We need to talk about Kevin

[dc]L[/dc]a maldad (o malignidad, que para mi se acerca más a “evil”, esa palabra tan certeramente útil) es tan vieja como el mundo. Está, por supuesto, la serpiente, pero pasando por encima de la paradoja de la impotencia de Dios para controlarla (a la maldad y a la serpiente), prefiero hablar en este momento de Tilda Swinton. Sí es inescapable, para aceptar la película que nos ocupa, que consideremos si la malignidad es un acto voluntario o si es algo que ocurre cuando se cruza esa puerta que nos condena: la salida del útero al mundo. ¿Es el mal genético, ambiental, o una mezcla de ambos? También hay que considerar si Kevin, la película, funcionaría sin Tilda.

Este es un filme que contar parte de su trama no quita ni añade a lo que se va desarrollando ante los ojos del espectador. Eva Khatchadourian (Tilda Swinton) tiene un hijo psicópata que ha perpetrado una masacre en su escuela, y está preso por los asesinatos que cometió. Su vida se cuenta en retrospecciones que ocurren en la mente de la protagonista. Desde que nació el chico es ajeno a los que le rodean, y está desprovisto de cualquier tipo de afecto o empatía. De bebé, llora constantemente y, literalmente, tiene a la madre loca. Se comporta como un animal: hace sus necesidades en sus pañales aun cuando tiene edad para llevar a cabo esas funciones y parece hacerlo a propósito, para irritar a su madre quien, en uno de dos momentos hilarantes en toda la película, le dice al niño, que no le habla, que antes de él, ella era feliz. Con el único con quien parece tener lazos afectivos el niño es con su padre (John C. Reilly, en una buena actuación como un hombre que se desempeña en una vida diaria que está más allá de sus capacidades intelectuales) que no entiende bien lo que está sucediendo y es manipulado sin piedad por el pequeño monstruo.

Lo que sigue pertenece al género del thriller psicológico o al teatro de guiñol. El niño hace de las suyas y comienza a darles órdenes a sus padres, y vemos que se incrementa su sadismo psicológico y da tempranas señas de tendencias a la violencia física. El padre le compra un juego de arco y flecha, y vemos que el niño sabe demasiado bien para qué podría usarse, y, el mismo día que se lo regalan, no tarda en apuntarle a su madre y dejar el chupón de su flecha de juguete pegada en el cristal donde un momento antes estaba el rostro de su madre.Poco después, la madre queda embarazada. La llegada de la nueva bebé no es bien recibida por el hermano. La molesta, le echa agua helada en el rostro y, según la niña va creciendo la convierte en una especie de esclava que le busca sus refrescos en la nevera y a quien maltrata de palabra y de hecho. Un día, desaparece el cobayo que la niña tiene como mascota y, mientras la está cuidando, ésta tiene un accidente. Poco después, otra serie de sucesos premonitorios nos llevan al clímax de la película.

Pero antes de eso, hemos pasado por el principio de la película que nos revela que la madre, Eva (sí, Eva), vive sola en una casa miserable, tiene que buscar trabajo para vivir y es odiada por el vecindario y por mucha gente que, se presume, son las madres de las víctimas de su hijo. Anteriormente la directora del filme (Lynne Ramsay) demuestra su novatada (es su segunda película). Eva está en La Tomatina, la fiesta que se celebra en el municipio valenciano de Buñol y que consiste en arrojarse y bañarse en la orgía de tomates que configura el festín. El rojo, como es de suponerse, predomina en la escena y, las tomas de grúa, nos presentan a Eva como una especie de mártir, símbolo (el de mártir) que más tarde vamos a ver, cerca del final del filme, con relación al padre. A esto le sigue una serie de imágenes fugaces que nos exponen a más tonos de rojo, la relación que comenzó el romance entre marido y mujer, y otras cosas rojas, incluyendo la casa y el auto de Eva, que unos vándalos han pintado con pintura roja. Todo este simbolismo me pareció excesivo, y, al fin y al cabo, superfluo. Por suerte, no tardó mucho para que la directora concentrara en Tilda Swinton y los otros actores. Entonces la película se enderezó bastante.

La Swinton es un fenómeno cinematográfico sin par. Espero que no consideren esto un cliché porque, por supuesto, también lo son Bette Davis, Katherine Hepburn, Merryl Streep y muchas otras que es innecesario mencionar porque sería un argumento trillado. Me refiero a que uno desconoce qué nueva emoción, qué nuevo matiz de su pensamiento van a reflejar sus ojos, que pueden ser tan grandes o tan pequeños como ella lo decida, los pómulos hundidos, o la nariz que puede semejar un estilete o ser parte de una sonrisa que demuestra sus dientes grandes que sorprenden por qué su boca es tan fina. Su belleza singular la usa para verse atractiva o fea, como lo han hecho desde hace mucho las grandes artistas, algunas de las cuales he mencionado, pero también para esclarecer lo que ha sucedido en la escena. Es como si la falta de expresión que a veces asume en esta película fuera el cénit de un histrionismo interno que es la única forma de tolerar lo que está ocurriendo a su alrededor. Parece que la mezcla de  amor, odio y repulsión que siente por su hijo la ha matado en vida. Sin embargo, lo que queda físico de ella tiene que vivir apegado al vestigio primitivo del amor de madre por su caótico Caín moderno. En sus huídas de los que la acechan y la torturan, en su aislamiento de la sociedad, Eva nos dice lo que deben de sentir muchas madres de asesinos que han acabado con vidas inocentes en ataques masivos. Con una actriz menos interesante y menos compleja, en el mejor sentido, no ceo que la película hubiera funcionado.El actor Ezra Miller, quien representa a Kevin como adolescente, logra hacer del personaje alguien tan repulsivo que uno simpatiza con las actitudes de Eva y no comprende las de Franklin padre. Igual de impresionante son los dos actores infantiles Jasper Newell, quien hace de Kevin entre las edades de seis y ocho años, y Rocky Duer, quien lo representa cuando es un infante. Cómo logró Ramsay estas actuaciones, me hace esperar con cierto entusiasmo su próximo filme.

La relación de esta película con los tiroteos en las escuelas en los Estados Unidos es, como verán, muy cercana. Su planteamiento: que es imposible controlar a psicópatas como Kevin. El filme es una voz de alerta a la sociedad (en particular a los padres de estudiantes) que insiste, no en regalarle un arco y flechas a sus hijos, sino ametralladoras y rifles de asalto. En Columbine murieron trece personas, incluyendo los dos asesinos, que se suicidaron. Mucha gente hace caso omiso a las señales que muestran estos jóvenes atribulados. Por supuesto, nadie puede leer la mente a nadie, de modo que el primer recurso que potencialmente podría eliminar estos sucesos es dificultar que los adolescentes tengan acceso a las armas.

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).