The Vast of Night

[dropcap]E[/dropcap]sta peliculita, que se puede ver por cable, es una maravilla. Es 1958 y en Cayuga, un pequeño pueblo (ficticio) de Nuevo México, todo el mundo está en el juego de baloncesto de la escuela superior. Es lo que se hace un sábado por la noche en el poblado. La cámara nos adentra en el gimnasio donde están calentando los equipos. Nos pasea por el lugar y nos hace, por un instante, parte del gentío que entra al lugar para vitorear a los chicos del pueblo. Dos de los adolescentes tienen que atender otras cosas: Everett (Jake Horowitz) tiene que llegar a la estación de radio para trasmitir el entretenimiento para aquellos que no pueden ir a ver el juego; Fay Crocker (Sierra McCormick) es la telefonista sustituta. Según salen al estacionamiento, van entrevistando a los fanáticos que comen sentados en sus automóviles; parce ser una costumbre típica de los residentes. Cada uno tiene su historia: no solo la opinión del juego y de quién saldrá airoso, sino personal. Esas las sabe Everett, quien se las cuenta a Fay. Ella también sabe muchos secretos del pueblo, después de todo es telefonista.

La cámara les sigue sus pasos a los dos amigos hasta sus destinos; la central telefónica y a WOTW, la estación. En todas estas movidas hay algo misterioso, pero las incógnitas que se acumulan y va azuzando nuestro sentido no son obvias. No acechan destripadores o asesinos, sino el silencio, las sombras y la ausencia de gente: la soledad. La cámara, uno de los principales protagonistas del filme, está casi a ras del suelo y se desplaza vertiginosamente cuando se lo propone o se acerca para los primeros planos de los dos rostros que conocemos. El de Fay, con sus auriculares; el de Everett con los suyos. Las manos de ella en las clavijas del cuadro telefónico; las de él en el micrófono o en el teléfono con el que se comunica con los radioescuchas. El director del filme (Andrew Patterson), quien también contribuyó al guion, nos está preparando para una gran sorpresa.

Tratando de conectar una llamada, un ruido extraño interrumpe a Fay. Nunca ha oído algo similar y llama a Everett para ver si él lo puede identificar; no puede. Cada vez que lo escuchan más se sorprenden de que el ruido parece venir de sobre sus cabezas. Mas, en la vasta planicie que rodea el pueblo, lo único que hay son bosquecillos de poca envergadura y edificios chatos. Con la misma grabadora que usaron para sus entrevistas, Fay captura el sonido y Everett lo transmite para ver si alguien lo reconoce. No pasa mucho tiempo cuando alguien llama para explicar que hace un tiempo oyó un sonido similar. El hombre se llama Billy (Bruce Davis) y no lo vemos en ningún momento, solo oímos su voz. El tono de esa voz es un sonido que sin adornos ni histerias es confortante al mismo tiempo que siniestra. Y según va contando lo que oyó y bajo qué circunstancias lo hizo, la tensión y el suspenso va en asenso y nos captura.

Fay tiene que ir desde la central telefónica a varios sitios y lo hace corriendo, acompañada muy de cera de la cámara omnipresente que enfatiza la ausencia de máquinas y tecnología, en otras palabras, el pueblo es bastante primitivo. Todas las tomas del cinematógrafo M.I. Littin-Menz nos inquietan. Algo ha de emerger de las sombras y le ha de hacer daño a la muchacha. Hay partes que son en blanco y negro y muestran la influencia sobre el filme del programa televisivo The Twilight Zone, que, es este caso, es a propósito. ¿Estaremos viviendo en esa dimensión?  

En estos momentos en que el cine, como muchos negocios, ha sufrido los estragos de la pandemia, es refrescante que películas que tal vez hubieran pasado desapercibidas tengan la oportunidad de que un público amplio las vea. Esta es una revelación: pequeña, impactante, sin adornos electrónicos exorbitantes, modesta y totalmente divertida. Un debut directoral de primera. Apaguen todas las luces de la casa cuando la vean y disfruten.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).