
A todas las Jennies y Yuquitas que tocan nuestras vidas
[dc]E[/dc]l día que la hermana Eustacia prefirió la mecedora del balcón de su casa y no tomar la Santa Cena, como la llamaba abuela Rita (o comunión, según mi abuela Carmen), pensé que algún chisme de barrio habría superado con creces su propósito de no faltar ni un día de la semana a la iglesia. Deseaba controlar la entrada a aquella “casa de Dios y puerta del cielo” a toda mujer que osara llegar con una pulgada menos de cabello, sin las debidas medias de “nilón” con pelo, sin las cejas bizcas, o con un vestido largo con mangas tan ceñido que, para el quita y pon, ameritaba destrezas de vaselina y abrelatas. Hasta había recriminado la “permisividad” del reverendo, y como este alegara que era imprudente andar midiendo los cuerpos de señoritas con una yarda, interpretó que sería apropiado empuñar ella misma el oficio de sastre tasadora de medidas de féminas cual San Pedro sin llaves, con un cielo de puerta giratoria.Entonces, niña al fin, pensaba que aquella doña imprudente la había agarrado contra el último grito de la moda. A mí no me dejó entrar por la pasarela del cielo a los tres años por el delito de una mini, camiseta descotada de rayas, botas blancas de vinil y gafas “a go-go”; a los ocho por vestirme de hada en lugar de ángel para la escenificación del pesebre navideño; a los diez por usar una “maxi” con el signo de paz hippie y a los doce por llegar con una “midi” con botas, cintillo en la frente y chaleco de cuero. Mi fluctuación matemática en materia de faldas y géneros vestimentarios eran actos pecaminosos alteradores de la paz, pero la gota que colmó el vaso fue atreverme a juntarme con el embeleco aquel de Sarita Nieves, Clarimar y Vilma Polanco. Nos metimos a tocar clarinete en la Banda Municipal, que fuera de ser de puros hombres, se pasaba en fiestas patronales y en cuanta juerga del pueblo se les ocurrían al alcalde y a Gallego Orta, el director de la Escuela Libre de Música de Carolina. Cuando, a los catorce años, la hermana Eustacia vino con el argumento fatulo de que tocar música clásica, danzas puertorriqueñas, salsa, merengue y hasta los himnos nacionales me habrían de convertir en instrumento diabólico del mundo, le respondí que para compartir el cielo con brujas de charanga y pandereta, prefería encontrarme en el infierno con la Jennie.
No conocía demasiado a la Jennie, pero sabía que era la única a quien nunca controlaría doña Eustacia. A ella no la podían botar, porque no iba a donde le estuvieran tasando centímetros del cuerpo para medir sus pecados. Ni a la iglesia de la cejijunta contrariadora de la música y la moda, ni a la otra que iba mi tía vestida en mantilla como el jabón Maja. La Jennie era otra cosa. En el día Juan caminaba por la calle con mahones “bell bottom”, camiseta blanca de algodón, sandalias y pelo cortito a lo Twiggy, pero en la noche se arqueaba las cejas como la Lupe, se ponía un lunar como la Marilyn Monroe, caminaba con la gracia de la Sarita Montiel cantando “La violetera” y se ponía los trajes de lentejuelas, chiffón y seda de los vestidos de boda que nos mandaba mi tía de Nueva York y que le pasábamos por encima del portón del balcón bien rapidito, no fuera que se viniera a enterar aquella San Pedro del cielo insoportable. Ágil y esbelta, se paraba en puntillas sobre sus sandalias de cuero, alzaba los brazos, recogía el paquete y subía la cuesta con la caja al hombro, para aparecer mucho más tarde con el porte impecable de una reina.
La Jennie se parecía mucho a la Yuquita, solo que de la otra me acuerdo muy poco. La conocí cuando todavía no había ido a la escuela, así que debía tener más o menos cuatro años. Tenía una peluca tan larga como el cabello de la Lupe, pero se lo subía en un moño gigantesco y una trenza larga al lado izquierdo. Llevaba un vestido corto negro, con tela de mallas en el abdomen, medias negras de nilón, botas de tacón empinado, cejas y piernas perfectamente depiladas y una delineación negra en los ojos que casi toco para saber si eran de plástico. Era la versión más increíble de Priscilla Presley y dirigía la comitiva de “las locas de las fiestas de Loíza”. Debía ser igual de embelequera que yo, porque de “loca de las fiestas de Loíza” me había tratado doña Eustacia a los tres años por aquel atuendo “a go-go”, aunque mis botas eran planas y de vinil blanco. Una de mis primas era la reina de las fiestas, y como el abuelo de otra prima había sido el alcalde del pueblo, recuerdo haber mirado el desfile desde un balcón gigante en una casa de la playa. La Yuquita nos vino a saludar al balcón. Era más fabulosa que mi primera Barbie, pero con pelo negro y piel de chocolate. Quería ver el resto de la comitiva de la Yuquita, pero como aparecieron aquellos horribles caballeros y vejigantes, me fui a esconder debajo de la mesa y no pude ver a Santiaguito sino hasta veinte años después, cuando habiendo pasado por la universidad de la vida, tenía bastante claro que la Yuquita no estaba loca y la Jennie no usaba los vestidos que mi tía mandaba de Nueva York para desfilar en bodas.
Yo vivía en Nueva York en los años ochenta, pero siempre venía de visita a Puerto Rico al menos una vez al año. Nadie sabía dar cuenta del destino de la Jennie y la hermana Eustacia, sentada en la mecedora del balcón, se ausentaba al servicio de la “Santa Cena”. ¿Sería que el pastor habría determinado a sus noventa y tantos deshacerse de la mala saña impertinente de la iglesia? “Nada de eso”, me aseguró alguien de buena tinta. Es que el reverendo acaba de subir por la cuesta de la iglesia con un botellón de Pepsi que compró en el “colmadito” de la esquina. Doña Eustacia dice que de ningún modo tomará comunión con Pepsi, parece que padece de los riñones, y el reverendo, totalmente incoherente, alega que unos rufianes, después de quitarle todo el dinero de la ofrenda de la escuela dominical, le devolvieron la Biblia y le dijeron que ya estaba demasiado viejo para andar solo de noche, que el colmadito era “el punto” y metiéndose allí a comprar pan y Pepsi, ponía en peligro la vida.
Al volver en los noventa, hacía tiempo que había muerto el reverendo en un asilo de ancianos, doña Eustacia usaba la yarda medidora para ayudarse a caminar a ciegas por la casa y matar cucarachas, y el escándalo mayor no consistía en el cuerpo provocador de las niñas ni las Jennies de la vida, sino en el descubrimiento súbito de que en la última década todos los casados estaban en realidad bendecidos ante Dios por el viejito alemán (Alzheimer) y en concubinato impenitente ante el estado. Una de las parejas de la iglesia había iniciado el proceso de divorcio, para descubrir con gran satisfacción que no estaban casados. Al pastor nonagenario no solo se le había olvidado la diferencia entre la uva y la Pepsi, la hostia y el Pan Pepín, sino que no había validado los certificados de matrimonio ante el Estado durante la década de los ochenta, justo en los mismos años que desapareció la Jennie. Aunque algunos celebraron no tener que pagar abogados para divorciarse, otros decidieron volverse a casar con sus hijos desfilando de damitas, caballeros, portadores de anillos y floristas. La Jennie y la Yuquita le hicieron un guiño al reverendo. Por diez años, reinó la cordura, allí están todos, ante el umbral del cielo.
