Jackson-Cohen), el que duerme al lado de Cee. Se hace evidente que huye de él. Los antecedentes y los motivos para que Cee deje atrás esa vivienda asombrosa, se van conociendo según la trama se desarrolla. En esas razones reside la originalidad de esta película que es un híbrido de thriller, filme de terror y cuento de fantasmas, y que resulta ser una alegoría sobre el abuso de la mujer por su compañero.

El poder de Adrian sobre Cee es tal que, según ella le explica a su amigo, el detective, James Lanier (Aldis Hodge) y a su hermana Emily (Harriet Dyer) parece poder controlarle sus pensamientos. No le permite pensar por sí sola, le dice lo que debe y no debe vestir, lo que dice y no puede decir, qué puede y qué no puede hacer. Se siente prisionera de su voluntad y siente que su vida no vale nada. Es, como dice en un instante, invisible al resto del mundo. Sabe que su valentía al huir la ha de poner en peligro, porque Adrian nunca se da por vencido, y es de las personas que una vez deciden lo que quieren, hacen cualquier cosa para conseguirlo. Sin saberlo, Cee se ha mudado a un mundo de fantasmas.

Las escenas que relatan la nueva vida de Cee son de una intensidad que mantienen al espectador al borde de la butaca y están acentuadas por las actuaciones uniformemente sobresalientes. Aldis Hodge, el amigo detective, es paciente, cariñoso y apoya a Cee en todo hasta que comienzan a suceder cosas inesperadas e inexplicables cuando, por razones que verán, duda de su cordura. Luego del suicidio de Adrian, Emily, recibe un correo electrónico supuestamente de su hermana Cee, que hace que se resienta y se aparte de ella. Esa acción conduce a una magnífica escena con Cee que está llena del dolor que siente alguien que ha sido traicionado y abandonado y que nos convence de que son hermanas.

Sin duda, la película la lleva en sus hombros Elizabeth Moss. Moss quien ha hecho una carrera notable en TV (The West Wing; Mad Men; The Handmaid’s Tale), combate su situación con una combinación de perplejidad y terror que nos permite apreciar el terror que debe de sentir una mujer que vive en una relación violenta y denigrante. Al mismo tiempo que muestra su vulnerabilidad, el personaje recurre a su instinto protector para confrontar el mal que la acecha y que no quiere dejarla ir. Es importante que el guionista no trata de añadirle al personaje elementos cursi de apoyo moral o de psicología barata. Cee es brillante y decidida, por eso escapó y por eso encuentra solución a su situación. Es un aspecto crítico en el mensaje del guión: hay que hacerle frente al abuso de la mujer sin dar tregua. Es algo que la sociedad no puede ni debe permitir, no importa qué se oculta tras las mentiras que usan los abusadores para esconderse del mundo.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).