TV y cine: para el nuevo detective, la calle está dura

[dropcap]E[/dropcap]n un artículo previo (revista Cruce, 25 de marzo de 2013) tracé una genealogía del detective desde sus comienzos hasta Mike Hammer, creado por Mickey Spillane en 1947. Hammer era un rebelde y el “gumshoe[1] más atrevido de los detectives privadoshard boiled” hasta entonces. Aunque el detective “hard boiled” (una interesante metáfora súpermachista, ya que se refiere, por supuesto, a huevos, o, es evidente, a güevos) ya existía en Sam Spade (creado por Dashiell Hammett) y en Phillip Marlowe (creación de Raymond Chandler), ninguno de estos dos tenía la explosividad violenta de Hammer. Su nombre lo dice todo: martillea todo lo que encuentra a su paso y rompe la ley para conseguir “justicia”. Invariablemente tiene al criminal que es, de modo que no es arbitrario en ese sentido, pero es un poco como el fascistoides inspector de la policía Harry Calahan (o “Dirty Harry”, creación de H.J. Fink y R.M. Fink, y representado con excepcional efectividad en la pantalla por Clint Eastwood): no exhibe piedad con el criminal.

A pesar de que Hammer detesta los procesos de ley, que piensa que son escollos para la justicia, admira a la policía. Entiende que tiene que laborar expuesto al peligro con los brazos atados por procedimientos legales y reglas superfluas. Hubiese sido gran amigo de Dirty Harry de haber sido contemporáneos y de haber vivido en la misma ciudad (Hammer vive en Los Ángeles y Harry en San Francisco). Esa transición de detective privado a oficial policíaco representada por Harry y Hammer casi puso fin al detective que inventó Edgard Allen Poe y que resolvía sus casos desde su butaca. Los he llamado “detectives de butaca” ya que en inglés se llaman “armchair detectives”.

Aunque aún quedan detectives de la policía que usan métodos deductivos y analogías fascinantes que les permiten entrar en la mente de asesinos con pretensiones literarias y aforísticas, estos laboran en otra época. En el caso especial de Endeavour Morse (personaje de la estupenda serie de TV “Endeavour” el tiempo es 1965.[2] La Guerra Fría está en su apogeo y Morse vive en ¡Oxford!, sí, rodeado de sabiduría, conocimiento, erudición, y numerosos ingleses brillantes, y asesinos con modales perfectos.

Morse se ha dado de baja de Oxford sin haber alcanzado ningún título y ha servido en el (ficticio) Cuerpo Real de Señales y, antes de hacerse detective, como policía. Contrario a Hammer (1947-1967)[3] y a Harry (1971-1977) o a Bosch (ver más adelante) no lleva revolver, aunque es el de mejor puntería en su cuartel,  y su ética es pulcra a extremos que harían que los otros tres lo tildaran de nerdo y farisaico. Una mujer bella y muy joven se le ofrece y él, en vez, le lee un cuento, hasta que la deja dormida. Parco y lacónico, desdeña la publicidad y estudia sus casos como si fuera un académico, y así los enfoca. Esa forma de actuar le causa irritación a algunos de su jefes y a casi todos su colegas que, como él, están comenzando sus carreras. Morse no le presta atención a estas cosas, pero consigue que su supervisor directo se dé cuenta de su talento y cualidades especiales para ser detective. Ama la música clásica y la ópera, y es un experto descifrando los crucigramas del “Times”. Su supervisor se llama Fred Thursday, sin duda una referencia a la novela superlativa “The Man Who Was Thursday: A Nightmare” (1908) de G. K. Chesterton que hermana la serie a ese escritor, aunque la relación no es literal. Las inferencias metafísicas, filosóficas, alegóricas —usualmente al cristianismo— y la atmósfera, que a veces raya en el surrealismo antes de que se inventara, de esa novela, hacen su aparición en los capítulos de la serie, que muchas veces nos llevan de la mano a cubrir el mismo terreno intelectual del detective según descifra sus casos. En ese sentido Morse es el heredero del detective caballero a la Hercule Poirot y el Lord Peter Wimsey de Dorothy L. Sayers, y un vestigio del “detective de butaca”.

La TV es ahora el lugar donde podemos continuar la evolución del detective y la concepción más inmediata de sus actividades de hoy día, y nadie mejor para entusiasmarnos que uno que se llame ¡Hieronymus Bosch!, a quien sus colegas le llaman Harry. La conexión con el otro Harry (“Dirty” Harry) es inmediata aunque, según lo vamos conociendo, descubrimos que su astucia está bastante más cerca a la del muy inglés Morse, pero tan distante en estilo como lo está Hercule Poirot de Mike Hammer. Es inevitable que alguien que sepa quién era el Bosco quiera saber cómo habrá de figurar el famoso pintor, que antecede el surrealismo por siglos, en la vida de Bosch el policía. Para eso, hay que ver la serie.

Harry Bosch (Titus Welliver). Serie televisiva «Bosch».

Hay que entender que desde “Dirty” Harry para acá el inspector policial se debe a los procedimientos y a las prácticas forenses sin las que no puede avanzar sus casos. Sin esos datos el fiscal no puede hacer sus acusaciones ni conseguir justa sentencia para los culpables. Además, la vida, particularmente en la nación estadounidense de hoy día, está infestada de maleantes, obvios y de clóset, armados. No titubean demasiado antes de balear a alguien. Eso añade una complejidad a las pesquisas porque si se violan las leyes (los derechos Miranda, las órdenes de registro, la presencia de abogados de los acusados, las grabaciones, etc.) se puede invalidar cualquier caso, por obvio que sea quién es el culpable.

La vida de Bosch tiene muchos aspectos que son inimaginables en el caso de Spade, Marlowe, Hammer, “Dirty” Harry, o el Morse de 1965: está divorciado pero ve con frecuencia a su exesposa y a su hija, que viven en Las Vegas; y su jefe directo es ¡una mujer! Él ha tenido la suerte de que, por haber sido consultor en una película que se hizo sobre una novela de misterio que escribió, vive en las colinas desde donde se vislumbra el resto de la ciudad de los sueños: Hollywood. Ese lujo lo vive básicamente solo aunque, de vez en cuando, tiene a la hija de invitada, y a una que otra “novia”. Es un amante del jazz, estuvo en la Guerra del Golfo donde sirvió en una fuerza especial que se dedicaba a vaciar los túneles donde se escondía el enemigo. No solo tiene que vérselas con asesinos, policías corruptos, políticos corruptos, colegas de trabajo que lo detestan, abogados que le quieren endilgar actos asesinos (mata a un sospechoso que sacó en la oscuridad lo que parecía un revolver y lo acusan de usar exceso de fuerza), y una largo etcétera. Para completar el cuadro, su madre fue asesinada y era prostituta. Vive obsesionado por encontrar al asesino, que nunca fue traído a la justicia, y parte de su comportamiento es reflejo de la rabia que siente por su pérdida y porque el asesino no haya pagado por su crimen. Sus exabruptos le consiguen suspensiones y mala fama personal, aunque todo el mundo sabe que es uno de los mejores detectives de su territorio. Su calle es como un túnel sin fin, y muy dura.

Calle dura vive también Mario Conde, creado por Leonardo Padura. Un expolicía que ahora resuelve casos a la sombra de las investigaciones oficiales y con la ayuda de viejos colegas. En sus casos siempre hay una historia paralela que refleja la angustia del personaje por la suerte que ha corrido el país. Por eso la melancolía lo agobia y lo acerca al Quijote (a Cervantes), y el régimen y sus tentáculos son sus molinos de viento. Sus parecidos a Spade y a Marlowe son evidentes, pero contrario a ellos y, ciertamente a Morse (aunque, como este, ha estado rodeado de libros) y Bosch, sin hablar de Mike Hammer y “Dirty” Harry, la vida que lo rodea es la de un país que es una dictadura de izquierdas en la que la “calle dura” son las tranquillas que le ha impuesto el régimen a sus acciones y a la vida. Como Bosch, que lo abandonó luego de su primer intento, Conde hubiera querido ser escritor. Tiene en ese sentido algunas características de Scott Fitzgerald y de Hemingway, este último héroe literario de Padura. Además, frecuentemente —como los dos escritores que he mencionado—está borracho y, casi siempre, descontento y desencantado con las cosas que suceden en su país. Su respaldo emocional son los amigos que le rodean y la mujer con quien comparte. Eso lo distingue marcadamente de todos los demás policías que he mencionado que son solitarios, y autónomos. Todos, en el grupo de Conde, viven y comparten las carencias de su país y las arbitrariedades que se usan para perdonar actos de corrupción que conducen al asesinato.

En ese sentido —un expolicía o detective que en una dictadura investiga crímenes que involucran a la oficialidad— Conde se asemeja al jefe investigador Arkady Renko[4] en la novela (y el filme homónimo) del escritor Martin Cruz Smith, “Gorky Park”. Renko pertenece a la milicia soviética y le toca investigar los tres cuerpos que yacen bajo el hielo en el parque del título, cuyos rostros y dedos han sido desfigurados para que no se les pueda identificar. Poco a poco la trama va desenmascarando un esquema de corrupción que trata de impedir que Renko resuelva el crimen. Como en el caso de Conde, quien descubre que los crímenes que ayuda a resolver casi siempre involucran a personas de alto rango, Renko reconoce que la corrupción camina por la KGB como puede ser el caso en la policía de Cuba o en la de Hollywood. Contrastando con Conde, Renko calla su desencanto con el régimen, pero nos deja con la idea (es 1983) de que tal vez abandone la Unión Soviética. Conde batalla con una idea similar, pero por dura que sea su calle, su cultura, su amor por la patria, y sus raíces lo han sembrado en donde vive, como a los árboles centenarios que bordean las calles de La Habana.

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[1] Nombre que hace referencia a zapatos de suela de goma para que no hagan ruido, ya que el detective no quiere que detecten su presencia.

[2] La serie nos introduce a la carrera temprana del “Inspector Morse” cuyas pesquisas fueron narradas en la serie policial de TV británica (6 de enero de 1987 hasta el 15 de noviembre de 2000), basada en las novelas de Colin Dexter.

 

[3] Doy en paréntesis las fechas de “trabajo de los dos policías. Hubo más Hammer después del 67, pero ya su popularidad se había extinguido

[4] Se me había olvidado “Gorky Park”; le doy gracias a mi amigo Tomás Acevedo Guevara por recordármelo.

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).