El “Drama Keleher” pone de manifiesto problemas más complejos y profundos de los que hemos logrado atisbar hasta el momento. Es confuso porque hay demasiada información y ese es uno de los grandes problemas que comporta el estudio de la historia reciente. El domingo, Keleher, la “reform-minded” de nuestro sistema educativo, como la llamó el medio The “74 Million”, la estrella del Gabinete Rosselló, anunciaba $44 millones en desarrollo profesional para los maestros y en menos de 24 horas renunciaba como Secretaria de Educación habiendo acometido la más “amplia” reforma educativa. Tres días después, la imagen del documento del Gran Jurado federal que solicitaba acceso a sus cuentas bancarias le imprimía el sello de la veracidad a lo que se venía comentando desde inicios de la semana: un mar de “irregularidades” de la plenipotenciaria consultora, que burló el esquema constitucional para ser Secretaria y lograr una reforma educativa legislada a su medida.
Sin embargo, ese imperio efímero que construyó, contó con la aprobación de los aparatos del Estado que estuvieron muy presentes para legitimar su noción de superioridad. El Estado hoy no está ausente, colapsó y mientras Ricardo Rosselló sigue balbuceando simplonerías en Sevilla, el orden institucional es broma y se resquebraja en menos tiempo que el gobierno de Rosselló I. La historia NO se repite, pero las chanchullerías sí con otros actores y otros “modus operandi”, partiendo de la presunción que aquí estábamos en tapa rabos, que “su” formalidad superaba “nuestra” informalidad. ¡Qué formales!
No perdamos de perspectiva que su nombramiento se basó, precisamente, en unas nociones culturales que la colocaban por encima de los problemas que se presumían son endémicos de la cultura puertorriqueña: la corrupción, la chanchullería, la informalidad, la vida por debajo de la mesa. Keleher es un punto de inflexión en esta historia de tantas contradicciones que derriba el mito del siglo: la “educadora” estadounidense, experta en asistencia técnica que había comenzado como empleada del Departamento de Educación federal, convertida en consultora a esfuerzo por sus conocimientos y destrezas, cuya narrativa reformista reforzaba con un discurso visual de la profesional joven, dinámica, atractiva y pulcra, es hoy investigada desde el panóptico del “otro”, el que entendió solo podía vigilarnos a nosotros. Parece que se equivocó.
El capítulo que “culminó” el jueves, 4 de abril encierra problemáticas que sobrepasan a Keleher y que, además de los problemas culturales que señalo, implican un problema político más profundo, cuya raigambre está en un establishment que cree en el discurso del lastre cultural de los puertorriqueños con la informalidad y la corrupción. Ese es precisamente la discusión de estos días en Washington. ¿Cómo el Drama Keleher afecta, influye, cambia, determina, el señalamiento de que los puertorriqueños somos eminentemente chanchulleros? No conoce, al parecer, el refrán: “Vino por lana y salió trasquilá”.
